NBA: Adam Silver estampa su sello

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Adam Silver, comisionado de la NBA / Ilustración: Rafael Alejandro

Por Gabriel López Santana

Más allá de quién sea elegido Presidente de Estados Unidos este martes 3 de noviembre, deberíamos considerar a Adam Silver como el gran ganador de la política en ese país. El estadista más hábil y de mejores resultados. Su manejo de la NBA durante el último año, sorteando con igual éxito la ira de los políticos locales y de los chinos, así como la pandemia y el conflicto racial, sobrepasa cualquier logro de Trump o de Biden en ese mismo lapso. Ahora el abogado de 58 años buscará cerrar el horroroso 2020 con un irónico buzzer beater: iniciar la campaña 2020–21 en la próxima Navidad y de ese modo ahorrarle a la liga unos 500 millones de dólares en medio de la crisis económica.

Como bien ha señalado este mes The Economist, la pandemia ha dañado tanto «al cuerpo humano como al político». Según un reporte de Freedom House, líderes de unos 80 países aprovecharon las condiciones excepcionales para torcer a conveniencia las estructuras democráticas e irrespetar los derechos humanos en los cinco continentes. Junto al número de infectados creció el de protestas desmontadas, con el riesgo de contagio como excusa, así como el de disidentes brutalmente silenciados. Silver, a diferencia de estos autócratas, puso al multimillonario negocio que dirige en la cima del mundo con una gestión diametralmente opuesta: enfrentando sin demora los conflictos dentro y fuera de la liga.

En conversación con la CNN semanas atrás, el comisionado intentó a modo de respuestas un par de reflexiones sobre lo que fue la pasada temporada de la NBA y sobre la naturaleza de sus decisiones en el transcurso de la misma. En primer lugar, Silver se permitió señalarle al popular presentador Bob Costas que, de haberlo notado antes, hubiese situado la palabra «valores» donde la televisora colocó «política» en el título del segmento: «Después de la Burbuja: la política de la NBA». Con ello, el astuto ejecutivo dejaba claro su interés único en discutir el curso de acción de la liga, más cercano al desarrollo de una cultura, y no las actividades particulares asociadas a su gobierno, productos de una era política inestable y feroz.

No es más que el intercambio de esos «valores», dijo, lo que ha guiado la dirección de la liga durante los casi 40 años que engloban su mandato y el de su predecesor, David Stern. Después de todo, fue la defensa de esa cultura y esos principios lo que le costó muchísimo dinero a la NBA y el primer gran dilema del año a Silver.

En ninguno de los casos, Daryl Morey parece la clase de persona capaz de generar un conflicto internacional entre las dos principales potencias económicas y políticas del planeta. Es un ingeniero de 48 años que, además de protagonizar una revolución analítica en el baloncesto como mánager general de los Houston Rockets y cofundar la conocida Conferencia Deportiva Sloan de MIT, dedica sus ratos libres a tocar el trombón y producir espectáculos musicales. Sin embargo, un tweet suyo en apoyo a las protestas en Hong Kong publicado — y borrado horas más tarde — el 4 de octubre de 2019 puso en riesgo la relación de la NBA con China, un mercado que propicia a la liga beneficios por unos cuatro mil millones de dólares.

Ese mismo día, los principales socios comerciales chinos de la NBA fueron obligados a retirar sus acuerdos y la televisora estatal CCTV sacó los partidos de su programación. El gobierno sancionó públicamente la «intromisión» de Morey y contactó de inmediato a Silver, quien se encontraba en Japón como parte de la gira de pretemporada, uno de los momentos más importantes del año para él en materia de relaciones públicas y mercadeo. El comisionado se vio obligado entonces a salir de su acostumbrado puesto tras bastidores y tomar las riendas de la situación. En Beijing aún dicen que no exigieron la expulsión de Morey. Silver confirma que así fue, y que la rechazó. Categóricamente.

Tras un casi reglamentario comunicado de la NBA al respecto, el comisionado defendió en público el derecho del ejecutivo a expresarse libremente y le recordó a cada quien su papel en este tipo de asuntos. «Resulta inevitable que las personas alrededor del mundo — incluyendo a las de Estados Unidos y China — tengan diferentes puntos de vista sobre asuntos diferentes. No es trabajo de la NBA juzgar esas diferencias», sentenció en una alocución especial traducida al mandarín.

