Un museo en tiempo real

Cantantes de Patria y Vida en los Grammy Latino / Foto: KEVIN WINTER/GETTY IMAGES

Por Carlos Melián

Rafael Escalona, melómano, experto en temas como las industrias musicales, director de la revista independiente especializada en música cubana AM:PM, intentó explicar por qué les parecieron sospechosos los dos Grammys Latinos que recibió «Patria y Vida», el popular tema que firman Beatriz Luengo, Yotuel Romero, Gente de Zona, Descemer Bueno, y los raperos Maykel Castillo Osorbo y El Funky.

Su texto «La patria, la vida y los Latin Grammy» avanza armando preguntas que realmente muchos se hicieron y se callaron en Cuba para no dar la nota, para no sumarse a la propaganda del Partido Comunista que acusa al fenómeno «Patria y Vida» de ser un complot imperialista contra el sistema político cubano, o para no parecer insensibles ante el drama que expone el tema musical: la angustia de un sector de la población cubana que se siente asfixiada por un poder que los empobrece, los vigila y los reprime. A manera de corolario uno de los protagonistas, Maykel Castillo, encarnaba este drama: se encontraba y se encuentra preso[1]debido a su activismo político.

Rafa Escalona llega a una última pregunta que reafirma de algún modo su sospecha: no logra saber qué ganaría la Academia Latina de la Grabación premiando un tema musicalmente menor y con poco impacto relativo en reproducciones previas — revisadas todas las plataformas — a la propia nominación de los Latin Grammy.

El Periodista coincide: el premio parece fabricado. La cuestión al menos despierta su curiosidad: merecería una investigación periodística seria cuyo fin último sería desterrar este tipo de adherencias a las artes nacionales, pero visualiza que, si se llegase a demostrar con datos empíricos que la canción fue premiada gracias a un complot político, ocurriría un desastre similar a lo que ocurre en un ecosistema marino cuando hay un derrame petrolero. El uso del «pero» es retórico; no implica que la necesidad de investigar, o de la verdad, tenga que ser cancelada en virtud de un fin determinado, o de alguna conquista superior.

Visualización: un sector de la prensa y de las redes sociales caerían sobre «Patria y Vida»haciéndola trizas, y otro sector, el más apto para defenderla, se callaría, no por cómplice, sino porque sería casi absurdo, y cínico, defender un complot u otra tóxica excepcionalidad — cualquier forma de paternalismo — que hubiese librado a los músicos cubanos de los rigores de una competencia real. Todo cubano que vive en Cuba es potencialmente el protagonista del Show de Truman: aquí se está sediento de realidad real tanto como de libertad, como si ambas, realidad y libertad, fueran dos elementos de un mismo continente.

El Periodista se dice que, asumiendo el acaso de un complot extramusical, las partes más interesantes y humanas de la canción quedarían sepultadas. A él en particular la canción sí le habla cada vez que la escucha; podría decir incluso que le-habla-a-pesar-de-sí-mismo. Algunos versos, que son al mismo tiempo ordinarios, le emocionan. «Ya se acabó», se dice en su fuero interno, es una frase que a un finlandés no le diría nada; pero a él sí, porque vivió toda su vida en una especie de estado de compresión económica o de riesgo ideológico que se libera en esta simple frase: «Ya se acabó, sesenta años tranca´o el dominó».

La frase resonó tanto en él que al final o en el medio se sorprendió agregándole la interjección «¡pinga!». Verbigracia: «Ya se acabó, ¡pinga!, sesenta años tranca´o el dominó, ¡cojone!/¡pinga!». De estas emociones habla el Periodista cuando visualiza el ecosistema de emociones que la canción porta. Se pregunta: ¿cómo reseñarían los historiadores este trocito de la historia de Cuba, si se rebela dicho complot? ¿Como un complot, y punto? Es lo más probable.

El enunciado central de Rafa Escalona — nosotros sabemos qué ganamos con esta canción, pero ¿qué demonios ganan ustedes, los que la premian? — acaso conduce a un ámbito conspirativo que confina el debate. El final del texto es este: «En fin, que me alegro por los millones de cubanes que se sienten empoderades por este premio, y que lo ven como una victoria de sus aspiraciones de una sociedad mejor; me alegro por la visibilidad que pueda darle a la situación en la que se encuentran Maykel Osorbo, Luis Manuel Otero Alcántara y a todas las personas detenidas en Cuba hoy por pensar diferente, pero de ahí en adelante, se me acaba el argumento y la metodología».

Este sitio de confinamiento último le parece al Periodista un solar enyerbado. No sabe por qué ha estado pensando en una especie de cementerio de aviones. Ese es el drama que intuye el Periodista: uno pasa y ve todos esos fabulosos equipos aparentemente sanos, pero de baja por tope en las horas de vuelo, cuyo destino será oxidarse o ser metidos en una prensadora.

