Santiago Feliú, la trova del rock and roll (I)

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Santiago Feliú / Foto: Iván Soca Pascual

Por Mario Luis Reyes

A Santiago Feliú su primer concierto en Argentina le cambió la vida. Fue en el Luna Park, una noche de abril de 1985. Iba como telonero de Silvio Rodríguez.

Me gusta fantasear con la intranquilidad de Santiago mientras espera el momento de su entrada. A mitad de concierto, según habían acordado, subiría al escenario. Acostumbrado ya a ese tipo de espacios, Silvio lidiaba perfectamente con los 10 mil asistentes.

No sabemos qué pasó en el camerino durante los primeros cincuenta minutos. Tal vez se fumó un porro, o aspiró algo, aunque seguramente no, todavía. En Cuba, Santiago había tocado para una multitud en octubre de 1984, también invitado por Silvio a una presentación en la escalinata de la Universidad de La Habana, pero no se puede decir que tuviera experiencia en conciertos multitudinarios.

Luego sonaron los acordes de Para Bárbara y comprendió que estaba llegando su turno. Silvio, sobre una banqueta, con los pies suspendidos en el aire, dijo: «Esta canción, hermosa a mi entender, pertenece a uno de los trovadores jóvenes más talentosos de nuestro país, al que me honro en presentarles esta noche: Santiago Feliú».

Desde un costado apareció Santiago, despacio. Sostenía un vaso en su mano derecha, y la guitarra en la zurda, junto a unos papeles desorganizados. Vestía una camisa blanca y un jeans azul ancho. El pelo largo sin atar. Junto a Silvio cantó Historia de las sillas, luego se quedó solo, con el reto de seducir a unos porteños marcados por la música de Charly García y los versos de Luis Alberto Spinetta.

Durante veinte segundos, Santiago ocultó su cabeza tras la guitarra. El público aguardaba, él fingía afinar el instrumento. Realmente intentaba concentrarse para articular alguna frase sin tartamudear. Solo atinó a decir: «Estoy nervioso».

«Otra y no jodemos más», corearon desde el público un cuarto de hora después.

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Santiago Feliú y Silvio Rodríguez llegando a Argentina / Foto: Facebook

Yo nunca lo conocí. Asistí a todos sus conciertos durante un par de años, sus dos últimos años. Era una especie de regreso a los escenarios, ya abocado a una madurez de la que escapó en el último instante. Un trovador fascinante y decadente a la vez.

Enrique Carballea me citó en un estudio de grabación en el Vedado. Parecía una casa, pero no fisgoneé mucho. Nos sentamos en un sofá para conversar.

Empezó contando que había escuchado hablar de Santi de modo casual, antes de conocerlo en 1974. Enrique era amigo de Donato Poveda, una joven promesa dela trova cubana que había conocido en el Hospital Calixto García a Rosario Sierra, la madre de Santiago*.

Ella, al enterarse de la afición de Donato, le comentó que su hijo, un jovencito de apenas doce años, tocaba la guitarra muy bien, y que incluso ya había compuesto algunas cancioncillas interpretadas en los matutinos y actos de su escuela.

Poco tiempo después, otro amigo llamó a Enrique para decirle que en la secundaria Niños Héroes de Chapultepec, ubicada en la entrada de Güira de Melena, había un muchacho que tocaba la guitarra a la zurda, pero con las cuerdas invertidas. Carballea, profesor en ese entonces del Departamento Pedagógico Manuel Ascunce Domenech, ató cabos y decidió ir a conocer a Santiago.

«Flaco, dentudo, orejón y pelado a rape», es el primer recuerdo que tiene Carballea. Lo rodeaban muchachas que lo escuchaban cantar en el centro del patio de la escuela. Una bonita imagen, pienso. Carballea, quien entonces tocaba bastante bien la guitarra, aprovechó un momento de distracción y cantó algunas canciones de Donato. A Santiago le parecieron fabulosas.

