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Elia Felipe en la sala de su casa / Foto: Abraham Jiménez

Por Abraham Jiménez Enoa

A media mañana, Elia Felipe aún no había visto a su hijo, Arturo Martínez-Escobar. Caminó hacia su habitación y tocó a la puerta. No escuchó respuesta. Intentó abrir, pero se percató que el pestillo estaba pasado por dentro. Decidió salir al patio para llamar por una ventana, y el silencio volvió a responderle. A partir de ese instante no pudo mantener la ecuanimidad. «¡Auxilio! ¡Auxilio! ¡Auxilio!», escuchó en la casa contigua un antiguo vecino recién llegado de los Estados Unidos.

«Raulito» — así lo llama Elia Felipe — llevaba unos días de vacaciones en La Habana, pero no había podido saludar a su amigo de la infancia. Dos o tres veces fue a visitarlo sin suerte. Sin abandonar la habitación, «Arturito» le había indicado a su madre: «Dile que no quiero verlo, ni a él ni a nadie». Aquella mañana, Raúl escuchó los gritos y fue a donde Elia.

— Tienes que ayudarme porque Arturito no me abre y pienso lo peor — imploró ella. Después de forzar la puerta, Raúl encontró sin vida a Arturo Martínez-Escobar, de 51 años, que pendía de una soga atada a su cuello.

«No lo vi. No quería verlo así. A veces me pesa porque creo que debí haberlo visto. No tuve valor, soy valiente, pero no para tanto», dice en voz baja Elia Felipe, de 83 años, en la cocina de su casa de 5ta Avenida y calle 86, en el municipio Playa, siete años después de que su único hijo se suicidara.

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Elia Felipe con retrato de Arturito / Foto: Abraham Jiménez

Cada 40 segundos una persona se suicida en el mundo. Así de duro e increíble es el dato que emite la Organización Mundial de la Salud (OMS): cada año se quitan la vida unos 800 mil fallecidos. El 75 por ciento de los suicidios ocurren en países de ingresos bajos y medianos. Las mayores tasas (suicidios por cada 100 mil habitantes) se encuentran en naciones que antiguamente conformaron la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS): Lituania, con 31.9; Rusia, con 31, y Bielorrusia, con 26.2.

En Cuba, los suicidios constituyen la décima causa de muerte. El Anuario Estadístico del Ministerio de Salud Pública de 2018 muestra una tasa de fallecimientos por «lesiones autoinfligidas intencionalmente» de 13.3 por cada 100 mil habitantes. El informe declara que ese año se suicidaron en total mil 493 personas en la isla; de ellas, mil 186 hombres y 307 mujeres. Las provincias donde más suicidios ocurrieron fueron La Habana (181), Holguín (173) y Villa Clara (164).

Las tasas más altas por provincia corresponden a Villa Clara (21), Santi Spíritus (18.2), Artemisa (17.3) y Matanzas (17.3). El suicidio es además la tercera causa de muerte en Cuba entre diez y 19 años — por detrás de los accidentes y los tumores malignos — , aun cuando la tasa en este rango etario es de apenas 1.8. Entre 15 y 49 años, constituye la cuarta causa de muerte (8.5) por detrás de los tumores malignos, las enfermedades del corazón y los accidentes.

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Elia Felipe en su cuarto / Foto: Abraham Jiménez

«Una persona puede ser normal hasta que un día hay algo que desencadena una catástrofe», dice Elia Felipe. Vive sola. Todo lo que le ha dejado la vida a estas alturas son tres perros, un gato, algunos viejos amigos del barrio y un hogar dividido por la mitad. Elia tiene la piel arrugada, un par de lunares en el rostro, el pelo corto, y lleva un bastón para apuntalar sus pasos.

Cuenta que en la década del setenta su hijo Arturo ingresó a la carrera de Ingeniería Electrónica. A finales de su primer año, cuando terminaba uno de los exámenes, un compañero de aula le pidió ayuda. Él decidió pasarle una pelota de papel con las respuestas de la prueba. Días después ambos alumnos fueron llamados a contar: sus exámenes eran idénticos y el claustro de profesores tomó la decisión no solo de suspenderlos, sino de expulsarlos de la carrera.

Aquel pasaje cambió la vida de Arturo Martínez-Escobar. Elia Felipe llegó a casa en la tarde, después del trabajo. La puerta de la habitación de su hijo estaba entreabierta, y siguió de largo; a la vuelta asomó la cabeza y se encontró a su hijo derramado en el suelo, sangraba y había perdido el conocimiento. Arturito se había cortado las venas. Con la ayuda de unos vecinos llegaron a tiempo al hospital.

