No es país para pobres

Graciela León / Foto: Cortesía del autor

Por Darío Alejandro Alemán

Cada día, lo último que ve Graciela León López es la estructura descubierta del techo de la casa que habita desde que tiene memoria. Es un techo desnudo, desollado, leproso. No es de extrañar entonces que siempre, justo antes de dormir, piense en la muerte.

Hace unas semanas se desprendió otro trozo grande sobre una esquina de la cama. La sábana blanca y el suelo se llenaron de polvillo gris y pedazos de cemento del tamaño de una pelota de béisbol. Ocurrió en la tarde, mientras estaba en la calle. Pero un día — la semana próxima, mañana, hoy — no será así, y quizás entonces caigan trozos más grandes o el techo entero.

Cuando suceda, desearía no estar en casa o que, al menos, el derrumbe la sorprenda dormida. Que, si va a ser, lo sea de una vez: rápido y sin dolor.

***

Todo comenzó en agosto de 2012, justo un año después de que le diagnosticaran VIH. Entonces un huracán bautizado Isaac llegaba a las costas cubanas luego de atravesar el Atlántico y matar ocho personas tras su paso por Haití. La zona de mayor peligro, decían, era la costa norte. En Jobabo, provincia Las Tunas, se supuso que no habría mucho que lamentar, y así fue.

Graciela, que en aquel momento tenía 46 años, recogió sus tendederas, retiró la antena del televisor y aseguró su depósito de agua. Luego se encerró en la casa: el segundo apartamento de un biplanta con acceso a un tejado que ella gusta llamar «terraza». El viento y la lluvia no pegaron con demasiada fuerza en la zona.

Isaac siguió rumbo a Estados Unidos y en Cuba fue decretada la Fase Recuperativa. En la radio, medios oficiales aseguraban que cincuenta viviendas fueron afectadas por los vientos y que, gracias a la evacuación de más de 25 mil personas, nadie murió. Todo volvía a la normalidad.

Graciela reordenó su tejado con la ayuda de vecinos. Hubiese buscado el apoyo de su único hijo, entonces de 17 años, si no fuese por las enfermedades que le aquejan de nacimiento, las cuales han hecho de él un muchacho flacucho y de musculatura débil: síndrome de malabsorción intestinal y anemia hemolítica autoinmune. No son mortales, pero sí lo suficientemente dañinas como para hacer que la vida del portador avance a otro ritmo e intensidad que las demás. La primera impide que el intestino delgado absorba los nutrientes de los alimentos. La segunda es una especie de autocanibalismo, que sucede cuando el organismo crea anticuerpos erráticos, capaces de entender como enemigos y eliminar a los glóbulos rojos, provocando un estado perenne de anemia, falta de oxígeno en los tejidos y fatigas y ahogo en la persona afectada.

Jordan, un vecino, se ofreció para colocar la antena del televisor. Entonces, uno de los cables de alta tensión que pasan frente a la casa, aflojado tras el paso de la tormenta, se desprendió en uno de sus extremos y le cayo encima. Una descarga eléctrica de 33 mil voltios lo fulminó al instante, como un rayo. Graciela y otro vecino fueron alcanzados por otra de menor intensidad, casi de fibrilación, suficiente para reanimar un corazón detenido. Luego se inició un pequeño incendio.

Graciela vio a Jordan caer sobre el techo que poco después comenzaría a desplomarse. Dicen que murió en la ambulancia o cuando llegó al hospital, pero ella mantiene que no fue así.

— Murió rápido, en un pestañear — recuerda.

***

— Los médicos me dicen que cada tratamiento para el VIH debería durar entre seis meses y un año, pero luego lo retiran o lo cambian a los dos meses. Dicen que no hay medicamentos suficientes. Nunca hay medicamentos suficientes. Y, mientras tanto, el virus sigue replicándose y hay etapas en las que me pongo muy mala, muy débil — cuenta Graciela.

Ella no culpa a los médicos porque ha estado ahí, en el lugar de los sanadores, y sabe mejor que nadie cómo se siente no poder salvar una vida por la ausencia de insumos y medicinas básicas e imprescindibles. Esa frustración, explica, solo se disipa cuando logra lo imposible y puede «levantar a uno que está más pa’llá que pa’cá con casi nada, inventado».

Desde hace más de 30 años, Graciela trabaja como enfermera en el Hospital General Docente 14 de Junio. También lo ha hecho en otros municipios tuneros y en varias provincias. Donde quiera que la han solicitado, ha ido. Dice que nació para eso, que no imagina una vida que no sea la de enfermera, y también que no piensa retirarse y que, si antes no es aplastada, comenzará a morir al costado de una cama, cambiando vendas, sondas y sueros.

— No quiero retirarme. Pero, hablando claro, tampoco puedo. ¿Quién vive en este país de su jubilación? ¿Quién?