Pero su infancia no fue nada idílica. A los seis años sus padres se separaron y el viejo Vicente, quien también hacía canciones, se fue a vivir a otra parte. Santi, que era un niño muy sensible, sufrió mucho la separación. Le compuso una canción al padre pidiéndole que no se marchara y se la cantó por teléfono. La letra es hermosa, pero no logró que regresara.

En la casa de madera de Lawton quedaron su abuela, su tío y su madre, una mujer asmática, fumadora empedernida y aquejada por una irreversible enfermedad de los nervios, además de Manuel, el hermano mayor, y Rosario (Ruchita), la menor. También tenía otros dos hermanos, Vicente y Rolando Santiago, ambos del anterior matrimonio de su padre.

Nunca fue buen estudiante. La tartamudez creció desde su infancia, lo que lo volvió aún más tímido. Apenas participaba en las clases, sus resultados académicos eran pobres, y en medio de ese escenario lo enviaron a una escuela al campo en cuarto grado, donde lo primero que vio, según contaba, fue a sus compañeros en una improvisada competencia de masturbación.

Su casa tampoco era un remanso de paz, por lo que prefería pasar el tiempo libre en el cine Pionero, donde veía las películas que se proyectaban durante el día. Abandonó la escuela en octavo grado, aunque solía decir que después de quinto no aprobó más exámenes.

Estuvo tocando guitarra, callejeando y viendo cine hasta que en 1978 se presentó a las audiciones de la Nueva Trova. Fue Pablo Milanés quien presidió el jurado encargado de evaluar a aquel muchacho de apenas 16 años. Dime y Batallas sobre mí fueron las canciones que interpretó. Pablo dijo que le habría encantado escribir alguna vez dos canciones como esas.

También esa tarde se evaluaba Donato Poveda. Allí se conocieron y cautivaron al instante. Después ambos se fueron con sus guitarras a la calle G, donde se enseñaron canciones hasta el amanecer. Esa noche, la música de Donato Poveda le voló la cabeza a Santiago Feliú.

Donato en ese momento formaba parte de Monte de Espumas, junto a Xiomara Laugart, Alberto Cabrales, Roberto Poveda y Enrique Carballea. Enseguida abandonó el grupo y formó un dúo con Santiago. Curiosamente se contrataron como trabajadores del Puerto de La Habana, pues necesitaban algún vínculo laboral. Donato amarraba barcos, Santiago era ayudante de mecánica.

Esa unión fue un parteaguas en la Nueva Trova. Era 1978 y nacía una nueva generación.

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Santiago y Donato Poveda / Foto: Facebook

«A Donato y Santiago los querían convertir en Silvito y Pablito, el blanquito y el negrito de nuevo», me dice en la terraza de su casa Juan Pin Vilar, viejo amigo de ambos. «Ellos hicieron una profundísima amistad, que quizá se torpedeó porque la Nueva Trova tenía un concepto muy político y Donato era un tipo al que no le importaba tanto Fidel Castro».

En ese tiempo hubo actitudes muy feas contra Donato; trovadores directamente ligados al Partido Comunista o a la Seguridad del Estado lo convidaban a retirarse, alegando supuesta falta de talento. «Era parte del dogmatismo de la época, la Nueva Trova estaba muy mezclada con las decisiones del Partido, era una época muy gris», dice Juan Pin.

Al cabo de dos años, luego de escribir algunas canciones que marcaron ese momento, con Ave rosa como cumbre, Santiago y Donato decidieron seguir por caminos separados. El que más lo sufrió fue Santiago. El talento de Donato lo había paralizado.

Donato Poveda se fue de Cuba en 1989. Debido a sus criterios políticos le obstaculizaban dar conciertos. Tenía hijos y necesitaba mantenerlos. Esta situación lo irritó hasta el punto de gritar en vivo en un programa de televisión: «¡Abajo la policía de la cultura!» Fue su fin, en 1989 viajó a Venezuela y de ahí siguió a los Estados Unidos.

