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Plaza de la Revolución vista desde el Cementerio de Colón, La Habana/Foto: Jesús Adonis Martínez.

Por Mónica Baró

La comida. A finales de diciembre, tras vivir este 2019 un tornado que costó siete vidas humanas y afectó unas ocho mil viviendas, atravesar un proceso de reforma de la Constitución de la República caracterizado por la verticalidad y la falta de transparencia, lidiar con los efectos de las políticas retrógradas del presidente estadounidense Donald Trump; tras invertir demasiadas horas en hacer colas para comprar pollo, aceite, papel higiénico, puré de tomate o cualquier otro producto básico, compartir cientos de memes en reacción a la idea del comandante Guillermo García Frías de cultivar avestruces para consumo de la población, y temer por la llegada de un segundo Período Especial; tras desfilar sin permiso de las autoridades por el Paseo del Prado para defender los derechos de la comunidad LGBTI, padecer o ignorar la represión contra periodistas, activistas y artistas independientes por parte del gobierno; tras enterrar a la prima ballerina assoluta Alicia Alonso a sus 98 años, recibir a los reyes de España en visita oficial y celebrar el 500 aniversario de La Habana con un espectáculo de 16 mil fuegos artificiales; tras polemizar sobre la detención del opositor José Daniel Ferrer, la comida sigue siendo el tema en torno al cual orbita la vida de la mayoría de los cubanos que residen en Cuba.

Si hay un símbolo fiel de la Revolución cubana es la libreta de abastecimiento. Desde su creación en 1962, a través de ella las familias cubanas han recibido, de manera subsidiada, los alimentos suficientes para no morir de hambre. No para alimentarse apropiadamente, solo para no morir de hambre. Cuando yo era niña, hace más de veinte años, en medio de una de las peores crisis económicas de la historia cubana, aún venían algunas confituras, pero la libreta de abastecimiento fue volviéndose cada vez más austera. En la última década, el gobierno retiró la pasta de dientes, los jabones, el detergente de fregar, los cigarros, y disminuyó las cuotas de algunos productos. En 2010 se valoró la eliminación de este sistema, que entonces costaba al Estado más de mil millones de dólares al año, pero esa posibilidad suscitó un estado de opinión desfavorable, y al final se mantuvo. A las bodegas continuaron llegando, con mejor o peor calidad, el pan, el arroz, los frijoles, los espaguetis, el azúcar, el café, la sal, el aceite, el pollo, los huevos… Hasta hoy. Hace pocos días en la Asamblea Nacional del Poder Popular se aprobó una propuesta para estudiar la retirada de la libreta a los ciudadanos que permanecieran fuera del país por largos períodos, pero nada más. La libreta de abastecimiento, por mucho que cueste mantenerla, es una inversión política.

A 61 años del triunfo revolucionario que debía garantizar los derechos y las libertades violados por una dictadura militar, el hecho de que todavía sea necesaria una libreta de abastecimiento para mal alimentar a buena parte de los 11 millones de cubanos no habla tanto de la generosidad del gobierno, ni de la ineficiencia de sus dirigentes para gestionar la economía, como del nivel de dependencia de la sociedad con respecto al Estado regido por el Partido Comunista de Cuba (PCC). Ha sido eso, dependencia, lo que se ha garantizado en Cuba, antes que derechos y libertades. Y el Estado, en su rol de héroe de la película, ha explicado ante el pueblo, en su rol impuesto de damisela en peligro, que todo ha sido inevitable. Estados Unidos, su embargo o su bloqueo — como se prefiera — , el subdesarrollo, la colonización, el «agua por todas partes», el cambio climático, no han dejado otra alternativa. A los cubanos, como al Cándido de Voltaire, solo les toca creer que viven en el mejor de los mundos posibles. Y, además, tienen que dar las gracias.

Lo beneficioso de ser el héroe de la película es que cuando salvas a la damisela en peligro, o en necesidad, la damisela queda en deuda contigo y, luego, cada vez que tienes la menor oportunidad, le puedes recordar que la salvaste. Es la misma lógica retorcida que opera detrás de los carteles que se han colgado en policlínicos y hospitales últimamente, que recuerdan a los pacientes y sus familiares que «la salud es gratuita, pero cuesta», y echan en cara los costos de distintos procedimientos médicos. Pero lo verdaderamente kafkiano de esta relación es que las necesidades o los peligros de los cuales «la damisela» debe ser salvada son generados y reproducidos por «el héroe» que la salva, al tiempo que los recursos de salvación son producidos por «la damisela». En definitiva, al Estado no le convendría que el pueblo se salvara a sí mismo, que la gente pudiera, por ejemplo, comprar los productos que necesita solo con su trabajo honrado.

