Oh mar: el engullimiento de Broselianda Hernández

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Broselianda Hernández / Foto: Evelyn Sosa

Por Legna Rodríguez Iglesias

Los estados expresivos aparecen

de pronto, inducidos

por un rasguño.

Crecen.

Agitación, excitación, desasosiego,

furia, cólera, rabia.

De pronto, se interrumpen

como si los hubieran engullido.

Solo quedan gestos vacíos.

Tadeusz Kantor

Teatro de la muerte y otros ensayos1944–1986

Durante un tiempo, que también pasará y se olvidará, Miami no será la ciudad acostumbrada, la ciudad de la Cuban cuisine o del café cubano, la ciudad de las discotecas y de la calle 8, de los venezolanos ricos que lavan el dinero bien lavado y de los venezolanos que no lavan ningún dinero, sino la ciudad donde amaneció muerta Broselianda Hernández. Tampoco, durante un tiempo, noviembre será el mes de las elecciones presidenciales, del conteo de votos infinito que ya va quedando en el olvido a fuerza de aburrimiento sórdido, sino el mes en que amaneció muerta Broselianda Hernández.

El mar, durante un tiempo, dejará de ser el mar para ser, de un modo superior, majestuoso y terrible, la orilla donde amaneció muerta Broselianda Hernández, la actriz cubana Broselianda Hernández, que tenía un nombre así como si ella sola fuera a gobernar el mundo, como si el mundo fuera un proscenio con ella de pie sobre él y el mar fuera de aplausos en vez de agua. De pie sobre una piedra sobre la arena sobre la espuma sobre la ola sobre la noche sobre la mañana. Broselianda Hernández, ausente.

La memoria emocional de un país llamado Cuba, una isla naufragada por la miseria y el polvo que se alarga en esa isla, recordará durante un tiempo la muerte de Broselianda Hernández como algo que todavía nadie se puede creer, algo imposible de concretarse en ningún lugar razonable de la mente, una muerte irracional. La comprensión del amor, tanto como la comprensión de la muerte, pertenecen a esa rama del entendimiento humano donde todo el que encuentra lucidez es porque no le atañe o porque no le atañe.

Vino la muerte y tuvo sus ojos. Los ojos de una actriz llamada Broselianda: robusta, álgida, leve, pesada, grave, soberbia, agónica. Tuvo sus ojos y su cuello, como el cuello de una mujer que nunca se ha enamorado, tenso y largo, de frente y de perfil, un cuello poderoso lleno de cuerdas vocales y venas que se hinchaban a punto de reventar, hasta venas invisibles que deben haber reventado cien veces. A la orilla del mar, sin aire, sobre la tierra, el cuello de Broselianda debió ser fruta preciosa en la mesa del deseo.

El país entero le miraba el cuello a Broselianda Hernández en los millones de televisores de millones de casas a partir de las décadas de los noventa hasta el día de su muerte. Los ojos y el cuello y las manos y los brazos y las piernas y el busto y la nariz también, tensa y larga, la boca y la nariz de la seducción. El vozarrón exacto, teatral pero no forzado, no grito, sí Munch. Como el sexo. Como el mar. Como la noche. Como la muerte. Como lo bello y lo triste. Nadie dejó de mirar a Broselianda Hernández nunca.

Qué tristeza.

Yo no la conocía.

Pero no se me olvida nunca.

Aquella novela cubana.

En un televisor en blanco y negro.

Cuando el agua regresa a la tierra.

Y todo el mundo llorando.

Y yo pensando: qué linda.

Se parece a mi mamá.

Qué linda.

Se parece a mi mamá.

Para un actor de teatro hacer televisión es siempre algo menos riguroso, algo más cerca de lo comercial y lo popular; llega a toda la masa de población y ese actor o actriz se hace visible y querido, en el supuesto caso de que sea un buen actor o una buena actriz. Yo vi a Broselianda Hernández entre la masa de población, sentadita en un balance en una casa de barrio, igual que toda la gente más o menos de mi edad. La vi y la seguí viendo, después, en obras de teatro y en películas donde su voz (carácter) marcaba un ritmo (distorsión, extensión) dentro de la historia, su presencia marcaba lo próximo que sucedería. El suceso era ella.