«Se traumatizó con aquello, estaba en primer año. A cualquiera no le hubiera pasado, pero él no lo soportó. Cualquier otra cosa lo hubiera afectado igual. Al otro muchacho no le importó que lo expulsaran, estaba campante», dice Elia Felipe.

A partir de ese día, la vida de Elia Felipe se volvió un suplicio; vivió solo para intentar hacer feliz a su hijo. El Ministerio de Educación le dio la posibilidad a Arturo de que matriculara otra carrera, pero no quiso hacerlo. Estuvo seis meses sin salir de casa. Se hundió en una horrible depresión que su familia intentó atajar con tratamiento psiquiátrico.

Elia Felipe también habló con una amiga que trabajaba en el Instituto Superior de Artes (ISA) para que fuera a convencer a su hijo de matricular en la carrera de Teatrología. Arturito se embulló. Se presentó a los exámenes y los aprobó. Durante dos semanas asistió a clases con normalidad; todo parecía encauzarse, pero el paso de un huracán por la isla hizo que las clases quedaran suspendidas unos días. Al reanudarse, Arturo no quiso volver.

«Evidentemente, él estaba encaprichado en la otra cosa. Se sentía culpable de haberse buscado su desgracia», dice Elia Felipe.

Para sacar a su hijo del pozo, ella decidió complacerlo en todo. Una vida sin responsabilidades que se encargaba de sostener la madre. Elia Felipe asumió económicamente, incluso, la vida en común de Arturito y la novia con que llegó a casarse. El matrimonio duró diez años, y — según Elia Felipe — todo ese tiempo ella y su esposo lo mantuvieron en pie.

Mario, el esposo de Elia Felipe, llegó a la vida de Arturo cuando este era apenas un crío. Falleció en 1997.

Arturo había perdido a su padre a los tenía siete años. Era militar y se voló los sesos con un disparo en la boca.

«El suicidio es una muerte evitable», asevera el doctor Sergio Pérez, sentado en un butacón de su casa en la oriental ciudad de Bayamo. Pérez, de 66 años, es una autoridad internacional en el tema: fundador de la Red Mundial de Suiciodólogos y miembro de la sección de Suicidiología de la Asociación Mundial de Psiquiatría.

En la puerta de su casa, el Dr. Pérez tiene tres pegatinas idénticas que dicen: «No al suicidio, Sí a la vida». Sobre el fenómeno, aclara: «Es una causa de muerte más, como lo es el accidente de tránsito, lo que la gente lo ve de una manera diferente. Los motivos siempre son los mismos: problemas personales, fundamentalmente amorosos y familiares. La gente se mata según su cultura».

Dice que para salvar a alguien que quiere suicidarse, sobre todas las cosas, hay que detectar la intención, no el porqué. La clave está en hacer a tiempo lo que él llama «la pregunta salvadora»: «¿Te quieres matar?»

Dr. Sergio Pérez / Foto: Abraham Jiménez

Según su método, luego se intenta detectar el grado de planificación: «Cómo, cuándo, dónde, por qué y para qué. Si lo tienes bien planificado, me las respondes todas», sostiene.

Explica el doctor que su objetivo siempre es saber si la idea del suicidio va mermando; mantener a la persona con vida hasta que pase la crisis. «Porque la crisis es breve; nadie puede estar tanto tiempo con una pistola en la sien, o la baja o la dispara», dice.

Sobre el rol de los psiquiatras plantea: «No puedes creerte Dios. Siempre se te van a matar gente. Por eso hay que capacitar a las familias. Es imposible que alguien se suicide y no tenga a nadie alrededor; siempre hay un amigo, un primo, alguien».

Hoy, el Dr. Sergio Pérez está jubilado. «No consulto, el que me quiera ver, que venga a casa o que me escriba por Messenger», aclara el doctor. La decisión de colgar su bata blanca le vino a raíz de una sucesión de hechos que colmó su paciencia.

Un año y medio atrás, una muchacha llegó a la consulta y le comentó que su madre estaba deprimida.

— Tráemela que mañana puede ser ya tarde — dijo el doctor.

Al otro día Pérez la diagnosticó de grave y la mandó a ingresar en el hospital. Una semana después, en la calle, se encontró con la hija de la paciente. Ella le contó sobre su madre:

— Doctor, se mató ayer, no había cama para dejarla en el hospital y nos mandaron para la casa. Salí un momento a comprar carne y, cuando regresé, se había ahorcado.

