¿Qué preocupa a una mujer trans cubana durante una pandemia?

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Mel Herrera

Por Mónica Baró

Cuando me pongo a pensar en la pandemia siempre me vienen a la mente tres temas importantes. Uno es el exceso de tiempo, que me ha llevado también a un exceso de pensamiento. Me he puesto a pensar demasiado. En períodos de no pandemia soy una persona muy depresiva y que siempre se está analizando. Siempre estoy en un ejercicio de introspección.

Pero el exceso, como te digo, es malo, y eso ha provocado en estos últimos días una ola de discusiones aquí en mi casa, en las redes sociales, por cosas que desde hace tiempo tenía ganas de decir, de compartir, de denunciar. A veces quisiera desconectar y descansar, porque ni durmiendo tengo tranquilidad. El lado positivo es que también hay tiempo para una misma, para conocerse, satisfacerse, darse pequeños mimos en estos momentos de tregua aparente, o de pausa.

El otro tema importante en que pienso es la ruptura de planes que teníamos por concretar. Creo que esto es un denominador común para muchas personas. Aunque ahora que lo pienso prefiero no decir ruptura, prefiero decir aplazamiento.

Yo había logrado algo que llevaba mucho tiempo necesitando, y buscando cómo hacerlo: me había ido de mi casa. Una amigas me habían dado refugio en la suya, en el Vedado, y luego en un alquiler que tienen en Matanzas. Y te digo que llevaba tiempo no por inseguridad o porque no lo tuviera bien decidido, sino porque sabes lo complicado que es en Cuba emanciparse. Puedes tener mayoría de edad, mi edad (25 años), incluso 40 o 50 años, y vivir aún en la casa de tus padres, porque es compleja la situación de la vivienda en nuestro país, y la economía.

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Mel Herrera

Cuando yo decidí irme de mi casa no lo hice con la intención de no volver, ni de alejarme por completo de mi familia. Simplemente, era algo que necesitaba. Mi mamá nunca ha aceptado mi identidad de género, nadie en mi familia la ha aceptado a plenitud, y eso ha supuesto someterme a algunas reglas, porque es la casa de mi mamá y me lo dice: «Esta es mi casa y aquí tienes que comportarte de una manera, tienes que llegar a una hora». Siempre ella me ha dominado mucho. Es una mujer violenta, agresiva, que fue víctima de violencia doméstica, pero haber sido víctima de algo no te exonera de convertirte en victimaria.

La convivencia con mi mamá había llegado a un punto insportable; temía incluso que ella me diera un mal golpe, porque ya había pasado antes. Yo he tenido complicaciones graves por golpes de mi mamá y, aunque fueron en otro momento, en la adolescencia, cuando yo era más rebelde, igual sabía que en cualquier momento eso podía repetirse. Porque lo veía en sus ojos, en su manera de hablarme.

Y una vez que logré salir de mi casa, que me dieron refugio y me enviaron a Matanzas, que estaba cómoda porque allí tenía un cuartico para mí, que empecé a hacer otras relaciones, que me sentía bien, apareció el Covid-19 y tomé la decisión de volver a mi casa. Volver con mi mamá, volver a las peleas, volver al conflicto diario. ¿Qué otras opciones tenía en Matanzas? Andaba yo con mi perra, me quedaba poca comida, 10 CUC y más nada. Finalmente, mi papá me fue a buscar en un carro.

Me dolió muchísimo porque llevaba tiempo deseando encontrar otros caminos, y retroceder fue un duro golpe, porque, coño, tener esa sensación de que por una vez logré lo que quería y tener que volver a la situación anterior es frustrante. Y no solo ese plan quedó aplazado. Mi idea no era quedarme en Matanzas para siempre. También estaba buscando la posibilidad de trabajar, de hacer algo; tenía propuestas aquí en La Habana para escribir para algunas revistas. Quería retomar mis estudios de Contabilidad en la Universidad de La Habana, y de pronto todo se detuvo.

