Vamos a inyectar toda Francia con CUC

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Foto: Alex Medina

Por Carlos Lechuga

Mami, qué me estás haciendo, que me tienes loco, con tu movimiento… Mami, mueve tu cintura, que ese bamboleo produce locura…

Suena Adalberto Álvarez en el almendrón y todo el mundo mueve sus hombros como si no hubiera un mañana. Como si no hubiera problema. No hay necesidad. Las tiendas están llenitas de comidas y bebidas. No hay lío.

Estoy yendo hasta la casa donde imprimen porque me hace falta sacarle una fotocopia al carné y a otro documento ahí. Llego. Por las nuevas medidas, solo dejan pasar de uno a uno. Los dos socios que trabajan aquí tienen ganas de hablar. Llevan muchos meses trancados. Aburridos. En silencio. Empezamos a hablar de «la cosa», de lo que viene, de la falta de billete, en fin, ese tipo de boberiítas.

La máquina de plastificar calienta el ambiente. De repente, entra un hombre mayor, de unos 60 años, bien vestido, arreglado, perfumado, con una carpeta llena de documentos. El señor está alterado. Viene a mil. Está molesto porque el trabajo que le hicieron ayer no sirvió de nada. Los documentos quedaron verdes. No se ven. «Así no se pueden presentar», grita.

El chamaco que lo atiende le dice que con eso no hay problema, que no se los va a volver a cobrar, que va a intentar hacerlo de otra manera. El señor sigue gritando: él tiene dinero para pagar, él quiere pagar, con eso no hay lío. Ya yo estoy listo, pero me quedo para echarme el pase.

Las hojas salen a millón y el señor se envalentona y empieza a gritar más fuerte. El tipo nos explica: está sacando 50 copias de su plan, un plan que quiere presentar en los bancos de Cuba. Ese plan es bien sencillo y se le ha ocurrido a él nada más. Recalca: «Yo no quiero cobrar por esta información. Esta información la voy a regalar». El tipo grita su plan: su plan no es otro que «inyectar» toda Francia y Europa con pesos cubanos convertibles (CUC); así no hay que hacer el cambio de moneda. Todo es más fácil. Es sencillo.

El tipo se da cuenta de que el muchacho de las impresiones está a punto de reír y se vira hacia mí. Yo lo miro y asiento. Huele bien. Se ve que tiene una casa. Una casa donde lo cuidan. Una casa, quizá con una hija y un nieto, que saben que está tostado, pero no les queda otra que dejarlo salir a la calle. Dejar que se mueva. Que salga y que se gaste 50 pesos cubanos en papeles llenos de garabatos que luego va a presentar banco por banco, esperando a que «alguien» le haga caso.

«¡Yo no quiero cobrar! ¡Es una información que quiero regalar!»

Los de la impresora y yo (gente joven por decirlo de alguna manera) lo escuchamos sin hacerle un feo, sin burlarnos en su cara. No entendemos ni un carajo de toda la explicación matemática. Pero en su cabeza la tiene clara. Es fácil.

Salgo y dejo al señor dando gritos. Camino y pienso en el nivel de locura que hay en este país. Los locos aquí no solo están en los manicomios o en las calles; no van mal vestidos, ni son desamparados necesariamente… Aquí todo el mundo tiene un pase a tierra. En un país que no tiene medicamentos para eso, donde los tratamientos son macarrónicos, todo el mundo está mal. Yo estoy mal. Mi mamá está mal. Mi jeva está mal. Todos estamos locos.

Las redes sociales han servido para que los familiares de las personas con problemas mentales pidan ayuda a sus amistades. Pidan esta pastilla que no hay, o esta otra. Quizá alguien te regale algunas de esas pastillas. Se comparte y, poco a poco, uno no se siente tan solo.

Esta ha sido una semana bastante cargada de enfermedades mentales. Mi amigo S. hace años que no está en la isla. Se fue fundido con todo esto. El martes pasado reapareció en Facebook con un post extraño que rezaba: «Señores del concejo de estado, Miguel Díaz Canel, Raúl Castro, estoy saliendo de Bélgica para España sin ningún documento. Por favor, dejen el poder. No les vamos a hacer absolutamente ningún daño, pero por favor, dejen el poder. Tenemos armas.»

El post, más allá de lo extraño, da mucha tristeza, porque deja claro que mi socio S. está sin papeles, allá, completamente enloquecido. Solo. Loco. En el frío. Sin nadie. Sin sus amigos. Sin sus familiares. Lejos. Mal. Un hijo de la Patria que ha sido pateado, pateado por la vida y por las circunstancias.

Nada, que el loco de hoy no es el primer loco de la semana. Ni va a ser el último. Todo el mundo anda mal. Ambos casos — mi amigo y el señor de la casa de impresiones — tienen puntos en común. Los dos reclaman atención de «la gente de arriba»; los dos necesitan que se cuente con ellos, que los escuchen. Los dos son un poco grandilocuentes. Pero lo que los hace más locos es que ambos tienen esperanzas.

Tantas tareas «heroicas», tantos saltos antes de poder gatear, tanta grandilocuencia mezclada con el hambre y la necesidad, nos ha quemado a todos.

Lo mínimo que pedimos los locos es poder tener una mano amiga, o un medicamento, el tratamiento correcto. Pero eso en esta isla parece imposible.

Cuando se habla del fin de los días de esta historia nacional, la gente siempre se refiere a los muertos en el mar, a los presos políticos que nadie conoce, gente que estaba trancada cuando no había Internet para denunciar… Del carajo… Pero también nos preocupa la cantidad de gente que estuvo, está y estará enferma de los nervios…

Camino por las calles de La Habana y trato de acomodarme la gorra para que el sol no me de en el coco. Me limpio el sudor con el dorso de la mano y, sin darme cuenta, estoy tarareando:

Mami, qué me estás haciendo, que me tienes loco, con tu movimiento… Mami, mueve tu cintura, que ese bamboleo produce locura…

Dejo de cantar y pienso en París. Pienso en un montón de franceses comprando en la FNAC de Campos Elíseos… en CUC. Pagando la entrada al Louvre con uno de esos billetes, con «el chavito», con papel…

Tengo que ser más modesto. Más humilde. Ponerme menos tareas al día. Un techo, una cama para dormir y dos comidas al día debe ser el tope de mis aspiraciones. Hay que bajarle a todo esto que es «la Revolución cubana».

Hay que volver a sentarse en el borde de la carretera, entre la yerba crecida, y con un pedacito de mata limpiarse los dientes. Respirar. Inhalar. Exhalar. Poco más.

Publicado originalmente en El Estornudo

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Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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