Mi nombre es José Antonio (I)

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José Antonio, Odisleidi y Flavia / Foto: El Estornudo

Por Darío Alejandro Alemán

Con la cabeza recostada sobre la ventanilla del tren, José Antonio miraba en silencio la veloz sucesión de árboles, lomas y matojos que pasaban ante él. Aunque pocos, hay días en que puede quedarse así durante muchas horas, concentrado en un punto cualquiera, igual de inmóvil y callado que una estatua. Esta era una de esas veces y, si no hubiese sido por las ganas de ir al baño, el hambre y la sed, se habría quedado cosido a su asiento todo el tiempo que tardó el tren en la ruta La Habana-Santiago de Cuba.

Sentada a su lado iba Odisleidi, su madre, quien a ratos se inclinaba y sonreía satisfecha al verlo ensimismado, y luego se dejaba caer sobre el espaldar. José Antonio rara vez había visto a Odisleidi reposar tan plácidamente, sobre todo en esos últimos años en que de repente se volvieron inseparables. Para él, lo más común es verla preocupada o triste. Cuando esa aflicción dura varios días, ella comienza entonces a respirar agitada, como si le doliera el pecho, y a decir cosas que él no logra comprender.

En ocasiones, Odisleidi se le sienta delante y lo observa muy fijo. Después hunde la cabeza, la mirada clavada en el suelo, y luego la alza de súbito, descubriendo así sus ojos vidriosos y rojizos. Le siguen los labios apretados, la retención del agua que hace por escapársele de la nariz y una mirada esquiva. En esos momentos pareciera que intenta escapar de allí. Entonces rompe a llorar, mientras José Antonio la observa impávido.

También hay veces en que la depresión constante desata a una Odisleidi huracanada y torpe, casi histérica, que lo toma con fuerza del brazo y lo lanza sobre el sofá de la casa para soltarle una serie de gritos interminables. El último de estos encuentros había sido muy reciente, cuando José Antonio encontró unos pomos plásticos y decidió verter su contenido cremoso en el tanque del agua hasta ver cómo se formaba en la superficie una curiosa espuma repleta de burbujas. Ese día su madre se enojó como nunca, y Flavia, su hermana pequeña, lo fulminó con la mirada y lo castigó con su silencio durante varias horas. Eran unos ojos rencorosos los suyos, demasiado hostiles para una niña de siete años.

En el tren, en cambio, las cosas iban de maravilla. Odisleidi tuvo tiempo de echar una siesta y entablar después una larga conversación con la mujer que ocupaba el asiento más cercano a ellos. A la plática amistosa se sumó más tarde otra señora, un poco estirada ella, cuyo asiento quedaba en la parte delantera del vagón. Iba junto a un grupo de niños habaneros con sus respectivas madres. Viajaban a una competición infantil de boxeo en Santiago de Cuba.

–¡Lo que tú dices no puede ser cierto! ¡Revísate, que algo hiciste mal! –gritó de pronto la señora estirada, y todos, excepto José Antonio, se voltearon hacia ella.

–Oiga, usted no puede decir eso. Usted se ha metido en nuestra conversación y no puede venir así, a discutirle a ella su realidad –contestó la otra mujer.

Odisleidi, incómoda y con los músculos de la cara contraídos, se mordía la lengua para no contestar.

–¡La discuto y bien, porque es mentira! ¿Cómo va a decir que nuestro gobierno, ¡la Revolución!, ha dejado desamparado a un niño discapacitado?

José Antonio apenas parecía sentir la algarabía del vagón. Pasó el resto del trayecto pegado a la ventanilla, con la mirada extraviada en el horizonte. Sus ojos siempre abiertos, de pestañear demorado, no revelaban nada racional.

***

Flavia tiene piojos. La cabeza le pica y se rasca con desespero hasta dejar las liendres visibles sobre el pelo afro desaliñado. Sus compañeros de aula padecieron lo mismo, pero ya están curados. La maestra permitió que todos volvieran a clases excepto ella. Lleva casi dos semanas sin ir. En casa, juega con el móvil de su madre, y en las tardes, cuando sus amigas llegan de la escuela, corretean entre las casuchas del asentamiento de San Francisco de Paula, en San Miguel del Padrón.