El texto constitucional que se sometió a consulta popular entre el 13 de agosto y el 15 de noviembre de 2018 en más de 100 mil asambleas y que se aprobó en referendo el pasado 24 de febrero, sirve sobre todo para perpetuar el poder del PCC. El país que se ha propuesto es un país donde las libertades de expresión, prensa, asociación, empresa, manifestación y hasta para contraer matrimonio, se restringen igual que se han restringido en los últimos 61 años. El ciudadano no es el sujeto de derechos sino el PCC, que en el artículo cinco de dicho texto se consagra como «vanguardia organizada de la nación cubana» y como «fuerza política dirigente superior de la sociedad y el Estado». Como héroe que no admite a otro protagonista en su historia que no sea su querido adversario, Estados Unidos.

En vísperas del nuevo año solo la prensa estatal habla del aniversario 61 del triunfo de la Revolución cubana. No se habla de eso en los ómnibus, ni en los taxis compartidos, ni en las ferias agrícolas, ni en las colas para comprar cebollas, pan o carne de puerco, ni en las cafeterías donde venden cerveza barata. El aniversario del triunfo de la Revolución cubana solo se celebra en esa realidad alucinante que es el discurso oficial. Cuando la política compite con la comida, la política pierde, porque cuando la política compite con la comida es porque la política no sirve para comer, que es lo mismo que decir que no sirve para vivir o que solo sirve a los políticos.

Lo más especial del primero de enero es que es feriado, lo cual resulta muy útil si quieres emborracharte la noche anterior y pasar la resaca en paz. Fuera de eso, no es distinto al 2 de enero, ni al 15 de abril, ni a ningún otro de los restantes días del año. En Cuba cualquier hecho sirve de excusa para celebrar el triunfo de la Revolución. Si empieza el curso escolar: la Revolución. Si se repara un hospital: la Revolución. Si un atleta gana una medalla: la Revolución. Si empieza un festival de ballet: la Revolución. Y si mañana aterrizara una nave extraterrestre en el centro de La Habana, los medios estatales, que son la mayoría de los medios, se las arreglarían para, una vez más, inmiscuir a la Revolución en la noticia. En Cuba, desde hace 61 años, casi todos los días parecen primero de enero y todos los años, 1959.

Quizás en los sesenta la Revolución fue algo real. Algo vivo. Me gustaría creer eso. Algo que no fue bueno para todos los cubanos, porque hay demasiadas historias de injusticias; pero quizás hubo un momento en que la Revolución fue algo que la gente hacía con auténtico entusiasmo. Al menos en sus primeros años ilusionó a mucha gente en Cuba y fuera de Cuba. Ahora es más bien algo que se recuerda, que malamente se conserva, como se conserva en un cofre el relicario de una abuela, o en un museo los objetos personales de un mártir. Algo que se repite como un ritual religioso, que no requiere tanto la fe como la indiferencia, y que ayuda fundamentalmente a no cambiar nada.

Yo no sé si el país que tenemos en 2019 coincide con el futuro luminoso del que hablaba Fidel Castro en sus discursos. Ese futuro luminoso por el que millones de cubanos trabajaron como bestias, por el que unos 400 mil fueron a cumplir misión internacionalista a una Angola en guerra, por el que más de dos mil murieron en Angola, por el que nos molimos a golpes entre nosotros en los funestos años noventa… Pero lo que sí sé, sabemos todos, es que demasiada gente no quiere vivir este presente. Unos se van por motivos políticos, otros por motivos económicos, otros por motivos amorosos, otros por motivos profesionales, otros por motivos climáticos, otros por una combinación de motivos, o simplemente porque un día se quedan sin motivos para quedarse, o sin familiares ni amigos, que es casi lo mismo que quedarse sin motivos para quedarse en cualquier parte.

De alguna manera, cuando Raúl Castro asumió oficialmente el mando en febrero de 2008, luego de que Fidel enfermara y decidiera soltar las riendas del país, que sostuvo enérgicamente durante 47 años, antes como Primer Ministro y luego como Presidente, pero siempre como Comandante en Jefe, mucha gente pensó que «la cosa» iba a tomar un rumbo distinto. Raúl, primero, era hermano de Fidel, y segundo, general de Ejército, ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y segundo secretario del Comité Central del PCC, es decir, no iba a ir contra su propio clan; sin embargo, a diferencia de Fidel, siempre se mostró más preocupado por los problemas concretos de Cuba que por la extinción de la especie humana. Y, hasta cierto punto, con él «la cosa» tomó un rumbo distinto.

Durante su mandato de diez años se desarrollaron los controversiales «Lineamientos de la política económica y social del Partido y la Revolución», que implicaron una apertura significativa de negocios privados y de opciones de empleo más atractivas para muchos jóvenes. Se impulsó una reforma migratoria que eliminó el bochornoso trámite de solicitud de permiso para salir del país y extendió el plazo que los cubanos podían permanecer en el extranjero, sin volver a la isla, antes de ser declarados emigrantes y perder sus derechos. Se legalizó la compra-venta de viviendas y automóviles. Se amplió el acceso de la población a Internet. Se restablecieron las relaciones diplomáticas con Estados Unidos, rotas desde 1961. Incluso se realizó un desfile de Channel en el Paseo del Prado y se filmó en la Habana una parte de la saga Rápido y Furioso.

