La verdad del imperio (poema)

Ciudad Prohibida, China

Por José Kozer

Es tradición, la muerte de un Emperador en China

viene precedida por

el número de peces

ciguatos que como

poco se duplican, y

sin embargo las

defunciones disminuyen.

Explicaciones no hay, muere el Emperador en tres

meses, alivio general

pese al luto del pueblo

si fue un desalmado,

atrición por muerte de,

caso raro, un Emperador

si fue munificente.

De buenos modales, curioso de las necesidades

ajenas, vestir modesto,

la Emperatriz su única

mujer, escogía sus

ministros entre los

sabios del Reino,

sueldo modesto,

no se atiborraba de

comer: sus jueces

se negaban a torturar,

y no prevaricaban.

Lástima que muriera tan joven, un pez ciguato

lo mató, tal vez lo

asesinaron, el

heredero reinó

unos meses en

absoluta fidelidad

a las instrucciones

del padre, sucumbió

a sus consejeros los

eunucos rijosos,

guerras cundieron,

subieron los impuestos,

el precio de un picul de

arroz alcanzó cifras

inaccesibles a la gente,

volvieron las hambrunas

entre los sometidos, la

destrucción del Reino.

Gloria a Buda, a Confucio, gloria al Dharma, las

Analectas, gloria a la

Sangha, los retirados

a las montañas, y

gloria en los campos,

zarzales, abrojos,

eriales, gloria a las

concubinas de los

serrallos (comen)

manos y piernas

atrofiadas de los

campesinos, palidez

de sus mujeres,

raquitismo de los

hijos, gloria al

Emperador, sus

ministros, la vuelta

a la normalidad.

***

Fragmentos del libro José Kozer: tajante y definitivo (Rialta Ediciones, 2020); entrevista realizada por el escritor Gerardo Fernández Fe

(…)

He estado leyendo mucho al neoconfucianismo, a los confucianos legalistas, sobre la lucha en el segundo período Han, el período Tang, el período Sung, entre el budismo, el taoísmo y el confucianismo, que son luchas por el poder, y lo que es memorable es ver cuando había un emperador realmente bueno, benévolo, inteligente, que aceptaba el asesoramiento, que pensaba, cómo el país funcionaba y respiraba. Cuando el emperador era un energúmeno — y tristemente la mayor parte de los emperadores lo fueron — , el país se ahogaba. Venían las hambrunas, el malestar, las rebeliones, toda la porquería que sabemos. (pp. 128–129)

Una puerta. Ciudad Prohibida, China

Mis primeros contactos en Nueva York son con libros como Los cien poemas chinos, traducidos al inglés por Kenneth Rexroth, que a mí me deja obnubilado. Me cae un best seller en las manos, un librito de poesía malísimo que se llama Why Do I Live in the Mountain, de un chino, probablemente apócrifo, escribiendo del chino recluso, y a mí todo eso me puede, porque mi fantasía de niño es también ya de recluso, monástica. Toda mi vida es la frustración de no haber sido un monje. Toda mi vida es eso. Mi vida, hasta el día de hoy, es haber tenido que aceptar que esta porquería que se llama «la poesía» interfirió con mi verdadera vida. (p. 161)

Yo puedo estar haciendo un poema donde hay una referencialidad, por ejemplo, oriental, con referencias concretas de cosas que he leído. Puedo utilizar al príncipe Morinaga, que aparece en el Manyōshū japonés, un personaje que me interesa mucho, a quien llamaban El gran príncipe de la pagoda. Bueno, puedo utilizar esta referencia, basada en unos textos que conozco de la primera antología imperial de la poesía japonesa del siglo VIII, yo puedo utilizar esto, ¿no?, y al mismo tiempo se me incrusta en el poema, con toda naturalidad, una serie de recuerdos «personales» que vienen de mi adolescencia cubana, y por qué negarlo si casa dentro del texto, si no está ni forzado, ni nace de un deseo de asombrar o de epatar al lector; no, es todo lo contrario, es natural. Yo no hago poesía desde fuera, yo no la hago de mí hacia el texto; la poesía se hace en mí, del texto en mí, no es ni siquiera hacia mí. Cuando yo hago un poema, yo no existo, y este es el momento más grato que paso, día a día, en mi vida, porque yo no quiero existir. Yo no necesito ya existir. (pp.167–168)

¿Por qué? No lo sé. Ahora, sí sé una cosa: estoy perdido. Estoy perdido como en esa cosa cubana que se llama: «en un bosque de la China, una china se perdió», que a Jorge Luis Arcos le gusta mucho y que dice que sintetiza muchas cosas cubanas. Estoy perdido en ese bosque de la China, como si yo fuera una china que se perdió. Quien se pierde en un bosque encuentra claros, y en esos claros descansa y reposa: esos son mis poemas. Quien se pierde en un bosque puede encontrar, o no, la salida, o puede salir de ese bosque para entrar en otro. Creo que esto es lo que me sucede todo el tiempo: salgo de un olmedal para entrar en un pinar, salgo de un pinar para entrar en un saucedal, y así toda la vida, como una palabra suscita otra, como un pensamiento suscita otro, como un poema suscita otro poema. (pp. 195–196)

*El crítico Pablo Baler y la escritora Legna Rodríguez Iglesias hablan sobre José Kozer y su poesía en El Estornudo.

Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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