Ambos amigos nunca volvieron a verse. Coincidieron en Buenos Aires en una ocasión, pero no pusieron mucho empeño en encontrarse. Cada uno culpó al otro.

Cuando Santiago murió, en febrero de 2014, llevaba un tiempo distanciado de Juan Pin. Disgustos entre amigos. Tal vez por eso Juan Pin se emociona especialmente cuando lo recuerda.

«Tenía una capacidad de amor profunda, pero yo creo que desconocía la metodología del amor, porque viene de una familia disfuncional en muchos sentidos. Es Mónica, la madre de Adriano, su hijo mayor, quien le dice “aquí se come a esta hora”, “se hacen las cosas así”».

Sus amigos hablan de él como un hombre inteligente, mucho más intuitivo que estudioso.

«Era sorprendente cómo llegaba a conclusiones por sensibilidad, por su mirada solamente», dice Juan Pin. «Tenía un poder de observación extraordinario sobre la realidad, y aunque no era un intelectual, cuando te explicaba algo con sus tres, cuatro o cinco palabras, era así. Llegaba a conclusiones a las que los demás teníamos que llegar leyendo muchos libros. Fue un iluminado. Yo lo creo».

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Santiago Feliú / Foto: Iván Soca Pascual

No sé si sea por su vida, o por su temprana muerte, o tal vez por la mezcla de ambas, pero casi todas las personas con que hablo mencionan la palabra genio, la palabra elegido, iluminado. A ciencia cierta no sé si lo fue.

«En sus últimos años fue un hombre estresado. Cuba cambió. Su repertorio era el mismo, y no estaba preparado para ir a un bar y tocar frente a personas que no lo iban a atender como correspondía. Imagínate a Silvio cantando en un bar Fusil contra fusil. A Santi lo sacudió la vida en ese sentido. Buscó un lugar donde sentirse a gusto y no lo encontró. El mundo era cada vez más superficial y él no».

En 1987 Fito Páez dio un concierto en el Festival de la Canción Popular que organizaba por aquel entonces Pablo Milanés en Varadero y marcó para siempre la escena musical cubana. Las mentes más conservadoras del país criticaron fuertemente la imagen y el vestuario que llevaba el argentino. Luego, un importante periodista cultural en el diario Granma calificó la actuación de Santiago en dicho festival como una mala copia de la de Fito.

No era cierto, pero no por ello se debe ignorar la gran influencia de la música y la cultura argenta en la obra del cubano. Además, hubo una estrecha amistad entre Fito y Santiago, tal como confirma la carta que escribió el rosarino tras la muerte del trovador.

«Santiago Feliú fue uno de mis más divertidos compañeros en la noche habanera durante casi 30 años. Fueron noches de música, alegría, excesos y amistad. Recuerdo su carromato blanco que parecía una caja de Pandora donde convivían sillas rotas, tarros de pintura, guitarras, cables eléctricos, equipos de música, alfombras, etc., y el auto de Chitty Chitty Bang Bang de Dick van Dycke, por donde nos sacaba a Juan Pin, a Alejandro Avalis y a mí por los piringundines y antros habaneros en busca de nuevas aventuras. Nos peleábamos y entreverábamos mucho entre la revolución cubana, los efectos del ron, la indecencia capitalista a la que yo oponía la nuestra propia y sus delirantes posiciones de acordes en esa endiablada guitarra zurda de la que él hizo florecer varias de las mejores canciones de la música popular americana de los últimos años».

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Santiago Feliú y Fito Páez / Foto: Facebook

Juan Pin cuenta que, cuando hablaban borrachos, «Santi comenzaba a gaguear y Fito le decía, señalándose la muñeca «no tengo tiempo, pasamos a otro tema». Era a la única persona a la que él permitía esas cosas. Con el resto se ofendía».