Otro día, un hombre con trastorno de personalidad severo se presentó donde el doctor. Estaba en crisis porque su mujer había roto definitivamente con él. Pérez lo remitió para hospitalización inmediata. Casualmente, el doctor se topó poco después con la ex del paciente, y le comentó su decisión de hospitalizarlo. La mujer dijo: «Lo sé, doctor. Lo dejaron esa noche en observación; al otro día le dieron el alta médica porque consideraron que ya estaba bien. Salió, compró todos los medicamentos, y se empastilló».

Cuba tuvo la tasa más alta de suicidios en todo el mundo hacia 1850. Así lo señala el «Programa Nacional de Prevención y Atención a la Conducta Suicida». Ese año se registraron en la isla 340 suicidios por millón de habitantes.

En la década del sesenta del siglo XX, el índice de personas que se quitaron la vida fue de 15.4 por cada 100 mil habitantes. En los setenta, la tasa llegó a ser de 19. Durante la década siguiente, la cifra se mantuvo superior a los 20 suicidios por 100 mil habitantes, y en 1982 se produjo un pico de 23.2, lo que representó el 4 por ciento de las defunciones ocurridas ese año en el país.

Las cifras alarmantes pusieron en alerta al gobierno. El Ministerio de Salud Pública realizó una investigación y como resultado se elaboró el «Programa Nacional de Prevención de la Conducta Suicida», que comenzó a desarrollarse en 1989. Su diseño apuntaba a definir los individuos y grupos poblacionales en riesgo.

En 1995 las entidades de Salud Pública modificaron el documento rector. Y para inicios de este siglo se presentó un nuevo programa — vigente en la actualidad — cuya característica fundamental, según indica el propio documento, es un enfoque comunitario.

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Arturito / Foto: Cortesía de la entrevistada

«Arturito, cuando era niño, no supo que su padre se había suicidado; solo sabía que estaba muerto. Cuando creció alguien le dijo la verdad. No fui yo», dice Elia Felipe.

Tras diez años de matrimonio con Arturo Martínez-Escobar (padre), Elia Felipe nunca pudo imaginarse que le fueran a tocar la puerta para darle la noticia de que su esposo se había quitado la vida con un tiro en la boca. El hombre tenía 30 años y era teniente del Grupo de Operaciones Especiales del Ministerio del Interior (GOE).

«La puerta estaba abierta. Se paró un compañero de trabajo en la reja y me lo dijo. Fue bien duro», recuerda.

Según Elia, el GOE era una entidad secreta. Arturo Martínez-Escobar era uno de los especialistas en «ejército enemigo», y eran compañeros suyos, entre otros, los hermanos Patricio y Antonio de la Guardia, ambos condenados años después por «alta traición a la Patria»: el primero, a 30 años de cárcel (ya cumplidos), y, el segundo, a pena de muerte (fusilado).

Dice Elia que una de las operaciones que llevó a cabo el Grupo fue aprovisionar de personal y armas al Che Guevara en su fallida incursión latinoamericana de los años sesenta.

El padre de Arturo fue castigado por alguna indisciplina que Elia Felipe desconoce. Lo enviaron a una unidad correccional para militares. Durante ese tiempo sus compañeros siguieron realizando operaciones encubiertas y ejercicios de entrenamiento. Escuchar las historias de sus compañeros y verse suspendido lo afectó emocionalmente. Decidió terminar con aquella angustia volándose los sesos.

«El padre era distante con Arturito. Venía a casa cada 15 días, nunca jugó con él», cuenta ella. Esa distancia entre padre e hijo hizo que el niño no sufriera la partida de su progenitor. La ausencia lo llevó a inventarse una relación paternal con un vecino. «Recuerdo que un día le dijo a César: “Tendrás que llevarme a la barbería y a jugar pelota porque mi padre se murió”».

Elia Felipe se había enamorado a sus 21 años de quien sería el padre de su hijo. Enseguida se hicieron novios. Pero tenían un problema: tanto en casa de ella como en el hogar de los Martínez-Escobar odiaban a Fidel Castro, y Arturo era ya un militar fiel. A la pareja no le quedó más remedio que irse de ambas casas.

Entonces, Elia Felipe marchó en busca de su padre, a quien nunca había visto en persona, y le pidió pasar una temporada con él

«No me habían dejado conocer a mi padre», cuenta. «Él era para mi familia el peor malhechor del mundo. Mi madre se casó con él cuando tenía 15 años y pronto quedó embarazada. Después que nací, mi padre le confesó que no le gustaban las mujeres, que se había casado con ella para esconderse de la sociedad. Cuando mi tía se enteró, obligó a mi madre a divorciarse; ella más nunca tuvo novio en su vida. Me impidieron ver a mi padre durante 21 años».

