Salir al balcón…, aplaudir

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Andrés Manuel López Obrador / Foto: Henry Romero, Reuters.

Por Gerardo Fernández Fé

Hace unos días, más de 650 escritores, artistas, académicos, científicos e intelectuales mexicanos firmaron una carta abierta que critica los modos con que el presidente Andrés Manuel López Obrador tiende a demonizar y a estigmatizar públicamente a quienes ponen en tela de juicio sus políticas, atentando así contra la libertad de expresión y el marco democrático.

El documento, que alerta sobre estos peligros para el buen funcionamiento de la democracia, fue rubricado por Roger Bartra, Gabriel Zaid, Enrique Krauze, Arturo Ripstein, Héctor Aguilar Camín, Adolfo Castañón, Christopher Domínguez Michael, Ricardo Cayuela, Ángeles Mastretta, Carmen Boullosa, Rafael Rojas, entre otros.

Ausencias notables hay, como siempre ocurre a la hora de las convocatorias al ágora, sobre todo de quienes, desde la izquierda, antes se habían manifestado contra la corrupción en el ejército, el nuevo escenario de terror en Chiapas o la impunidad de los violadores de mujeres en todo el país. Pareciera como si no les interesara llamar la atención sobre «la censura, las sanciones administrativas y los amagos judiciales», y mucho menos sobre los peligros que entraña cualquier manejo medianamente autocrático, sea quien sea el presidente de la nación. ¿Fruslerías, no?

«Te he buscado donde quiera que yo voy y no te puedo hallar», cantaba en 1939 Pedro Vargas junto a la orquesta Havana Riverside. El título es un clásico: «Perfidia».

Quizás la ausencia de ciertos nombres en esta carta responda, más allá de lo político, al rechazo personal a cualquiera de los firmantes — y aquí el historiador Enrique Krauze, director de la revista Letras Libres, creo que ha sido quien más saetas ha recibido. No será la primera vez que un lector impugna un texto — literalmente avant la lettre — porque su autor le provoca urticarias. Un acto sentimental, sin dudas. (Determinado sector de la intelligentsia de izquierdas en España, por ejemplo, repele de cuajo todo lo escrito por Mario Vargas Llosa, sin siquiera verificar si esta vez los postulados o al menos una frase del autor de La orgía perpetua coinciden con los suyos. Pero no, no los llamemos sectarios. Secta es otra cosa: cosa de gente rara y de mirada huidiza.)

Pocos minutos después de la difusión de aquel desplegado, como le llaman en México, amontonados y amotinados, haciendo muecas y pegando gritos como los personajes de un cuadro de Daumier, internautas y usuarios de las redes sociales salieron a cuestionar su validez, no por lo que advierte, sino por las manos que lo firman.

Aviesamente, arremetieron contra lo que consideraron las «viejas recetas» de los «neoliberales de la intelectualidad mexicana», sin apenas tener en cuenta las diversas tradiciones ideológicas que representan los firmantes, a quienes tildaron de «chayoteros» (periodista o persona corrupta), «sicarios de la información», miembros de una «mafia», «víboras rastreras» y, no faltaba más, «enemigos del pueblo», ese concepto retorcido y gelatinoso que llevó a los «estúpidos sentimentales de la Revolución francesa», como los llamara un personaje de Chesterton, a hacer rodar tantas cabezas.

Las llaves del motor de semejante desafección las tiene López Obrador, quien a la mañana siguiente calificaba a los firmantes como «agrupamiento conservador» — cuesta trabajo ubicar al poeta y activista Javier Sicilia, y a la escritora Valeria Luiselli tan lejos de la izquierda — , sostenedores de «la política neoliberal», «bien atendidos» por los gobiernos anteriores. Fiel a esa filosofía del escarnio, en marzo el mandatario había pretendido descubrir la mano negra de la derecha moviendo los hilos de las marchas de mujeres que protestaban contra el flagelo de los feminicidios y la inacción del gobierno. No por gusto hace dos años Gabriel Zaid lo llamaba «poeta del insulto».

Quisiera resaltar, de entre tanta algazara, el empleo de la teoría peregrina, propalada esta vez también por el presidente, de que, si no hubiera democracia en México, tal desplegado no habría sido difundido por los medios de prensa ni tenido eco en las cadenas televisivas del patio.

Y aquí está, por fin, el punto: el documento de marras, titulado «Esto tiene que parar», no afirma en ningún momento que en México se haya finiquitado la libertad de expresión, sino que este valor seminal está en peligro. Es solo una alerta, un llamado. Uno de los primeros síntomas del desgaste de una democracia liberal suele aparecer con el debilitamiento del debate público. Luego viene el daño real a la prensa y a la justicia.

Quienes venimos de Cuba y conocemos medianamente la historia reciente de Venezuela sabemos muy bien de qué va la cosa. Empieza con el carisma del populista, del patriota salvador, y avanza sobre todo a través de lo sentimental — de ahí a lo cursi, un paso — , manteniendo el tipo de «lo cheo» incluso sesenta años después. No se trata, pues, de un putch «a la africana», o como hace varias décadas en nuestro mismo continente; es un acto de seducción, una atrapada en douceur, con lubricante y confetis, pero que conduce a un mismo lugar.

«Ese Fidel se pasa horas hablando y promete de todo, pero nunca dice ‘si Dios quiere’ — cuenta Carlos Eire que era la queja de su abuela, según su libro Waiting for Snow in Havana: Confessions of a Cuban Boy — . Ni siquiera lo ha dicho una sola vez. No sabe de lo que está hablando».