El Periodista propone observar mejor el ecosistema marino que acompaña la canción. O mejor: la composición química del lubricante que hizo posible el premio. O sea, ¿de qué está hecha la sustancia que hace posible que el premio no sea en definitiva tan chocante o absurda, no tanto para el Periodista o para Rafa Escalona como para quienes consintieron en otorgarlo (fuese o no un complot)? ¿Qué dosis de artificio o de honestidad tuvo que sacrificar la «academia latina americana» para que ser un símbolo de libertad fuera un principio de razón suficiente? ¿A la hora del voto, si lo hubo, algún imperativo universal los movilizó en favor de los cubanos oprimidos?

***

Este debate llevó al Periodista a evocar algo que identifica dentro de sí mismo. Si se lee bien, la obra de Milan Kundera estuvo siempre cruzada por una resistencia de doble frente al totalitarismo, que sufrió en Checoslovaquia comunista, antes de mudarse definitivamente a Francia. Un frente iba contra la represión que propiamente recreó el comunismo real en los espíritus de los habitantes de esas repúblicas condenadas al control y la penalización del pensamiento y la expresión. Y el otro frente constituía una resistencia al hecho probable de ser recordado apenas como un-escritor-checo-bajo-el-totalitarismo-soviético. Este drama pervive entre escritores y artistas cubanos que no solo se resisten a sucumbir en su trabajo a las irradiaciones de la política, sino que, por otra parte, en la defensa de sus propias obras y las de sus amigos se ven arrojados a hacer activismo político. Ellos, como Kundera, se han colocado frente a la cuestión de independizarse de las babas y las maximizaciones de la política.

Esto es que Kundera quería ser recordado como un escritor a secas; no quería, ni quiere ser un fenómeno subsidiario del socialismo checoslovaco, no quiere ser un subproducto del comunismo, porque un escritor que crece leyendo a Rabelais, a Faulkner o a Musil desea ser un producto de la novela y no de un sistema político que, incluso, fue reconociendo como fallido y absurdo. Si se asume que Kundera era checoslovaco, y que esto lo condenaba a ser sedimento de la historia nacional, pues Kundera negaba esa paternidad y la redirigía hacia el arte de la novela. Kundera se esforzó — por supuesto, sin creérselo del todo, en el sentido en que Goethe nunca creyó que fuese un genio, aunque deseaba serlo con todas sus fuerzas — en crear una obra universal, autosuficiente, inscrita en el Parnaso de los autores, donde podría sentirse, por ejemplo, junto a Robert Musil o Hermann Broch. En este fragmento (y a lo largo de todo el libro Los testamentos traicionados), el Periodista cree detectar ese «prejuicio»:

La influencia nefasta de la novela de Orwell [1984] radica en la implacable reducción de una realidad a su aspecto puramente político y en la reducción de este mismo aspecto a lo que tiene de ejemplarmente negativo. Me niego a perdonar esta reducción con el pretexto de que era útil como propaganda en la lucha contra el mal totalitario. Porque este mal es precisamente la reducción de la vida a la política y de la política a la propaganda. Así, la novela de Orwell, pese a sus intenciones, forma ella misma parte del espíritu totalitario, del espíritu de propaganda. Reduce (y enseña a reducir) la vida de una sociedad odiada a la simple enumeración de sus crímenes.

En un párrafo anterior Kundera explica mejor en qué consiste esa reducción:

Si la forma novelesca oscurece el pensamiento de Orwell, ¿acaso le da algo a cambio? ¿Ilumina el misterio de las situaciones a las que no tienen acceso ni la sociología ni la politicología [sic]? No: las situaciones y los personajes son de una supina insipidez. ¿Se justifica al menos, pues, como vulgarización de buenas ideas? Tampoco. Porque las ideas trasladadas a una novela ya no actúan como ideas, sino precisamente como novela, y, en el caso de 1984, actúan como una mala novela con toda la nefasta influencia que puede ejercer una mala novela.

El Periodista recuerda que leyó la Insoportable levedad del ser, la novela más famosa de Kundera, con la misma sensación de empobrecimiento que su escritor señala en 1984. El Periodista cree que luego su carrera se convirtió en un esfuerzo por desmarcarse de esta etiqueta anticomunista.

Estos fragmentos del ensayo de Kundera, y Kundera mismo, hacen pensar al Periodista en una inversión del orden en que el producto politizado se manifiesta. Lo que hace inmortal a un libro como 1984, a pesar de Kundera, es la zona arquetípica en que esa novela juega.

Algo similar, en su escala, sucede con «Patria y Vida». No importa cuán malos sean sus versos si estos liberan a alguien de un cerco, de una larga opresión/represión. La «insipidez» de la que acusa Kundera a 1984 será transmutada por el sujeto oprimido cuando su angustia encuentre lugar en la obra literaria, en una mala película, o en la canción de marras. De nada vale que se condenen los manuales o los panfletos si estos ocupan un territorio que asiste a los oprimidos en busca de consuelo.

***

El Periodista recuerda cómo un pariente anticomunista (PA) esperaba hasta las 12 de la noche solo para ver el segmento que Walter Martínez, comentarista de Telesur, dedicaba a Corea del Norte. Al PA no le interesaba nada más en la televisión; solo le interesaba ESE segmento: allí había una pequeña ventana hacia las arbitrariedades de una especie de monarquía marxista cerrada al mundo, incluso al turismo, tan científica como que el poder se transmite por una especie de derecho de sangre idéntico al de una monarquía.