Pero desde que volví realmente no puedo decir que hayamos tenido problemas graves. Hemos tenido problemas por otras cosas, por quién cocina, quién hace la limpieza, quién va a buscar tal cosa, cuestiones de convivencia.

El tercer tema que me preocupa es mi trancisión de género, los recursos que necesito. Temo mucho que se me nieguen en algún momento. Hace poco tuve una fuerte diferencia con una persona que es muy importante en el Cenesex (Centro Nacional de Educación Sexual), que es donde yo me atiendo, y tengo miedo incluso de que se genere una molestia hacia mí en ese lugar. No es la mejor atención, cuando comparo con mis amistrades trans de Latinoamérica, pero es la que tenemos en este país.

***

La trancisión de género para mí es una cuestión prioritaria para mi salud mental. Si algo en estos días me tiene muy preocupada es que por algún motivo tenga que interrumpirla. Eso me genera una ansiedad tremenda; cada día ando con ese susto. Desde que empecé la transición siempre me he preocupado por «los faltantes». Ahora mismo no hay hormonas femeninas, entonces están recetando pastillas anticonceptivas, que son muy dañinas. Yo obtenía hormonas de las que usan las mujeres trans en otros países, me las mandaba un amigo de México; pero ahora, con la pandemia, no pudo llegar el último paquete. También ha faltado otro medicamento que para mí es mucho más importante, el bloqueador de testosterona. Eso me preocupa aún más.

Yo vivo con esa preocupación de que, simplemente, un día no haya nada y a nadie le importe. Sé que tampoco hay medicamentos para los diabéticos; tampoco para los hipertensos. Tampoco, tampoco, tampoco… Creo que debería haber para todo el mundo. El hecho de que no haya para los diabéticos me choca, porque tiene que haber para los diabéticos, pero me ha dolido más profundamente cuando alguien ha intentado mitigar lo que me pasa, mi dolor, diciendo que tampoco los hipertensos o los diabéticos tienen medicamentos. Eso a mí no me alivia, no me hace sentir mejor. Yo también necesito los míos, que me ayudan a conseguir algo con lo que siempre me he identificado… Independientemente de que he deconstruido muchas cosas y hoy mi visión de lo que quiero no es la misma que cuando tenía diez años. Pero aun así hay cosas que son muy difíciles de desaprender.

El tema del reemplazo hormonal es bastante complicado y me lo cuestiono todo el tiempo. Es uno de los métodos que utilizan las personas trans para sentirse más cómodas en el género con que se identifican. Sabes que desde niñas, niños, las personas trans nos damos cuenta de que hay algo que nos hace sentir incómodas. Cuando empezamos a tener contacto social en la escuela y notamos las diferencias entre géneros, nos damos cuenta de que nosotras no nos identificamos con el género que nos impusieron o nos asignaron cuando nacimos en base a nuestro sexo biológico y nuestros genitales. La primera impresión es que hay algo mal en nosotras. Es ese momento como de choque: «No soy lo que me dijeron que era, no soy lo que yo pensaba que era».

En mi caso fue entre los cino y los seis años. Yo le dije a mi abuela que no me sentía niño, que no entendía por qué mis padres, por qué todo el mundo me trataba como varón, si yo era una niña. Bueno, en ese momento no tenía la conciencia de ser una niña trans, pero sí sabía que había una molestia, una inconformidad, algo que yo consideraba incongruente. Y de ese modo las personas trans empezamos a querer asumir la expresión del género con el que realmente nos identificamos y a desprendernos de ese que nos han impuesto. Lamentablemente, a veces llegamos también a reproducir patrones de género, roles de género que son opresivos para nosotras mismas, y queremos alinearnos con la femineidad hegemónica o con la masculinidad hegemónica. Es muy complejo deconstruir todo eso.