La ansiedad le despierta el apetito. Odisleidi le dice entonces que almuerce un pan con fritura, pero que mastique más y coma menos, pues está demasiado gorda para su edad. Flavia refunfuña, traga despacio y le pide salir a dar una vuelta.

–No. Usted ahora se queda en la casa, que no puedo andar pendiente de ti por allá afuera y de tu hermano a la vez –determina su madre, y la niña, malhumorada, se tira en el sofá con los brazos cruzados.

Flavia quizás piense entonces que José Antonio, aunque su madre diga lo contrario, es un gran contratiempo para ella. No puede salir porque Odisleidi debe vigilarlo a tiempo completo, no puede comer cuanto desee porque hay que guardar para él (quien con su cuerpo alto y delgado de 19 años parece tener siempre un hambre voraz), no puede saltar o jugar dentro de la casa porque a José Antonio le molesta su risa y comienza a gritar y a destrozarlo todo cuando la escucha. La vida de Flavia nunca ha sido suya, sino un apéndice maltrecho sometido a la voluntad caótica de su hermano.

Si por lo menos ya no tuviera liendres, podría volver a la escuela y alejarse de los regaños que casi siempre caen sobre ella y no sobre su hermano, pero él vertió en el tanque del agua los pomos de champú antipiojos y por el momento no hay dinero en la casa para comprar más. Aquel día hubo que vaciar el tanque a expensas de quedarse sin qué beber o con qué bañarse. José Antonio recibió una reprimenda y Odisleidi, cansada, pasó el resto de la tarde con continuas faltas de aire y pocas ganas de hablar. Flavia se acercó para intentar alegrarla, pero la encontró inusualmente arisca y de muy mal humor.

A diferencia de sus amiga de aula, ella nunca ha salido a pasear con su madre, salvo para comprar keratina en La Habana Vieja que luego Odisleidi revende. Suelen ser viajes cortos, con su madre obligándole a andar rápido para llegar lo más pronto posible a casa. Aunque no importa cuánto se apresuren. Al regreso encontrarán algo roto, sucio o fuera de lugar y a José Antonio muy tranquilo, como si no hubiese hecho más que estar sentado en el sofá con la mirada perdida y la boca entreabierta.

A Flavia su hermano la golpea sin razón y desbarata sus cosas. Su madre se destruye paulatinamente, y cada día alberga menos fuerzas.

–Cuídalo, porque nadie pide nacer así, y aunque tenga el cuerpo de un hombre, es tu hermano menor y en su mente nunca dejará de tener dos años –suele decir Odisleidi para persuadirle de no buscar un responsable por sus piojos, por las noches sin dormir, o por la lejanía de su otro hermano, al cual no ve hace mucho.

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José Antonio y su hermana Flavia / Foto: El Estornudo

Si José Antonio fuera consciente de cuanto hace, si la razón asomara un día por su cabeza, todo sería más fácil para Flavia, quien, con sus siete años, solo puede atinar a responsabilizarlo a él. Sin embargo, cierta vez escuchó una conversación que le hizo dudar un poco. Ese día, alguien le preguntó a su madre:

–Pero si tuviste un hijo así, ¿por qué decidiste tener más?

Y Odisleidi, muy resuelta, respondió:

–Porque necesitaba sentir lo que es ser una madre normal.

***

A veces Odisleidi Delis Brook prueba cerrar los puños con todas sus fuerzas. Es capaz de hacerlo tres y cuatro veces seguidas, antes de terminar extenuada. Dice que hace mucho –tanto que hasta ella parece haber olvidado la fecha aproximada– un médico le diagnosticó osteocondritis cuando comenzó a sentir dolores en la caja torácica. El médico explicó que la causa podría ser un sobre esfuerzo físico constante y que, de mantenerse esto último, quizás sufriera otros padecimientos a largo plazo.