En todos los recitales habaneros de Fito, Santiago fue invitado al escenario. La última vez –Teatro Karl Marx, año 2012– interpretaron igualmente Cable a tierra, tema que Fito le escribiera a Charly García en 1985.

«A mí me consta por qué cantaban siempre esa canción. Fito me lo dijo: “Es para él”. La cantaba con Santi para Santi. Él estaba incómodo, estaba perdiendo su cable a tierra, y Fito lo sabía», dice Juan Pin, quien es también el autor de la única biografía de Santiago Feliú publicada hasta el momento.

El libro, titulado Un hippie en el comunismo, editado en España en 2002, está prologado por Ramón Fernández-Larrea y contiene testimonios de Joan Manuel Serrat, Carlos Varela, Rafael Rojas y Joaquín Ordoqui García. En Cuba no pasó el muro de la censura.

La vida de Santiago estuvo llena de desgarros. En 1980 sufrió uno de los más fuertes. Manuel, su hermano mayor, emigró por el puerto del Mariel y la familia no volvió a tener noticias suyas.

Una noche, pasados veinte años, mientras daba un concierto en la Ciudad de México, creyó haberlo visto entre el público. Al terminar, bajó corriendo a su encuentro, pero Manuel ya había desaparecido, por segunda y última vez.

Motivado por los sucesos del Mariel y la separación de su hermano y algún otro amigo cercano, escribió una de las canciones más conmovedoras que se recuerdan sobre esos días: «Fue en el 80, nunca se olviden,/ fueron amigos de aquella edad/que ya no están, ya no estarán, más./ Cuántas nostalgias, que los desgarra,/cuánto de culpa, tengo y me mata…»

También por esos días se suicidó Haydee Santamaría, una de las mayores defensoras del movimiento de la Nueva Trova.

En 1980 Silvio Rodríguez participó en el Concurso Adolfo Guzmán interpretando la canción Para Bárbara, lo que le valió la mención del jurado y el premio de la revista Opina. En esa edición del certamen, importantísima a la postre, aparecieron otras dos canciones que junto a la de Santi marcarían a aquella generación: Buscando ciudades donde amar, de Donato Poveda, interpretada por Pablo Milanés, y Paria, canción de un viejo trovador, de Alberto Tosca, interpretada por Xiomara Laugart.

Para Bárbara, canción equivalente a Yolanda para la primera generación de la Nueva Trova, abrió muchos caminos a Santiago Feliú, quien bromearía en el futuro al decir que aquella muchacha, con la que tuvo una relación de apenas unos meses, boda incluida, era la que más platos de comida le había garantizado.

En 1982, Para Bárbara ganaba el premio a la mejor línea melódica y mención por texto en el Festival de Música Popular Benny Moré. Ese año obtuvo el premio del Concurso XX Aniversario de la UJC con la composición Cuando en tu afán de amanecer, dedicada a la Revolución Sandinista y Nicaragua, país que había visitado el año anterior. Luego se iría de gira por Suecia y Finlandia, y en 1983 ganaría el premio al mejor instrumentista del Festival Clavel Rojo, en Sochi, Unión Soviética.

En 1984 viajó a Quito como parte del III Festival Latinoamericano de la Nueva Canción. También estuvo ese año en el Festival de Utrecht, Holanda, y en el de la Nueva Canción de Bruselas. Más tarde visitaría México como miembro de una delegación de la Nueva Trova, y visitó Colombia para participar en el Festival Voz.

Aquellos viajes por Europa y América Latina le aportaron muchísima experiencia vital. Fueron casi la única fuente de conocimientos de este trovador negado a los estudios y la lectura. En una entrevista afirmó que, de no ser por la posibilidad de viajar en su temprana juventud, tal vez se habría marchado de Cuba como gran parte de su generación.

Tras separarse de Donato, Santiago poco a poco se fue acercando sin proponérselo a otros tres cantautores que marcarían, a la postre, aquella época: Gerardo Alfonso, Frank Delgado y Carlos Varela.

