Una canción de amor en una película de terror

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Mike Porcel / Foto: Delio Reguera (tomada de radiotelevisionmarti.com)

Por Legna Rodríguez Iglesias

¿Un cine prohibido es un cine deseado? ¿Un cine deseado es un cine disidente? ¿Un cine disidente es un cine ominoso? ¿Un cine disidente es un documento visual que se lee de forma incorrecta y que se entiende de forma incorrecta, sin medida de tiempo o espacio, pero, sobre todo, que cuenta algo que solo debería leerse y entenderse así, porque si se leyera lo contrario o se entendiera lo contrario sería responsable de un crimen? ¿El espectador que soy cometería la indecencia de entender mal las cosas? ¿El espectador que soy cometería un crimen ético? Creo que al espectador que soy no le interesa tanto la ética, si de materia de cine se trata. ¿El espectador que soy cometería un crimen estético? Creo que la estética sí me interesa.

El espectador que soy no quiere entender bien las cosas, pero en este caso mi única posibilidad es entenderlas de la única forma que son. La forma preciosa en que han sido contadas, apartando la forma en que sucedieron, superponiendo líneas temporales y líneas textuales, elevan el documento visual a una magnitud expresiva de belleza. Los golpes, las malas palabras, la vergüenza, la tristeza, el horror, y la verdad alcanzan en Sueños al pairo una magnitud expresiva de belleza. Es intensamente triste, es enormemente doloroso y es horripilantemente verdadero. La intensidad, la enormidad y la horripilación de un relato que tiene que ser contado. De nuevo, ¿un cine prohibido es un cine deseado?

El martes 25 de febrero a las 8:38 de la mañana, José Luis Aparicio me mandó un enlace para que accediera a una película suya en línea que había recién terminado. Esas fueron sus palabras exactas: Es un documental sobre un músico cubano, pero aún no se ha estrenado. Creo que a José Luis Aparicio le interesaba saber, más que mi opinión, la opinión de un tipo de espectador que quiere leer el cine de una manera otra.

Después de 24 horas, yo aún no había dado clic en el enlace del video. Leí en la web varios artículos de opinión, política y social, que trataban específicamente sobre los últimos acontecimientos en las candidaturas a la Presidencia de Estados Unidos. Compartí, después de leerlos, tres de esos artículos. Sus autores, periodistas y ensayistas que admiro, hablaban, también, de algo más grande y contundente. Se referían a los países desde la historia de los países. Un relato que no debe ser ficción. Me gustan los relatos. La verdad que hay detrás de una pantalla.

Ese mismo miércoles se hizo pública la decisión del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos de posponer la Muestra Joven ICAIC, un evento atractivo por sí solo, que se produce en Cuba hoy, teniendo en cuenta la diversidad de un cine desamparado, agenciado cada vez menos por la institución oficial. El sonido de la r en los infinitivos: aplazar, sustraer, omitir.

No me detuve a observar la historia de Rogelio Orizondo en Instagram llena de fotos de un hombre pelilargo de sesenta años, que quizás vi hace tiempo en YouTube o en alguna carpeta de música, llena de la palabra CENSURA por todas partes, llena de emojis rabiosos y contrincantes. No observé nada con detenimiento el día 26. Leí, miré y escuché las noticias diagonalmente, como quien lee un libro en un momento inadecuado. Estuve toda la mañana en una oficina del gobierno haciendo trámites para sacar la primera licencia de conducir de mi vida. Una completa metáfora.

Al amanecer del 27 de febrero tenía un mensaje de Rogelio Orizondo en Instagram que respondía a mi pregunta de la noche antes. Sentí curiosidad y pregunté qué pasó. Luego me dormí, muerta de cansancio, como todos los días del mundo desde que soy mamá de un bebé. El mensaje era directo: Él me dijo que te había mandado el documental, yo lo vi hoy, tenemos que hacer algo con ese hombre.

Entonces, antes de las 8:52 de la mañana, vi Sueños al pairo, el documental de José Luis Aparicio y Fernando Fraguela, sobre la vida de Mike Porcel, un hombre con una guitarra y un deseo de música, que fue víctima de un régimen dictatorial, corrosivo y enfermizo, llamado Revolución Cubana. Un régimen que todavía perdura.

A José Luis Aparicio y Fernando Fraguela les fue comunicada la prohibición de participar en la Muestra Joven ICAIC hace catorce días, el 13 de febrero de 2020. Las imágenes de archivo usadas en la película, que les fueron permitidas con anterioridad, también les han sido vetadas.