Odisleidi ha frecuentado más centros de salud que cualquier persona promedio. Conoce muchos, desde simples policlínicos hasta las salas de ingreso de disímiles hospitales en varias provincias del país, pero sobre todo por su hijo. Desde que se establecieron de manera definitiva en La Habana, las visitas a estos centros se han multiplicado. En ocasiones van los dos, pero la mayoría de las veces prefiere ir sola.

–Aunque si lo dejo con su hermana puede pasar una desgracia, como ha pasado. Cosas muy feas que es mejor no contarlas. Y si lo dejo completamente solo, también es un riesgo. Temo regresar un día y, ni que Dios lo quiera, coño, encontrarlo muerto –dice, y busca en la sala alguna superficie de madera donde golpear con los puños.

Odisleidi, José Antonio y Flavia viven en una casucha de madera rodeada de otras similares –y muy pocas de mampostería, generalmente toscas y carentes de pintura– construidas al costado de una polvorienta calle sin asfaltar, la cual nace a los pies de una porción de la Carretera Central ubicada en San Miguel del Padrón. Fuera de las casas y la arenilla caliza de la calle, solo hay un paisaje campestre extendido hasta el horizonte y altas torres metálicas unidas por los gruesos cables del tendido eléctrico. A diferencia de Odisleidi, quien logró salir de su natal Palma Soriano y encontrar residencia en la capital, muchas de las familias que habitan el asentamiento lo hacen ilegalmente. La zona a veces parece tierra de nadie, una comuna de emigrantes sentados al sol, conversando mientras sus hijos juegan entre los callejones formados por la disposición de los llegaypones alzados.

La casa es pequeña, de paredes de madera reforzadas con algunas planchas de metal y el piso de cemento fundido. En la sala, atiborrada por un sofá, un refrigerador arrinconado y dos sillones, apenas queda espacio para caminar. Hay en la entrada una única puerta, y el resto de los compartimentos se dividen por trozos de tela gastada que caen de los marcos a manera de cortinas. No es un lugar oscuro, al menos no de día, cuando el sol se cuela por las múltiples separaciones entre las tablas de la pared. El cableado cuelga peligrosamente entre las esquinas como una tendedera, y Odisleidi teme que un día, mientras esté en la calle o ante cualquier descuido suyo, José Antonio tire de él y termine electrocutado.

En las tardes ella se recuesta en su sofá, se conecta a las redes sociales y consigue –mediante efectivos trucos– que extranjeros que solo la han visto en fotos le recarguen el móvil. Luego vende el saldo. Mientras, con el rabillo del ojo mantiene una estricta vigilancia sobre cada gesto de su hijo.

–En mi vida nada es normal. No es normal cargar con esto sola ni vivir prácticamente encerrada, no es normal cómo sucedió todo para llegar hasta aquí, no es normal que yo tenga otro hijo y no lo vea hace meses –dice.

En los últimos 19 años se ha desdibujado todo: su juventud, sus recuerdos, la idea de la dignidad, la culpa, el tiempo mismo. Necesita arrancarse la responsabilidad que tanta gente ha descargado sobre ella de las peores maneras. Primero su madre, y hace dos meses, aquel doctor que la recibió en el policlínico cuando fue a iniciar el papeleo y los exámenes médicos necesarios para ubicar a su hijo en un centro interno de salud mental.

–Pero, mamá, ¿tan rápido quiere usted deshacerse de su hijo? –siente que escucha una y otra vez.

II

A finales del 2004, José Antonio aún descansaba en la misma vieja cuna que lo recibió a su llegada del hospital materno. Puesta sobre unos ladrillos que le servían de patas y ubicada a un metro de la cama de su madre, la cuna parecía cada vez más un destartalado corral de granja. El colchoncito tampoco había sido cambiado y por la escasez de pañales y las frecuentes orinadas del niño, mostraba incómodos abultamientos y destilaba un ligero olor a amoniaco.