Su defensa fue rápida y severa, pero en cierto momento calificó el incidente de «lamentable», algo que puso en manos de los políticos republicanos que le esperaban en su país un buen mazo con que pegarle en las costillas. A pesar de todo el dinero y el prestigio echados por los suelos con el escándalo, la respuesta de Silver pareció parca y cobarde a varios de esos políticos, incluido Josh Howley, senador republicano por Missouri. Para él, significó un gesto de complicidad con el gobierno de Xi Jingpin, quien utiliza el atractivo mercado de su país para atraer importantes sectores de la economía estadounidense, como el deporte, el arte y los negocios. Del otro lado, los principales medios chinos consideraron a Silver «un embajador de la arrogancia norteamericana», que no veía necesario disculparse tras haberse inmiscuido en asuntos que desconoce. Esta vez, el comisionado optó por el silencio.

Así fue como nació trunca la temporada 2019–20 para Adam Silver, acorralado por los políticos en ambos extremos del mundo. Era la última campaña de la década y la sexta al frente de la liga para el abogado educado en la Chicago Law School. De todas maneras, no podía saber que el mayor desafío de su carrera se encontraba muy cerca, y que tendría que asumirlo sin la ayuda de su mentor.

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Adam Silver, comisionado de la NBA, junto a Davis Stern, su predecesor. Febrero de 2014 / Foto: Facebook de la NBA

David Stern solía decirle a su pupilo que la grandeza de un comisionado radicaba en dar continuidad a la labor de su predecesor y, llegado el momento justo, dejar su sello propio en la liga. El viejo comisionado tuvo 30 largos años para cumplir con ambos preceptos, siendo especialmente exitoso en lo segundo. Murió el primer día del 2020, tras una hemorragia cerebral que lo obligó a pasar dos semanas en ese corredor que separa la vida de la muerte. Silver lo recordó no a través del cariño y la amistad con que lo acogió siendo muy joven, sino refiriéndose a la gran obra que es su responsabilidad continuar.

«Gracias a David», dijo al comunicar su muerte. «La NBA es una marca verdaderamente global, lo que lo convierte no solo en uno de los mejores comisionados deportivos de todos los tiempos, sino también en uno de los líderes empresariales más influyentes de su generación».

Poco más de dos meses después de despedir a Stern, y pasadas seis semanas desde la trágica muerte de la leyenda Kobe Bryant, el comisionado Silver recibió una llamada desde Oklahoma City informándole que el pívot francés Rudy Gobert era el primer caso positivo al nuevo coronavirus en la NBA. Sin pensarlo dos veces, suspendió la liga indefinidamente. Pasó los próximos tres meses informándose al respecto del Sars-Cov-2 y consultando con los mejores epidemiólogos del mundo la posibilidad de salvar la temporada, mientras la mayoría de las evidencias se apilaban, una tras otra, en contra de cualquier solución posible a ese problema.

La llamada «burbuja» que la NBA construyó con éxito en Disney World fue su gran triunfo político del año y quizás de su carrera, en tanto le permitió desdoblarse en todas las facetas que el puesto exige: economista, mediador, juez severo y comunicador elocuente. Hechas las cuentas, el campamento de lujo en la Florida le costó a la liga unos 190 millones de dólares, pero le ahorró otros mil 500 millones, cifra superior a los mil 200 millones perdidos a causa de la pandemia por concepto de boletos, patrocinios y mercancía, según cifras reveladas recientemente por ESPN. Tampoco fue, en ningún momento, una expedición a la cual debían subirse sí o sí los jugadores. Las negativas de veteranos como Trevor Ariza o Avery Bradley fueron recibidas con respeto por la liga, que dejó claro a las franquicias que velaría por que no existiesen represalias de ningún tipo contra ellos. No faltaron los filibusteros, claro está. Entre otros, Lou Williams se detuvo para un almuerzo de lujo en un club de strippers en Atlanta durante un permiso para abandonar el campus y — el episodio más célebre — Danuel House invitó a su habitación a una mujer en medio de una serie de playoffs. Silver, que es mesurado y riguroso por igual, los sancionó a ambos, amén del consabido impacto que los castigos tendrían en el rendimiento de sus equipos y, por ende, en el espectáculo. Durante los casi cien días que duró el experimento orquestado por el comisionado y su buen amigo Bob Iger, CEO de Disney, no existieron contagios ni contratiempos insalvables. Silver recibió por ello el aplauso de la comunidad médica del país y la no tan amigable acogida de los políticos, encabezados por el hombre que se juega su puesto en la Presidencia por estos días.