Detrás de las notas de Walter Martínez, el PA intentaba ver cómo vivía la gente, qué comía, qué doctrinas recibían los niños en las escuelas y los trabajadores en las fábricas, a los que siempre encontraba hambreados, en harapos, obedientes. Corea del Norte era para el PA un museo vivo, un sueño, un experimento totalizante con rastros de fábula y de parábola en tiempo real.

El PA logró largarse de Cuba, y sigue pendiente de Corea del Norte. En la última conversación que ambos sostuvieron, el PA dijo al Periodista que después del 15N Cuba era «sin duda alguna ya» una Corea del Norte, pero que los cubanos, por estar dentro, no lo sabían, no lo podían reconocer porque, aunque estaban sujetos por el totalitarismo, también lo constituían. Un viaje a Corea del Norte, un viaje a Cuba era también un viaje al pasado.

Así que por qué no creer que, para muchas personas, tal vez la mayoría, incluidos por supuesto los cubanos de la diáspora, Cuba es más o menos eso: una isla en el Caribe donde se realizan figuras de poder superadas por hitos sociopolíticos e instituciones como la Modernidad, la Revolución Francesa, la Revolución Americana, y por documentos como la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. Desde esa perspectiva, en Cuba viven millones de personas bajo un régimen como el impuesto no solo en Corea del Norte, sino en la novela 1984, bajo el ojo y el puño cerrado del Gran Hermano, o del Sauron de El señor de los anillos, o de Creonte, rey de Tebas que condena a la Antígona de Sófocles.

Esos libros que escribió George Orwell, 1984 o Rebelión en la granja, pervivirán porque expresan el rechazo a figuras como la esclavitud, el encierro, la condena. Son historias que salieron del horno luego de experiencias traumáticas como las del fascismo y el nazismo, pero también del totalitarismo soviético, del cual Orwell fue un crítico frontal y solitario, aun cuando se reconocía socialista.

El Periodista percibe que los Latin Grammys a «Patria y Vida» se inscriben en esa coordenada, o mejor, en la región emocional del mito donde el oprimido lucha contra su opresor.

La manifestación prohibida y frustrada del 15 de noviembre lo confirma: Cuba simplemente no puede tener protestas callejeras legales como sí ocurre en gran parte del mundo. Tampoco puede tener un sistema político pluripartidista, o un diseño estatal que admita división de poderes o instituciones independientes que sirvan de contrapesos a las que detentan poder gubernamental.

Cuba representa figuras autoritarias superadas al menos formalmente en Occidente. En ese imaginario, en ese juego de sombras, fantasmas y amagos, está situada no tanto junto a Venezuela o Nicaragua, que más bien parecen sus epígonos, sino en una coordenada de figuras y arquetipos clásicos y míticos. Una especie de Olimpo o pesebre de Navidad donde conviven la extinta URSS, la China de Mao Zedong y la actual Corea del Norte.

Cuba ocupa ahora mismo un lugar mítico e inspirador para una izquierda radical cada vez más aislada y arrinconada. Pero también sigue siendo mítica y ejemplarmente negativa para la derecha, para las consciencias centristas y para una izquierda crítica y libertaria más actualizada y cercana a las necesidades culturales de la contemporaneidad.

El Latin Grammy puede ser aceptado porque Cuba es ese lugar donde el tiempo se detuvo, un país de ensueño en cuyas calles transitan mayoritariamente autos que ya no existen en ninguna otra parte. Cuba es un Fahrenheit 451 (Ray Bradbury), un El informe de la minoría (Philip K. Dick), Un mundo feliz (Aldous Huxley), un Michael Kohlhaas (Heinrich von Kleist). El Periodista cree que conceder ese premio a una canción como «Patria y Vida» no se inscribiría tanto en la lógica de un probable complot como en el terreno del deseo libertario que a veces anima grandes obras literarias o, al menos, canciones de éxito sobre la libertad del hombre oprimido.

Es más… el mundo, la cultura occidental necesita a Cuba para creerse libre de lo que en Cuba pasa del mismo modo en que ese mundo necesita 1984 o series distópicas como El cuento de la criada, Black Mirror, etc. Aceptar un Grammy en estas circunstancias no es simplemente obedecer sino hacer algo en favor de aquel que en el mito, y en la realidad, juega el papel del oprimido. Puede ser incluso purificador como lo es darle un aventón a una anciana, donar medicamentos, saltar al agua para salvar a alguien que no sabe nadar.

La paradoja del Gobierno cubano es que, si no busca una salida democrática a su drama, seguirá siendo espectáculo, nafta para ser contado y cantado por otros. Su devenir distópico seguirá siendo consumido por el Occidente «democrático», incluso para creerse más libre de lo que en realidad es.

[1] Y enfermo, según informó en redes sociales, un par de días antes del anuncio de los premios, la activista Anamely Ramos. [Nota del Editor]

Publicado originalmente en El Estornudo.

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