Kit recuerda el costo de las cosas (en el Jardín de Bichos de Carl)

Por Lemis Tarajano Noya

Carl’s Critter Garden, Hanksville, Estados Unidos / Foto: Marisel Trespalacios

Íbamos camino a Moab desde Springdale, ambos en Utah. Tomamos el camino largo. Atravesamos cien millas de desierto por la ruta 24, un camino de pueblos fantasmas, creados y abandonados con el boom y la caída de la minería de uranio.

Desde hacía unas semanas teníamos planeado visitar Hanksville — población: 270 personas — , para caminar por Carl’s Critter Garden (Jardín de Bichos de Carl). Este parecía uno de esos lugares que no caben en ninguna descripción: no es posmoderno, no llega a ser un collage, ni es histórico, ni épico, ni pretende componer un rompecabezas, ni es decadente, ni glorioso, ni repetible.

Los bichos de Carl son soldaduras de viejos trozos de metal con forma de dinosaurios y criaturas fantásticas que tienen de uno a cinco metros de altura. De todas partes cuelgan mensajes espirituales, algunos hablan de Jesús, otros del Buda, un par son hinduistas. Llaman a la paz, a hacer el bien a otros viajeros, a amar y a cuidar la tierra.

Carl’s Critter Garden, Hanksville, Estados Unidos / Foto: Marisel Trespalacios

El jardín de Carl solía ser un motel de carretera de un solo piso de altura. Ahora está casi abandonado; frente a las habitaciones y dentro de ellas crecen plantas. Bajo la sombra de la veranda estaba Kit, quien se ocupa del lugar; vive con su hermano en las únicas dos habitaciones disponibles. En las mañanas se dedican a la agricultura; la jornada termina antes del mediodía pues las temperaturas del desierto pueden superar los 54 grados Celsius. Siembran y cuidan animales y tierras de otros por un sueldo.

Kit me cuenta que está retirado y que todo está demasiado caro. Recuerda que en 1958 tenía diez años y su madre lo mandaba a comprar gasolina a 32 centavos el galón. No comentamos nada al respecto, y él continuó haciendo un inventario de los precios de las cosas y su evolución con una memoria prodigiosa. Sabe cómo un paquete de cigarrillos llegó a costar 20 dólares en algunas zonas rurales, y cómo un galón de leche pasó de 95 centavos a siete dólares. Kit conoce el por qué: Nixon. Fue Nixon quien nos sacó del estándar del oro y disparó la inflación.

Carl’s Critter Garden, Hanksville, Estados Unidos / Foto: Marisel Trespalacios

Hablamos de los salarios, esos no suben a la misma velocidad, asegura. El salario mínimo ha estado estancado mientras el resto de las cosas se multiplica. Pero ahora quieren subirlo a 15 dólares la hora, nos dice, eso es demasiado, muchos negocios pequeños se irían a la quiebra si tienen que pagar tanto a sus empleados.

Unas horas después, cuando llegamos a Moab, una ciudad de cinco mil 268 habitantes, vimos una señal de empleo en un McDonald’s que anunciaba 19 dólares la hora. Pensamos en Kit y en esos negocios pequeños que muchas veces no pueden competir con estos salarios tan altos.

Kit nació en Massachusetts y su primer trabajo fue de lavaplatos; ganaba 1.25 dólares por hora. Ahora dice estar retirado y cuida el Jardín de Bichos de Carl. Carl es el dueño de la propiedad, un viejo que ama el desierto. Su familia tenía una gasolinera en Hanksville; fueron de los primeros pobladores en la zona. Ahora ni el hotel ni la gasolinera funcionan. Carl no es el artista; el artista falleció algunos años y le dejó sus bichos.

Carl’s Critter Garden, Hanksville, Estados Unidos / Foto: Marisel Trespalacios
Carl’s Critter Garden, Hanksville, Estados Unidos / Foto: Marisel Trespalacios

Las criaturas no son eternas; muchas han perecido debido al calor y las lluvias torrenciales, escasas pero destructivas, del desierto. Detrás del jardín hay un cementerio de bichos. Kit es quien los entierra. El hermano trabaja la madera y en algunas esquinas se encuentran sus piezas inconclusas. Lagartos expresionistas subidos en troncos tallados reemplazan a los muertos.

La propiedad está repleta de maquinaria rota o en reparación. Nos asegura que todo funciona; no es necesario comprar nada nuevo. Nos cuenta los costos de un tractor recién manufacturado según su marca; conoce las empresas, los equipos y los precios.

Un vecino del pueblo pasa por el jardín, y con deferencia le pregunta si puede regalarle medio galón de leche. Kit le dice que sí, lo toma y lo pone sobre una parrilla polvorienta a la entrada de su habitación. El hombre, vestido de cowboy, se marcha en su pickup.

Kit. Carl’s Critter Garden, Hanksville, Estados Unidos / Foto: Marisel Trespalacios

Nos quedamos en silencio en el jardín. Me tomo una foto con él. Luego mi pareja le toma otra a él solo. Hablamos sobre animales de granja: vacas, burros, caballos. Él habla lento, tomándose un descanso entre frases; cada par de palabras requiere una contracción que viene desde el estómago y se esparce hasta su pecho y espalda. Su voz es tranquila, su mirada sabia. Sabe de cine clásico, de Butch Cassidy y el Sundance Kid — héroes de la zona — , de historia y del desierto. Pasa horas inclinado en la cerca bajo el techo; sobre la baranda ha puesto un pedazo de espuma de poliestireno para recostar sus brazos sin lastimarse. Sus arrugas y su barba son una continuación del desierto. El esqueleto de una vaca cuelga a su lado.

Todo está cubierto de sol y el sol vacía todo: se lleva el agua, la energía, y deja fantasmas caminando sobre la arena. Caminar por el jardín de bichos es gratis, pero hay una caja para donaciones en efectivo. No tenemos dinero encima y preguntamos si podemos donar de otra manera. Kit se eleva desde su baranda y nos dice que podemos hacer una donación de silencio. Junta sus manos en posición de rezo y se inclina levemente ante nosotros. Lo imitamos.

Moab, Utah, Estados Unidos / Foto: Marisel Trespalacios

Publicado originalmente en El Estornudo.

Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.