Vine a Miami porque me dijeron que aquí vivía mi hijo

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En un Laundry de Miami/ Foto: Cortesía de la autora.

Volvió a darme las buenas noches.

Y aunque no había niños jugando, ni palomas, ni tejados azules,

sentí que el pueblo vivía.

Y que si yo escuchaba solamente el silencio,

era porque aún no estaba acostumbrado al silencio;

tal vez porque mi cabeza venía llena de ruidos y de voces.

Juan Rulfo
Pedro Páramo

Quien llega a sus 35 en un lugar llamado Miami tiene derecho a escribir lo que sea, como sea y en el género que le plazca, sobre Miami o no, atravesado por una experiencia satisfactoria o no, con ilusión o con incredulidad, con delirio y sin ganas, exponiéndose, sacudiéndose, aliviándose, en definitiva.

Porque quien cumple 35 en Miami se merece un happy birthday aunque sea como una canción y se lo merece en su idioma natal, desafinado, hipotecado, lleno de una felicidad austera, frugal, precaria. Felicidades fulana en tu día que lo pases con sana alegría muchos años de paz y armonía felicidad felicidad felicidad.

Quien cumple 35 en Miami se merece una botella de ron, ay ay ay la botella de ron. Y también se merece comprarse un raspadito y ganarse la lotería, o recibir la llamada de un editor importante diciéndole que le va a comprar los derechos de un libro suyo por la siguiente cantidad de dólares.

Supongamos que eso pasa: lo del raspadito. Supongamos que alguien que cumple 35 en Miami se gana 500 dólares (bastante poco) en una noche sin mover ni un dedo, sin el sudor de su frente, sin usar ninguna de sus facultades mentales. Lo primero que piensa es: voy a guardar un billete en el monedero y no lo voy a gastar en nada para que sea mi billete de la suerte y atraiga a otros billetes hermanos o primos, de la misma familia, en definitiva.

El pensamiento humano en todo su esplendor, pensando en las musarañas mayamenses, esplendorosas. El pensamiento de una cumpleañera adulta que solo quiere soplar su velita y escribir, si es posible, en el blog de notas de un teléfono que terminará de pagar dentro de 24 meses. ¿A quién le suena?

A quien llega a sus 35 en Miami se le olvida cantar, se le olvida leer, se le olvida escribir, se le olvida tomar café por las mañanas, se le olvida tomar agua durante todo el día, se le olvida llamar por teléfono a su familia, no se acuerda de afeitarse abajo de los brazos, no se acuerda de cómo es emborracharse.

Esa persona que ha llegado a la misma edad que tenían sus padres hace poco, cuando ella era una niña, no guarda ningún billete en el monedero, más bien lo gasta enseguida, en gasolina o cambiándolo por monedas de 25 centavos para ir al laundry y lavar los trapos sucios. Un laundry es un antro. ¿A quién le suena?

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En un Laundry de Miami/ Foto: Cortesía de la autora.

Todavía no sé si es bueno leerse una vez al año todos los años muchas páginas completas de Pedro Páramo, pero sí sé que no es bueno llevarse Pedro Páramo con uno para el laundry y leer Pedro Páramo mientras esas partes llamadas motor y empaque dan vueltas, giros: existe un cielo y un estado de coma. Definitivamente, no es bueno. Nutritivo, quiero decir. Como la calabaza, que por más trocitos de calabaza que comas y por más crema de calabaza que tomes, el estómago continúa leve, porque la calabaza en su mayoría es agua, pero un agua que aporta, que alimenta, que nutre.

Aquí el contexto no nutre. El contexto del exilio en su máxima expresión: una persona con el saco de sus trapos sucios a cuestas, acumulados durante un mes para salir del bulto lo más rápido (y barato) posible; sus gastos son poquísimos y sus ingresos, menos. Una persona acostumbrada a una casa con lavadora rusa, que rompía la ropa de salir y la ropa de andar, una lavadora propia y rusa, tal vez ni siquiera rusa pero sí propia. Destartalada, oxidada y propia.

