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La madre de Mohamed Bouazizi, Manoubia, sostiene un cartel, junto con sus hijas Samia y Besma, de su hijo, cuya inmolación prendió la mecha de la ‘Primavera Árabe’. ARCHIVO / REUTERS

Por Juan Orlando Pérez

El viernes 17 de diciembre de 2010, hace ahora diez años, Mohamed Bouazizi, un vendedor callejero de frutas y vegetales en la ciudad de Sidi Bouzid, en Túnez, se presentó en las oficinas del gobernador de su provincia demandando ser recibido. Unos minutos antes, una patrulla de la policía había decomisado su pesa electrónica, y había echado las frutas de Bouazizi al suelo, supuestamente porque el vendedor no tenía un permiso de las autoridades para ejercer su oficio y tampoco dinero para convencerlos de que se hicieran los de la vista gorda. De acuerdo con la familia de Bouazizi, una oficial de la policía municipal, Faida Hamdi, habría abofeteado al infeliz vendedor e insultado a su padre muerto. Algunos testigos dijeron luego que Bouazizi había sido pateado por otro policía. El gobernador se negó a recibir al furioso vendedor o siquiera admitir su queja. Bouazizi caminó unos metros hasta una gasolinera, compró una lata de gasolina, regresó a la entrada del palacio del gobernador, gritó «¿Cómo esperan que me gane la vida?», y, antes que nadie pudiera impedirlo, se prendió fuego. En el video que mostraron los noticieros de televisión alrededor del mundo ese mismo día, se ve a Bouazizi, ya vuelto una antorcha, caer al suelo, levantarse, correr hacia el portón de seguridad del edificio, y caer de nuevo sin llegar a cruzar la entrada. Bouazizi murió en un hospital de la ciudad de Túnez el 4 de enero de 2011. Para entonces, centenares de miles de personas habían salido a las calles de todas las ciudades tunecinas demandando libertad. Diez días después de la muerte del vendedor de frutas, Zine el Abidine Ben Alí, quien había sido reelegido solo dos años antes para un quinto mandato como presidente de Túnez con un 89.62 por ciento de los votos, huía del país con toda su familia en un avión que, después de recorrer los cielos del Mediterráneo buscando un destino, aterrizó en Yeda, Arabia Saudita.

Había comenzado la Primavera Árabe. Las protestas se extendieron desde Casablanca hasta Mascate. En febrero, cayó el dictador egipcio, Hosni Mubarak, y comenzó la rebelión en Libia contra Muamar el Gadafi. En marzo, en una escuela de Daraa, en Siria, apareció un grafiti, «Ahora es tu turno, doctor», referido, al parecer, al presidente Bashar al Asad, oftalmólogo. El feroz jefe de seguridad de la ciudad, Atef Najib, primo de al Asad, envió una escuadra de esbirros a la escuela. Nadie quiso delatar a los culpables, así que los hombres de Najib arrestaron a unos 15 adolescentes, a los que identificaron por los nombres escritos en las paredes, aunque no tuvieran ninguna relación aparente con el grafiti que había provocado aquel alboroto. Durante semanas los torturaron, les sacaron las uñas, les partieron dedos, los reventaron a golpes. La gente salió a las calles, en Daraa, en Banias, en Homs, hasta en Damasco. El viernes 18 de marzo, los hombres de Najib dispararon contra la multitud congregada frente a la mezquita Omari, y mataron a cuatro personas. Dos días después, la gente le prendió fuego a la sede en Daraa del partido gobernante, Baath, y a otros edificios oficiales. La policía abrió fuego de nuevo, mató a un hombre. En respuesta a la agitación popular, el gobierno organizó gigantescas manifestaciones de apoyo al dictador. «¡El pueblo quiere a Bashar al Asad!», decían las pancartas en Damasco el día 29. El día 30, en un discurso en el Parlamento, al Asad culpó a un grupo de «conspiradores», supuestamente aliados de Israel, que estaban conduciendo al país al caos «bajo el pretexto de pedir reformas», y condenó también a los canales de televisión digital basados en el extranjero por reportar la violencia en las ciudades sirias. Cinco días antes, los tanques del ejército habían entrado en Daraa. La guerra civil siria, que aún no ha terminado, y que costaría la vida a alrededor de medio millón de personas, estaba a punto de comenzar.