Por entonces vivía junto a su madre y su abuela, los tres en casa de esta última: un inmueble grande y en buenas condiciones, allá en Dos Palmas, un reparto casi rural del municipio santiaguero de Palma Soriano.

Esa mismo año, Fidel Castro comenzó en La Habana un proyecto llamado Revolución Energética. Ahí mostraba en televisión, cada cierto tiempo, el funcionamiento de equipos que racionalizarían el consumo eléctrico en las viviendas. Los electrodomésticos –ollas arroceras y «reinas», principalmente– se vendieron a precios módicos, pero como no alcanzaban para todos, priorizaron a quienes acumularan méritos políticos. La madre de Odisleidi destacaba en esa emulación, por lo que la hija recibió alegre a los trabajadores sociales.

–Miren las condiciones en las que duerme mi hijo. Su padre acaba de terminar los estudios y yo pedí una licencia, pero tuve que dejar la universidad para cuidarlo. Mi madre es la que nos mantiene y ella tiene méritos. Ella es del Consejo Popular y militante del Partido. ¿Es verdad que también están repartiendo colchones?– dijo ella, luego de llevarlos ante la cuna de su hijo.

Los trabajadores sociales asintieron.

–¡Ay, entonces acuérdense de mí! Un colchoncito es lo que pido para el niño, que está muy mal. Tiene una cosa que se llama Síndrome de West, que es para toda la vida. ¿Ustedes se acordarán? –continuó.

Hasta el momento, Odisleidi apenas había logrado que a su hijo le asignaran una pensión de 62 pesos cubanos que luego perdería por haber cambiado de residencia, según los funcionarios encargados de asistencia social. Ella no reclamó el dinero ni reinició los trámites, pues aquello le parecía mendigar una miseria. El colchón jamás se lo asignaron, ni ninguno de los electrodomésticos prometidos por Fidel Castro en sus apariciones televisivas. Al investigar las razones, tristemente descubrió que los trabajadores sociales habían encuestado a los vecinos sobre su situación, y estos, en su mayoría, respondieron: «Ella no necesita nada, solo mira la casa que tiene».

Casi dos años antes, José Antonio parecía un bebé normal. A los seis meses comenzó a sufrir espasmos esporádicos que el médico de la zona no supo diagnosticar, aunque recomendó llevarlo a un especialista en la ciudad de Santiago. Así se hizo.

Ella comenzó a vigilarle hasta el sueño y a administrarle los medicamentos que los pediatras indicaron en cuanto consensuaron un diagnóstico: Síndrome de West. La capacidad motora de José Antonio se vería limitada y su vida, la de la madre, cambiaría drásticamente. Un año después, José Antonio no había perdido capacidad motora alguna, y los espasmos, en vez de aminorar, aumentaron. Prolongadas y frecuentes convulsiones. Confundida, Odisleidi consultó a otro pediatra:

–Él no tiene problemas de movilidad. Todo lo contrario, está siempre muy intranquilo. Pero hay algo que no es normal en él, no sé, es algo raro, como que no evoluciona, no se comunica, no aprende nada, ni siquiera ha intentado decir su primera palabra. Es como si hubiese nacido ayer, solo que ha crecido.

La doctora no supo responderle. Solo le pidió, a pesar del riesgo, que suspendiera los medicamentos. Milagrosamente, el niño jamás volvió a convulsionar. Durante el siguiente año Odisleidi siguió tratando el Síndrome de West de su hijo hasta que un neurólogo, avergonzado por la ineficiencia de sus colegas, le confesó:

–El niño no tiene Síndrome de West. Tal vez los medicamentos pudieron afectarlo un poco. En realidad, padece de retraso mental severo y es probable que la causa esté relacionada con lo que pasó el día del parto.

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Foto: El Estornudo

Uno de los grandes dramas de la condición específica de José Antonio es su incapacidad de expresar el pasado, lo cual equivale a no tener pasado alguno. Su propia existencia es agua que se escurre entre las manos. El relato de su vida, que es su vida en sí, no le pertenece. Solo habita la memoria de su madre. Aunque supere los 1.75 metros de altura y sobre sus labios asome un discreto y perfilado bigote, José Antonio siempre será como el pequeño niño aquel que se orinaba todo el tiempo en una vieja y rota cuna con patas de ladrillos.

