Trumpetilla pa los intelectuales: Seis preguntas fake a Jacobo Londres

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Imagen: Paolo de Feisbul

Por Jacobo Londres

Jacobo Londres es la personalidad cubanoamericana del momento. Tanto es así, que hoy el espíritu absoluto del cubanoamericanismo se reconocerá a sí mismo a través de él; yo, Ferlinguetti Batista, el de pensamiento ágrafo, seré apenas un preguntón que forzará los pies para que el jacobinismo les haga caricias a los cuellitos de los muchachones progres. El Cuban American soul, ahora, se autorrevelará con burla trumpista. Hablará claro, ejercerá su derecho al voto, al equívoco, al acierto… El ario Hegel y el malandro Mallarmé, espiritistas donde los haya, lanzarán los caracoles, serán nuestros virgilios — piñerianos, por supuesto.

Estas seis preguntas con sus cinco respuestas, old fashioned en nuestras manos, tienen lugar en Sorrento, pueblo de 800 habitantes en el centro-norte de Florida, donde ambos hacemos campaña por la reelección de Donald J. Trump. Al fondo, se escucha un bolero de Juana Bacallao.

Ferlinguetti Batista: Jacobo, hablemos entre tanta bulla progre que okupa «las islas que van quedando». Me aseguras que el jacobinismo ha llegado a un estadio de autorreconocimiento. Dime, ¿cómo llegaste ahí?

Jacobo Londres: Ya en Cuba, como Mallarmé, «maldije al populacho» y entonces «mi Pensamiento se pensó». Cuando pude salir de la Habana, luego de comerme en el aeropuerto un perro caliente al que le practiqué con la uña dos muescas oblicuas de modo que parecieran los ojos rasgados del perrito chino, y de quien no pude despedirme verbalmente por tener la boca ocupada con él mismo, me fui directamentonamente a vivir a Texas, siguiendo mi pasión por el interior y el tiro al blanco. Mientras esperaba el permiso de trabajo, ese amor por lo farmer y las balas fue lo que le dio de comer a Jacobo, quien iba a los puntos de tiro de las ferias de atracciones y ganaba juguetes y peluches para venderlos luego a la comunidad cubana en Austin, quienes aún me conocen por aquellos lares como Peluche o M-16. Escuchando a Raulito, filósofo de Centro Habana, en los pulgueros de armas, Jacobo se identificó rápidamente con las ideas libertarias, con Ron Paul; me sentí anarcocapitalista, creyente en un destino personal sobre uno plural y en que la propiedad privada es el entorno material del individuo. Texas me ayudó, digamos, a sacarme del cuerpo la colectividad cubana.

Ferlinguetti Batista: Según un académico expulsado de Harvard por llamar «bartender frustrada» a AOC, «el jacobinismo es una influencia fuerte en el imaginario trumpista». ¿Cómo es eso?

Jacobo Londres: A AOC la conocí justo en un bar de New Jersey hace unos añitos. Hice un poco de guara con ella, tanto que me contó cómo de una botella de Jim Bean sacaba el triple de tragos echándole agua. «Así se distribuye la riqueza», me decía.

Voy a tu pregunta.

Lo primero que me interesó de Trump fue cuando dijo que no le gustaba John McCain porque lo habían capturado y él prefiere a los que no capturan. A Trump, como a mí, no le gustan los underdogs per se o cuando un corredor ayuda al otro cansado a entrar a la meta y todos aplauden; eso es pura elección dramatúrgica. También me hizo gracia cuando quiso cambiar a Puerto Rico por Groenlandia. ¡Qué aventura ser vendidos! A nivel práctico no era difícil pensarlo, considerando las estratosfericonas deudas de Puerto Rico gracias a décadas de políticos ladrones. No me parece patriota sino impráctico quien defiende su idea de patria más allá de lo razonable; la patria debe ser flexible, como la experiencia. Pónganse jacobinos, si la croqueta sabe buena y está crunchy, que importa si al croquetero le cae mal el jacobinismo o no.

Entonces fui descubriendo en Trump un valor añadido, uno a su pesar: su poder semántico. Un comentario sobre Trump donde alabé su estilo me ganó el rechazo de amistades íntimas, fui acusado de fascista y una galleta me fue prometida si no fuera por el cariño. No era posible, resumí, celebrar a Trump en ninguna de sus manifestaciones, y en cada foro, incluso con desconocidos, me llegaban comentarios enérgicos de su aludida maldad. Gente que entendí fácilmente ofendible, Karens de la vida, me presentaban el nuevo status quo del pensamiento, moda obligatoria y, claro, me he resistido a ese bullying mental. Esta tendencia monoliticona y prohibitiva solidificó a Trump como una ficha de significado que me interesa. El sentido de Trump se convierte así en el sentido de una de mis resistencias.