Diez años después, Bashar al Asad es todavía el presidente de Siria, o lo que queda de ella, y está a punto de lanzar, con sus aliados rusos, la ofensiva final contra el último bastión rebelde, en la provincia de Idlib. Hay rumores de que la ofensiva podría comenzar antes de que Joe Biden tome posesión en enero como presidente de los Estados Unidos. Mubarak fue condenado a cadena perpetua por no haber impedido que la policía política de su gobierno asesinara a decenas de manifestantes opositores, pero su sentencia fue luego revocada. Murió en libertad en 2019, después de haber cumplido una sentencia de tres años por corrupción. El primer presidente democráticamente electo en la historia de Egipto, Mohamed Morsi, fue derrocado un año después de su victoria, y condenado a muerte por una miríada de supuestos crímenes. Su condena fue revocada, pero Morsi murió bajo custodia en 2019 mientras era sometido a un segundo juicio. Sus últimas palabras frente al tribunal fueron unos versos: «Amo a mi país aunque me oprima, y mi pueblo es honorable, aunque me trate injustamente». Egipto hoy es gobernado, implacablemente, por otro dictador, quizás peor que el anterior, el mariscal Abdelfatah El-Sisi. De acuerdo con Human Rights Watch, desde el golpe de Estado del 2013, 60 mil personas han sido encerradas en las terroríficas prisiones del país por delitos políticos. Gadafi fue ejecutado en Sirte por rebeldes de la milicia de Misrata, el 20 de octubre de 2011, que antes de matarlo, lo desnudaron, lo golpearon rabiosamente, y lo sodomizaron con una bayoneta. Hugo Chávez dijo que sería recordado como un «gran luchador, un revolucionario y un mártir». Fidel Castro, que había visitado a Gadafi en sus tiendas del desierto libio en el 2001, ocasión en la que dijo que la libia y la cubana eran las «más grandes revoluciones de la historia», culpó por el asesinato a la intervención militar de la OTAN en la guerra civil de aquel país. En una columna escrita en los primeros días de la guerra civil libia, el presidente de Cuba había calificado de «leyenda siniestra» la implicación de los servicios secretos de Gadafi en la voladura del avión de Pan Am 103 que se estrelló en Lockerbie, Escocia, el 21 de diciembre de 1988, causando la muerte de 259 personas, y que el propio Gadafi había reconocido en 2003. Libia es ahora es un Estado fallido, su vasto territorio está dividido entre milicias que no se ponen de acuerdo, a pesar de las presiones internacionales, para unificar el país bajo un legítimo gobierno central. En algunas áreas del sur del país, no hay instituciones, ni autoridades, y opera un calidoscopio de grupos terroristas, incluyendo Daesh y Al Qaeda del Magreb Islámico.

En Marruecos, Jordania, Omán, los autócratas locales se apresuraron a ordenar algunas reformas que aplacaron las multitudes y perpetuaron sus regímenes. En Yemen, los eventos de 2011 desembocaron en una guerra civil en 2014 que ha costado la vida, según las Naciones Unidas, a 233 mil personas, incluyendo 131 mil que no han muerto directamente por la violencia, sino por la falta de alimentos o medicinas. Ben Alí murió en exilio, en Yeda, en 2019. Su país, Túnez, no ha padecido una guerra civil, y celebró elecciones presidenciales libres y pacíficas en 2014 y 2019. Túnez, que ocupó el lugar 144 en el índice mundial de democracia de The Economist en 2010, fue el 53 en 2019. En 2010, Túnez ocupaba el lugar 164 en el índice de libertad de prensa de Reporteros sin Fronteras. En 2020, ocupó el lugar 72, el más alto de un país del Medio Oriente, más alto incluso que Israel. La pobreza extrema es de menos del uno por ciento. El 30.4 por ciento de la población de Túnez era pobre en 2010, de acuerdo con el Banco Mundial, pero en 2019 esa cifra se había reducido a poco más del 15 por ciento. La educación es obligatoria y gratuita hasta los 14 años. Túnez tiene al menos 33 universidades e institutos de educación superior, seis de ellos incluidos en la lista de The Times de las mejores universidades del mundo. Casi un tercio de todos los graduados de la educación general comienzan estudios universitarios. La expectativa de vida ha crecido de 75.04 años en el 2010 a 76.79 en 2020.

