Una travesía en el mar de la protesta

Sefie del autor.

Por Fernando Almeyda Rodríguez

El sábado 10 de julio estuve trabajando hasta tarde en algunos textos. Al mediodía del domingo, me despertó el sonido del teléfono. Tenía el WhatsApp repleto de mensajes de amigos desde todas partes del mundo. Me preguntaban si estaba viendo lo que pasaba. Abrí Facebook, soñoliento. En vivo, una manifestación multitudinaria en el municipio San Antonio de los Baños. No podía creerlo, ¡el pueblo en las calles! Nadie había visto una cosa así.

Luego supe que en Palma Soriano, Santiago de Cuba, también habían salido a protestar casi al mismo tiempo. A la una de la tarde se reportaban levantamientos en Cárdenas, Matanzas, y otra congregación en Regla, La Habana. Una hora después, en casi todas las provincias de la isla la gente se había echado a las calles. En ese punto vi el último video. Internet comenzó a fallar. Etecsa había tardado en reaccionar más de dos horas. Fue suficiente.

Entre video y video traté de poner mi cabeza en orden y decidir, con la mente fría, qué hacer. Imposible, la respuesta estaba en la calle. Luché por un buen rato contra el estupor. Daba vueltas en la habitación de mi renta en Lawton, tratando de hacer algo sin hacer nada. A las 2:30 pm pude reaccionar. Me di un baño de agua fría, me vestí con ropa cómoda, todo de negro, y agarré el celular que dejé sin cargar la noche anterior. Me apuré un café a modo de desayuno-almuerzo y salí como un loco. Olvidé cerrar la puerta de la cocina y dejé todo a medio hacer.

Tomé un P2 al Vedado. En 23 y G, saqué la mano a un almendrón rumbo a la Habana Vieja. Eran casi las tres. En el trayecto, al cruzar el semáforo de L y 23, identifiqué a un conocido que avanzaba rumbo al edificio del Instituto Cubano de Radio y Televisión, donde una treintena de personas parecían dispuestas para una foto, coreando las mismas consignas de siempre, agitando histéricamente unas banderitas cubanas. Algo acababa de ocurrir u ocurriría. «Esto no es lo que vine a buscar», pensé. El taxi siguió de largo. Días después supe que ese era el escenario de una protesta protagonizada por varios jóvenes intelectuales, entre los que se encontraba Yunior García y Leonardo Fernandez Otaño.

Las personas en el taxi, mezcla de ilusión y miedo, compartían información de los sucesos. Uno de ellos celebró lo que ocurría. Otras dos mujeres miraban horrorizadas la militarización en las calles, que auguraba una tragedia.

Desde San Lázaro pude ver una concentración de personas en Galeano. Fue solo un flashforward, no era mi parada todavía. Prado estaba desierta, los edificios en silencio. Le dije al conductor que me dejara en el Boulevard de San Rafael, la calle en que tiempo atrás Luis Robles levantara un cartel contra la dictadura. La agitación se notaba en los rostros de las pocas personas que pasaban. Esa expresión la había visto muchas veces en fotos y diarios, el rostro de las personas que huyen de una zona de guerra.

Pasé de largo a tres jóvenes en la esquina de San Rafael. Comentaban enojados que la policía había bloqueado las calles de acceso a Galeano y no podían unirse. Al escucharlos inmediatamente di media vuelta y me les uní. Una masa de gente comenzó a moverse en dirección a calle Dragones y nosotros la seguimos por Prado. El Capitolio quedaba en la esquina próxima. El semáforo de San José estaba infestado de policías que nos hacían señas agitados — casi desesperados — para que nos alejáramos del Capitolio. A toda carrera y en fila india, un grupo de boinas negras, policías y hombres vestidos de civil hicieron un perímetro en torno al antiguo símbolo de la República. Uno de los jóvenes comentó airado que «desde siempre el pueblo había querido llegar y hacerse del espacio del Capitolio». Me sorprendió, por atinada, que semejante idea estuviera escondida en la cultura popular habanera. Ocupar el Capitolio era equivalente a tomar la República simbólicamente.