No obstante, la joven conocía su paradero. Sabía que era contador de una fábrica de productos de belleza para hombres. Ante la urgencia, lo llamó por teléfono. El padre, sin pensarlo un segundo, asintió a la petición.

«Gracias a eso no caí presa, porque mi tía, a fines de 1959, tenía escondidos en casa a unos muchachos con armas y equipos de radio que querían alzarse en contra de Fidel Castro. La policía los atrapó. A mi tía la condenaron a 30 años, y mi madre estuvo seis meses en prisión bajo investigación, pero finalmente quedó absuelta».

El día que Elia Felipe dio a luz a Arturito estaba sola en el hospital. Su marido andaba en una operación; la suegra nunca había aprobado la relación entre ambos; a su padre le había tocado trabajar ese día, y su madre había ido a llevarle comida a su tía a una cárcel en Baracoa, Guantánamo. Elia salió con el recién nacido en brazos, sin que nadie la ayudara a tomar un taxi o le preparara algo de comer en casa.

«La única persona que siempre estuvo a mi lado fue mi abuelo materno y, por desgracia, fue también el primero que se suicidó en mi familia», dice Elia.

Los «hospitales de días» son uno de los escalones fundamentales dentro de la pirámide de servicios de salud mental del Ministerio de Salud Pública de Cuba. A estos acuden sobre todo pacientes neuróticos, conscientes de su propia enfermedad. Un equipo multidisciplinario — psicólogos, psiquiatras, trabajadores sociales, psicoterapeutas, enfermeros — se ocupan de dar terapias ocupacionales, individuales y grupales.

Entre noviembre y diciembre de 2019, conseguí visitar uno de esos hospitales en La Habana, a razón de dos veces por semana durante un mes, para observar su funcionamiento. El Ministerio de Salud Pública prohíbe a sus miembros el contacto con la prensa independiente. Por ello, y a solicitud del propio personal, no se identificará aquí el centro hospitalario y se mantendrán bajo anonimato las fuentes recabadas en esa institución.

«De lunes a viernes, en el horario de 8:00 am a 2:00 pm, los pacientes ingresan al hospital. Estas personas vienen remitidas de cualquier otro servicio médico de la ciudad. El ingreso es voluntario. La mayoría lo que necesitan es recuperar sus mecanismos psicológicos. Diariamente se les toma asistencia. Si faltan, se les llama. Si no vienen más, se les cierra la historia clínica», explica una de las psiquiatras del hospital.

Sentado en el salón central, un paciente de 52 años que ha intentado suicidarse en par de ocasiones, brinda su testimonio.

«Yo tengo un problemón, pero no estoy loco. Si no lo resuelvo, sí que voy a enloquecer. Mi familia se aprovechó un día que estaba empastillado y me hicieron firmar la donación de mi casa. Rompí con ellos y me fui a casa de una amiga. Me quedé solo en la vida, ya nada tiene sentido. Mi amiga salió de viaje y comencé a depauperarme: no comía, no me bañaba, me rascaba y se hacían unas montañitas de polvo en mi piel. Cerré las ventanas de la habitación y no las abrí en semanas. Cuando llegaba la noche era que salía a la sala para ver la televisión. Cuando salía el sol, regresaba a la habitación. Quería que mi cuerpo colapsara. Me cagué encima y me meé, ya estaba al borde de la muerte. Cogí el teléfono, llamé a otra amiga y le dije: “Me rendí”. Luego cogí un bisturí y me lo puse en el cuello. Cuando sentí el frío del metal, dije: “Ño, pinga, cojones”. No tuve valor. Después me ingresaron en el hospital Calixto García. Fue lo mismo. No comía, me levantaba de la cama y me caía al suelo. Cogí valor de nuevo y fui para el baño después de enrollar una sábana en mi mano; cuando estaba preparando el nudo, una enfermera me vio. Yo lo que quiero es salir de este problema en la cabeza que tengo. Aquí en el hospital me han ayudado porque ya entendí que mi vida sí tiene sentido; el sentido de mi vida es mejorar mi propia vida. Aquí somos cerca de 25 pacientes; estamos de lunes a viernes en las terapias, y los miércoles salimos en grupo a alguna actividad cultural que organiza el centro. Hacemos gimnasia matutina, jugamos ajedrez, parchís o dominó para socializar. Tenemos además las terapias en grupo; tomamos a uno de nosotros como ejemplo y entre todos opinamos para ayudarlo con su problema. Esto nos ayuda a entender los poderes que hay que tener para enfrentar la vida».