Graciela recuerda que antes, más menos hasta 2018, la dieta para pacientes de VIH «era buena», o al menos reforzaba bastante la cuota de productos normados que vende el Estado. Desde entonces, la cantidad y la variedad de alimentos se han reducido de manera drástica. Ahora, mensualmente, recibe siete libras de arroz, cuatro de azúcar, ¾ de carne de res, una botellita de aceite (a veces), picadillo de claria (que vino a sustituir al pescado), 15 huevos y plátano microjet (también a veces).

Los médicos recomiendan que debe alimentarse bien y hacer seis comidas al día. Ella les cuenta de la dieta que se contrae y de las tarimas vacías y de los precios excesivos y de las tiendas donde hay más, pero que venden en Moneda Libremente Convertible (MLC), cuando su salario es en pesos cubanos (CUP). Entonces la miran apenados, como quien ha dicho lo que no debe, y se encogen y contestan: «bueno, ya, entiendo, la cosa está mala, pero trate de hacerlo, de acuerdo a sus posibilidades».

Una vez consiguió entrevistarse con funcionarios locales del Partido Comunista de Cuba (PCC) para pedir mejoras en la dieta. El encuentro duró apenas lo que ella tardó en plantear su solicitud y ellos en responderle que ningún país hace más por los enfermos de VIH que Cuba. Graciela regresó a casa sin una solución a su problema, pensando que tal vez esos hombres tenían razón y que ella era «una malagradecida». Desde entonces piensa en lo que le dijeron y se lamenta por «el resto del mundo», donde muchos mueren de hambre en las esquinas, los niños rebuscan sobras podridas en la basura para sobrevivir y los enfermos de VIH son abandonados a su suerte porque no tienen dietas ni dinero para pagar medicinas y tratamientos.

***

La pobreza en Cuba no existe porque, simplemente, el término siempre ha estado ausente en el discurso de los políticos y los medios oficiales. A fuerza de omisiones, la anulación del significante terminó por anular el significado.

Si no se menciona, no hay. Así de sencillo.

En verdad, fuimos pobres una vez, en 2019, cuando el Gobierno reconoció en unas tímidas estadísticas — presentadas a la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) — que el 6.8 por ciento de los cubanos (algo más de 770 mil) vivían en estado de «precariedad». Fuimos un país con pobres, pero solo un poco; y sin siquiera definir bien qué es «pobreza extrema» y qué «pobreza», es decir, quién es pobre pobre y quién pobre a secas. Aquellas estadísticas no explicaban indicadores, pero sí un sistema monetario «en realidad ficticio, con tasas de cambio adulteradas para resistir una presente pero entonces innombrable inflación — que hacía ver la precariedad como algo pasajero, próximo a superar. Los bajos salarios, además, eran solo números que obviaban nuestro acceso a la salud, la educación, el deporte y la cultura, mero dato escueto, un rezago positivista. En 2019, el año en que fuimos un país con pobres, parecía que no lo éramos tanto después de todo. O eso decía el Gobierno.

Luego dejamos de decir «pobreza» y así dejamos también de tener pobres. Nos volvimos, además, una sociedad igualitaria, la que más, porque renunciamos a medir el coeficiente de Gini e implementar sus complicados cálculos que describen qué tan grande es el abismo que separa a los que tienen mucho de los que no tienen nada. La CEPAL solo obtuvo de nosotros buenos números, como el porcentaje oficial del PIB destinado a la sanidad y, más recientemente, la cantidad de vacunados contra la Covid.19.

Los pobres, otra vez, volvieron a ser cosa del «resto del mundo».

¿Qué es ser pobre? Dice la ONU que no serlo es una cuestión de derechos humanos, y que serlo implica muchas cosas, no necesariamente todas juntas: falta de ingresos y recursos para garantizar medios de vida sostenible, hambre, malnutrición, falta de una vivienda digna, acceso limitado a servicios básicos como agua potable, información, sanidad y educación. Como es muy difícil conseguir todos estos datos y sus relaciones en siete mil millones de personas, los cálculos se han simplificado. Pobres son quienes ganan 1.90 dólares o menos al día.

Técnicamente, Graciela no es pobre porque vive de su salario de enfermera, que son 4 260 CUP. Según el cambio oficial, son unos 170 dólares, el doble del salario mínimo. Según las tasas de cambio en el mercado informal — las cuales se ajustan más a la realidad económica del país y son las que definen el verdadero valor de la moneda en Cuba — , son 42 dólares. O sea, gana poco más de dos dólares cada día laborable.

Aún así, Graciela está obligada a comprar leche, condimentos, aseo, detergente para lavar su ropa y casi todo en tiendas con precios elevados. Además, debe hacerlo en una moneda inventada que vale cien veces más que la que recibe por salario. También debe pagar por transporte privado para ir a trabajar o al médico o a cualquier otro sitio, y por una libra de carne de cerdo, que es su salario de un día o más, y cuatro libras de arroz y dos de frijoles negro, que suman otro día de trabajo, y dos libras de tomate, pepino y zanahoria para una ensalada que equivale a más de media jornada laboral, y un litro de aceite, que son dos. Debe comprar, además, con qué reparar el techo que se le viene encima y las lámparas que rompió una violenta subida de voltaje, en agosto del año pasado, y un par de zapatos para no andar descalza y medicinas y una turbina de agua nueva.