Todo comenzó cuando descubrieron que cada uno por su lado era capaz de juntar unas 30 personas, pero ninguno llenaría un teatro. Entonces decidieron hacer un concierto juntos. Fue en el Teatro Guiñol, en los bajos del edificio FOCSA, allá por el año 85. El público superó el centenar de personas. Fue el comienzo de los llamados «Cuatro Topos».

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Cuatro topos / Foto: Facebook

Lo que construyeron en conjunto fue sobre todo una amistad. Hablaban a diario. Si uno daba un concierto, invitaba a los demás. Las salas de teatro El Sótano y Hubert de Blanck, la Casa de las Américas, el Café Cantante del Teatro Nacional, el Guiñol y finalmente la Casa del Joven Creador eran los sitios que más frecuentaban en ese entonces.

Fueron tiempos de aprendizaje. Santiago trajo en una ocasión un casete con «The concert in Central Park», de Simon and Garfunkel, y entre todos lo estudiaron detalladamente, canción por canción, acorde por acorde. Era una especie de talleres que se daban entre ellos. También acostumbraban a analizar canciones de Serrat, las letras, las armonías.

Luego las carreras individuales se irían definiendo, Santiago y Carlos alcanzaron la popularidad primero, Gerardo y Frank tardaron un poco más. Eso generó un desequilibrio que dio al traste con la cofradía que habían creado.

Y fue en esa época, una mañana de inicios de 1985, cuando Silvio invitó a almorzar a Santiago en casa de Felito Ayón, antiguo propietario de El gato tuerto. Tras la comida, Silvio le propuso que lo acompañara a la gira por España y Argentina.

«Yo creo que mi mayor aporte a la obra de Santiago Feliú fue convencerlo de que él no era peor que Donato Poveda. Eso me costó varios años», me dice Enrique Carballea, una especie de George Martin para Santiago. «Lo convencí de que él tenía una vida propia después de que se separaron. Nunca le dije que era mejor que Donato, pero sí que “Donato no es mejor que tú”. Y creo que fue ahí donde se fortaleció para siempre nuestra amistad».

«Santiago no fue un compositor prolífico, no es un tipo de 400 canciones, pero todas sus canciones dicen algo. El principal crítico de Santiago Feliú era Santiago Feliú. Y su principal fan soy yo. Santiago no se aprendía un teléfono, una dirección, era un tipo disperso, mariguano fumista. En una cuadra se perdía», me cuenta, como presentándome a su viejo amigo.

En un piso 16 del Vedado, donde vivía en los ochenta Sergio Benvenuto, un uruguayo que trabajaba como asesor del Ministro de Educación, los jóvenes artistas del momento buscaban abrigo espiritual, comida y bebida. Una noche, durante una de las tantas fiestas que se daban en el apartamento, Santiago contó que dentro de dos semanas se iba con Silvio para Argentina.

«Cuando salió de aquí era mi amigo el Santi, cuando regresó, el trovador Santiago Feliú», dice Carballea.

El éxito fue rotundo. Silvio le permitió cantar cuantas canciones quisiera. Al público, más que molestarlo, lo enamoró. Después del concierto de Neuquén, un diario tituló su reseña: «Santiago Feliú: el recital dentro del recital».

En Argentina trabó amistad con músicos de la talla de Fito Páez, Juan Carlos Baglietto y León Gieco. También ahí conoció las drogas duras, y el backstage desenfrenado del mundo de la música, mucho más vertiginoso y violento que el de La Habana.

Tras su regreso, con un poco de dinero, decidió reparar el techo de su casa en Lawton. Para esto convocó a sus amigos: Carlos Varela, Gerardo Alfonso, Frank Delgado y Enrique Carballea. Una fotografía inmortalizó aquel momento, aunque al final, con semejantes constructores, nunca se terminó la obra.

