Narrativa de Miami: prisionera de tu amor

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María Cristina Fernández / Internet

Por Legna Rodríguez Iglesias

«…pero ahora no sabía decir para qué maldita cosa

servía haber leído todo eso

más que para saber que la vida es triste

cosa que hubiera podido saber sin necesidad de leerlos.»

Cristina Peri Rossi

Existen nombres de libro para todo en esta vida, incluso para la consonante P. Cuando un ser humano empieza a balbucear, la p como sonido es uno de los primeros que salen de su boca, llevado por un instinto irracional del lenguaje. Entiendo que el lenguaje sea irracional, su mimesis. De nada sirve el lenguaje, mucho menos el uso desmedido del lenguaje: me he cogido in fraganti hablando demasiado. Si acaso pudiera hablar, decir lo que realmente pienso de lo que me pasa por la mente, no usaría el lenguaje padre sino que diría una sola palabra, cierta palabra porosa, parsimoniosa, poderosa, con P.

Las hay que no se corrompen del todo, sino parece que el tiempo las hubiese calado:

La Oficina del Censo de los Estados Unidos está obligada por ley a proteger su información. A la Oficina del Censo no se le permite divulgar sus respuestas, por más interesantes que estas sean, de manera que uno o su hogar puedan ser identificados. La oficina del Censo realiza el censo del 2020 en conformidad con algunas secciones del código de los Estados Unidos. Por ley, la oficina del censo solo puede usar las respuestas para producir estadísticas.

La Oficina del Censo necesita contar a las personas donde viven y duermen la mayor parte del tiempo. Un automóvil no cuenta como vivienda aunque haya seres humanos viviendo en automóviles, parqueados a la orilla de un puente o autopista rápida, mirando el techo del automóvil como pescado en nevera. A partir del 1 de abril, la Oficina del Censo tiene bien definido a quién contar y a quién no.

Se cuentan en el censo los bebés y los niños que vivan en la casa, incluyendo hijos de crianza (foster), compañeros de casa o cuarto, inquilinos, personas que pernocten en la casa a partir del 1 de abril del 2020 y que no tengan un lugar permanente donde vivir, una vivienda.

No se cuentan en el censo los estudiantes universitarios que no viven en esta dirección la mayor parte del año, gente de las Fuerzas Armadas que vive fuera de ahí, personas que estaban en un hogar de ancianos o boarding home, hospital de ancianos o recoveco de ancianos, personas que estaban en una cárcel a partir del primero de abril del 2020, prisión o centro de detención.

Sin embargo, uno de los resultados de búsqueda para la palabra «prisionero» podría ser: «persona que está dominada por una pasión o una emoción». En ese caso, la Oficina del Censo no tendría más alternativa que irse en vicio, como una serpiente que se muerde la cola.

Su voz era más apagada, de niño malnutrido, y la nariz casi siempre la taponaba el moco. Nos hicimos amigos a causa del dibujo, que a mí me gustaba pero no se me daba igual:

Con una P del tamaño de una P, la escritora María Cristina Fernández cava un pozo en la narrativa cubana de Miami, narrativa peligrosa. Para ello, sin ser objetivo ni superobjetivo, debió cavar algo con p y ese algo resultó ser puñetero. No levanta penthouse, torre o montaña. No levanta nada que se levante porque aquí no hay nada que levantar. El agujero es profundo y pedestre, no en la forma sino en el contenido, como los sueños o los recuerdos de infancia, llenos de torpezas y sucesos inexplicables, algo que debe, por ley, conseguir la nada. Algo que está en la oscuridad, algo lleno de deseo impetuoso que está en la oscuridad: pasiones y presiones. Una luna, una sombra, un contorno, un halo luminoso fuera del alcance de todas las miradas. Lo profundo prolifera.

P, publicada por Ediciones Furtivas, ubica su relato en las afueras de uno de los condados de Estados Unidos donde mejor se define la P: Miami. No en las afueras, precisamente, sino entre paredes que están en las afueras, en interiores sin ventilación, en cubículos pequeños, en puentes de hierro formados por una cabilla doblada sobre otra cabilla doblada. Interiores patrocinados por un sistema-rapiña, un sistema-águila, un sistema-pantano. Lo imperial sí desampara.

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Siempre que estoy frente a este tipo de maleza que preludia un bosque (el que llevo en la memoria, ese bosque vestigial) quiero penetrarlo.