***

Hace unos días, corriendo en chancletas por los alrededores de su casa, Flavia se cortó cerca de la planta de uno de los pies y debieron coserla con urgencia. La herida vino a sustituir las caries que recién le habían provocado un fuerte dolor de muelas y la hinchazón de su cara. Ahora, al menos, no tiene piojos, pero ya da igual. De todas formas, con o sin piojos, no puede ir a la escuela desde que suspendieron las clases como medida para reducir los contagios por coronavirus.

Su abuela materna lleva ya más de un mes en casa, junto a ellos. Ha venido en tren de Santiago para ayudarles. Trajo más comida que ropas en el equipaje. También tenía la intención de pasar unos días en La Habana, pero la visita se ha extendido –y se extenderá– desde que cerraron el transporte interprovincial. Atrapada en la capital, la madre de Odisleidi dice estar desesperada por regresar a Dos Palmas. Sin embargo, su hija parece muy contenta de tenerla cerca. Por primera vez en mucho tiempo, y con su madre vigilando a los niños, Odisleidi puede dedicarse a sí misma y salir por la comunidad, aunque sea para apoyar a la enfermera que reparte de puerta en puerta las soluciones homeopáticas recomendadas por las autoridades de salud.

Desde que vino a La Habana, hace más de un año, Flavia jamás había pasado tanto tiempo con su abuela materna, una señora demasiado seria que parece estar siempre ocupada. Fuera de su madre y su hermano, la persona con la que más ha compartido en la capital es su otra abuela, que vive en el lejano reparto San Agustín, en La Lisa. Esta última suele acogerla unos pocos días en su casa, casi siempre fines de semana, cuando José Antonio entra en crisis y comienza a dar más problemas de los acostumbrados. Flavia recuerda que la vez que más tiempo pasó en San Agustín fue cuando su madre enfermó como nunca antes: primero con dolor en el cuerpo y decaimiento, luego siguió la fiebre, y finalmente unas pequeñas erupciones, como sarpullido en los brazos y el cuello. Por suerte, en una semana su mamá se repuso y ella volvió a las polvorientas calles del asentamiento.

En el último año Flavia no ha visto a su padre. Él está de «misión en Venezuela», según su mamá, y allá seguirá por unos pocos años. Mientras tanto, su único vínculo con la niña es una pensión de 200 pesos que Odisleidi acepta de mala gana.

–Él es tan perro, ¡pero tan perro!, que sabe de mi situación y no es capaz de comprarle un par de zapatos a su propia hija. Él se limpia como Poncio Pilatos. Yo le hablé y le dije que convenciera a su madre de que se llevara a la niña un tiempo para terminar de resolver lo de José Antonio, y solo me dio excusas, de que si su madre era hipertensa, de que no estaba para cargar con una nieta a tiempo completo y qué se yo cuántas cosas más.

A Flavia y José Antonio también los une la frialdad y la lejanía de sus respectivos padres. El afortunado de la familia tal vez sea Kristell, el menor de los tres, que vive en Oriente con su papá desde que José Antonio casi lo matara al lanzarlo de una escalera. Odisleidi suele hablar durante largos ratos de Kristell. Lo extraña mucho y Flavia, aunque no lo conoce tan bien, ha comenzado a hacer suya parte de esa nostalgia. El eje de la vida de Flavia, todo cuanto puede compartir, es su madre. José Antonio, pese a tener momentos en los que parece reconocer a su hermana como tal, no comprende muy bien los vínculos que lo unen a ella. Kristell sí lo haría. Con él al menos podría jugar.

***

A las cuatro de la tarde del 7 de febrero del 2001, Odisleidi, con las piernas abiertas sobre la camilla del hospital, intentaba obedecer las órdenes de los médicos que la acompañaban. «Respira. Puja», decían. El parto se había extendido más de lo esperado y ya le quedaban pocas fuerzas para continuar. Siempre va a recordar el intenso dolor de aquel momento, como un trauma enquistado que solo fue la obertura de otros dolores menos violentos pero más terribles.