Otra de las psiquiatras del hospital de día es además profesora de la carrera de medicina. Entra a su oficina y se sienta delante de una laptop. Da un par de clics hasta encontrar la conferencia sobre suicidio que hace unos días impartió a sus alumnos. Antes de explicar las primeras diapositivas dice: «El cubano es muy sanguíneo, es nuestra idiosincrasia y eso ha marcado la historia del país».

Luego explica: «Por cada suicidio consumado, hay alrededor de diez intentos suicidas», y sobre el índice de suicidios en Cuba opina: «Está muy relacionado con el aumento del consumo de sustancia a edades tempranas. El alcohol, por ejemplo, no te permite que razones como un ser humano. Por otro lado, la marihuana, aunque hay muchos países que están aprobando su despenalización, es la sustancia más asociada a los procesos de enfermedades mentales; además de ser la más asociada a la esquizofrenia, que es el cáncer de la Psicología».

Según la profesora, «una vez que se deja de estar en el mundo real, aumenta la conducta suicida y la depresión, esta última es la enfermedad del siglo XXI. Se habla de que cada persona tendrá al menos un episodio importante en su vida».

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Dr. Israel Fagundo / Foto: Abraham Jiménez

El Calixto García es quizás el hospital más céntrico de La Habana; de ahí que sea el sitio al que muchos habaneros acuden ante emergencias médicas. En uno de sus primeros pabellones tiene una clínica de salud mental donde se ofrecen servicios de Psiquiatría y Psicología. Su jefe es el Dr. Israel Fagundo.

La clínica tiene una unidad de intervención en crisis que se encarga de atender, entre otros, a personas que atentan contra su propia vida. Para ello cuentan con una sala de diez camas donde los psiquiatras observan el comportamiento de los pacientes durante al menos 24 horas. «Si es una situación de conflicto, puede ser que la persona se descompresione, pase el ofuscamiento, y deje de tener la idea de matarse”, dice el doctor Fagundo.

También hay dos salas para casos agudos donde se atienden a quienes requieren hospitalización por enfermedades no crónicas. Estas personas pueden estar ingresadas el tiempo que necesiten.

De acuerdo con el doctor, la mayoría de los casos que llegan a la clínica son «casos de esquizofrenia, trastornos bipolares, adicciones de todo tipo, alcohol, drogas, trastornos delirantes, enfermedades que llevan a intentar el suicidio producto de alucinaciones, delirios, desespero que los conduce a la sintomatología, que les ordena que se maten, por la misma condición psicótica, por la ruptura de la realidad…»

Antes de llegar a ser el jefe de la unidad de intervención en crisis, el Dr. Israel Fagundo fue «consultante de Psiquiatría de enlace» en el Calixto García. Su misión era moverse por las salas de las distintas especialidades y valorar los intentos de suicidios. Por ejemplo, si alguien se incendiaba el cuerpo y lo atendían en «Quemados», luego de los primeros auxilios y las demás atenciones correspondientes, los doctores de esa sala llamaban a Fagundo para que se ocupara del caso.

Como enlace estuvo seis meses. Luego la dirección del hospital le pidió que asumiera la unidad. Nada más asumir el cargo, Fagundo hizo algunos cambios.

«Instauré el sistema de comunidad terapéutica. Esta es una manera de trabajo que surgió en los años cincuenta en hospitales públicos de Inglaterra, donde las personas tenían que convivir. La idea es hacer una vez por semana una asamblea que rijan los propios pacientes. Toman parte pacientes, familiares, equipo médico, todos los involucrados en la unidad. Con técnicas participativas y con psicoterapias de grupo instruimos el espacio para que los pacientes se acepten como tales y, a la vez, sean más solidarios los unos con los otros. La comunidad terapéutica es en igualdad de condiciones. Los pacientes tienen la potestad de criticarnos, de exigirnos. El objetivo es construir…, darles participación en las cuestiones administrativas, darles el derecho de quejarse. Al final, ellos son los dueños de este lugar y necesitan autonomía, participación y empoderamiento».

Las asambleas son grabadas por algún paciente o por el propio doctor. Un par de días después Fagundo se sienta y revisa con detenimiento lo acontecido: «Analizo a los pacientes, sus comportamientos, sus gestos, lo que dicen; también a los doctores, en el trato. Revisarse a uno mismo es la mejor manera de mejorar».