Pero el desempleo, que ya había pasado del 16 por ciento por dos años consecutivos antes del inicio de la pandemia de coronavirus, podría llegar al 21.4 por ciento al cierre del año, de acuerdo con el propio gobierno de Túnez y las Naciones Unidas. Entre los menores de 24 años, el desempleo es crónico, pasa de 36 por ciento, según la Organización Mundial del Trabajo. La corrupción ha aumentado, Túnez ocupó el lugar 66 en el índice de percepción de corrupción en el sector público de Transparencia Internacional en 2010, y el 74 en el de 2020. La desigualdad entre ricos y pobres ha disminuido, pero solo ligeramente. El índice Gini de Túnez, calculado por el Banco Mundial, en el que cero es la igualdad perfecta, y cien es extrema desigualdad, era de 35.80 en el 2010 y sólo había descendido a 32.8 cinco años después de la revolución. Casi todos los tunecinos, el 84 por ciento, piensan que la distancia entre ricos y pobres ha aumentado, según una encuesta de YouGov. Durante la última década miles de jóvenes tunecinos se han unido a grupos terroristas como Daesh, que llegó a tener más militantes de esa nacionalidad en Iraq, Siria o Libia que de ninguna otra. «Se pasaba el día entero en el café, y luego venía a la casa a comer antes de volver a salir», dijo a The Washington Post la madre de uno de esos muchachos.

Diez años después de la revolución que Mohamed Bouazizi comenzó sin querer, YouGov encontró que solo el 27 por ciento de los tunecinos piensa que su vida es mejor ahora que bajo la dictadura de Ben Alí. Alrededor del 70 por ciento reconoció haber apoyado las protestas del 2011, pero solo 59 por ciento de los encuestados dijeron no arrepentirse de ello. Apenas uno de cada cinco, o 22 por ciento, piensa que sus hijos tendrán un mejor futuro que ellos. En Sidi Bouzid, en la fachada del edificio de correos frente al palacio del gobernador provincial en el que Bouazizi intentó ser recibido, hay un gran mural con su imagen. La avenida lleva su nombre, Boulevard Mohamed Bouazizi. «Lo maldigo», dijo a The Guardian Fathiya Imán, una mujer cualquiera, refiriéndose al mural. «Quisiera arrancarlo. Él es el que nos arruinó». Ashraf Hani, que vio desde su quiosco el suicido de Bouazizi, dijo al periódico: «Nada cambió. Las cosas se están poniendo peor». Aisha Quraishi, una mujer que vende pan en un carromato en la ciudad sagrada de Cairuán, le dijo al corresponsal de The Guardian, Michael Safi: «Ganamos un poco de libertad. Bajo él (Ben Alí) no podíamos decir lo que pensábamos. Pero, ¿cómo eso afecta mi vida? Quiero libertad y dignidad. ¿No puedo tener ambas?»

«Sería apropiado recordar lo que significa una revolución en la vida de un pueblo», escribió Hannah Arendt. «Lo mismo si triunfa, con la constitución de un espacio público para la libertad, o termina en desastre, tanto para los que lo han arriesgado todo en ella, y los que han sido forzados a participar en contra de su voluntad y sus expectativas, el significado de una revolución es realizar una de las más grandes y elementales potencialidades del ser humano, la experiencia inigualable de ser libre para comenzar de nuevo, con el orgullo de haber abierto el mundo al Novus Ordo Seclorum».

«La historia», había escrito mucho antes Alexis de Tocqueville, «es una galería de cuadros en la que hay muchas copias y muy pocos originales».

Publicado originalmente en El Estornudo.

Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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