Sin embargo, Graciela gana más de 1.90 dólares al día y, de acuerdo a las estadísticas, pertenece a esa entelequia posmoderna que es la «clase media», con la cual los países miden su desarrollo social.

Graciela, convertida en número, es un síntoma de la prosperidad de nacional.

Ella tampoco se reconoce como una mujer pobre. En cualquier caso, defiende, es alguien que pasa por una situación «complicada», «seria» y «urgente», una persona con «problemas en la vida», solo eso.

***

Los vecinos le dijeron que la misma descarga eléctrica que fulminó a Jordan terminó por desmagnetizar las viejas cabillas del tejado y que por eso, desde entonces, todo se viene abajo. Puede que tengan razón. Hace un tiempo se desplomó una cabilla, y Graciela pudo notar que era inconsistente, un polvillo herrumbroso más menos compactado en forma de vara que cedía fácilmente al roce de los dedos.

El año pasado, además, el voltaje subió de forma repentina una noche de verano. Las luces de la casa tintinearon al compás de un sonido intermitente. MMMMM-MMMMM. Para cuando logró desconectar la mayoría de sus equipos eléctricos, era demasiado tarde. Casi todas las bombillas y tomacorrientes, así como la olla reina, la turbina del agua y la computadora con la que su hijo se gana la vida instalando aplicaciones en celulares, quedaron inutilizables. El revestimiento plástico de la olla, por ejemplo, quedó completamente chamuscado y deforme, como cera derretida. Desde entonces, más de la mitad de la casa está a oscuras.

Los problemas de voltaje continuaron y Graciela intentó reclamarle a la Empresa Eléctrica de Cuba. Incluso, algunos vecinos, también afectados por esta situación, se mostraron dispuestos a ofrecer sus testimonios.

— Pero la Empresa Eléctrica me dijo que esa no era su responsabilidad, que habían investigado y en la zona no pasaba nada de lo que les conté. Luego me di cuenta de que la investigación, supuestamente, la habían hecho preguntándole a personas que viven a varias cuadras de aquí, lejos de los cables de alta tensión.

Estado del techo de la casa de Graciela
Pedazo del techo sobre la cama
Estado del techo de la casa de Graciela

***

Durante años, Graciela ha pedido ayuda, pero nadie responde. Solicitó respuestas a la Asamblea Municipal del Poder Popular de Jobabo, al Gobierno provincial, a la Empresa Eléctrica, envió cartas a La Habana, escribió a las autoridades locales en la plataforma Bienestar, un sitio web que el Gobierno dispuso para que los ciudadanos pudieran informar de sus problemas a los funcionarios. Nada. Las pocas veces que respondieron a sus quejas fue para advertirle que no lo intentara más porque, «debido a las circunstancias actuales del país», resultaba imposible brindarle una solución.

Con el tiempo, los funcionarios locales aprendieron a esquivarla. «Se me esconden», dice, y también que siempre imaginó que su caso llegaría a oídos del presidente Miguel Díaz-Canel, quien, con solo mover un dedo o hacer una llamada, como hacen los hombres con poder, daría la orden de ayudarla. Todavía espera que así sea.

Un vecino le recomendó divulgar su caso, contar sus problemas a algún medio independiente, pero no le pareció una buena opción. Las historias de otros la habían aleccionado de los riesgos de emprender ese camino. Un hombre que perdió a su hija tras el derrumbe de un balcón en La Habana, una madre cuya hija falleció por negligencia médica, la familia de un preso político. Todos cuestionaron en algún momento al Gobierno y pagaron con estigmas, amenazas y cárcel. Incluso su vecino, exintegrante del movimiento opositor Somos + y miembro de la plataforma Archipiélago, había sido apresado, interrogado y multado hacía unos meses.

— Me lo voy a pensar — le dijo. Y así pasaron semanas.

Un periodista le preguntó, por fin, qué deseaba hacer. Graciela estaba indecisa. Dijo que quiere probar de nuevo, confiar una vez más en el Gobierno antes de permitir que su historia fuera contada. Esa misma tarde fue a la sede local del PCC. Allí, nuevamente, le pidieron comprensión con «la situación actual del país».

— ¿Y mi situación actual quién la comprende? — contestó ella, y luego amenazó con hablarle a la prensa independiente o a alguna organización de derechos humanos. La funcionaria que la atendía se rió y la convidó a hacerlo.

Antes de regresar a casa y hablar con el periodista, Graciela decidió confesar el «pecado» que estaba próxima a cometer. Lo hizo con el delegado de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR) de Jobabo.

— Lo que quiero que entienda es que yo tengo muchos problemas en la vida, pero, por favor, no me tilde de antisocial, ni contrarrevolucionaria, ni nada de eso. Yo no tengo problema con nada ni con nadie. Yo no me meto en nada y no me interesa la política. Yo soy una mujer trabajadora…

— Usted, señora, está loca — contesta él.

Publicado originalmente en El Estornudo.

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