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Miguel Díaz-Canel / Foto: Cubadebate

Por Juan Orlando Pérez

El peligro no ha pasado, pero Cuba parece haber evitado una catástrofe. El gobierno de Miguel Díaz-Canel ha logrado controlar la expansión del coronavirus por la isla, y que el número de muertos, hasta ahora, no llegue a cien. Menos mal, esta es la primera cosa buena que le pasa a ese país desde que Obama fue de visita, y antes de eso, habría que remontarse a la última medalla de oro olímpica del voleibol femenino, hace veinte años. Díaz-Canel incluso se ha atrevido a anunciar que ha llegado el momento de «darle el golpe final a la epidemia», para lo cual, presumiblemente, piensa desplegar en las calles de La Habana y Matanzas al equipo nacional de boxeo.

Por mucho que se prepare Erislandy Savón para esa pelea contra el coronavirus, lo más probable es que pierda, quizás sea mejor reservarlo para los Juegos Olímpicos de Tokio, cualquiera que sea el año en que estos se celebren, que Cuba no tiene muchas otras posibilidades de conseguir medallas. No hace falta que Savón se ponga todavía los guantes, en Cuba el coronavirus está claramente en retirada, y aunque podría haber nuevos brotes durante las próximas semanas, no parece probable que la isla vaya a ser arrasada por una crisis sanitaria semejante a las padecidas por Italia, España o Estados Unidos. El virus continúa mutando, nadie puede asegurar todavía que una de esas mutaciones no será aún más letal que las variantes actuales y circule con más velocidad a través del mundo, como ocurrió, famosamente, con la gripe española durante el verano de 1918. Mientras permanezca cerrada, y no deje entrar ni a turistas ni a cubanos residentes en otros países, Cuba está, tanto como podría estarlo, a salvo. Los cubanos morirán de hambre, quizás se coman los unos a los otros, pero de coronavirus, no morirán.

Díaz-Canel se puede considerar afortunado. Cerró el país tarde, y cuando lo hizo, ya el virus había entrado a la isla. Sin dinero, sin crédito internacional, con una economía al borde de la quiebra, con escasas reservas de alimentos, medicamentos y material sanitario, el gobierno cubano estaba particularmente poco preparado para enfrentarse a una calamidad como el coronavirus, la pandemia había llegado en el peor momento posible. Cuba, una sociedad pre-informática, en la que el número de personas constantemente conectadas a la Internet es todavía ínfimo, tuvo que enfrentar la epidemia con tecnologías del siglo XX, la televisión, la radio, la libreta de abastecimiento. En medio de la crisis, el gobierno cubano intentó experimentar con la venta de alimentos por Internet, e hizo el ridículo, Cuba, definitivamente, no tiene capacidad tecnológica, financiera u organizativa para vender pollo online. Díaz-Canel tenía tres únicos recursos a su disposición para enfrentar el virus y los usó con notable eficacia, los años que pasó observando a Fidel Castro los aprovechó bien. Fidel habría perseguido al virus por todo el país, de Nuevitas a Candelaria, aparentando una viril indiferencia por su propia salud, y en cada regreso a La Habana le habría dado a su pueblo por televisión interminables lecciones de epidemiología y microbiología, como si supiera más de esas materias que los científicos del Instituto Robert Koch de Berlín. Una de las cosas que aprendió Díaz-Canel de Fidel fue no imitarlo, bueno es lo bueno, pero no lo demasiado.

El recurso más precioso con el que contaba Díaz-Canel al inicio de la pandemia eran los médicos, que en Cuba no faltan, buenos, excelentes, y torpes matasanos, pero tantos, que la red de asistencia primaria de la isla resistió fácilmente la expansión del virus, y Díaz-Canel incluso se decidió a correr el riesgo de enviar al extranjero, en el momento más peligroso de la crisis, brigadas médicas con amplia experiencia en epidemias y catástrofes, que quizás hubieran hecho falta en el país si el virus se hubiera expandido más rápidamente. El gobierno cubano debe haber calculado que los inmensos beneficios propagandísticos y económicos de enviar médicos a Italia, Andorra o Dubái compensaban el riesgo de echar en falta a esos especialistas si en la isla las cosas se ponían malas de verdad. Era su deber, para eso y no para recetar supositorios es que estudiaron medicina, pero es justo sentir gratitud por los médicos y enfermeros cubanos, que han corrido riesgos espeluznantes para salvar la vida de centenares de personas contagiadas de coronavirus, en la isla, y en el extranjero. Seguramente tienen mucho miedo, por ellos mismos y por sus familias, sería impensable que no lo tuvieran, sabiendo cuántos médicos y enfermeros han muerto en los hospitales de China, Italia y España. Cuba ya no tiene héroes, ni grandes escritores, ni mameyes, pero tiene todavía médicos, al menos. Médicos es lo que le queda.