Se penetra el libro como se penetra un bosque. Sorteando malezas, plantas carnívoras, animales salvajes, fieras. El bosque, sin embargo, es un desierto. Los atributos que lo constituyen y que necesita para ser un bosque están en los intersticios, por debajo, entre líneas y pieles. Un bosque desierto con P de paralelogramo. Un paralelogramo iluminado por la luna: diecisiete.

¿Qué es lo que diferencia a un hombre de otro hombre? A simple vista nada. Ambos tienen brazos y fuerza en los brazos. Tal vez uno tiene menos fuerza que otro, pero eso no se nota. Ambos tienen piernas y movilidad en las piernas. Tal vez uno tiene más movilidad que otro pero eso no se nota. Ambos tienen cabeza y pensamientos que los distraen. Tal vez uno es más distraído que otro, pero eso no se nota. Ambos tienen boca y ojos y pene. Pero después de leer P, de María Cristina Fernández, sé con toda certeza que un hombre es diferente a otro hombre y que los crímenes que cada uno ha cometido es lo que diferencia a uno de otro.

Ese vaso de agua que necesitan los muertos para remontarse en paz, lo beberé cada lunes en su nombre, y más allá del reproche y sin hacerle preguntas, le daré las gracias.

La novela, contada por unas voces atormentadas pero de cierta forma agradecidas por lo que ha estado pasando últimamente, pone hallazgos en mí, lectora prisionera, que podrían ser equívocos, como cualquier hallazgo; que podrían ser faltos de razón, como cualquier lectura despavorida, pero que pienso hacia atrás, como los mismos sucesos narrativos de este libro, encontrando negación, afirmación.

La novela (según la nota oficial de contraportada se trata de un libro de relatos breves) se desplaza hacia la cárcel, prisión, celda, encierro, pena. La P de penitencia ocupa cada uno de los diecisiete capítulos, escritos a través de notas, confesiones, sueños, cartas, accidentes. Un accidente narrativo es aquello que está lleno de golpes, hematomas, torceduras, defectos. En el defecto está la virtud. Un hombre es un defecto lleno de virtud y viceversa.

Supe de los riots, de cómo Miami olía a goma quemada en esos días cruciales de los años ochenta.

Un hombre es un disturbio. Un hombre es un hallazgo. La autora de P habla de lo que un hombre es capaz de hacer por sí mismo y de saber de sí mismo, llegados el lugar, el día y la hora exactos. Por supuesto, eso de lo que un ser humano es capaz de hacer, tiene consecuencias inmediatas y futuras, no previstas, incómodas, pesadas. La historia de un lugar es también la consecuencia de lo que un hombre decide hacer. Decisiones tomadas a la ligera y peor aún, consideradas a la ligera, en el mejor de los casos. Lo digo a la ligera, como un Rashomón lector que se pone de un único lado del relato: el lado P. Para contar algo así hay que ponerse de un lado o de otro, lo neutral se hace imposible.

Los hombres y mujeres que hemos nacido en Cuba a partir de la década de los sesenta, no sabemos lo que es nacer y vivir en una cárcel hasta que no salimos de ella. Al salir nos damos cuenta de que habíamos nacido y vivido prisioneros, en un agujero, sin tomar decisiones. Aquello tan simple de poder elegir no es efectivo en un país como Cuba. Uno puede elegir volverse cristiano, volverse musulmán, volverse zen, volverse pirata, volverse árbol, ponerse a parir, ponerse a escribir, buscar la paz interior y encontrarla, pero fuera de ese interior corporal y espiritual uno no puede elegir mucho más. Lo que en cualquier país depende de muchísimos y diversos factores, en Cuba solo depende de un órgano político llamado partido.

No te conozco, Catherine. No tengo contacto con las reclusas; apenas sé que estás en la cárcel de enfrente. Tu idioma no es el mío. Otra cosa es el lenguaje.

Al entregarme su libro, en espacio libre situado bajo la sombra de un tamarindo que pare tamarindos todo el año, María Cristina Fernández me dijo: «No, la P no es de lo que imaginas. Esa P, sobre todo, es de poesía». Mi p de pregunta sería: ¿cuál poesía? Pregunta capciosa y malograda la mía, que comete desliz. «Estoy leyendo el libro de una escritora cubana que no encaja en la etiqueta Literatura Cubana», le dije a una amiga que vino a mi casa. «¿Por eso te gusta?», preguntó mi amiga.