Entonces la terapia hormonal aparece como para aliviar esa molestia que los médicos nombraban disforia de género, pero que ya por suerte está eliminada de los manuales. Aquí en Cuba todavía se sigue usando el término, porque sabes que nosotros siempre andamos a años luz de todo, pero desde 2018 la OMS (Organización Mundial de la Salud) quitó la transexualidad de la lista de enfermedades mentales. La terapia hormonal supone un alivio corporal y psicológico, porque tiene un efecto sobre cómo vivimos nuestras emociones, nuestro día a día, lo que pensamos…

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Mel Herrera

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Las redes han sido un gran reto en esta pandemia: sobrevivir al acoso, a las opiniones contrarias, a las agresiones, a las amenazas. Soy una persona que se expone mucho. Mis reflexiones, lo que quiero decir, siempre parten de cosas que me han pasado, e inevitablemente comparto mis vivencias para luego llegar al punto que quiero tocar.

El defender algunas causas y desnudarme en mis redes como una chica trans ha traído que muchas personas se me acerquen, no solo en comentarios públicos sino también por privado, y me vengan con propuestas indecentes, muy desagradables. Personas incluso de las que no me lo esperaba, que me ha dolido eliminar, porque son amigos de amigos míos. Yo todavía estoy impactada.

Mi diario es ese: abrir Facebook o Messenger y de pronto «hola linda, ¿cómo tienes sexo?, ¿tienes tetas?, ¿podría verte?, explícame qué cosa es ser trans, ¿eres gay?, ¿qué te gusta?» Son comentarios que me ponen mal porque no parecen hablarle a una persona sino a una yegua, a mi perra; tampoco considero que los animales merezcan un trato así, pero ya sabes a lo que me refiero. Parece que están hablándole a un objeto y no a una persona.

Noto un gran desconocimiento, una gran desinformación sobre las personas trans, porque por mucho tiempo se nos ha tratado desfavorablemente en los medios de comunicación. Creo que esa es una deuda que los medios tienen con nosotras: tratarnos en los términos adecuados, de una manera digna.

También la educación sexual nuestra que es tan, tan nada…, porque a mí nunca en mi primaria, ni en mi secundaria, ni en los Camilitos (Escuelas Militares Camilo Cienfuegos) me hablaron de educación sexual. Lo más parecido fue en Biología y fue una clase del cuerpo humano, sobre los órganos reproductores masculino y femenino. Y, bueno, estas son las cosas con las que más estoy lidiando en estos momentos.

Ahora todos tenemos mucho tiempo para estar en las redes y estamos alterados, alteradas. Eso ha sido un gran reto. De hecho, en estos días, antes de dormir, desactivo mi cuenta de Facebook para que nadie tenga acceso a mis publicaciones, para que no me comenten, porque, si no, me acuesto con el miedo de que se arme la debacle en mis redes por la madrugada y que no me pueda defender, y despertarme con una problemática, como ha pasado. Luego al día siguiente la vuelvo abrir y que me comenten, pero ya conmigo presente.

A veces hasta he eliminado posts para evitar más conflictos, porque los conflictos así me desesperan y no sé cómo actuar. Supongo que es algo que aprenderé, aunque sí es algo que en este tiempo de cuarentena, de pandemia, se ha agudizado. La ansiedad, la depresión diagnosticada que siempre he padecido. Esa incertidumbre de no saber qué va a pasar, me hace actuar con miedo, con inseguridad.

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Lo cierto es que es algo muy bonito ver cómo te va cambiando el rostro, cómo se te va afinando, feminizando, cómo la musculatura va perdiendo esa forma rígida, va perdiendo definición. La cintura… Cómo las caderas se van anchando. Ahora tengo mis senos, son pequeños porque van creciendo, y también dependen del factor genético. No es que las hormonas hagan milagros. Y, mientras más temprano en la vida empieces el tratamiento, mejor.

Cuando yo digo que me preocupa más la falta del bloqueador de testosterona que del propio estrógeno es porque si me falta se van a seguir marcando características secundarias del género con el cual yo no me identifico. La testosterona va a seguir actuando en los huesos, en todo, porque es lo natural, lo normal, según mi sexo biológico, y eso para mí sería traumático. El bloqueador inhibe esa función de la testosterona; permite que el estrógeno se convierta en la hormona dominante, y por eso va cambiando el patrón del cuerpo.