Más importante aún, la burbuja sirvió para convertir los playoffs de la NBA en la mayor plataforma mediática de lucha por la equidad racial en los Estados Unidos, luego de que los Milwaukee Bucks decidiesen no salir a la cancha tras el ataque policial contra el joven negro Jacob Blake en la ciudad de Kenosha. El eco que este hecho provocó en el resto de los deportes profesionales, es una historia que conocemos bien. Sin embargo, en su conversación con el comisionado, Bob Costas insistió una y otra vez, sin dejar de llamar al comisionado por su nombre, con esa proximidad despiadada que suele desarrollar un buen periodista, en saber si las respuestas de la NBA al conflicto — los mensajes en las camisetas, las protestas en la ceremonia del himno nacional y el texto BLACK LIVES MATTER en la duela, entre otras — se mantendrían en el regreso de la liga a su normalidad, cuando quiera que ello sea posible. Desde lo que suponemos un despacho en su apartamento de Midtown Manhattan, Silver le recordó al entrevistador que la NBA no pertenece al grupo de partidos políticos, organizaciones y empresas que se han sumado al moderno grito de BLM, sino que ocupa un lugar distinguido dentro de la tradición en la cual los jóvenes que saltaron a las calles de todo el país han encontrado inspiración. Si el aporte de Stern fue construir la cultura ecuménica de la liga, ese producto que engloba un universo — el del baloncesto — a la vez que lo constituye, Silver entiende que su sello deberá ser, de ahora en adelante, separarla de lo homogéneo.

El comisionado podría, cómo no, alentar a sus jugadores para que sigan inclinándose ante el himno y la bandera, coloquen un mensaje donde deben ir sus nombres en la camiseta o detengan la liga la próxima vez que un negro muera a manos de un policía. Sin dudas ganaría con ello más de un simpatizante, necesitado como está de ello ahora mismo. Pero eso sería replicar la dinámica simplista y retrógrada que impulsa a algunos a tratar de racista a todo aquel que ocupa un puesto de poder y a otros a llamar vándalo o comunista a cualquiera que alce su voz contra el sistema. «Si cruzamos esa línea en la cual las personas ven esto simplemente como política», respondió el comisionado, «creo que nuestra voz dejaría de ser tan importante. Si funcionásemos como una extensión del proceso político, entonces obligaríamos a las personas a escoger bandos».

Sin necesidad de replicar las conductas especiales de la burbuja, insinuó, la NBA posee toda la autoridad necesaria para participar, cuando no encabezar, una discusión seria respecto a la discriminación sistémica contra las personas negras, raza que distingue al 80 por ciento de su plantilla actual. Silver se niega a llamar boicot al paro que suscitaron los jugadores porque la protesta no fue dirigida en contra de la NBA ni de su gobierno. Su consejo es dejar en la burbuja lo que allí sucedió y avanzar hacia un estado mucho más edificante y definitivo. Para ello, fundó con los jugadores y la Junta de Gobernadores dos entidades que deberán materializar lo que los basquetbolistas pidieron durante una reunión que duró dos días en Orlando: la NBA Foundation, para el empoderamiento económico de personas negras en Estados Unidos, y la National Basketball Social Justice Coalition. En ambas, según dijo, están comprometidos ya 300 millones de dólares y una cantidad extra aún por definir proveniente de patrocinadores.

«El objetivo, Bob», dijo Silver devolviéndole el gesto a Costas, «debe ser tratar de unificar a las personas acerca de estos asuntos».