Al decir aquello, de cierta manera, yo pensaba en la combinación fatal: lo cubano en lo extranjero, lo extranjero en lo cubano, lo cubano en lo cubano, lo aburrido, lo político, lo patético, lo trascendente, lo equivalente, lo omnipresente. Frente a mí, sin embargo, manaba un flujo sanguíneo narrativo como las venas de arriba de mi mano, la llanura donde empiezan los huesitos de los dedos. Besarse la propia mano porque te falta lo que quisieras besar: padecimiento.

El sargento, que tiene más cara de cárcel que todos los lunes juntos, nos grita que hagamos un redondel. Tenemos que quitarnos desde la camisa hasta los calzoncillos. Nos hacen sacar la lengua, nos revisan detrás de las orejas, tenemos que abrir las piernas, levantar cada una por separado, alzar el mandado, doblarte hacia adelante, toser.

A mitad de P nos damos cuenta de que significa precisamente eso: palabra. Solo la palabra hecha distanciamiento, entendimiento, agradecimiento, logra estabilizar lo zarandeado, lo endeble, lo duro y bruto, en apariencia. Es la palabra quieta, femenina, suave, delgada, de una mujer quieta, femenina, suave, delgada, lo que que detona la escritura en sí, el hilo de una historia depredadora, lenta: pantano.

Los cocodrilos, cuando cazan una presa más grande que sus mandíbulas, la despedazan y guardan bajo una planta de orilla, en espera de su desintegración. Al desintegrarse, puede ser devorada más fácil. Recordar que Miami y aledaños fueron construidos sobre un pantano quieto, no femenino ni suave ni delgado, pero sí quieto y protuberante, en cocodrilos.

Lo restriego contra los pezones, me doy masajitos en la vulva, los labios todos, lo hago reconocer el canal apretado de mis glúteos. Cuando siento que mi clítoris está lo bastante hinchado, me introduzco el émbolo divino.

Llegué a creer que la mujer, el preso-hembra de una penitenciaría en el fin del mundo de Miami, no tendría valor, cabida, en un discurso P. Muy por el contrario, el cuerpo y la conciencia femeninos, superdotados, nunca podados, despliega su pasión y su deseo con toda la pasión y el deseo de la sobrevivencia. Junto a lo femenino, también, lo religioso. La fe ciega en lo perdido. Proliferación de Miami en el relato íntimo. Tal vez un género nuevo, para leer en espacios pequeños, olvidados, espacios donde cabe siquiera lo vital: proliferación íntima.

El amor es una serie de malentendidos e ilusiones que no llegan a realizarse.

Un ser humano en cautiverio es lo contrario de sus semejantes.

La esposaron, sí, pero no como a un criminal sino como a un ser humano. No sé si ella pudo captar la diferencia. Aún con estas gafas oscuras puestas yo puedo ver que este país es grande.

Dios bendice a América pero no bendice a la cárcel de Miami, que es más América que América. Una cárcel llena de prisioneros que vinieron a los Estados Unidos a desintegrarse, como la presa de un cocodrilo con la mandíbula menos grande.

«Otra cosa: el otro día, cuando te dije que las historias contadas en P no son testimoniales, no quería decirte que no tengan un trasfondo vivencial. Pero digamos que son testimonios poéticos, no buscan la verdad, buscan lo verdadero, y eso no puede escapar a nuestro filtro emocional. La justicia vería estos casos de un modo muy distinto a como los ve mi justicia poética.»

Te he dicho que la Florida es el tercer estado con mayor número de encarcelados en todo el país y tú has abierto los ojos azorada.

Insisto en la historia completa, redonda, de un espacio cuadrado con sillas (pupitres) donde se sientan los cuerpos en penitencia perpetua, a escuchar a una mujer exiliada, blonde, que parece un ave exótica salida de un ghetto ruso, austriaco, búlgaro, europeo, judío, cualquier cosa menos latina. Ah, la P constante: cuerpos no son personas. Me acuerdo de un poema de cabecera que encaja en todas las posiciones. El fragmento de un poema de Anne Sexton que no por casualidad se llama Balada de la masturbadora solitaria: «El final de la aventura es siempre la muerte. Ella es mi taller.»