Sería traumático porque ha sido lo que siempre he querido no ver. No he querido ver en mí que se acentúen características del sexo masculino. No he querido verme nunca demasiado rostro masculino, ni con músculos, ni ninguna de esas cosas. Mientras yo tenga controlada la testosterona, a raya, pues siento más alivio.

Es importante no convertir las hormonas en el centro de la trancisión. Las hormonas son una herramienta más. No nos convierten en mujeres o en hombres. No todas las personas trans deciden hormonarse; algunas empiezan y luego paran por diversos motivos: salud, economía, o porque consideran que ya no lo necesitan o que nunca lo necesitaron. No hay una sola manera de ser trans.

Pero yo realmente no sé cómo respondería si me llegasen a faltar las hormonas y el bloqueador. En este momento son vitales para mí, constituyen mi realización, el acercarme a la persona que siempre quise ver en mí, aunque yo esté consciente de que no me van a convertir en nada. Yo soy mujer, me siento bastante conforme con mi cuerpo, y he logrado deconstruir muchas cosas que antes yo quería. De niña yo quería el cuerpo perfecto de la modelo y por suerte he podido irle restando importancia a esos atributos. Pero la terapia hormonal ha sido la manera que he encontrado para llevar a cabo la trancisión y afirmar mi género.

Hay muchos caminos. A veces me sorprende la diversidad del mundo trans: cada persona tiene necesidades específicas, al igual que las personas cis.

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La depresión ha sido muy frecuente. A veces le digo a amistades mías que es mi estado natural, porque ha sido muy frecuente y es muy difícil salir de esos episodios. Tiene que ver con la manera en que he vivido el género desde un inicio, desde que lo descubrí y me autopercibí, sin poder expresarlo, sin poder hablar con alguien de lo que me estaba pasando. Esa sensación de estar equivocada, de ser un error, de traer un defecto. Encima, la situación en mi casa, durante mi infancia, fue muy fea. Horrible. Te digo: la relación entre mi mamá y mi papá, el acoso en la escuela, las burlas y el disgusto con algunas características de mi cuerpo.

Hubo etapas en las que no quería hacer nada, no me motivaba nada. No quería salir del cuarto; todo el cuarto desorganizado. No me importaba nada. Me parecía que no iba a llegar a nada nunca. Y muchas veces la salida, el escape, parecía ser el suicidio. Durante algún tiempo fue muy recurrente esa idea. Lo mío por suerte siempre se quedaba en la idea. Me aliviaba el hecho de saber que era una opción, que, si en algún momento ya no podía más, simplemente me mataba.

En los Camilitos tuve el momento más crítico. Estaba en un lugar en que no quería estar, bajo un reglamento que no quería cumplir, y con la sensación de estar en un cuerpo equivocado. Aunque hoy se manejen otros términos y se diga que no son cuerpos equivocados, que no es más que el sistema cis heteronormativo por el cual nos hemos guiado, yo estoy clara en una cosa: que existe y persiste una molestia y que en aquel momento fue muy chocante, porque la testosterona dijo «aquí estoy», y empezaron a desarrollarse las características que yo no deseaba que se desarrollaran.

Había días que me los pasaba llorando a escondidas, porque allí no había tiempo para nada. Entre las clases y marchar quedaba muy poco tiempo para mí misma. Me daba por pensar que quería otra vida, otro cuerpo: la pregunta constante de por qué no nací «normal», o por qué no nací niña. Allí no me atreví nunca a hablar con amistades sobre eso. Me tenían como un chico gay, afeminado, y yo incluso preferí que la cuestión se quedara ahí y nadie indagara más, porque tuve mucha confusión. La adolescencia es bastante confusa y compleja para todo el mundo.

La primera persona que me habló de eso que me pasaba, querer encerrarme, no querer vivir, que las emociones me cambiaran repentinamente, fue una psiquiatra de mi área de salud. Lamentablemente, no terminamos muy bien. En la primera consulta hablé de todo lo que me pasaba desde niña. Me citó para otro día, y ese segundo día me dijo que yo estaba teniendo episodios depresivos y que me iba a medicar. Ni sé qué medicamentos me iba a mandar porque yo me fui antes de tiempo.