Sueños al pairo es una clase de Historia de Cuba Contemporánea, una clase de Historia de la Revolución. El tono suave, ondulante, a través del relato y los acontecimientos, solo hacen más horripilante aquello que hay detrás o debajo o a través. Sin embargo, no agrede. Nada agrede en la película que José Luis Aparicio y Fernando Fraguela realizaron con el consentimiento de sus participantes. Para mí es importante saber que hubo consentimientos. Empiezo sabiendo eso, que el hombre Mike Porcel no volverá a hablar del tema.

Pero la película es una canción, o viceversa. El tiempo y los sonidos de ese tiempo, guiados por la voz pausada, dócil, sometida casi, de un hombre que ha tenido una experiencia increíble, una experiencia que él todavía no puede creer y que por eso no quiere recordar, se diluyen en lo melódico. Lo melódico como suceso. Ondulaciones que uno se construye a sí mismo. Un dejarse llevar por la corriente. Una corriente despiadada donde se nace, se crece y se desarrolla. Continúo sabiendo eso, que al niño Mike Porcel siempre le gustó la música.

A esta altura de la película, frase hecha que significa que ya no se puede volver atrás, no quiero volver atrás yo tampoco sino sacar un pasaje de avión en JetBlue y llegar al aeropuerto José Martí y empezar a recitar canciones de Mike Porcel como si fueran poemas, recitarlas por micrófono, una estrofa Rogelio Orizondo y una estrofa yo, o lo que sería su homólogo en una acción poética teatral. Bajar las escaleras del avión con un nasobuco puesto que diga Sueños al pairo. Un deseo de contienda. Una rabia en forma de labio mordido y mandíbula apretada. El antídoto contra el virus.

La Revolución Cubana, ese fenómeno antinatural, dispuso a sus individuos de un lado o de otro. Los que nacimos a partir de los años ochenta somos hijos de familias que, de una forma u otra, vigilaron o fueron vigiladas, repudiaron o fueron repudiadas, atacaron o fueron atacadas, quebraron o fueron quebradas, se fueron o se quedaron. No hay espacio en esa Revolución para seres humanos al margen, seres humanos con pensamiento propio. No hay humanidad en esa Revolución. El pensamiento pertenece a la Revolución. Hay poder, hay muerte y hay música. La música es inaudible. Mike Porcel no se oye.

Sueños al pairo, la foto fija de la película, el espejo frente a mí, estremece y perturba. Lo que estremece y perturba no es la desidia, ni siquiera el abuso, la negación, ni siquiera el golpe macizo de un hombre sobre otro hombre, ni siquiera los barcos, ni siquiera el mar. Lo que estremece y perturba no es la censura doble, en la película y fuera de ella. Lo que estremece y perturba son los afectos.

El hombre que es el centro del relato, llamado Mike Porcel, se desintegra frente al espectador. Pierde música, amigos, trabajo, decisiones, ilusiones, dignidad, aquella dignidad plena del hombre de la que se habla en la Historia. El hombre Mike Porcel deja de ser, literalmente, aunque no deja de estar. Llega a convertirse, incluso, en cadáver. Un hombre que es obligado a vivir una vida ajena. Un hombre sin vida propia es un hombre muerto. Lo único que lo salva, si existe la salvación, son los afectos. Ahí, en esa sustancia última, está para mí la clave de su relato.

Al dar clic por segunda vez para encontrar detalles, gestos, acciones, luces, sonidos, que con seguridad se escaparon en ese primer vistazo, el enlace no se abrió: La URL solicitada no se encontró en este servidor. Eso es todo lo que sabemos. Una completa metáfora.

Empecé a sentir un miedo que se confunde con la razón, el miedo de olvidar. Se me iba a olvidar lo que acababa de ver. Pensé en Mike Porcel hilvanando sus recuerdos, voz mediante, para José Luis Aparicio y Fernando Fraguela. La tortura inmensa de traer al dolor, a la angustia, y ponerlos a hablar, de pie, frente a las cámaras.

La indecencia de la que habla Mike Porcel al principio, cuando la Revolución Cubana toma las riendas de un país rico en buenos modales, va confirmándose en la película y va creciendo, apoteosis, en narrativa e imágenes. El clímax narrativo de una escena animada con dibujos fantasmagóricos que no tienen rostros precisos ni movimientos precisos, que mueven las cabezas como espíritus burlones y que en vez de hablar emiten ruidos que son muecas que son deformaciones, termina martillando una idea estacionaria: la indecencia.