La multitud siguió su curso rumbo al Parque de la Fraternidad. Llegaron antes que nosotros y se lanzaron a la calle. Justo en medio de la vía se desató el caos. El tráfico se paralizó. La policía prendía mujeres, jóvenes y ancianos. Comenzaban altercados y de un momento a otro cesaban. En las avenidas se observaban piedras y palos. Personas reclamaban en alta voz a las autoridades que no podían agredirlas y que tenían todo el derecho de manifestarse y les increpaban por la violencia.

Los gendarmes daban órdenes de dispersión e intentaban cercar a la gente para ir raptándolas de una en una. Por calle Aponte, aparecieron una decena de muchachos — probablemente provenientes de Jesús María — dispuestos a sumarse a la manifestación y, si fuese necesario, enfrentarse a la policía. Uno de ellos sugirió replegarse hacia los interiores de la Habana Vieja, recorrer Jesús María, luego San Isidro y de ahí hasta Malecón. Así evitarían a los gendarmes e irían sumando personas. «Buen plan», dije. Pero no pudo concretarse.

En ese instante un policía se abalanzó violetamente sobre un hombre en un bicitaxi, y la masa furibunda acudió en ayuda de la víctima. El policía recibió tantos golpes que quedó aturdido. La brigada acudió en su ayuda y una pequeña batalla campal tuvo lugar dirante varios minutos, hasta que un hombre se paró en medio de la reyerta.

Era alto y delgado, de aspecto demacrado y enfermo. De su vientre esquelético brotaban sus víceras ensangretadas. Policías y ciudadanos se apartaron y lo rodearon, hipnotizados por el tétrico espectáculo. Entonces, el hombre encaró a la policía y dijo con una voz profunda y languideciente: «Miren lo que me ha hecho la Revolución. No hay medicina para mí, estoy enfermo y abandonado». Conmovidos, coreamos: «¡Medicina, medicina!». El individuo encarnaba el estado de desahucie del pueblo. La policía era inconmovible. Observé cómo varios oficiales del Minint aprovecharon la pausa para dar instrucciones a sus agentes de rodearnos, y rápidamente me aparté de esa posición. Nuevamente una orden de dispersión rompió el alto al fuego. El último intento de diálogo fue silenciado a empujones.

Las hostilidades se reiniciaron otra vez. El caos en esta ocasión fue mayor. Los policías y los agentes de la Seguridad del Estado vestidos de civil se entremezclaban entre la población, lo que volvía muy confuso el reconocimiento de aliados y oponentes. La masa era un vaivén que a ratos estallaba en gritos de guerra o en reclamos, a ratos hacía ademán de huir y a ratos de embestir. Buscaban piedras y las soltaban, iban y venían como una marejada, y yo era empujado por ella. Nadie sabía bien qué hacer ni qué estaba pasando, pero algo tenía que pasar. Todavía no sabíamos la razón por la cual salimos a la calle.

Tuve delante de mí a dos hombres muy altos y fuertes, vestidos de civil. Llevaban palos y esposas y amedrentaban a la población con voces feroces. Por más que les dije que buscaran a un superior con el cual se pudiera hablar, no me escucharon. En general no escuchaban, todo lo que veían delante era un enemigo.

Fernando Almeyda / Foto: Mauricio Mendoza.

Varias veces intentaron rodearnos y contenernos, y varias veces tuve que escaparme. De hecho, me encontraba en perpetuo estado de fuga. El momento más cercano a una captura fue cuando tuve delante a un muchacho. Todavía recuerdo sus ojos azules y su mirada vacía, casi robótica. Debía rondar los 18 años. Más bajo que yo, pero más fornido. Me empujaba con destreza, sin decir palabras.

Se trataba de un adolescente convertido en perro de caza. Cada vez que intentaba quitármelo de encima, reaccionaba con instinto animal y me empujaba, pero yo no podía agredirlo, golpear a un niño. Pronto fueron dos, y luego un tercer agente. Puse las manos detrás en gesto de paz y fingí entregarme. Justo cuando iban a agarrarme por el brazo, salí corriendo a toda velocidad.