El segundo paso después de recibir el número social y el permiso de trabajo, después de alquilar un efficiency o un estudio o un cuarto adentro de una casa con salida independiente o sin salida, después de comer en los chinos y conseguir trabajo en un Navarro, en un Burger King o en un Walmart, es lavar los trapos sucios.

Los alquileres no incluyen lavadora. Tienes que ir al laundry, mi vida. Tienes que cambiar un billete en quarters o sacar una tarjeta de laundry, depende del laundry y del sistema del laundry. Porque un recién llegado difícilmente llega de Cuba o de Haití o de Puerto Rico o de México y alquila un apartamento con lavadora incluida. La lavadora incluida es un lujo para los recién llegados caribeños insulares cabezas en las nubes pies en la tierra.

Es normal que a la gente le coja la noche en el laundry, las lavadoras pequeñas no permiten más que algunas libras de ropa; hay mucha gente en el laundry, algunas lavadoras no funcionan. Uno viene acostumbrado a lavar la ropa blanca con la ropa blanca, la ropa de colores con la ropa de colores y la ropa de trabajo con peste a comida con la ropa de trabajo con peste a comida. Uno viene permeado de manías, mañas y costumbres domésticas que enseñan los abuelos a los niños. Uno viene lleno de emoción. Algunas costumbres se van quitando, otras no perecen.

He buscado (sin éxito) una foto de Alva Fisher donde aparezca Alva Fisher al lado de una lavadora, para imprimirla, enmarcarla y ponerla en alguna pared del pequeño apartamento. Alva Fisher inventó la lavadora en 1901 aunque no la patentizó hasta 1910. Mi abuelo materno nació en 1919 y mi abuela materna en 1923. Los recuerdo lavando y cocinando al mismo tiempo. Le enseñaron a mi madre a enjuagar la ropa dos veces. Enjuagaban en una palangana de aluminio al resistero del sol, en el patio. Alrededor había gallinas, patos y hasta un cerdo. Las sábanas quedaban blanquísimas.

Lo que hizo Alva Fisher fue confeccionar una máquina que girara y que zarandeara lo que hubiera en su interior. Fue como si Alva Fisher comprara un raspadito y se ganara la lotería, o recibiera la llamada de un editor importante diciéndole que a partir de ahora todo iba a cambiar.

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En un Laundry de Miami/ Foto: Cortesía de la autora.

No imaginó Alva Fisher que su invento fuera capaz de reproducirse en millones y millones de tambores eléctricos zarandeando al unísono los trapos sucios de millones y millones de emigrantes alrededor del mundo. No imaginó Alva Fisher que Miami fuera un nido de lavadoras mezclando ropa blanca con ropa de colores con ropa de trabajo con peste a comida.

Tienes que ir al laundry, Alva Fisher. Tienes que cambiar un billete en quarters o sacar una tarjeta de laundry y meter los quarters, o la tarjeta por el huequito de la tarjeta. Tienes que llevarte un libro para leer mientras el tambor da vueltas, giros. Un libro fácil de leer. Tienes que agarrar un libro que no sea Pedro Páramo. Llevarse Pedro Páramo al laundry va en contra del bienestar humano. Pedro Páramo en el laundry es un suicidio. Un laundry en Pedro Páramo constituiría un nuevo género de literatura.

El laundry de Miami huele a Miami. Los detergentes y suavizantes son productos con gamas como los teléfonos androides: gama alta y gama baja. Es raro encontrarse con la gama alta en un laundry. La gama baja, por el contrario, encuentra su nido de manera cómoda.

Los hombres y las mujeres que trabajan en el laundry brindándole su servicio a los clientes del laundry son espejos de los clientes: cara de cansancio contra cara de bulimia, cara indiferente contra cara de cansancio, cara de bulimia contra cabeza en las nubes. Los pies en la tierra proliferan en el laundry, todo es pies en la tierra ahí.