Unos días después sonó el teléfono de Carballea. Era Santiago, que la CBS le había propuesto grabar un disco en Argentina. Carballea le brindó el teatro Mariana Grajales, el cual dirigía entonces, para que ensayara con la banda.

«Así se marchan a Argentina, hacen una gira tremenda. Tocan en el Palladium, donde graban el disco Trovadores, en el que aparecen como artistas invitados León Gieco, Fito Páez y Juan Carlos Baglietto».

Carballea cuenta que en 1987, después de la gira y el éxito, la vida de Santiago toma un ritmo cada vez más caótico. Una tarde Pablo Milanés lo citó para verlo en el restaurante El Conejito. Cuando Feliú llegó se sorprendió porque sus músicos estaban acompañando a Pablo. Fue un cambio de frente. Cuando Santiago salió de allí, ya sin orquesta, fue para casa de Carballea a llorar.

«Santiago se había empezado a poner loquito, a complicar la cabeza, desde el punto de vista de la noche y la droga. No se puede hablar de él sin decir que fue, en determinado momento, un drogadicto intenso, porque eso le cambió la vida. Ahí está el disco Náuseas de fin de siglo. Fue a partir del año 1986, creo que en Perú, cuando comenzó a consumir mucha cocaína».

Enrique habla de Santiago como si hablara de un hijo. Lo mismo le lanza un regaño que un elogio desmedido. Cuando narra las conversaciones telefónicas que sostenían, su cara parece la de un niño.

Me dice, por ejemplo, que él ha trabajado con músicos extraordinarios, con Silvio Rodríguez, con Emiliano Salvador, con Sergio Vitier, pero solo con un genio, y que esa oportunidad en la vida ocurre apenas una vez. Ese genio es Santiago Feliú, el músico que más lo fascina en el universo.

En 1997, después de mucho pensarlo, aceptó trabajar con él. «Lo primero era convencer a la EGREM de que un efectivo que ellos creían muerto estaba más vivo que todos los demás. Hasta entonces en Cuba no se había editado ningún disco suyo».

Vida, álbum de 1985, se publicó entonces por primera vez en Cuba. Luego vino Ansias del alba, Futuro inmediato, Feliú en vivo, Sin Julieta, y Entre otros (con Noel Nicola). Hasta 2004, cuando llegó la pelea que tantos temieron.

«Yo sabía que si trabajábamos juntos íbamos a terminar fajados, porque tenemos dos egos muy fuertes. Pero no me arrepiento, porque gracias a eso quedaron todos esos discos. Si te fijas, fue su período más productivo. Después volvió a otra etapa hippie. Se puso loquito de nuevo. Desde entonces solo hizo un disco más. Ay, la vida. Y mi gran dolor como amigo y fan fue ese, que no hicimos más discos».

En el transcurso de Sin Julieta, Santiago se enamoró, mucho. Pero, según me cuentan, fue un amor desordenado. Hizo cosas que no había hecho antes. Se distanció de la mayoría de sus amigos durante un tiempo.

«Eso fue hasta que llegó su siguiente pareja», me dice Enrique, «que tuvo la delicadeza de agarrarlo un día, coger sus fotos y preguntarle quién era cada uno de los que aparecían, y por qué no los veía frecuentemente, y llamó uno a uno por teléfono y nos hizo ir a su casa a reconciliarnos con él».

Quince días antes de morir, tras su última presentación en El Sauce, Santiago llamó a Carballea para saber si había algún lugar donde tocar en las tardes, pues la noche lo estaba matando.

«No le gustaba la noche porque el entorno de la canción cubana estaba muy malo, comercializado, y eso él lo sufría. Tocó por dinero en El Sauce y en el Teatro Nacional. De una de sus últimas giras a Europa regresó llorando. Él amaba al público argentino, porque incluso en los bares las personas van a escucharte, y después es que hablan. Aquí no sucede eso en los bares, por lo que solo disfrutaba realmente tocar en teatros».