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Adam Silver, comisionado de la NBA. Febrero de 2019 / Foto: Facebook de la NBA

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Los largos meses de la pandemia y la discreción de Silver rindieron sus frutos justo antes del quinto partido de las pasadas Finales: CCTV anunciaba el regreso de la NBA a su parrilla. Como principales razones del retorno a China, la televisora citó el apoyo de la NBA a la lucha contra la COVID-19 en el país y el entrañable vínculo con su pueblo. No mencionó en ningún momento la astucia de su comisionado, aquel hombre tan calvo y miope, tan occidental, que permitió incluso un flagelo a su cultura. «Pudimos haber decidido que por habernos quitado ellos de CCTV nosotros, en esencia, recogeríamos nuestro balón y nos iríamos a casa y dejaríamos de operar allí”, dijo Silver a CNN. “El hecho es que nuestros partidos se transmitieron en línea a través de Tencent en China y nos mantuvimos allí», explicó entre risas, satisfecho. Viendo esa entrevista, nadie creería cuáles han sido los colores de los últimos 12 meses en la vida de Adam Silver.

De paso, le recordó a la audiencia de su país que la decisión de si los mercados estadounidenses deben operar o no en China corresponde al Congreso y la Casa Blanca, y que la relación de 40 años entre Beijing y la NBA garantizó un canal abierto de comunicación cuando la diplomacia falló durante décadas. «Hasta hace muy poco», recordó, «el hecho de que estuviésemos exportando valores norteamericanos hacia China era muy bien visto y alentado por parte de los Departamentos de Estado de varias administraciones en ambos bandos [republicanos y demócratas]». Qué cambió en el último año es algo que no es su tarea aclarar. Su desafío ahora es lograr convencer a los jugadores de que, para jugar una buena temporada y tener el verano de descanso o participar en los Juegos Olímpicos, deben aceptar ajustes en sus salarios. A los dueños, por su parte, esclarecerles cuáles son los límites exactos en que sus estadios dejan de ser rentables y seguros para convertirse en un volcán que probablemente llevará a muchos a una muerte solitaria. Tiene que encontrarle en Estados Unidos un pabellón, una cancha de prácticas y un hogar transitorio a los Toronto Raptors, a quienes su país no dejará entrar y salir a placer en un buen tiempo. A las televisoras locales, Silver deberá garantizarles entre 65 y 70 partidos que transmitir durante la próxima campaña, y a las nacionales una oferta que ponga a las estrellas en sus pantallas la mayor cantidad de ocasiones posible, algo que riñe directamente con las intenciones de muchos entrenadores. Así transcurren las semanas del comisionado de la NBA, aparentemente menos ocupado que un candidato a Presidente, pero igual de exigido en cuestiones políticas.

Al parecer, no todo va mal. Harto de los caprichos del dueño Tilman Fertitta, Daryl Morey preparó en secreto a uno de sus asistentes para ocupar su puesto y abandonó Houston en cuanto encontró un nuevo entrenador para el equipo. El sagaz consultor de gestiones y gurú del análisis estadístico le entrega así a Silver una liga que se parece tanto a uno en lo deportivo como al otro en lo político. Su concepto de «intento al aro de alto valor» revolucionó el juego, con un énfasis ofensivo en los dobles cerca del aro, los tiros libres y los triples. En un principio, como a todo revolucionario que se respete, se le miró mal y hasta se le acusó de dañar la estética del baloncesto en la NBA. Pero cinco años más tarde de que sus Rockets estableciesen un récord de triples intentados en una temporada y lanzasen el 39 por ciento de sus tiros totales desde detrás del arco, la realidad se ha impuesto: el 38 por ciento de todos los disparos al aro en la NBA este año fueron triples.

Podría decirse que están a mano Morey y Silver. Este le salvó su puesto y defendió sus derechos como hombre libre y aquel, a cambio, le ha ofrecido una liga zambullida de lleno en el baloncesto más eficiente. Todavía más, el día 15 de octubre Morey salía de la órbita de la NBA, para tranquilidad de China y de Silver. Solo que, 15 días más tarde, los Philadelphia 76ers lo trajeron de vuelta.

Publicado originalmente en El Estornudo

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Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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