Recomiendo, como en los programas latinos publicitarios, escuchar el álbum Laundry Service, de Shakira, lanzado en inglés en el 2001, mientras se está en el laundry esperando que la lavadora y la secadora terminen. Cuando se habla de lavadora en Miami, la secadora queda implícita. No hay tendederas en Miami para los recién llegados. Para que haya tendederas es necesario una casa con patio y tiempo, todo el tiempo. En Miami hay lavadoras y secadoras.

Curiosidades:

1

La colección de fotos de Tana Oshima en su Instagram privado, selfies en un laundry de Nueva York, deberían ilustrar mis referencias, deberían formar parte de una poética del laundry. Sí lo hacen. No lo hacen. Sí lo hacen. Lo hacen mal. Quiero ir al laundry con Tana Oshima. Eso es todo.

2

Yo me enteré de la muerte de Juan Gabriel en un laundry. El televisor encima de la lavadora no me dejaba quitar la vista. Susana Pérez, la actriz cubana famosa, aparecía todo el tiempo promocionando su clínica de cirugía estética en el Southwest de Miami. La clínica famosa de Susana Pérez llamada My Cosmetic Surgery, traducida al español como «Mi cirugía cosmética». Se oía alto la canción promocional que cantaba Susana Pérez en contraposición con la noticia de la muerte de Juan Gabriel: tres cero cinco dos seis cuatro nueve seis treinta y seis, y cántalo para que se te pegue.

3

Si en el efficiency o en el estudio o en el cuarto con salida privada tampoco incluyeron cocina, hornilla eléctrica o cafetera eléctrica, se puede ir al laundry a tomar café. Hay máquinas dispensadoras de café americano, capuchino, café moka y chocolate caliente. Las cuatro bebidas salen medio aguadas y con un sabor raro a Downy, pero uno no debe pedirle peras a las máquinas dispensadoras.

4

También se puede almorzar en el laundry. Hay máquinas dispensadoras, también, de paquetes de chips, paquetes de mariquitas con limón y sin limón, galletas con crema y sin crema, barras famosas de chocolate como las Snickers y las Milky Ways. Frank Báez tiene un poema sobre Snickers y Milky Ways que es una maravilla. Yo diría que algunos poemas de Frank Báez son buenos para leer en el laundry y algunos no.

5

Con el tiempo y un ganchito uno se acostumbra a las pelotas de pelo ajeno que se acumulan debajo de las sillas de espera y por los rincones del laundry, a las pelotas de pelo ajeno mezclado con pelusas grises que se acumulan en los filtros de las secadoras del laundry y a los grumos de detergente mojado ajeno que se acumulan en los bordes de las lavadoras. El ser humano está hecho para acostumbrarse a todo. ¿A quién le suena?

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Otro laundry de Miami/ Foto: Cortesía de la autora.

De diferentes formas, cuando un emigrante (cubano) llega a Miami, se le pregunta por qué vino a Miami, como si su respuesta le diera, inmediatamente, el beneficio de la duda, un beneficio de convicción. La pregunta incluye una retórica y un tipo de intriga que remiten al espacio de lo paranoico, lo feo incomprensible, lo casi vernáculo, lo cerrado. Una intriga que queda al margen del relato individual. Una intriga que se anula a sí misma. Se le pregunta y se le increpa, se le pone contra la pared. Su respuesta debe ser, como en otro tiempo, enérgica. Yo nunca he dado una respuesta enérgica, a no ser que se trate de una escritura donde se responda algo, porque lo enérgico tiene que ver con los desfiles obligados del Primero de Mayo y con los discursos enérgicos de Fidel Castro que duraban horas, días, semanas, meses, años, 66 años, el número de la Bestia. Mi respuesta, gústele a quien le pese, siempre ha sido de ficción.

Publicado originalmente en El Estornudo.

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