Cuatro días antes de morir, Santiago quería copiar algunos discos de Gustavo Santaolalla, pues estaba haciendo la banda sonora de un documental, con muchas influencias del oeste, y no quería que dijeran que estaba imitando al músico argentino.

«Quiso recogerme en mi casa. Eran las 11 de la noche. Le dije que no, porque se iba a perder. Media hora después me llamó perdido. Andaba por Vento y Camagüey, entonces le propuse vernos en la Ward. Ahí nos montamos en el carro, le di la música. Ya Gemma (su esposa) tenía la barriguita grande y me dijo que quería despejar un poco. Prendió un porro y nos pasamos la madrugada en el carro, casi sin bajarnos, dando vueltas por toda La Habana, y conversando. Esa fue la última vez que lo vi», me dice Carballea, embargado en tristeza.

Una mañana, años después, mientras Enrique salía a trabajar, en sus audífonos comenzó a sonar Llueve en agosto, interpretada por Santiago, luego San Cantor, el tema que Polaroid le dedicó. Se conmovió un poco, pues había evitado todo ese tiempo escuchar música de su amigo. Mientras caminaba pasó por el lugar donde se habían despedido aquella madrugada de febrero. Al lado de un árbol estaba tirado el vinilo de Vida. Lo agarró y regresó a su casa. Hasta el día de hoy no ha tenido el valor de reproducirlo.

Para 1988 ya Santiago tenía tres álbumes editados por importantes disqueras como CBS y Polygram: Vida, Trovadores y Para mañana. Ni Frank, ni Carlos, ni Gerardo habían debutado aún discográficamente. También había logrado llenar la Sala Avellaneda del Teatro Nacional, con una capacidad para 2000 personas, durante tres días seguidos. Era el ídolo de la juventud. Se había adelantado considerablemente a su generación y lo sabía.

Así se fue de gira a Bogotá, donde al finalizar el último concierto se encontró a un viejo conocido argentino: Ángel Beccassino. Este escribía en ese momento un libro sobre las guerrillas latinoamericanas, y por esos días se entrevistaría con el comandante Pizarro, del M-19. A Santiago le emocionó la idea de acompañarlo, despidió a su banda de regreso a Cuba y subió a la montaña.

Fue en el Valle del Cauca, territorio andino, donde se juntó a los guerrilleros de un M-19 que ya se encontraba en el proceso de discusión previo a deponer las armas. Allí conoció la vida en un campamento guerrillero, se topó con adolescentes que cargaban fusiles en las manos. La impresión que le causaron Pizarro y los guerrilleros fue fortísima.

Santiago Feliú, un hippie en el comunismo, recoge el siguiente testimonio del artista: «Pizarro nos estaba esperando, incluso lejos del Puesto de Mando. Me lo presentan y lo primero que me dice es: “Yo pensaba que era Vicente el que venía”. Era una imagen así Humprey Bogart, de un tipo con sombrero, guapo, con mucho brillo en los ojos y una cara acelerada, enganchada en algo, una persona que está viviendo algo muy intenso».

En una fotografía se ve a Santiago sentado sobre una roca, lleva puesto unos tenis, un jean estrecho, pullover, chaqueta deportiva, y su pelo largo y despeinado. Al lado, Pizarro, de pie, con la cintura flexionada para aproximarse a la altura del trovador, tiene el pelo corto, un bigote perfectamente arreglado, un abrigo que al parecer le queda grande, un pantalón y unas botas. El rostro de Pizarro es duro, en el de Santiago, que acaricia con su mano derecha a un perro, se dibuja una media sonrisa.