Más adelante reconocí a Lisbeth Moya y a Leonardo Romero Negrín entre un grupo de jóvenes que huían. Recogí unos espejuelos rosados. Pensé, en la confusión, que eran de Lisbeth y se los mostré. No eran suyos, no usaba espejuelos. Los apartó de un manotazo y corrimos en sentido contrario huyendo de las golpizas. Unos minutos después Leonardo era brutalmente detenido.

Ahí arribó un camión destinado al traslado de tropas. Vi en la lejanía a muchos oficiales vestidos de civil descender del vehículo. La gente se estremeció. Una muchacha muy joven y delgada lanzó un grito de alarma y echó a correr por la calle Cienfuegos. Inmediatamente se desató una estampida. Sin meditarlo, imité su acción, y al pasar por su lado le grité: «¡Corre, flaca!»

Seguí sin detenerme, esquivando cuanto obstáculo me encontrara. Salté un quicio de medio metro, doblé a la izquierda por calle Corrales, pasé de largo la estación de bomberos y me interné, zigzagueando de calle en calle, por la Habana Vieja. Después de caminar mucho me creí fuera de peligro. Entré a una cafería. Pedí un café y un caramelo para reponer estamina. La dependiente, una muchacha muy joven con cara de funeral. Le advertí que la cosa estaba mala y que tuviera cuidado. Me miró desconsolada y no respondió.

Casi todas las personas venían en dirección contraria a la mía. Había un silencio impropio, muchas caras largas o enojadas en las puertas y ventanas de las casas. Hice una nueva pausa en una pizzería. Cuatro hombres hablaban sobre la protesta, y ahí me comentaron que en otros puntos del país habían incluso volcado patrullas. Descansé y escuché aproximadamente veinte minutos.

Cabía la posibilidad de que la manifestación en el Parque de la Fraternidad hubiera sido completamente disuelta por la policía. Temí entonces que hicieran una operación de cinturón para ir barriendo calle por calle a cualquier persona que sospecharan hubiera estado presente. Lo mejor era seguir en movimiento. Pero también saber el desenlace, así que volví hacia el Capitolio.

Mucha otra gente avanzaba también en mi dirección. En la calle Muralla observé cómo un hombre guardaba apresuradamente su bicitaxi en el garaje e inmeditamente dos personas se le unían y seguían a paso marcial. La agitación era visible desde varias cuadras. Frente al Capitolio había un mar de personas.

A su vez, oficiales de la Seguridad del Estado y policías agarraban a sus presas por el cuello al borde de la asfixia. A los costados de la calle, un público los observaba con saña. Frente al Capitolio reinaba la hecatombe. Se mezclaban los civiles con los disfrazados de civil, los partidarios del régimen con quienes protestaban, los policías con la gente. La bandera ondeaba para ambos bandos y las consignas se mezclaban. Me interné en esa jungla.

Los gendarmes habían sido enviados a una misión suicida, dispersar a golpes a la gente. La gente suicida tenía una misión, hacerse sentir. Algunos trataban de hablar con la policía, y los más impacientes, exacerbados por la violencia, arremetían a golpes contra los agentes del des-orden. Las patrullas, obstruidas por la gente; el gas pimienta se esparcía en círculos para generar un perímetro. En tres ocasiones me rociaron gas pimienta. Cerraba los ojos al tiempo que levantaba la guardia y me cubría el rostro con los brazos . Desde el 27 de noviembre me había preparado mentalmente para eso.

Los oficiales de alto rango del Minint y la policía trataban de darle un sentido al caos. Llegue a toparme con lo que creo era un coronel, muy alto, de mediana edad, que alzaba las manos dando órdenes en balde. «Diles que paren la violencia, es inútil, el pueblo no se va a retirar, nos estamos matando unos a los otros», le grité. Me miró desorbitado, cansado, frustrado. Sus intrucciones no las seguía nadie. Impotente, se llevó las manos a la cabeza.