Hay un valor añadido a cualquiera de sus actuaciones, performances o pequeñas apariciones en escena: el cuerpo propio. Broselianda Hernández en el personaje de Broselianda Hernández. La grandeza de sus personajes consiste en su grandeza. No me refiero a grandeza humana porque no sé quién es Broselianda Hernández fuera de Broselianda Hernández, me refiero a la artista dentro de la artista, a la capacidad de convertir un carácter gestual, teatral, en tradición cultural, en cultura sociológica.

Los nombres trágicos y dramáticos de sus personajes pertenecen a la mitología de un teatro trágico y dramático, menos nacional y más universal. Lo perturbador, lo deliberado, lo metamorfoseado, lo perverso, lo malvado, lo tierno, lo cómico, lo femenino y lo masculino, lo clásico y lo ambiguo, lo óntico. A mitad del 2007, con 23 años cumplidos, yo no sabía lo que era óntico. Lo sabía pero no lo sabía. ¿Qué cosa era lo óntico en el teatro cubano? La gente se reía y yo me reía. Todavía la gente se ríe y yo me río. Queda risa por donde cortar. Risa, sudor y lágrimas.

Mis experiencias con el teatro son un desastre. Mis experiencias con el teatro son muertes. Cada una es una muerte, cruel, lenta, perfecta. En ese sentido, la muerte también es la representación de la muerte. Lo excepcional de una artista viva que amanece muerta en una playa pública, extranjera, matutina, despiadada, política. La muerte pública del teatro político de un país muerto, sustituido. Teatro muerto. Mal agüero. Maldad.

Salió en la noche a comprar cigarros y no volvió, la mejor actriz que han visto mis ojos en un escenario, me dijo Larry González para consolarme y consolarse, a mí que solo concibo opiniones deformadas de las cosas y que veo luces de linterna donde hay oscuridad y que no veo agua donde el agua es evidente, sino bolitas de poliestireno expandido (en México: hielo seco), tal vez húmedas, sí, pero no agua. ¿Salió de noche a comprar cigarros y nadie salió detrás? ¿Cómo es posible no irle detrás a la mejor actriz que ojos humanos han visto en un escenario? Espacio vacío, foso central, punto ciego, teatro arena.

Después de 24 horas, ninguno de los medios de prensa digitales que dieron la noticia de su muerte explican qué pasó exactamente para que el cuerpo de Broselianda Hernández amaneciera sin vida en una coordenada de North Miami Beach, en la península pantanosa, edificada, de la Florida. Aquello sobrehumano, místico, que es el arte, se reduce ahora a un ejercicio forense, escatológico y técnico. ¿Reducción, amplificación?

Después de 48 horas, ninguno de los que escribieron sobre la muerte de Broselianda Hernández logran explicar su muerte, la talla de una muerte mojada en una noche de verano o de invierno, definitivamente trágica. No hubo signos aparentes de violencia, repiten los medios de prensa nacionales e internacionales como papagayos de prensa, no sabiendo otra cosa que decir. La encontró alguien que será olvidado pero que no olvidará su cuerpo, el cuerpo de Ofelia o Broselianda Hernández. ¿Cómo se llamaba esa mujer en verdad?

Lo muy extraño para mí, que apenas sé sentarme en una butaca de teatro calmada, relajada, quieta, es que Broselianda Hernández haya identificado ambos espacios (la pantalla de televisión masiva y la madera polvorienta del escenario) como espacios propios donde un actor o una actriz se desplaza fácilmente, se afianza en ellos, los manipula y los patentiza como un valor que de ahora en adelante tendrá su nombre y su sino.

De todas formas, según Tadeusz Kantor y el teatro de la muerte, reducir a cero los valores de significación podría ser, al fin y al cabo, lo realmente significante: Reducir el significado a valores puramente fonéticos, hacer juegos malabares con las palabras, convertirlas en ambiguas, disolver su contenido, relajar los vínculos lógicos, repetir. Pero Tadeusz Kantor no habló por ninguna parte del mar, de cigarros y mucho menos del gesto (falta de actividad) de dejar de respirar. ¿Cómo se deja de respirar en Miami Beach? ¿Cómo se deja de respirar en el teatro?

Publicado originalmente en El Estornudo

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