Primeras horas de un ahorcado
En la mañana del 14 de noviembre último mi madre llamó desde Colón, Matanzas, y dijo que fuera a la dirección que enviaría para vernos. El hermano de mi tía Yamilé se había ahorcado en La Habana y vendrían juntas a buscar el cadáver. Vivía en una zona marginal de Mantilla, el barrio de Leonardo Padura.
Al llegar abracé a Yamilé muy fuerte. Ella es la esposa de mi tío desde que tengo memoria. Su hermano mayor se había colgado de un cable dentro del cuarto rentado en que vivía. Fue hallado a las 7:30 AM y media hora después vino la policía. Los peritos de criminalística no llegaron hasta las 3:00 PM para analizar la escena. Si una persona tarda en morir dos minutos como promedio guindado del cuello, el hermano de Yamile podía haber muerto 225 de veces en las siete horas y media que estuvo suspendido del techo.
Ahorcado y requeteahorcado estaba Orestico con solo 48 años. El hombre no fue a bolitear[1]el día anterior porque estaba borracho. Su mujer no quería volver con él y debía miles de pesos en los burles[2] del barrio. Llevaba una mala racha y no quiso salir de ella.
Unos vecinos dijeron que tomó hasta la madrugada y otros nunca lo notaron ese día. Seguro los que no lo vieron vivo esperaban en la calle para observarlo muerto. Había decenas de personas agrupadas frente a la casa, pero nadie subía al cuarto, allí solo estaba Orestico.
Lo encontró en la mañana el dueño de la vivienda. La tarde anterior Orestico necesitaba barrer y le pidió una escoba. El casero le advirtió que se la devolviera cuanto antes, pero Orestico nunca más bajó. El resto era historia. Una historia difícil de contar para aquel hombre.
Yamilé es una de las hermanas trillizas de Orestico, Yanet la acompañaba y Yanaisa vive en Estados Unidos. La hermana mayor de los cinco hijos de Gladis acompañaba a la madre en el batey Santa Gertrudis de Matanzas. Estaba descompuesta y sin consuelo. Las madres no se preparan para enterrar a los hijos.
Yanet estaba al frente de nada y al frente de todo. Era quien monitoreaba lo que ocurría, que era nada. Yamilé esperaba sentada en un muro junto a mí.
Lo que empezó como una oportunidad de ver a mi mamá terminó por convertirse en una tarde gris y lenta que parecía avanzar a empujones. Como ese instante en el que el tiempo pasó más rápido y Oscarito estuvo más muerto: Yanet bajó con dos pequeños bultos de ropa y dos pares de zapatos, era lo único útil que quedaba de su hermano.
Los peritos no dieron detalles de la muerte de Orestico. Solo preguntaron por algún papel que sirviera para comparar la caligrafía de la nota de despedida que había dejado. Su expareja aportó una agenda telefónica y así se comprobó el suicidio de un hombre hastiado. El mensaje decía que estaba cansado de la sicklemia que padecía desde pequeño, que su mujer no quería volver con él y que ya no le hallaba sentido a la vida. Pero los cubanos somos como el periódico Granma: nunca decimos toda la verdad.
Los vecinos chismosos reunidos en la calle daban diferentes cifras sobre la deuda de Orestico. Los más sensacionalistas decían que lo habían matado o que fue víctima de intimidación usurera. Lo cierto es que la Longana[3] jugada ese día en los burles clandestinos de Mantilla no sabría igual: cada peso apostado sonaría a tragedia.
Sobre las 5:15p.m llegó el carro fúnebre. Como mínimo, el hermano de Yamilé había pasado casi 12 horas muerto en su cuartico, pero probablemente no se ahorcó de madrugada. Eso generó dudas que perduraron por el mal trabajo de los forenses en la reconstrucción de los hechos. Ellos aclararon poco. Llegaron tarde y se fueron rápido. Miraron todo y no dijeron nada. Lo único confirmado era el suicidio de Orestico y la incompetencia de los servicios peritales cubanos.
–¡Y llegaron temprano! –respondió Chichío a mi asombro (tío del difunto que merodeaba por allí contrariado). –Yo he visto casos donde la guardia operativa llegó al otro día.
–Lo peor es que las ambulancias también tardan mucho o no llegan –aduje para matizar el caos.
La ciudad de La Habana alberga a más de dos millones y medio de habitantes, pero solo contaba con 47 ambulancias disponibles en ese momento. Es decir, había un vehículo médico por cada 50 mil habitantes. Muchas veces, cuando llegaban al lugar de la emergencia, tenían que avisar a los funerarios. Lo que era un paciente se convertía en cadáver.
Las horas de tardanza no se invocaban solo en las palabras. Hallaron cuerpo en el aire de la escena que todos miramos. Cuando los hombres bajaron la tablilla con el cadáver envuelto en una sábana, un hedor fuerte se esparció por la calle. Los señores que lo cargaron movían la cabeza rápido de lado a lado para intentar desprender aquella peste de sus caras. Chichío soltó una lágrima y por primera vez en mi vida olí a la muerte humana. Orestico había comenzado a descomponerse.
En el carro rentado por las hermanas dolientes, seguimos al Volga 24 soviético de color negro por toda la ciudad hasta llegar a la funeraria de Calzada y K en el Vedado. Allí haríamos los trámites pertinentes para trasladar el cuerpo hasta Matanzas, hasta el batey Santa Gertrudis donde Gladis esperaba los restos de su hijo.