Gritos de horror y frustración se mezclaban con el sonido de los golpes, pero la gente segía congregándose. La multitud crecía. La violencia era absolutamente absurda y descoordinada. El pueblo hacía cadenas para intentar extraer de las manos de la policía a sus víctimas y armaban barricadas para que las patrullas no pudieran marcharse con los prisioneros. Algunos hijos fueron separados a la fuerza de sus padres. Vi a un joven que lloraba desconsolado: «Se llevaron a mi papá, le dieron golpes a mi papá, él no hizo nada y se lo llevaron», decía. Se dejó caer en la acera y abrazó sus rodillas. Todos a su alrededor hicimos lo posible por consolarlo, pero otras muchas víctimas sufrían.

Yomil, el famoso reguetonero, apareció entre la multitud y se volvió el centro. El pueblo le decía sus demandas y él las amplificaba. Las consignas y lemas comenzaron a unificarse. La masa empezó a articularse y emergió cierto sentido. Cuando varias voces coreamos «Malecón», un objetivo concreto se proyectó en nuestra mente. Habíamos mantenido la posición, y ahora íbamos por otra. El fin era un nuevo « Maleconazo», lo que significaba en los imaginarios una nueva insurrección de La Habana.

Nos formamos para marchar. Los ataques contra los policías se enfocaron en la protección del grupo con carácter de autodefensa, mientras alzábamos las manos en señal de paz. La policía no era el problema, convertidos en mero instrumento de opresión, obstáculo a superar.

Hicieron un cordón para contenernos, lo que fraguó la unidad de los manifestantes. La línea policial estaba plantada paralela a Teniente Rey, bloqueando el paso. Varios manifestantes intentaron huir por esa calle para evitar el cerco, pero ya había voces anónimas de mando que llamaron a mantenernos unidos. Varias personas en bicicleta se ofrecieron a emplearlas de arietes, para romper las filas. Ya éramos tantos los que protestábamos que muchos empezaron a fugarse entre los policías. El cordón cedió.

En la esquina del Gran Teatro de La Habana se congregaron altas figuras de la política del régimen. Reconocí a Gerardo Hernandez y a Ramón Labañino. Junto a ellos, varios partidarios al gobierno — todos gordos y encebados — gritarban ofensas a los manifestantes. La masa, en su gran mayoría, los ignoró completamente. Yo, en cambio, opté por saludarlos, como si estuvieran ahí para apoyarnos. Un grupo de policías y brigadas de choque corrieron por los laterales de la manifestacíón, mientras otros se infiltraban entre nosotros con banderas del 26 de julio. Delante de estos oportunistas, unos camarógrafos grababan videos apócrifos de inexistente apoyo al gobierno.

El internet lo habían tumbado ya, ni siquiera había señal para una llamada. Los celulares solo servían para recoger imágenes que saldrían más adelante. Pero yo no había ido a grabar, sino a participar, y no podía darme el lujo de distraerme si quería evitar un arresto o agresión. Ya habían cientos de personas con celulares en manos captando el momento. Mantuve mi teléfono en la bolsa junto con mis gafas.

Marchamos por Prado, pero los gendarmes bloquearon la calle. Nos subimos al paseo central y avanzamos un poco más. Cada metro debía ganarse por presión y destreza, parecíamos un ejército cruzando trincheras enemigas. En el paseo, sin embargo, teníamos una situación de mucha desventaja táctica. Estábamos apretujados entre los muros y justo enfrente se armaba una barricada de boinas negras, policías y partidarios del régimen. No nos iban a dejar pasar y se preparaban para reprimir. Alzamos las manos, no les importó mucho.

Entre los manifestantes encontré varias caras conocidas, pero no me quedé entre ellos, sino que movía costantemente, buscando qué hacer. Se coreaba «Malecón» no como una consigna, sino como voz de mando. El deseo de avanzar sobrepasaba al miedo. Me metí en la primera fila. A mi izquierda había un anciano, a mi derecha un mujer. Hicimos una cadena humana y nos imitaron.

Nos preparamos para empujar y nos lanzamos al asalto. El cordón policial casi cedió ante la embestida. Nosotros pusimos el cuerpo y ellos los golpes. Fotograma por fotograma seguí la trayectoria de un puñetazo que impactó en mi pecho. Del choque de fuerzas muchos nos fuimos al piso. Estampida. Quedé parcialmente sepultado por los cuerpos de mis compañeros que, aterrorizados corrían, chocaban, caían. Corrí peligro de que me aplastaran sin contar que caí en «terreno enemigo».