El segundo recurso, inagotable, del que Díaz-Canel dispuso, fue el miedo. La prensa cubana, fiel a su hábito de reportar minuciosamente cada desgracia de los países a los que considera hostiles, que casi siempre coinciden con aquellos a los que los cubanos quieren emigrar, dio desde el inicio gran atención a la devastación social y económica causada por el virus en Europa, y luego, en Estados Unidos y los enemigos de Cuba en América Latina, Ecuador, Bolivia, Brasil, Chile. Los cubanos, más que a la muerte, solo temen al hambre, y la alarma por el virus corrió por el país más rápidamente que el virus mismo. No son estúpidos, los cubanos, no todos, y pocos se creen el infundio de que los sistemas de salud de España, Italia, el Reino Unido o los Países Bajos son peores que el de Cuba, y que a los pobres en esos países los dejan morir si no tienen dinero para pagar una consulta o una cama en un hospital. Viendo a países mucho más prósperos colapsar, los cubanos advirtieron en el acto que el peligro era real, y que si el virus llegaba a circular por la isla con tanta velocidad como en Italia durante las últimas semanas de enero, las escenas de horror de los hospitales de Lombardía parecerían nimias en comparación con lo que se vería en La Habana y Santiago. En cuestión de unos pocos días, hasta los rateritos de Centro Habana andaban por la calle con los rostros tapados con andrajos. La gente ha seguido haciendo colas, pero distanciándose unos de otros hasta donde la galopante ansiedad de no alcanzar nada, el hábito del molote y el sol lo han permitido. Hubo temor de que el coronavirus circulara entre la gente apiñada en colas de cinco o diez horas, pero de momento, no parece que ningún brote local de la enfermedad esté directamente relacionado con una molotera. El virus, se diría, tiene miedo a las colas, o para decirlo mejor, a los cubanos cuando están haciendo cola para el pollo y piensan que no van a alcanzar porque hay gente que se está colando.

El principal instrumento que ha tenido Díaz-Canel para enfrentar la crisis, sin embargo, es la vasta maquinaria represiva de un estado autoritario, su capacidad para mandar sin oposición, sin objeciones, como los sátrapas de China e Irán, dos países a los que los medios cubanos tratan con desbordada admiración. Casi ningún líder mundial se ha enfrentado a esta crisis con poderes tan absolutos como los de Díaz-Canel, que no tiene un parlamento al que responder, ni siquiera una comunidad científica independiente que se atreva a repudiar las medidas sanitarias del gobierno, si creyera que son incorrectas o insuficientes. Solo Kim Jong-un, cuyo país es el único del mundo que no ha reportado un solo caso del virus, que paró la pandemia con sus tanques en Panmunjom y la hizo retroceder hacia Seúl, ha mostrado autoridad más total que la de Díaz-Canel en medio de esta emergencia global. El gobierno cubano no está sometido a ningún tipo de escrutinio formal, sólo el de la prensa independiente, que ha sido perseguida con especial saña durante estas largas semanas de confinamiento. Presumiblemente, dentro de los círculos de poder de Cuba ha habido desacuerdos, quizás graves, sobre algunas medidas particulares, cuándo reabrirá el país al turismo internacional, por ejemplo, pero no sobre los principios fundamentales de la estrategia decidida por Díaz-Canel, y aprobada, desde su escondite, por Raúl Castro. Sin críticos internos de los que cuidarse, Díaz-Canel ha hecho lo que le ha parecido mejor, y ha desplegado todo el aparato del Estado, el Noticiero de Televisión, la Seguridad, la policía, los estudiantes de medicina que visitan las casas de la gente, para dar la percepción de que tiene la situación bajo control.