El cuartel general necrológico cubano, donde se velaban dirigentes y personalidades de todas las esferas, no contaba con un baño disponible para orinar. Me explicaron que estaba tupido desde el día anterior y era imposible usarlo. Después de mear en el tronco de un árbol en el parque frente a la funeraria, ayudé a Yanet a redactar la carta de solicitud de traslado. Ante la ausencia de sus espejuelos, no podía hacer mucho más que llorar.
Minutos más tarde nos abordó un hombre con varias cadenas de fantasía, alto, calvo y mulato. Vestía un pijama azul que lo hacía parecer un médico e imaginé que vendría a darnos un parte, como esos que los familiares esperan ansiosos en un hospital. Así fue, el hombre traía malas noticias:
–Buenas noches, me temo que el cadáver se encuentra en muy malas condiciones y no será posible trasladarlo así para Matanzas.
–¿Cómo? –respondieron casi al unísono Yamilé y su hermana.
–Es que hace muchas horas que falleció y la demora…
–Mire –lo increpó Yanet–, quizás esto no depende de usted, ¡pero lo que han hecho con mi hermano es una falta de respeto! ¡Ni un perro merece estar guindado así tantas hor…!
Un sollozo forzó su retórica y le impidió continuar. Dejó que entre su hermana y yo la sentáramos en una butaca mientras decía entre lágrimas y gritos:
–¡¡¿¿Pero por qué… por qué le han hecho esto a mi hermano… por qué??!!
Chichío y otro tío del difunto volvían a llorar en el lobby de Calzada y K. Eran hombres viejos y curtidos, hombres que no lloran con facilidad. Había que ver la cara del chofer de nuestro carro. No entendía mucho, pero sentía todo. Su rostro era una mezcla rara de enajenación con indignación. Así se vive en Cuba: perdido e irritado.
Mi madre siguió el diálogo con el mulato y nos explicó más tarde las opciones que existían: lo enterraban en La Habana o podían cremarlo y trasladarlo así. Esa fue la batalla final contra el sistema. Las hermanas sabían que su madre esperaba el cuerpo del hijo a 200 kilómetros de allí y no era lo mismo aparecerse ante ella con una vasija de cenizas.
La opción de enterrarlo en la capital ni siquiera se valoró porque sería grave privar a la madre de cualquier despedida de duelo. Entonces todos tratamos de sobornar al mulato y hasta 100 cuc le ofrecimos para que preparara el cuerpo de Orestico. Él explicó que no podría hacerlo ni por todo el dinero del mundo porque en la funeraria no existían las condiciones sanitarias ni los insumos necesarios para realizar ese procedimiento. Ahí yo le dije que pusiera el cadáver en el congelador hasta que en el mercado negro consiguiéramos todo lo precisado para alistar el cuerpo. Eso tampoco era una opción: el congelador estaba roto.
¿Acaso era aquel lugar una funeraria? Yo lo sentí literalmente como la antesala del infierno, donde según Dante los pecadores más mediocres son devorados por insectos asquerosos.
En ese momento las hermanas sacaron sendos fajos de dólares americanos para el mulato. En Cuba casi nada se puede lograr de manera normal y por eso casi todos hemos adquirido la costumbre de intentarlo todo varias veces y por varias vías. La única manera de comprobar si aquello era cierto era mostrándole al mulato cuanto podía ganar si preparaba el cuerpo inmediatamente.
Ipso facto, respondió:
–Miren, yo puedo tomar todo ese dinero y hacer un paripé (escaramuza) para simular un buen trabajo, pero a mitad del viaje o cuando lleguen van a tener un cuerpo con muchas secreciones y mal olor. Eso sería peor.
Aquellas palabras a todos nos sonaron como el mazo del juez al final de un juicio. No había más remedio, ayudé a Yanet a hacer una carta nueva: la solicitud de cremación.
Al cabo de unos minutos salimos tras otro carro vía al Instituto de Medicina Legal. Allí tampoco ofrecieron detalles sobre la muerte de Orestico y las hermanas ya no querían preguntar nada más. Temían de la respuesta.
En el crematorio de Santiago de las Vegas había un par de casos primero y a las 11:30 PM fue que introdujeron a Orestico en un horno. A la 1:00 AM le entregaron la urna a Yamilé y estaba muy caliente. Debió envolver en una toalla lo que quedaba de su hermano para poder manipularlo.
Al llegar a Santa Gertrudis, Gladis corrió en estampida hacia el auto. Abrazaba al recipiente de cerámica como si fuera un humano. Leía una y otra vez el papel que escribió el difunto para pedirle perdón por dejarla sola. Lo hacía de pie y echada en el suelo.
Gladis lloraba a su hijo.
[1] Bolitear es ir por las casas de los jugadores para recoger los montos que cada cual decide apostar a un número determinado. El gobierno cubano prohíbe practicar los juegos por dinero, pero la Bolita es un sistema de lotería diario que está presente en todo el país y las autoridades se hacen de la vista gorda.
[2] Burle es el nombre con el que se conoce a las casas de juego en Cuba presentes en muchos rincones del país de forma clandestina.
[3] Longana es un juego clandestino cubano que utiliza las fichas de un dominó.
Publicado originalmente en El Estornudo.