Me escabullí de puro milagro y me reintegré en las filas de manifestantes. Comprobé que mi celular y mis espejuelos no se hubieran dañado y me tranquilicé. Nos reorganizamos en la misma posisción. No pudimos avanzar, pero tampoco retrocedimos. A un costado de la calle, la histeria de los partidarios del régimen. Sus gritos de «Patria o Muerte» parecían susurros al lado de los cánticos de «Patria y Vida» y «Libertad».

El estanco se mantuvo varios minutos hasta que espontáneamente los manifestantes en pleno se lanzaron a la carrera por la calle Trocadero. Corrimos a toda velocidad pasando por el costado del Museo de la Revolución. Los boinas rojas que custodiaban el lugar no movieron un músculo. Avanzamos por la calle Agramonte hasta la plaza 13 de Marzo, donde nos cortaron el paso los boinas negras que aparecieron de golpe por la calle Genios.

Mientras esperábamos a concentrarnos, muchos se sentaron y tomaron un descanso. Le pedí agua a unos jóvenes apretujados en un banco. Tenía sed. Luego me ofrecieron fuego y cigarros. Me dijeron que me habían visto desde el Parque de la Fraternidad.

Sonó el celular en mi bolso. «Díaz-Canel ha declarado la guerra civil», me dijo un amigo. «Llamó a los revolucionarios a las calles para combatir a los manifestantes». No me sorprendió. Aun así me puse iracundo. Estábamos muy cerca del Malecón, pero el camino seguía minado de oficiales y partidarios del régimen. Esperamos un rato y súbitamente rompimos filas y nos lanzamos a correr en dirección al parque Máximo Gómez. Vi de cerca más de una decena de ómnibus parqueados del otro lado del parque 13 de Marzo. Traían acarreados del gobierno.

Cruzamos las calles de acceso al Tunel de la Bahía. Parecíamos cabras montesas subiendo y bajando desniveles. Ocupamos el Parque Máximo Gómez. Los gendarmes también estaban cansados. Vi en varias ocasiones a policías y tropas especiales tropezar y caerse. Pero ellos tenían entrenamiento militar, transporte a su disposición y refuerzos a punto de llegar. Yo, con un grupo de cinco personas, logramos escabullirnos por un pasaje directo al Malecón, pero la masa siguió otro camino. Los policías en esa zona no trataron de violentar a los pocos que mirábamos los acontecimientos. Todo quedaba a nivel de palabras y prohibiciones desobedecidas.

Por la calle Cárceles llegó un batallón de personas armadas de palos, escoltados por la policía. Se abalanzaron sobre los manifestantes y los fueron amedrentando. Ocuparon el centro del parque y se subieron sobre la estatua de Máximo Gómez. Dispersos, los manifestantes poco a poco se fueron retirando.

Aquello parecía el fin de la protesta, y me daba por satisfecho. Habíamos hecho todo lo que estaba a nuestro alcance. Fue una retirada táctica. Al bajar por la calle Genios me di cuenta de que seguía la protesta, aunque no sabía bien dónde. Salimos de la Habana Vieja y desfilamos por las calles de Centro Habana. La gente, afuera de las casas, en puertas, balcones y azoteas, coreaban, filmaban y aplaudían. Había júbilo en la mayoría de las caras, y en algunas, incertidumbre. Pronto los gendarmes se reorganizaron, hicieron una fila y bloquearon el paso. Intimidaba la imagen del cuerpo paramilitar, uniformes negros en el horizonte. Girábamos a izquierda o derecha, buscábamos otras calles y esquivábamos el bloqueo. En cada cuadra se sumaba gente. A veces venían en pequeños grupos. Al ver los refuerzos, el pueblo aplaudía y celebraba a los recién llegados.