Ella, en esa segunda consulta, sugirió que yo podía estar equivocada y que pensara bien las decisiones que iba a tomar, y eso está bien, pero luego siguió siendo muy repetitiva con que yo estaba equivocada, y ya no fue una sugerencia, ella estaba afirmando que yo había estado equivocada siempre. Llegó un momento en que me aturdió tanto el estar escuchando «tú no eres lo que estás pensando que eres», que era lo mismo que me decía mi mamá, que me levanté y me fui.

Después de eso fue que empecé con las consultas en el Cenesex; ahí me atienden una psicóloga y una psiquiatra. La psiquiatra también me ha dicho que estoy muy deprimida cuando le refiero lo que me pasa. Ha intentado varias veces medicarme, pero, no sé, no he querido. Es que como ya consumo tantas pastillas, o no tantas, son dos nada más, el estrógeno y el bloqueador… Y cuando leí sobre los efectos adversos se me llenó la cabeza con preocupaciones; cada vez que me hablan de otras pastillas se me pone la cabeza mala.

He tenido días muy duros, de no saber qué hacer ni para dónde coger, pero yo sé que no he puesto de mi parte tampoco. No me he dejado medicar para la depresión ni para el insomnio. La psiquiatra me mandó… Ay, no me acuerdo, yo sé que las recetas las tenía guardadas en algún lugar. En una de las últimas consultas, ella me dijo que iba a mandarme unas gotas sublinguales, pero tenía que volver por el Cenesex otro día y fue pasando el tiempo y vino la pandemia y nunca tuve las gotas.

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Mel Herrera

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En cuanto al Cenesex como mediador o facilitador de estos recursos y de la atención médica para las personas trans, pues nadie sabe de verdad por qué todo está tan centralizado cuando podría ser muy fácil desde las áreas de salud, desde los policlínicos. A mí no me afecta porque estoy en La Habana, llego al Cenesex en una hora, pero las personas trans de otras provincias tienen que sacar el turno y pasajes de ida y vuelta. Vienen y con la misma regresan porque no tienen dónde quedarse y traen poco dinero.

Allá, cuando una llega por temas de identidad de género, tiene que verse con una psicóloga, o con la psiquiatra, y básicamente demostrar que es trans. Sí, suena patético, pero es así. Tienes que responder una serie de preguntas, contarles tu vida, lo que has pasado, cómo lo has vivido. Tienes que darles indicios, pruebas, de que te autopercibes del género contrario. Se hace un poco molesto, porque todavía el lenguaje, el método, suele ser patologizante, y ellas son las que dan el visto bueno para que te vea la edocrinóloga, que es una sola para todas las personas trans del país que están en terapia hormonal.

Al inicio, la endocrinóloga te orienta exámenes generales (azúcar, colesterol) y de hormonas. A partir de ahí ella sabe, según los resultados, la dosis que te receta. Las consultas son cada tres meses y los análisis también. Es un constante análisis, porque la endocrinóloga tiene que monitorear toda la terapia hormonal y decirte si subes la dosis o si la bajas.

Los estrógenos se pueden conseguir en cualquier farmacia, y si se te acaban, la receta te la puede hacer cualquier médico. Los bloqueadores ya son más complicados porque solo los venden en la farmacia del (Hospital Universitario Clínico Quirúrjico) Manuel Fajardo, con un certificado médico que tiene que firmar la endocrinóloga, y tienes que contar los días hasta la siguiente consulta porque te los dan casi exactos. Si por casualidad faltaste a esa consulta porque te partiste el pie, te jodiste.

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Me viene molestando mucho el tema del barrio, lo cual ya escapa de la pandemia, porque el barrio siempre ha sido así, con pandemia y sin pandemia, pero no deja de afectarme, y en estos momentos todo se duplica. Toda molestia está siendo muy perjudicial para todo el mundo, más de lo habitual.