Los médicos le habían inyectado varias soluciones para que dilatase, pero aún no lo lograba. El niño era bastante grande y la opción de la cesárea había sido descartada. Un parto natural, dijeron, era lo mejor. Sin embargo, el nacimiento se había postergado hasta límites peligrosos, por lo que en el hospital decidieron inducir el parto a toda costa. Justo las 4:15 de la tarde, José Antonio fue retirado del útero por un fórceps que le jalaba del cráneo. Odisleidi, sudorosa y agotada, al borde del desmayo, se dejó caer en la camilla. A su alrededor todos parecían correr de un lado a otro.

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José Antonio y Flavia / Foto: El Estornudo

Antes de ingresar al hospital materno, Odisleidi estudiaba el segundo año de Ingeniería Agrónoma en la Facultad Agroforestal de Montaña de Sabaneta, en Guantánamo, donde conoció a su primer novio. Jamás volvería a la universidad, pero luego aprendería algo de inglés e italiano, lo que terminaría salvándola de la indigencia.

El 8 de febrero en la mañana Odisleidi aún no había visto de nuevo a su hijo, quien padecía, según le dijeron los médicos, unas faltas de aire que no debían representar nada grave. Llegó por su cuenta al salón de neonatología y encontró que la ficha médica de José Antonio hablaba de «pronóstico reservado».

–Mire, mamá –dijo la pediatra–, usted no puede ver al niño. Está mal, muy grave, y es posible que muera en los próximos días. La verdad es que no hay muchas posibilidades de que se salve.

Hubo que sedar a Odisleidi después de eso. El delicado estado de salud de su hijo fue atribuido a un supuesto enredo del cordón umbilical en su cuello, una versión que no la convenció. Ahí llamó a un primo suyo, en ese entonces secretario de la Unión de Jóvenes Comunistas en Palma Soriano, para que investigase sobre lo ocurrido. Días después llegó de Santiago de Cuba un grupo de médicos para realizar una inspección, y esta concluyó que José Antonio había sufrido hemorragias intracraneales. Un TAC lo confirmaría luego.

¿Por qué no una cesárea?, le preguntó Odisleidi a su madre, no porque esperara una respuesta, sino para descargar su impotencia.

–Yo se los dije a los médicos en su momento –contestó ella–. Yo también les insistí, pero ellos me dijeron que la norma es usar la cesárea en casos de emergencia, cuando ya no queda otra opción. Me dijeron también que una cesárea es muy costosa, que lleva demasiados recursos que el hospital y el país tienen que ahorrar.

III

José Antonio sufre no una, sino dos hemorragias intracraneales durante el parto. Dos vasos sanguíneos, encargados de llevar oxígeno y nutrientes al cerebro, se dilatan hasta reventar. La sangre entonces se expande, atrapada entre las paredes de hueso, y aumenta la presión sobre un cerebro ya al borde de la asfixia. Muchas células del sistema nervioso mueren. Otras no pueden comunicarse entre sí ni con el resto del cuerpo.

Un pequeño desajuste revuelve la complicada maquinaria biológica del recién nacido y el daño, al menos de forma inmediata, resulta aleatorio e imposible de predecir en su magnitud. Como sea, la pérdida será prácticamente irreversible; ya sea del habla, la memoria, el movimiento o todas estas juntas.

Pudo, incluso, haber perdido la vida. José Antonio no llora en manos de los médicos porque la falta de oxígeno en el cerebro le adormece.

Según varios estudios en pediatría y obstetricia, el parto traumático es el mecanismo productor de hemorragias intracraneales más frecuente en los niños no prematuros(1). Un parto traumático capaz de causar esta afectación puede deberse a un parto vaginal forzado, a uno prolongado, al uso de fórceps o a la extracción en vacío(2). En los casos en que ambas vidas entran en riesgo, se prioriza siempre a la gestante.