Puede que el Comandante no dijera «si Dios quiere» en sus discursos y que esto provocara la falta de emoción y la antipatía de una señora octogenaria, puede que la liturgia de los actos multitudinarios desde el balcón frontal del Palacio Presidencial o en la Plaza Cívica no generara en ella las mismas sacudidas que cuando asistía a misa en la iglesia de San Antonio de Miramar, pero los rebeldes que llegaron a La Habana el 8 de enero de 1959 portaban sus crucifijos, sus collares y no escondían su religiosidad. Entre otros factores — como las promesas de restauración de la democracia, la lucha contra la corrupción y la recuperación del Estado de Derecho ultrajado en 1952 por Fulgencio Batista — , esta pincelada gráfica contribuyó a la solidificación de la imagen del nuevo Salvador.

Solo que poco tiempo después, entre una cosa y otra, en septiembre de 1961 eran colocados en el buque Covadonga y expulsados del país, rumbo a España, 136 sacerdotes católicos de varias nacionalidades. La Revolución no solo se deshacía de líderes parroquiales que consideraba incómodos, sino que ahormaba la dosis de sentimiento, tan ligada a lo religioso, para intentar reconducirla hacia sus nuevos altares. En paralelo, y en aras de la preservación de su idea única de la Verdad, desconocía las garantías para la libertad de prensa signadas en la Constitución de 1940, asfixiando y finalmente cerrando periódicos de todas las tendencias: ¡Alerta!, Diario de la Marina, Prensa Libre, El País-Excélsior, Ataja, Tiempo, Mañana, Pueblo, Avance, Información, El Crisol y, por último, El Mundo.

No digo que en México vaya a ocurrir lo mismo. Ojalá que no. De hecho, al día siguiente de la publicación de aquella carta, López Obrador aclaró que su gobierno no censuraría ni perseguiría a nadie. «Tendrán siempre garantizadas todas sus libertades», sostuvo.

No digo que la historia se repetirá (ni siquiera en Venezuela ha sido igual), pero entiendo la inquietud de los 650 firmantes y de quienes se les han adherido en días posteriores. No digo que en México vaya a ocurrir lo mismo, aunque ahora mismo se ubique en el lugar 143, de 180, en la Clasificación mundial de la libertad de prensa 2020 de Reporteros Sin Fronteras — apenas 28 puestos por delante de Cuba — , pero asusta escuchar al escritor y funcionario Paco Ignacio Taibo II recomendarle a Enrique Krauze y a Héctor Aguilar Camín que se marchen de México, que «vayan cambiando de país pronto».

En sintonía, una usuaria de Twitter ponía en solfa la firma de la escritora Valeria Luiselli al pie del desplegado, porque «no vive aquí», como si los mexicanos y los cubanos y los ugandeses que residen en otro país no tuvieran como mínimo la opción de opinar sobre los asuntos — los medulares y los festinados — del lugar en el que nacieron.

«Tal vez sería mejor que no volvieras/quizás fuera mejor que me olvidaras» — así comienza un conocido tema del mexicano Carlos Arturo Briz, «Encadenados», de 1956, que aconsejo escuchar en voz del chileno Lucho Gatica.

Todo esto me recuerda tanto, ¡ay!, nuestros gritos de pioneritos arrebatados en La Habana, en la primavera de 1980, protagonistas, testigos y comparsas de unos mítines de repudio goyescos que en algunos casos llegaron a convertirse en reales pogromos.

Son cosas que pasan cuando los políticos no se conciben como servidores públicos, sino como herederos de un legado de rebeldía y propietarios por derecho de una finca y de una moral superior.

«Pedimos lealtad a ciegas al proyecto de transformación porque el pueblo nos eligió para eso, para acabar con la corrupción, los abusos, llevar a cabo un gobierno austero y sobrio, para hacer justicia», declaró López Obrador hace unos días desde el Palacio Nacional. «Es lealtad al pueblo, no a mi persona», aclaró.

El hombre fuerte de México lo que quiere es aplauso, y preferentemente un mono con dos platillos. Luego habrá quien escriba su biografía laudatoria, su libro-masaje, pero por ahora necesita acatamiento y aplauso, algo que lo conecte directamente con lo sentimental, que le ponga la piel de gallina, a él y a sus seguidores. Pirotecnia política. Está tan obsesionado con el asentimiento como el maestro Hokusai lo estaba con los pulpos.

López Obrador no ha parado de desatender la advertencia de Giovanni Sartori de que la democracia «no requiere consenso sino conflicto», un factor que la maximiza y la enriquece. «El demagogo apela a las muchedumbres gritando que el pueblo siempre tiene razón», nos recuerda el italiano en su libro ¿Qué es la democracia?, y yo pienso en las masas enardecidas que en diversos puntos y épocas han pedido la expulsión del país de los «indeseables», la horca o el paredón para los culpables — incluso sin aplicarles la presunción de inocencia — , la incautación de un diario o de una imprenta, el derribo de una estatua o el linchamiento mediático. Todo entre vítores, erizamientos de piel y aplausos.

Entonces vuelvo a pensar en la abuela Carlos Eire y en su no-emoción a partir de 1959. ¿Habrá un acto rutinario más emotivo para el creyente que asistir a una misa? La señora se sentó a escuchar los primeros discursos del líder triunfante, pero este no la convenció, no la conmovió. Fidel Castro había decidido salirse del marco de emotividad de un sector considerable de la sociedad para instalarse seductoramente sobre las cabezas de millones de cubanos que lo aplaudían extasiados, llenos de esperanza. La radicalización en ciernes empezaba a coger cuerpo.

Y lo que siguió ya es historia contada.

«Te juro que a veces me asusto de ver/que te has ido adueñando de mí», reza una canción escrita en 1958 por Marta Valdés.

Por ahora, mucho tendrá que agradecerle la democracia a este llamado de alerta entre mexicanos que una parte de la izquierda iberoamericana ha pretendido desconocer.

Publicado originalmente en El Estornudo

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Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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