Insisto en el carcelero como otro tipo de prisionero, uno que no sabe bien quién es, uno que sabe, principalmente, que prefiere no saber. La mujer que va a la cárcel y conversa con los presos y habla de motivos que los presos agradecen, por ser motivos únicos de la imaginación, palabras, palabras, palabras, es prisionera de un trayecto que hace regularmente y que no puede dejar de convertir en pensamiento. Al salir de la cárcel llega a su casa. Se da cuenta de las pertenencias que los presos de la cárcel no poseen: hijos, marido, una gata, aire acondicionado, restaurante, Internet, trayectos, Miami. Quien dice pensamiento, dice falta de pensamiento.

Y entonces debo recordarme a mí mismo que usted es la maestra y que yo aún estoy preso, pero sobre todo que usted, aunque tenga ese aire bohemio, no es mi madre.

El hombre que mata a su propia madre es el mismo que luego verá a su madre en esa mujer amable que viene a leer poemas, que se queda de pronto callada sin saber qué decir, hallando en esos hombres y en esas mujeres esquirlas luminosas, fracciones de espejos rotos que reflejan la luz.

El hombre que se enamora de la hija de su esposa, que la cuida de otros hombres que la podrían amar, es el mismo que verá a su hijastra en esa mujer amable que viene regularmente y no pregunta, no increpa, no culpa, solo abre los ojos y los labios, proporcionando paz.

La mujer abandonada que escribe poemas sobre flores entre cuatro paredes sin ventilación es la misma que no sabe por qué está ahí, entre cuatro paredes sin ventilación, encerrada como un animal que no necesita ni flores ni poesía.

La causa, al parecer, tiene que ver con haber violado esa frontera que la sociedad demarca entre los hombres maduros y la materia pulposa, escurridiza, de las niñas capullo.

El siguiente listado de palabras, ordenado como párrafo, no aparece en la novela P, de María Cristina Fernández, publicada por Ediciones Furtivas en el mes de agosto de 2020: El sistema penal en los Estados Unidos es el encargado de reducir y procesar los delitos cometidos dentro del territorio. Así mismo, su función es asegurar el óptimo funcionamiento de los organismos e instituciones penales, su desempeño y resultados. Garantizando de esta manera, protección a la ciudadanía, prevención de futuros daños y paz social. Los delitos penales pueden ser procesados tanto por el Sistema Penal, como por el Estado, según su naturaleza. Estas instituciones tienen principios medulares del derecho penal que establecen la ecuanimidad en procesos de investigaciones, estatales y federales.

Poner en tela de juicio al sistema de justicia norteamericano sería yute, poliéster, nylon, nunca jamás algodón. ¿Cómo se logra eso: poner en tela de juicio a la propia justicia establecida? ¿Cómo se logra, no siendo fácil ni siquiera intentarlo, salir de guatemala para entrar a guatapeor?

Yo les hablé de las cigarras y uno de ustedes mencionó que pasan 17 años bajo tierra.

Diecisiete es luna en la charada y diecisiete es San Lázaro en la misma charada. Aficionada a leer lo que no es, leo luna y leo San Lázaro. Leo diecisiete capítulos de un libro pacífico en las palabras, pero no en el pensamiento. ¿Son pacíficas, acaso, las palabras desorbitantes? ¿Son pacíficas, acaso, las familias de palabras? ¿Es pacífica la P? Palabras sacadas de un bosque o de un desierto, los opuestos son iguales. Diríase perenne, diríase pozoseco.

El libro reprime un dato que en literatura es irrelevante: el dato principal. Los detalles, las fechas, los nombres y lugares, la sangre, los órganos, las horas, los minutos, no existen. Lo perenne es el cielo, sin sol, sin luna, sin cielo. Lo perenne es la persona.

Un escritor cubano que vino cuando el Mariel y le pasó lo mismo que a mí y a tantos otros, que nunca encontramos por dónde le entra el agua al coco.

La condición de emigrante e inmigrante no exonera de la cárcel, por el contrario, la facilita.

Mi padre decía que un hombre debe ser agradecido como el azafrán.

La P de persona, padre, de padrastro, de patrimonio, de patrocinio. Cuando la patria es la cárcel, queda anulada.

¿Cuál es la moneda que circula en el país de la Diáspora? ¿A qué le tenemos tanto miedo, Marilyn, si ya una vez lo perdimos todo?

Una presencia poética, política, preferida, de la poeta exiliada Cristina Peri Rossi, cierra el libro con broche de persona, con pisapapel. La P de pérdida.

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Publicado originalmente en El Estornudo

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Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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