Justo al frente del Hospital Calixto García se encuentra el estadio de la Universidad de La Habana. Otra de las ideas del doctor Fagundo consiste en que cada jueves el grupo de ingresados cruce la calle para hacer deportes y así cambiar de actividad. Ese mismo día, al regresar, les espera una peña de trova que conduce un expaciente.

«Aquí uno siente presión. Estás en una situación límite. La persona que quiere dejar de vivir, y uno que trabaja para tratar de recuperar el deseo de vivir. Siempre hay circunstancias a favor para ello. Solo hay que trabajar para que la persona se vaya del hospital con deseos de vivir», asegura.

Sobre los factores que más inciden en los suicidas cubanos, el Dr. Fagundo opina: «El suicidio no tiene una causa única. Tiene mucho que ver con las personalidades del ser humano: las personalidades histriónicas, la impulsividad, el bajo nivel de tolerancia a la frustración. La conducta suicida no se hereda, pero sí se heredan enfermedades que propician cuadros clínicos que llevan a la depresión. Un ejemplo es el trastorno bipolar, una enfermedad con una carga genética muy importante. Otras causas pueden ser la soledad, medios disfuncionales, criarse en medio de adicciones, como el alcoholismo o las drogas, las vivencias agresivas, haber sufrido algún tipo de violencia”.

El doctor hizo la especialidad de Psiquiatría en Holguín, su provincia natal. Por aquel entonces tenía 26 años y se había comprado un auto soviético con el dinero que el Ministerio de Salud Pública le pagó por brindar servicios en Nicaragua.

El auto no le salió muy bueno a Fagundo y, de vez en cuando, algo le fallaba. El doctor siempre llamaba a un mecánico que terminó por volverse su amigo. El hombre acudía al auxilio donde quiera que estuviese varado el carro. El mecánico tenía 35 años; tenía esposa y dos hijos.

Una noche, el Dr. Fagundo llegó a casa después del trabajo. Mientras se cambiaba de ropa, le dieron un recado:

— Te llamó la hermana del mecánico.

El doctor miró la hora, las 11:00 pm. Era tarde. Le pareció imprudente devolver la llamada. Al día siguiente se fue a trabajar como de costumbre. A su regreso a casa, le dijeron:

— Llamaron de parte de la familia del mecánico. Se dio un tiro.

El hombre era plantilla de un taller militar.

«Me hundí. ¿Por qué ese comemierda no me dijo nada? ¿Por qué hizo eso?», se preguntó Israel Fagundo cientos de veces mientras caminaba de un lado a otro en su casa.

El mayor de los hijos del mecánico tenía 14 años. Mientras no había nadie en casa, le había robado una suma importante de dinero al esposo de su tía — hermana del mecánico — . La jugada fue descubierta por la familia, pero el muchacho ya había gastado el dinero y su padre no tenía cómo devolverlo. Después de algunos días de estrés y discusiones, el mecánico llamó a unos parientes en el campo y les dijo que necesitaba hablar con ellos, que pasaría a verlos.

Al día siguiente salió en el carro en compañía del muchacho. Llegaron a la casa de sus familiares, saludaron y dijeron que iban a dar una vuelta por la finca. Se alejaron un poco. El mecánico le clavó una bala en la cabeza a su hijo y luego se pegó un tiro.

«Ahora tengo palpitaciones», dice el Dr. Fagundo, con la voz cortada. Toma aire y sigue: «Me estaban llamando porque algo se olían. No era un enfermo mental ni padecía de depresión. Era una persona estable. La impulsividad es uno de los factores de riesgo más peligrosos. Debe haber sido el ofuscamiento lo que lo llevó a aquello porque él era muy musical. Lo movió la vergüenza y el no poder reponer el dinero. Cuando las personas construyen ese plan, lo que los mueve es solo el plan. Fue muy doloroso para mí llegar a la funeraria. Siempre queda un sentimiento de culpa para todos los demás. Es inentendible para los seres humanos cómo el hombre que nace para vivir es capaz de quitarse la vida».

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Elia Felipe camino a la costa / Foto: Abraham Jiménez

En el barrio de Punta Brava, en las afueras de La Habana, vivía de niña Elia Felipe. La casa tenía un patio de tierra enorme y en una de sus esquinas la familia levantó un cuartucho de madera para que fungiera como baño. Pero años después aquel espacio terminó siendo un local para guardar los instrumentos de limpieza.