La manifestación se había convertido en una marcha. Por la calle San Lázaro un grupo avanzaba hacia nosotros con banderas cubanas y del 26 de julio. Me posicioné en el centro de la manifestación para no recibir, en caso de confrontación, el primer golpe, ni exponer mi identidad innecesariamente. Cruzaron por nuestro lado y creí distinguir a Mónica Fraga, la nieta de Raúl Castro cuya fama, en la Facultad de Derecho le precedía por sus fiestas temáticas y sus viajes a Europa. La seguían otras figuras pertenecientes a los círculos de ideológicos de La Tángana y La Tizza.

La gente gritaba cosas como «El pueblo unido jamás será vencido», «Patria y Vida», «Se acabó», «No tenemos miedo», «Abajo la dictadura», «Díaz-Canel, singao», «Abajo el comunismo». También se gritó por la libertad de Maykel Osorbo y el resto de los presos políticos. Hubo quien pidió intervención humanitaria. Los demás respetaron el clamor, pero no se sumaron. Imperaba un fuerte sentimiento nacional, antigubernamental, independentista y libertario.

Finalmente llegamos al Malecón. Una lancha guardafrontera nos seguía de cerca y enfilaba sus ametralladoras hacia nosotros. Por Belascoaín subimos a toda marcha. Interrumpimos el tráfico. Algunos automóviles seguían de largo, pero otros sonaban el claxon en señal de apoyo y celebración. Un motociclista recogió a uno de los manifestantes y ondearon la bandera cubana.

Algunas personas llevaban botellas de agua para compartir. En las casas, las familias rellenaban los recipientes. Agua era lo que se compartía, porque solo agua había. Muchas personas iban descalzas, y algunos sin camisas o con ropas viejas. En cada cuadra, manifestantes orgullosos saludaban a sus familiares y amigos. Todos los sectores estaban representados. A nadie le importaba las etiquetas. Quien marchaba a tu lado, fuese quien fuese, era ya un hermano.

Cantamos el himno nacional tres veces, la última con una fuerza tal que retumbó en la ciudad. Debió haberse escuchado desde un kilómetro al menos. En ocasiones los pasos se sincronizaban y avanzabamos al unísono. En un descenso de la avenida Belascoaín logré ver desde la distancia de varias cuadras la inmensa procesión. Éramos miles, entre 4 mil o 5 mil, tal vez más.

Al llegar al semáforo de Carlos III, la policía nos esperaba, dando órdenes de dispersión. Levantamos otra vez las manos y pasamos de largo. Tal vez por miedo, al verse superados en número, o tal vez porque se sensibilizaron, los policías no ofrecieron resistencia.

Fuera de las angostas calles de Centro Habana, y con la experiencia del Parque Máximo Gómez, me volví a sentir expuesto. Las filas cerradas y los edificios a modo de parapetos eran nuestra mejor defensa. Más adelante, nuevamente los boinas negras. Junto a ellos, un pequeño grupo de gente progobierno que nos provocaba y prometía embestirnos.

Hubo mucha tensión. Hicimos un alto en Oquendo, dudamos. Algunos retrocedieron y otros se prepararon para enfrentarse a los gendarmes. Cansados de que les bloquearan el paso, muchos no querían huir más. El enfrentamiento estuvo a punto de ocurrir. Una voz se alzó entre la gente: «No vinimos hasta aquí para pelear, sino para ser oídos». Una parte de la manifestación empezó a recular hacia la derecha y la otra hacia la izquiera. En medio de la calle Carlos III quedó un espacio abierto.

Algunos llevábamos horas caminando y recibiendo golpes, empujones y gas pimienta. Tenía el pantalón roto, ampollas en los pies, sed, fatiga y dolor muscular en las piernas. Aun así no disminuimos el paso. Buscábamos la Plaza de la Revolución. Ahí nos aguardaría el cielo o el infierno. Si lográbamos llegar, sería un golpe simbólico muy fuerte. A medida que nos acercábamos a nuestro destino, ya no vimos tantas muestras de solidaridad. La gente en esa zona se comportaba más huraña, aunque siempre uno que otro nos apoyaba desde la seguridad de su casa.