Cuando en marzo de 2016 Barack Obama aterrizó, a bordo del Air Force One, en el aeropuerto internacional José Martí de La Habana, junto a su esposa Michelle, sus dos hijas y su suegra, ante una legión de unos mil 500 periodistas de más de 50 naciones, y se convirtió en el primer presidente de Estados Unidos en visitar Cuba después de 1959, se trastocó algo en el ánimo de la isla. Surgieron sentimientos muy diversos, a veces contradictorios, pero el más evidente de todos fue la esperanza. No de que Cuba se convirtiera en otro Puerto Rico, sino la esperanza de que terminara, de una vez y para siempre, esa relación tóxica entre La Habana y Washington, y con ella, tanto la mentalidad de plaza sitiada — que ha destruido, más que resguardado, la plaza — como el bloqueo económico contra la isla. La esperanza estaba en que Cuba se convirtiera en un país un poco normal.

Pero después de la visita de Obama no ocurrió nada más que movilizara esas esperanzas. Las reformas de Raúl Castro nunca fueron lo suficientemente profundas como para democratizar las relaciones de poder entre Estado y sociedad. Los procesos de toma de decisiones siguieron siendo monopolizados por la dirección del PCC y los ciudadanos cubanos siguieron sin derecho a asociarse legalmente, fundar un medio de prensa, manifestarse en los espacios públicos o realizar una huelga. Para colmo, entre finales de 2016 y finales de 2019 abundaron las malas noticias: los huracanes Matthew e Irma, el tornado del 27 enero, la suspensión del otorgamiento de licencias para un grupo de actividades económicas del sector privado, la asombrosa elección de Donald Trump, los aún más asombrosos «ataques sónicos», y con ello el cese de la tramitación de visas estadounidenses en La Habana, la activación del Título III de la Ley Helms-Burton.

El país que Raúl Castro, a sus 86 años, puso en manos de Miguel Díaz-Canel en abril de 2018 fue un país no solo seriamente endeudado y envejecido, sino también con mucha incertidumbre y pocas esperanzas. Para salvarlo, Díaz-Canel va a necesitar mucho más que visitar «sitios de interés económico y social» del territorio nacional, reunirse con cubanoamericanos en Nueva York y actualizar su cuenta de Twitter. Todo ello puede contribuir a proyectar al mundo una imagen renovada de Cuba, pero esa imagen no bastará para impedir que los jóvenes se sigan yendo. Para salvar a Cuba, Díaz-Canel tendría que poner su lealtad al pueblo por encima de su lealtad al PCC. Debería permitir que Cuba se salvara a sí misma. Desafortunadamente, no es probable que esto ocurra.

Si Díaz-Canel fue elegido en la Asamblea Nacional del Poder Popular para fungir como presidente de los Consejos de Estado y de Ministros no fue precisamente por la originalidad de sus ideas sino porque fue considerado un tipo confiable, lo cual, en el lenguaje del PCC, significa obediente. Si tiene ideas originales, hasta ahora, no las ha revelado. Lo que ha dicho, insistentemente, es que él es «continuidad». #SomosContinuidad es uno de sus hashtags favoritos en Twitter. Ya bastante que tocó las tumbadoras y bailó salsa con su esposa durante su estancia en Nueva York a finales de 2018. Él es apenas lo que nos repite: el continuador de una obra que ya otros concibieron y echaron a andar. Si de aquí a que termine su mandato la obra fracasa, no habrá sido su culpa. De lo único que sería culpable es de lo mismo que, inevitablemente, seríamos culpables todos los cubanos: de no haber hecho algo para cambiar nuestra historia reciente.

¿Cuánto tiempo más, cuántas decepciones más, cuántas crisis más, cuántas restricciones más, cuántos huracanes más, cuántas partidas más, aguantará Cuba antes de dejar de ser Cuba? ¿De qué les servirá a Díaz-Canel, a Raúl Castro, a los últimos representantes de la «generación histórica», quedarse con la razón, con el Poder, si se quedan enteramente a solas, o rodeados de quienes solo les dicen lo que quieren escuchar, y no lo que en verdad piensan y sienten, que es infinitamente más triste que quedarse a solas? ¿Se le podrá llamar, a esa soledad, victoria?

En vez de construir un país donde las generaciones del futuro quieran vivir, la generación histórica ha acabado construyendo su propio sepulcro. No es extraño que el acto central por el aniversario 60 del triunfo de la Revolución, con el cual arrancó este 2019 que ya termina, se realizara en un cementerio, Santa Ifigenia, en la ciudad de Santiago de Cuba. Junto a la tumba de Fidel Castro. Tampoco es extraño que el discurso lo diera Raúl Castro y no Díaz-Canel: el primer secretario del Comité Central del PCC y no el Presidente de la República. Sin embargo, no sería justo reprochar a los dirigentes cubanos esa decisión. ¿Qué lugar más apropiado para rendir tributo a la Revolución cubana? Después de todo, la gente va a los cementerios para enterrar, despedir y llorar a sus muertos.

Publicado originalmente en El Estornudo.

Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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