Una tarde, después de barrer el portal, Elia caminó escoba en mano hacia el cuartucho. Al llegar le llamó la atención que estaba entreabierto. Cuando movió la puerta, se encontró a su abuelo materno colgado de una soga. La niña tenía 14 años y fue su primer encuentro con la muerte.

El viejo dejó una carta encima de la mesa que decía: «No culpen a nadie de mi muerte porque estoy aburrido de la vida».

La madre y la tía de Elia estaban hastiadas de vivir en una zona rural, estaban desesperadas por mudarse a la ciudad. El abuelo de Elia, a sus 64 años, se negaba a moverse del sitio donde había vivido toda su vida. Cada día el debate crispaba el ambiente familiar.

«Mi abuelo era la persona más importante que existía, era el que más me entendía en la casa, tenía mucha comunicación con él, era quien me llevaba a la escuela y me traía. Su muerte fue desgarradora. Parece que decidió morirse para que sus hijas pudieran mudarse», dice Elia Felipe.

Casi siete décadas después de aquella dolorosa pérdida, Elia recuerda una escena de una novela que leyó por aquellos días: «Una mujer escribe desde su muerte. Ella ve y describe todo lo que sucede a su alrededor mientras no está. Hay un pasaje en el que el esposo se acerca al ataúd donde ella está y le dice: “Cómo me descansa tu muerte”».

El abuelo de Elia vivía en una agonía. Una vez que murió, sus dos hijas y su nieta se mudaron de inmediato a La Habana. La niña no pudo imaginar que aquel suicidio fuera solo el primero en su vida. «Han sido tres personas que eran clave para mí. No sé cómo he hecho para sobreponerme. Son episodios que debían haberme liquidado», dice.

Después de cada muerte, a Elia siempre le viene encima una sensación horrible de desgana. Ha sentido cómo el cuerpo se le paraliza: no come, no lee, no sale a la calle, no ve la televisión, todo lo material le repugna. «Eso luego va pasando poco a poco», dice.

A pesar de las tragedias sufridas, Elia Felipe dice que no se siente sola, que nunca le ha pedido a ningún muerto que la acompañe en su vida: «De alguna manera, con las muertes, viene un descanso».

Las unidades de salud mental como la del Dr. Israel Fagundo acogen los casos de urgencias, pero no hacen un seguimiento a los pacientes. El Ministerio de Salud Pública tiene creado un mecanismo según el cual estas clínicas emiten un reporte con los detalles del caso que llega a centros comunitarios.

Durante por lo menos un año, los centros comunitarios de salud mental — ubicados en cada uno de los 168 municipios del país — se ocupan de los pacientes remitidos por los hospitales a través de consultas y grupos de psicoterapia con equipos multidisciplinarios integrados por psicólogos, psiquiatras y trabajadores sociales.

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Dra. María del Carmen Chao / Foto: Abraham Jiménez

La Dra. María del Carmen Chao es especialista de primer grado en Psiquiatría Infanto-Juvenil del Centro Comunitario de Salud Mental del municipio Plaza de la Revolución en La Habana. Dice sobre el trabajo que realizan: «Lo que hacemos es crear recursos de afrontamiento porque la vida no siempre es linda. Les enseñamos que siempre hay un conflicto y hay que irse preparando en función de tener una alternativa para resolverlo. Los puntos de apoyo te hacen salir más rápido de los conflictos».

Dentro de la especialidad de Psiquiatría Infanto-Juvenil, la doctora Chao escogió estudiar el maltrato a los niños. Especializarse en el tema no fue una predilección personal. Los frecuentes y desgarradores casos de ese tipo que empezó a encontrase, la llevaron a ello. Chao tiene bien claro cuáles fueron los dos casos que marcaron el inicio de su carrera.

Primero: «Una adolescente le pidió a su madre el equipo de música para llevarlo a una fiesta en la escuela. Antes de pedírselo, ella se había comprometido con sus compañeritos. La madre le dijo que no. Al sentirse que iba a quedar mal decidió esperar a que la madre se fuera al trabajo para coger escondido el equipo. Ese día la madre viró antes de lo previsto y se percató. Fue para la escuela y delante de todos la humilló. Le dijo que lo que había hecho era para matarla. No le bastó con eso y le dio golpes por toda la calle hasta llegar a la casa. Al otro día, la niña se prendió candela. Los médicos legales dijeron que había sido una muerte estoica. Según los forenses, cuando alguien se prende fuego cae al suelo y su cuerpo completo se enciende. Esta muchachita tenía intacta la planta de los pies porque aguantó parada; tenía mucha rabia. A la madre la apresaron».