Superficial y majadero como pueda parecer mi accionar, debo decir rapidonamente que me autoeximo de toda responsabilidad, pues me niego a invertir emociones, calorías existenciales en la acción política. Soy inmaculado en mis decisiones sociales pues no he cometido ninguna, y cuando me escriben invitándome al voto contesto que me siento incapacitado para hacerlo, y es justamente así. No hay para mí nirvana en esos ámbitos donde se camina con el discurso como escudo que antecede y determina, así que Jacobo va al estadio no a ver el juego sino a comer y tomar cerveza. Borracho y liberado de la razón, semejante constructo, puedo relajarme. Aún a ignorantes políticos como yo asiste el derecho al juicio estético, y allí Trump ganaría estas elecciones en ámbitos conceptuales pues representa nuestro derecho a ser ignorantes, insensibles, deplorables. Tenemos derecho a Trump, a lo atrasado, si así se define. Podemos ser todo lo idiotas que queramos, el cielo es el límite en este país de oportunidades. La mayoría imbécil es aún la mayoría. Pero hay más: Trump en su chusmería se acerca a nuestra cubanía, y siento que Trump es el primer presidente cubanoamericano.

Por otro lado, la sonrisa de Biden me parece de falsoneta seducción, zombi con el rabo sarazo, en fin, no me apelita. Biden representa el costado yuma que no da más de sí, una realidad sin futuro. Y la ideología de la yuma siempre fue la futuridad, el salvaje amanecer. El make America great again significa retomar la apuesta pragmática por la utopía, perdida hoy entre tanto mantra socialistoide que ya sabemos a donde lleva: una cola interminable que se muerde el estómago. En un Occidente sin épica, Trump ha cumplido el sueño de Jerjes («inventar voluptuosidades nuevas») y el dictum de ese monstruo delicado que fue Verlaine («El que invente un vicio nuevo será el mayor benefactor de la humanidad»). Hoy, el vicio más odiado y amado a la vez es sin duda el trumpismo. Por ejemplo, una de esas voluptuosidades o nuevo vicio trumpista ha sido desmontar el discurso de las hordas progres usando sus propios sofismas. Fíjate: la dialéctica liberaloide y populista de la izquierda está en la retórica de Trump, pero sacada de sus lugares comunes, habituales, puesta al desnudo, reducida hasta la burla, de una aparente vulgaridad que pone el dedo en la llaga. Pero si quedara alguna duda, Trump tiene el superpoder de ser inmune.

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Imagen: Paolo de Feisbul

Ferlinguetti Batista: Hay todo un manifiesto intelectual a favor de Trump en lo que acabas de decir. Sin embargo, no pocos acusan a Trump de ser la negación de la razón intelectual, de la verdad científica, de ser el gran imbécil en que todos lo imbéciles se reconocen. ¿Qué crees de eso?

Jacobo Londres: Se acusa a Trump de antintelectualismo. Pero ¿quiénes son los intelectuales? ¿qué tienen para brindarnos que es tan terrible perderlos? Con voz de David Attenborough declaro: Muchos intelectuales viven de los demás, les chupan la sangre, mantenidos de las ideas, son como quistes ideológicos. Te lo pongo sencillito: John cosecha maíz y paga sus impuestos para pagarle un supersalario a Noam para que escriba que John es el ejemplo del embrutecimiento y racismo trumpistas. Muy pocos son verdaderos pensadores. Son comentaristas, revendedores de discursos. Generalmente incapacitados para la acción, con poca tracción en la sociedad, imprácticos para producir capital, protagonizan conferencias insufribles a las que pocos asisten. Lo que tocan lo convierten en discurso, o sea, lo matan. El intelectualismo es elitismo, es clasismo de gente con el ego alborotado. Jacobo conoce bien la academia y le aburre más que las canciones de la iglesia protestante. Pensar es un subproducto de existir, croqueta de extraña materia respirando por debajo de un nylon, y los intelectuales son chefs elegantes que se burlan de otro que solo de spam son sus recetas. No satisfechos con su propia elección intentan, como algunos veganos, culpabilizar a quienes han elegido diferente, pero cada cual tiene lo que llega a su bodega mental. Alexander Otaola le dijo hace unos días a los intelectuales, con razón, que se fueran a freír tusas. La nueva época no pertenece a los intelectuales, quienes han hecho poco por la libertad de Cuba. Si los influencers son nuestros nuevos héroes y la chusmería nuestro bastión para liberar a Cuba, I am ok with that. Si Trump y Otaola son las señales de nuestra desintegración natural, pues que venga amorosamente la desintegración. Otaola no es sino la idea que queremos hacernos de él; o sea, Otaola es tu responsabilidad perceptiva personal, no de Otaola. Yo elijo a un Otaola amor.