Cuando cruzamos la calle Clavel nos enardecimos. El edificio del Memorial José Martí ya se divisaba desde la distancia. Ya no tenía sentido intentar desviaciones. En la calle Masó una docena de personas corrió para unirse a nosotros, cuando una mujer les arrojó agua desde un tercer piso. Muchos la maldijeron. Comentaron que había arrojado agua caliente. Puede que fuera un caso aislado, pero reflejaba que la zona circundante a la Plaza pertenecía a familias reaccionarias y prorégimen.

En la esquina de calle Ayestarán los boinas negras hacían un cordón. Subimos nuevamente las manos y pedimos que nos dejaran pasar. No cedieron un centímetro. Sordos, los ojos vacíos. Parecían fieras amaestradas.

Varios grupos de jóvenes se sentaron en plena calle, una estrategia que imaginaron efectiva. La táctica había funcionado el 27 de noviembre de 2020, pero ahora estábamos en un escenario distinto. Gritos y alaridos estallaron desde la primera fila. Vimos a la gente ceder ante la presión, luego arremeter y luego ceder de nuevo. Una carga de gendarmes y oficiales vestidos de civil penetró en la fila de los manifestantes.

Los boinas negras se comportaban como leones cazando gacelas. Caían sobre sus presas de a dos. No se sabía bien cómo identificaban sus blancos, y una vez en el piso las cabezas rebotaban contra el asfalto ante el percutir seco y poderoso de los puños y codos. Los torsos se doblaban ante el impulso de las botas y los garrotes caían sobre las costillas.

Hubo quien intentó replegarse hacia los laterales y parapetarse en las casas cercanas. Seguí moviéndome, pues ahí me habrían acorralado. Retrocedí lo más rápido que pude. Un reducto de los manifestantes comenzó a lanzar piedras, única manera de frenar el avance de aquellas máquinas de represión. Hice lo mismo, pero nunca fui bueno arrojando cosas, el béisbol no es lo mío. Lancé dos que no le dieron a nadie. Igual había que hacer algo. En la multitud abundaban las personas vulnerables. Junto a mí marcharon mujeres y ancianos, algunos desde el Capitolio.

Doblé por la calle Panchito Gómez, perpendicaluar a Aranguren, y vi pasar policías, hombres vestidos de civil con palos, los militares con perros, los boinas negras. También nos arrojaban piedras. Escuché disparos. No sabía si eran al aire, si se trataba de balas de goma, o si nos estaba acribillando. Bien podrían ser las tres. Después de todo, la orden de combate estaba dada.

Temía que una piedra me diera en la espalda, así que fui de frente a los atacantes, caminando hacia atrás. Muchos pedruscos volaron cerca de mí. Esquivé una primera piedra de gran tamaño, luego otra más pequeña, y la tercera fue la vencida. El impacto me sacudió. Perdí la visión de mi ojo derecho, y por el izquierdo, que es mi ojo malo, veía borroso. Avancé a tientas varios metros. Sentía que la mitad de mi rostro, sobre la frente, estaba a punto de desprenderse. La sangre caliente me corría por la cara. Asumí que había perdido el ojo. La hemorragia era abundante, y temí perder el conocimiento. Llamé a una pareja de jóvenes que venían huyendo. Los pobres, se impresionaron mucho y se quedaron para ayudarme.

Nos escondimos en un pasillo. Los vecinos del lugar salieron asustados, pero, conmovidos, nos prestaron su ayuda. Apenas pudieron ofrecerme una gaza y una pomito escachado de gentamicina. No quería convertirme en una carga, así que hice mi mayor esfuerzo. Mauricio Mendoza, periodista de Diario de Cuba, llegó donde nosotros y al percatarse de mi estado me pidió una foto y una entrevista sobre lo ocurrido. Los otros muchachos desaprobaron su falta de sensibilidad y protestaron delicadamente, pero a mí no me molestó.

Mi identidad iba a quedar expuesta, Llegado este punto, no tenía sentido esconderla: Alea jacta est. Puse como condición que me enseñara la foto para evaluar el daño. Sobre la ceja derecha tenía una herida muy profunda y abierta. Todos parecían consternados. Fue un alivio no haber perdido el ojo. Ante la importancia de los acontecimientos la herida me pareció irrelevante. Quisimos salir, pero el peligro acechaba en todas partes. Grupos de hombres marchaban con garrotes. Me era imposible orientarme. Aturdido por el golpe, veía borroso. Confié mi integridad física a los desconocidos.