Segundo: «En una escuela de conducta mandaron a buscar a la madre de una niña. A la alumna de secundaria la habían sorprendido fumando en más de una ocasión. La madre escuchó la queja, se viró para la niña y le dijo: “Ahora tú vas a aprender, porque yo no estoy para pasar pena delante de esta gente”. Cogió un cigarro, lo prendió y se lo pegó en la cara a la niña delante de los profesores. La niña llegó a la casa y se tomó cientos de pastillas para suicidarse. Por suerte no murió».

Aun cuando el suicidio constituye oficialmente la tercera causa de muerte en edades de diez a 19 años, y la cuarta en el rango de 15 a 49 años, la Dra Chao observa: «Hay un subregistro, pues a veces se quedan casos. Por cada suicidio, se supone que hay de seis a diez intentos. Cada vez es más baja la edad con que la gente se suicida. Antes era rarísimo que un niño de diez años hiciera un intento suicida. Lo que está sucediendo es alarmante».

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Centro Comunitario de Salud Mental de Plaza de Revolución / Foto: Abraham Jiménez

Elia Felipe tuvo algo de tranquilidad mientras su hijo estuvo casado. Al cabo de diez años de matrimonio hubo una fractura en la relación, que trajo nuevos tiempos de crisis en la familia. La esposa de Arturo quería tener un hijo y él se negaba: decía que su enfermedad mental era hereditaria. Se divorciaron. Poco tiempo después la muchacha encontró otra pareja y salió embarazada. Aquello condenó a Arturo.

Contra la voluntad de su madre vendió la mitad de la casa para tener dinero. Se mudó al garaje y comenzó a salir: con el tiempo, el alcohol y las drogas lo despedazaron.

Sus últimos meses los pasó tirado en las esquinas de las calles en estado de embriaguez, o drogado en algún parque, en algún pasadizo. Elia Felipe tenía que salir a buscarlo por el vecindario. Muchas veces los amigos lo recogieron y lo llevaron a casa en hombros.

«No quería estar vivo. Le pesaba la vida. No quería ser como era. Quiso haber construido su vida de otra manera. Se dio cuenta que empezó a envejecer y no tenía un proyecto de vida a los cincuenta años. Le comenzaron a dar momentos de furia incontenibles. Padeció epilepsia por tomarse a la vez las drogas, el alcohol y sus medicamentos. Estaba disgustado por ser como era y no poder evitarlo. Ni siquiera resultaron los tratamientos de los psiquiatras y los psicólogos que lo vieron», dice Elia Felipe.

De pronto, Arturito dejó las salidas y se trancó en su habitación. No quiso ver a nadie durante diez días. Solo salía de su cuarto en las mañanas para decirle a Elia Felipe:

— Mami, otro día más.

«Quería morirse y al final lo logró. No creo que sea fácil la vida cuando es un acto de desesperación. Le hizo mucho daño no estudiar. Esa fue su verdadera desgracia. Se veía como un ser despreciable», dice Elia Felipe.

El cadáver de «Arturito» fue cremado. Se llegó a la costa, donde ella y su hijo solían bañarse con los perros en las mañanas, y echó las cenizas al mar. En esas aguas Elia Felipe se sigue sumergiendo a diario.

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Costa donde Elia Felipe echó las cenizas de su hijo y donde ella se baña / Foto: Abraham Jiménez

Un año después de la muerte de Arturo, regresó mojada del baño en la costa. Cuando se quitó la trusa, notó que tenía una pelotica de carne en la mama derecha. Al otro día fue al hospital CIMEQ de La Habana. Una oncóloga le examinó y le preguntó:

— ¿Usted ha perdido a algún hijo?

Algunos doctores creen que la muerte de un hijo genera cáncer en el seno derecho. A Elia Felipe le diagnosticaron la enfermedad. Unos meses después le realizaron una operación radical de mama.

— El suicidio no es cosa de uno solo: es de él y de los más allegados, le dijo una doctora.

Hace poco en la televisión cubana pasaron el filme El jardín de los Finzi-Contini. Elia Felipe se sentó a verlo. Uno de los personajes es un niño que se nombra Hugo Finzi. El niño muere. La película recrea el triste momento del entierro. El último plano de esa escena es la lápida de Hugo.

Elia Felipe leyó: «Tus padres se prepararon para verte crecer, no para verte morir». No lloró.

Publicado originalmente en El Estornudo.

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Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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