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Santiago y Pizarro / Foto: Internet

Allá arriba pasó poco más de una semana, en la que cantó para los guerrilleros e incluso filmó algunas imágenes que luego insertó en una especie de videoclip. En los fragmentos a los que pude acceder, aparece Santiago fumando en una ventana, mientras se escucha una breve conversación con Pizarro. Luego aparecen ambos caminando por las montañas. Un niño sobre un caballo levanta el brazo, con los dedos hace la señal de victoria. Ondea una bandera del M-19. Las imágenes son oscuras, muy saturadas. Dos personas se besan y es entonces que comienza a cantar. En el próximo plano se ve una carpa, deteriorada, a lo lejos. La cámara se asoma por lo que parece la entrada de la carpa. Al fondo, sentados en las pequeñas gradas, Santiago y Pizarro conversan.

Ahí vivirá una de las noches más intensas de su vida. Lo invitaron a la reunión en la que se discutió el armisticio. La mayoría estuvo a favor. Pizarro los escuchó a todos. Santiago intervino varias veces, y sintió que sus criterios fueron tomados en cuenta. Su nacionalidad le brindaba cierto prestigio en ese ambiente. Finalmente decidieron firmar la paz y bajar a la ciudad a hacer política. Él defendió apasionadamente esta idea. Luego se arrepentiría. A Pizarro, en abril del año siguiente, después de anunciar su candidatura a la presidencia, una bala le atravesó la frente.

Al bajar a Bogotá atestiguó la firma de la paz y las celebraciones. Para subsistir dio conciertos en pequeñas salas y bares. Venció el tiempo que las leyes cubanas le permitían estar fuera del país. Se desconectó del mundo. Consiguió dar un concierto en el Teatro Colón de Bogotá y lo llenó. Al terminar se le acercó la prensa y reiteró su apoyo a Pizarro en las elecciones. Días después, cuando se presentó en una oficina a renovar su visado, se lo denegaron.

Mientras tanto, en La Habana le sellaban la puerta de su casa. Lo daban como emigrado, aunque sin hacerlo público. Medios extranjeros le atribuyeron declaraciones que sus amigos, consciente de su filia roja, no lograban creer. Para muchos se convirtió en una incógnita el paradero de Santiago Feliú, que se mantenía en Colombia, indocumentado, dilapidando el dinero que ganaba con sus presentaciones.

Hastiado de vagar en pésimas condiciones, y sin un centavo, decidió regresar a Argentina, donde vivía Marisa, su gran amor por esa época. Sin visado, y al no haber embajada cubana en Colombia en ese entonces, Santiago se fue a la embajada de Alemania Democrática, la más comunista que encontró. Ahí convenció al cónsul de que le diera un visado, argumentando que no tendría consecuencias esa infracción, ya que la RDA, tras la caída del muro de Berlín, estaba desapareciendo.

De regreso a Argentina la relación con Marisa comenzó a destruirse. En esos momentos escribió Mi mujer está muy sensible y De escudo. Por la prensa se enteró de que Silvio iba a dar un concierto en Chile. Consiguió llamarlo a La Habana y le pidió ayuda para regresar a Cuba porque no tenía un centavo. Silvio le compró un pasaje para Chile, donde se encontrarían para regresar juntos.

Luego de convencer al cónsul chileno de que le estampara el visado, mostrándole varios recortes de la prensa con su nombre, llegó a Chile. Fue directo al Estadio Nacional, donde el autor de La maza daba un concierto. Se encontraron en los camerinos. Regresaron juntos a la isla.

«Si no me pasa todo aquello», contó Santiago, «todavía estaría haciendo pura mermelada intelectual, pero necesitaba otro tipo de canción. Tenía ganas enormes de hacer Náuseas de fin de siglo». Cuando descendió las escalerillas del avión en La Habana, su pullover decía: «¡I need a new drug!» Los funcionarios no podían creer que estaba de regreso.

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Santiago Feliú / Foto: Iván Soca Pascual

………

*Nota: En una versión anterior de este texto se indicó, debido a error incluido en los testimonios, que Donato Poveda y la madre de Santiago Feliú se conocieron en otra institución de salud de La Habana. Familiares de Feliú confirmaron que ese encuentro tuvo lugar en el Hospital Calixto García.

(Continuará…)

Publicado originalmente en El Estornudo.

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Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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