Yo vivo en un barrio bastante complejo, en el municipio Guanabacoa, entre La Jata y El Roble, y es muy común encontrar estos tipos que no se miden para decir las cosas y meterse con una. Se me está haciendo muy difícil salir a la calle, ir de compras o bajar a la perra.

Ahora mismo en los bajos de mi edificio se están haciendo reparaciones y se está cercando todo el jardín y hay alrededor de doce hombres soldando y demás — que no sé para qué tantos — , y es burla tras burla. Lanzan las frases al vacío pero una sabe que son con una, porque una conoce esas frases, u otras parecidas, y enseguida las detecta. Son las típicas: «Fulano, mira ahí viene lo tuyo», o «Mírala, mírala, mírala…», o «Yo no me tiro ahí, ese no es mi terreno, yo no juego para ese bando». Frases que yo sé que van dirigidas a mí, y hay que ignorarlas, ya sé que es así, pero no dejan de ser molestas, porque una siempre se pregunta hasta cuándo.

Ya me conocen hace un buen tiempo, ya saben quién soy yo. Es verdad que no me llevo con mucha gente, hablo muy poco, si acaso con dos o tres vecinos, pero saben que yo no me meto con nadie, que cuando estaba en la universidad era de la universidad para el trabajo, en mil actividades, nunca paraba ahí. No entiendo por qué… El machismo acostumbra a las personas a ser así, a ofender a otra o a burlarse de otra simplemente por placer.

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Otra de las cosas que me preocupan es qué va a pasar cuando pase todo esto. La vuelta a la universidad, las opciones de trabajo. No me siento lo suficientemente preparada para lidiar con el rechazo social, el rechazo en el ambiente laboral. Yo he ido a varios negocios privados, cafeterías y lugares así, en busca de trabajo y, por supuesto, me dicen educadamente que no, que no es lo que necesitan. No sé mañana cómo voy a lidiar con todas estas cosas que a la larga o a la corta me van a afectar.

Para mí es muy importante irme construyendo hacia otras áreas, por ejemplo, terminar la carrera, abrirme paso en el mundo de la literatura, que es una de las cosas que más me gustan, y a la vez de lo que menos me he ocupado en esta cuarentena. A pesar de tener tanto tiempo libre, en el que pudiera estar escribiendo, la propia ansiedad, este no saber dónde vamos a parar, me impide sentarme y escribir con claridad, con inspiración… Estoy muy desmotivada.

La gente me dice: «Pero aprovecha ahora y escribe; cuando se acabe todo esto vas a tener que estudiar, vas a tener que trabajar». Pero qué va, no puedo. Tendría primero que quitar todas estas preocupaciones que tengo en la mente para entonces ponerme a terminar los poemas pendientes, los cuentos, más otras cosas que me han pedido… Porque desde el activismo hay muy pocas voces trans y siento la presión de escribir sobre ello, y no puedo. Me abruma toda esa preocupación; las cosas que te he comentado. No puedo siquiera enfrascarme en algo que me gusta mucho, como la escritura.

Si algo me ha permitido este tiempo es sentarme a dibujar el mapa de lo que quiero, de la vida que quiero, las cosas que quiero lograr en cada área, y ha sido un ejercicio muy bonito. He hecho listas. Estoy pensando en la posibilidad de tener una revista sobre, para y por personas trans en Cuba. Creo que necesitamos contar nuestras historias, y no es solo que vayan a estar bien escritas sino que va a haber un factor importante: la vivencia, que se escapa mucho en las crónicas tradicionales que se hacen sobre nosotras.

También quisiera crear una especie de colectivo, como los que he visto que funcionan mucho en Latinoamérica, de personas trans no binarias, porque en ese acompañamiento, en esas alianzas, se crea autocuidado entre todas.

Y me gustaría hacer algún tipo de negocio, de emprendimiento. He tenido algunas ideas. Realmente ahora no veo la posibilidad, porque supone tener una economía, o una buena ayuda económica, pero al menos está entre las metas, y creo que es positivo tenerla. Los sueños no todos son para cumplirlos. Hay sueños que son para ser sueños, y de esas cosas también una se alimenta.

Publicado originalmente en El Estornudo

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Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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