El deseo interminable de comer lo que no existe es indecente. Limpiarse las nalgas con las páginas de un periódico toda la vida o la mitad de la vida es indecente. Tirarse al mar con niños chiquitos para salir del país es indecente. Vivir escondido en tu propia casa es indecente. Abrir la puerta de la casa ajena sin tocar la puerta porque todos somos familias es indecente. Perseguirse unos a otros es indecente. Cantar canciones de Sara González en el matutino de la escuela en vez de cantar canciones de Mike Porcel es indecente. Quedarse callado es indecente.

Una de las mayores indecencias de la película es el discurso inescrupuloso, indecente y repugnante del pianista Frank Fernández. Por suerte, las entrevistas son breves, como flashazos. El pianista dice a los entrevistadores que nota cierta búsqueda de cuestionamiento social o político en su pregunta. Niega que hubo ningún tipo de cuestionamiento político con Mike Porcel. NO HUBO. Al decirlo, su boca se vuelve un culo y el espectador empieza a percibir un olor a mierda que sale de la película. Tener un culo de gallina en el lugar de una boca es indecente.

En contraste con la indecencia aparece un hombre, Mike Porcel, que es seda, bambula, terciopelo azul, algodón blanco. Su voz va guiando, acariciadora, el relato de una película que no es solo la biografía de un hombre sino la biografía del terror.

Debe ser intencional que la música del filme haya sido compuesta por el mismo Mike Porcel: Cada. Suspiro. Melódico. De. La. Guitarra. Hace. Anillos. De. Pausas. Alrededor. De. Los. Acontecimientos. Y. Las. Personas. Que. Intervienen. En. El. Relato. Como. Sombras. Esperanzadoras. Que. Quieren. Ofrecer. Tiempo. Extra. Al. Desenlace.

Mientras escribo sobre una perturbación, la actriz y escritora Rosie Inguanzo, que ayer vino a la casa para traerme un nebulizador y tocó la puerta sin abrirla, esperando que yo abriera, aunque desde adentro dije ENTRA, empieza a enviarme mensajes en ráfaga pidiéndome que le consiga el documental. Me dice que conoce a Mike Porcel. Me dice que a Mike Porcel lo acabaron. Me cuenta que ella estaba ahí. Que ella lo vio todo. Que Mike Porcel era un ángel. Que estaba en el Olimpo de la música cubana. Que fundó Síntesis, que era electrónica, pero Mike Porcel era puro y lo jodieron. Que quiso irse, como es natural. Que ella estuvo en el coro de la iglesia con él. De arriba a abajo.

Si tuviera que hacer reclamaciones, sería la brevedad de un relato que no cede a la conveniencia de la Historia, ni de Mike Porcel, ni del gobierno cubano. Sería, además, la falta de osadía en no dibujar un culo sobre la boca de Frank Fernández. Sería la demasiada bondad. Lo que no olvidaré: el trayecto de Mike Porcel caminando junto a su esposa, a paso lento, cadencioso, libre, hacia el interior de una de esas placitas de Miami, que tienen desde un salón de peluquería hasta un restaurante japonés. Lo que no olvidaré: a Mike Porcel diciendo que en su interior no hay rencor.

Quien escribe fue criada por un hombre y una mujer revolucionarios, un hombre y una mujer que no solo lucharon por esa Revolución, sino que se murieron creyendo en esa Revolución. Tengo recuerdos borrosos de eventos parecidos a los de la película, en menor medida y en sentido contrario. Gente que cuando mi abuelo y yo pasábamos, década de los noventa, le tiraban basura a sus espaldas, piedras, pedazos de objetos, un tomate, una fruta. Al hacerlo, le gritaban algo que intento recordar pero no lo consigo. Me he sentido mal por eso, todo el día y toda la tarde.

Ver la película y escribir sobre ella sería una forma torpe de pedir disculpas. Torpe y fácil. Pedir perdón no es pedir disculpas. Pedir perdón es difícil. Pido perdón por mi abuelo y pido perdón por mi abuela. Perdón por mi madre, una hija de revolucionarios que es feliz ahí donde ya nada crece, o dice que es feliz sin serlo y al decirlo lo constata. Perdón por mis amigos que también serán felices y que también lo dirán, porque al decirlo lo nombran y de algún modo lo atraen. Hay que sobrevivir y hay que vivir. Perdón por escribir un párrafo en el que la palabra revolucionarios va seguida de la palabra felices. Perdón, porque no es verdad.

Publicado originalmente en El Estornudo.

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Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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