Ferlinguetti Batista: Digamos que, entonces, ¿también se debe pensar el fenómeno Trump como una expresión estética?

Jacobo Londres: Aun tengo mayores motivos para mis filiaciones estéticas: he recibido hace unos días confirmación desde lo inconsciente. Mi ausencia de videos jacobinos se ha debido en parte a que me operaron hace dos semanas de un tobillo durante tantos años lastimado cuando tenía que torcer el pie abruptamente para evitar la mesa de dominó y a sus jugadores que invadían mi camino al bajar la escalerita cuando salía de mi carnicería en Varadero. El dolor continuado era un recordatorio de mi afectación colectiva, y decidí corregir eso. La anestesia fluyó por mi jacobino brazo y causó un cataclismo en mi percepción: me acomodé feliz en el hueco de la mano del apretón entre Trump y Otaola, floté sobre la Casa Blanca y dejaba caer mis papeles con poemas sobre Trump, quien los leía y decía: I love it, cual Estervina arrubiada arrobada. Viendo que yo llevaba mi escopeta, me invitó a Alaska a cazar animales en peligro de extinción, mas le expliqué que al disparar Jacobo solo revive seres muertos, como latas y botellas, la sangre inquieta de la inexistencia, y en ritual posterior Trump y yo nos cortamos las mejillas con los fragmentos vivos de botellas. Luego estábamos en mi lugar seguro, una desolada playa de Mazunte, Oaxaca, y Trump echaba cloro a todo el paisaje alrededor. Mexicanos blanqueados nos saludaban felices y le decían a Trump que no se sienten ofendidos, que más ofensivo les parece cuando les dicen que deben sentirse ofendidos, o cuando Netflix pone automáticamente los subtítulos en español que nunca le pediste, y peor, con doblaje de voz. Después nos íbamos a ofender japoneses a la hora del té con una patica mal doblada y el meñique de tu infancia levantándose como entre tías. Los ojos del alzado meñique atisbaban desde su altura laboratorios chinos soterrados, frascos con flema de pangolín que eran regados por el mundo y el coronavirus realizó movidas de exterminio cultural, los países se hicieron diezmadas tribus, a los antiguos cubanoamericanos se nos llamó «las chusmas» y Otaola era el chamán chusma y sus atacados y atacantes lo querían por igual y las tribus futuras admiraban: ¡Qué unidos eran las chusmas!

Ferlinguetti Batista: Tu vocación de carnicero, tu amor por Texas e ideas políticas bien podrían resumirse en el hecho de que cada alcalde elegido en College Station (corazón insular de Texas), hasta la fecha y sin lugar a excepciones, ha oficiado, antes de meterse en política, de carnicero. Ahora que ya no habitas en Texas, ¿qué queda de ella en ti?

Jacobo Londres: Sin dudas, Texas es a Jacobo lo que Roma a Fellini. Son varios los caminos que conducen a Verdad, y el de Texas es el más corto. El día que me fui de Texas compré, como homenaje y agradecimiento a lo que me enseñó ese estado, un pulovito amarillo con la bandera de Gadsden: una serpiente y la frase: Don’t thread with me (No me pisotees). Representa la no agresión, la actitud defensiva, el stand your ground como actitud de vida. Como decía John Locke: somos iguales e independientes, no ataques mi vida, mis bienes, mis ideas. La independencia es ahí la palabra clave, que regula las condiciones para esa equidad. Ayer recibí un mensaje de texto que decía: We are on a mission to save the world from Trump, y mucho me gustó el tono apocalíptico, sólo que me parecen incomprensibles misiones tan universales, así que le contesté con un poema mío traducido al chino con el traductor de Google para emular mi incomprensión en nuestro diálogo. Finalmente estuvimos a tono.

Ferlinguetti Batista: Jacobo, el espíritu ha hablado. ¿Alguna frase final?

Jacobo Londres: La buena poesía pasa por el voto a Trump.

Publicado originalmente en El Estornudo

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Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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