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José Antonio y su madre, Odisleidi / Foto: El Estornudo

Dubravka Šimonović, Relatora Especial de las Naciones Unidas sobre la violencia contra la mujer, sus causas y consecuencias, reconoce en su informe de julio del 2019 que el término «violencia obstétrica» apenas ha empezado a usarse en materia de derecho internacional.

Desde 2015, gracias a la acción de movimientos feministas y grupos defensores de Derechos Humanos enfocados en la mujer, el tema ganó en importancia en debates públicos(3). En Irlanda, a raíz del fallecimiento de una madre y su hijo en una unidad de maternidad, una mujer llamó a una emisora radial para narrar su propia experiencia de maltrato, y dos semanas después más de mil mujeres también habían llamado a la emisora para contar las suyas.

La violencia obstétrica abarca desde la práctica de procedimientos sin el previo consentimiento de la paciente, hasta ofensas verbales, actitudes machistas y el maltrato a muchas madres de bajos recursos económicos que en algunos países, luego de parir, son retenidas en los hospitales hasta que no paguen por los servicios recibidos. No se trata de casos aislados ni puede decirse que únicamente responden a una hegemonía patriarcal, sino que también tienen como base la deficiencia de los sistemas sanitarios.

Según la Relatora Especial, «en el contexto de los servicios de salud materna y reproductiva, las condiciones y limitaciones del sistema de salud son causas subyacentes del maltrato y la violencia contra la mujer durante la atención del parto (…) Las mujeres se convierten en víctimas de sistemas de salud deficientes donde los servicios se planifican y gestionan centrándose en la eficacia en función de los costos y el tiempo».(4)

En Cuba, si bien no se ha tratado prácticamente esta cuestión como uno de los tantos tipos de violencia ejercida contra la mujer, se han realizado algunas investigaciones al respecto, por lo menos desde publicaciones científicas muy especializadas y poco difundidas. Una de ellas, perteneciente a la Revista Cubana de Obstetricia y Ginecología, expresa lo siguiente sobre al modelo del parto humanizado como solución a las malas prácticas médicas: «Ningún procedimiento debería existir simplemente por la comodidad del personal hospitalario. El parto humanizado requiere que todas las decisiones y procedimientos sean para el bien de la mujer, para servir sus necesidades individuales y deseos particulares».

Notas

  1. Hemorragia intracraneal en el recién nacido a término. Por Omar León Cuesta, Analiz de Paula Paredes, María H. Simón Cabrera, Miriam Musa Rodríguez, Jesús Juan Rodríguez. Publicado en Rev. Ciencias Médicas vol.10. no.1. Ene-abr 2006. Pinar del Río.
  2. Hemorragia intracraneal secundaria a trauma obstétrico en recién nacidos. Por Gregory Torres Palomino, Gabriela Juárez Domínguez, Manuel Guerrero Hernández, Lucía Méndez Sánchez. Publicado en Rev. Anales Médicos vol 60. no 4. Oct-Dic 2015 p.273–277 México.
  3. Realmente Latinoamérica ha sido pionera en el tema. Desde 2007 se han tenido experiencias sobre legislaciones contra la violencia obstétrica en varios países del continente. (Mirar detrás de la cortina verde. La experiencia de la violencia obstétrica en Contramaestre, Santiago de Cuba. Por May Yudith Serrano. Publicado en Batey: Revista Cubana de Antropología Sociocultural vol 11. no 13. 2018. p. 115–139. Santiago de Cuba)
  4. La mayoría de las experiencias recogidas por la Relatora Especial apuntan a un uso indiscriminado de cesáreas, hechas sin previo consentimiento de las madres, justificado en lo rápido y «seguro» del proceso y, a veces, también en su mayor coste de pago. En 2015, según datos de Truven Health Analytics, en Estados Unidos (por citar un ejemplo) la factura promedio para un parto natural fue de 30 mil dólares, mientras la cuenta total con una operación de cesárea podía llegar a los 50 mil dólares.

Publicado originalmente en El Estornudo

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