Otros dos jóvenes, periodistas de Bohemia, nos llamaron y nos refugiamos en otro edificio. Habían llegado con la intención de cubrir la noticia. Les conté suscintamente lo ocurrido y quién era. Luego reanudamos la marcha en buscar un policínico cercano. Apareció una ambulancia, le sacamos la mano, pero no se detuvieron. Dábamos rodeos, buscando evitar los escuadrones de cacería humana. Intenté mantenerme de buen humor, aunque mi cuerpo estaba al límite.

El recibimiento en el policínico no fue muy grato. Dos médicos en una habitación, un hombre y una mujer. El hombre me miraba de modo inquisitivo, algo hostil, mientras me hacía preguntas sobre lo sucedido. Hice lo posible por esquivarlas. La mujer, por otro lado, se dedicó a atender mi herida. Me dijo que requería un maxilofacial para que me quedara la menor cicatriz posible. Explicó que no tenían material alguno para suturar y que apenas podía ponerme una gasa. Ordenó que me condujeran al cubículo.

Las enfermeras, no obstante, dijeron que no tenían gasa ni desinfectante. La doctora, que hasta ese momento había mantenido la compostura, estalló en cólera: «¡Pues si no hay nada, avisen a Salud Pública y cerramos el policlínico ahora mismo!» Casi obligó a las enfermeras a buscar con qué atenderme. Solo entonces apareció la gasa y el desinfectante. Sospeché que había instrucciones gubernamentales de no brindar ayuda a los manifestantes. De hecho, en los lugares de los enfrentamientos había muchas patrullas, pero ningún paramédico.

Los periodista de Bohemia gestionaron un auto de la revista para llevarme al hospital Calixto García. Allí había varios policías heridos. Algunos cojeaban y otros se recostaban a la pared con vendas ensangrentadas sobre los hombros y el cuello. Supe que en cirugía se encontraba un herido de bala. Recordé los sonidos de disparos en Ayestarán.

Un médico colombiano me cosió la frente, mientras otro dominicano bromeaba sobre mi herida. Fueron muy atentos. Estoy seguro que entendían mi situación y actuaron como profesionales, dejando a un lado cualquier posible credo ideológico. Además, en sus países este tipo de estallidos sucedían con mucha frecuencia.

A las 9:00 pm los periodistas volvieron a llamar al chofer. Aprovechamos la espera para conversar sobre nuestras posiciones políticas respecto a los acontecimientos, y nadie mostró extremismos en su críticas y convicciones.

La noche, cargada; la ciudad, silente y oscura. El transporte llegó. Había un despliegue militar sin precedentes en la ciudad. En cada semáforo detenían el auto. Los periodistas constantemente tenían que mostrar su carnet de prensa. Los oficiales echaban una mirada rápida a los documentos y luego adentro del auto. Sabía que los estaba poniendo en riesgo, así que, para disipar las sospechas, levantaba el puño en señal de «Patria o Muerte» y sonreía. Era una operación encubierta. El gobierno me había convertido en un prófugo y a ellos en cómplices. Después de cruzar la avenida Paseo, la presencia policial disminuyó.

Me dejaron cerca del Cementerio de Colón. Había coordinado por teléfono para quedarme esa noche en casa de un amigo, y posiblemente también los días siguientes. Me despedí, agradecido por la ayuda prestada. Quedé en manteneme el contacto. Los periodistas dijeron que harían lo posible porque Bohemía publicara la noticia. Sabían que probablemente no iban a aceptar el trabajo, pero aun así lucharían para que saliera a flote. Mi amigo, después de escucharme, me aconsejó que lo más sensato era mantenerme oculto por unos días. Esa noche, lógicamente, no pude dormir. El dolor de cabeza era lo de menos. Mi mente no dejaba de darle vueltas a los acontecimientos. Y así continuaría por los días sucesivos.

Publicado originalmente en El Estornudo.

Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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