A diferencia de Donald Trump, Pedro Sánchez, Emmanuel Macron, Boris Johnson o Jacinda Ardern, Díaz-Canel no tiene que preocuparse por las encuestas de opinión, porque nunca ha habido una en Cuba, independiente, él no va a competir contra nadie por su reelección. Sólo si el número de muertos creciera tanto que la gente llegara a sentirse desprotegida, y hubiera una erupción de pánico, gente tocando cazuelas y desafiando el confinamiento, Díaz-Canel podría verse en una posición comprometida, un guiño de Raúl a Machado Ventura, y Salvador Valdés podría ser ascendido abruptamente a Presidente de la República para aplacar la protesta. En cambio, si el número de víctimas del virus no creciera mucho más, y se mantuviera la impresión de que su gobierno ha actuado con razonable competencia, Díaz-Canel se habría apuntado una formidable victoria política, y sería, por el momento, intocable. El año que viene sucederá a Raúl como primer secretario del partido, y tendrá todo el poder de Cuba en sus manos. Dispondrá de abundante capital político para acometer grandes obras, por ejemplo, volver a vender pollo por Internet. Si los cubanos no se lo comen primero a él.

Es discutible, sin embargo, que la actuación del gobierno cubano y del sistema de salud pública del país haya sido particularmente notable, como Granma quisiera hacernos creer. Las cifras de Cuba son relativamente benignas, pero también lo son, por ejemplo, las de Guatemala, un país cuyo sistema de sanidad pública es ejemplarmente pobre y cubre de forma desigual a su población. Guatemala, con 17.8 millones de habitantes, ha reportado, hasta este lunes, 3474 personas contagiadas con coronavirus, casi el doble que Cuba, pero solo 58 muertos, 26 menos. Es posible que las cifras de Guatemala, como las de Cuba, sean inexactas, no porque los gobiernos de los dos países quieran ocultar las cifras reales, sino por las dificultades para certificar en cada caso que el coronavirus ha sido la causa principal de muerte de un paciente, o siquiera que esa persona estaba contagiada. Guatemala tiene 0.4 médicos por cada mil habitantes, según la Organización Mundial de la Salud, y Cuba tiene nueve, de acuerdo con el Ministerio de Salud Pública de la isla. Si se usara arbitrariamente esa cifra, nueve, para multiplicar los muertos por coronavirus en Guatemala, asumiendo que la cifra real es mucho mayor que la declarada, nueve veces mayor, y que el número verdadero es entonces 522, la mortalidad por coronavirus en ese país sería de 2.9 muertos por cada cien mil habitantes, más alta que la de Cuba, que es 0.7, pero aún muy baja. La mortalidad real de Guatemala, sin embargo, usando el cómputo oficial de su gobierno, es de 0.32 muertos por cien mil habitantes, ínfima. La de Bélgica, la peor del mundo, es 80.9. Quizás la razón del relativo éxito de Guatemala sea que, a diferencia de Cuba, que cerró sus fronteras parcialmente el 24 de marzo, y completamente el 1 de abril, aquel país prohibió la entrada de viajeros de Europa, China, Corea del Sur e Irán el 12 de marzo, y un día después, la de los de Estados Unidos y Canadá. La prensa guatemalteca, sin embargo, no ha proclamado a su país como ejemplo de nada.

O quizás sea el calor lo que ha parado el virus en Centroamérica y el Caribe, el verano septentrional, que ya nunca realmente termina en Cuba, aunque el estado de Florida, donde las temperaturas pasaron de 30 grados a mitad de febrero, ha registrado ya 2223 muertos. Seguramente no una, sino una multitud de razones, culturales, demográficas, económicas, climatológicas, explican que el virus se haya propagado más rápidamente en unos países, y con benévola lentitud en otros, además, por supuesto, de la relativa eficacia de las medidas de contención tomadas por cada gobierno y de la capacidad y calidad de los sistemas sanitarios nacionales. Es posible que Cuba, a pesar de su depauperación, de su vulnerabilidad, haya sido protegida del coronavirus por su aislamiento, por su desconexión del mundo, por su ausencia de la globalización. En su feroz expansión, el virus siguió inevitablemente las rutas mundiales del comercio, la política y el tránsito de pasajeros, de China pasó a Japón y Corea del Sur, a Tailandia y Singapur, a España e Italia, a Alemania y Holanda, a Londres y Nueva York. A la isla, que está en otro siglo y en otro mundo, como una buena parte de la población de Guatemala, el virus apenas la ha rozado, la insignificancia de Cuba y su atraso han sido, excepcionalmente, una ventaja. Díaz-Canel y Granma, naturalmente, atribuirán esta nueva victoria de la Revolución al socialismo, al legado de Fidel, al fabuloso sistema cubano de salud pública, al Partido y las organizaciones de masa, al heroísmo y sacrificio de la gente, y al bueno de Erislandy Savón. Pero la verdad probablemente sea más simple. Por una vez en su vida, Cuba ha tenido suerte.

Publicado originalmente en El Estornudo

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Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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