José Manuel Prieto y el destierro autoral

José Manuel Prieto durante la presentación de Encyclopedia of a Life in Russia. Biblioteca Pública de Nueva York, febrero de 2013. Foto tomada de Facebook.

Por Melissa C. Novo

El segmento que logro ver del apartamento de José Manuel Prieto, en Nueva York, es impecable. Una luz blanca, limpia. Recorro sin estorbos la teatralidad de los adornos, la simetría entre un pequeño librero, al fondo, y los cuadros y las plantas. Al centro de la composición, ubicado en el punto de mayor fuerza de atracción visual, como si se tratase de una fotografía de Cartier-Bresson, ha aparecido Prieto, de traje ceñido, una vez que hubo contestado mi llamada. Conversaremos durante las próximas dos horas.

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José Manuel Prieto (La Habana, 1962) se doctoró en Historia en la Universidad Nacional Autónoma de México con una tesis sobre el terror de baja intensidad que reinó en la URSS de 1929 a 1953; pero antes había realizado una maestría en Ciencias de la Computación, en Moscú. Le interesaba la inteligencia artificial y su capacidad para apreciar el arte.

Regresó a La Habana a finales de los ochenta durante un corto período de tiempo, luego volvió a Rusia. Su destreza como narrador y su amistad con los escritores que más tarde fundarían Diáspora(s), le dieron un lugar en la revista clandestina que tanto alarmó a las autoridades culturales de la Isla.

La carrera literaria de José Manuel Prieto se consolidó fuera de Cuba. Él no fue una víctima directa de la vigilancia o la represión que sufrieron sus contemporáneos durante la década de los noventa. Aun así, Prieto es de los autores cubanos que tampoco figuran en el panorama editorial o promocional del archipiélago.

El Gobierno cubano, que además no mantiene una política transparente al respecto, discrimina y abofetea, censura y margina, ya sea porque tu nombre ha aparecido en una revista independiente a sus instituciones o porque eres un autor que publica, con éxito, fuera del país o que se gana una beca de la Biblioteca Pública de Nueva York.

Prieto, además, es de los autores cuya narrativa se aleja y se desplaza por completo de eso que podríamos llamar la «realidad cubana». Los textos suyos que aparecieron en Diáspora(s) eran fragmentos de futuros libros cuyos escenarios se desarrollaban o tenían que ver con Rusia; también publicó allí traducciones. Lo anterior evidencia que el Gobierno cubano nunca ha hecho distinciones entre la buena o la mala literatura, ni se ha fijado en los contenidos. José Manuel Prieto tampoco posee una ficha en la EcuRed. El único libro que publicó en Cuba es un texto fantasma, así como su obra posterior y su figura simbólica y real en lo literario.

También carga con la visión de fantasma, con un desplazamiento sometido, con el castigo del destierro autoral — que dice más de quienes lo practican que de sobre quienes recae — , que ha sido un mecanismo eficiente para que el Estado cuente a su antojo la historia literaria de la nación.

El «pecado» de José Manuel Prieto — además de no vivir en el archipiélago — orbita sobre su participación en Diáspora(s). La ilegalidad intrínseca que significaba la circulación de la revista, la libertad de contenidos y la autonomía de los autores modeló todo lo no permitido por la administración del poder en la Isla. Y, por ende, avocó su hundimiento.

Diáspora(s) es una prueba ejemplar, en el contexto de los noventa, del diálogo que el Estado cubano niega y prohíbe a sus ciudadanos. La revista significó un caso de agencia notable, pero con jurisdicción limitada, cuestión que era presumible. Le fue imposible romper las barreras de control estatal sobre el espacio público.

Que desde el Gobierno se considerara a Diáspora(s) como ilegítima e ilegal, que se presionara a sus miembros y se provocara su posterior sofocación, es otra prueba del control mediático y comunicacional ejercido por el Estado de manera estructural.

José Manuel Prieto. Tomada de Facebook.

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Mi conversación con José Manuel Prieto posee muchos centros. Es dueña de una lógica circular que me hizo pensar en el significado, como concepto, que solo se produce cuando las vivencias son reflexionadas y los hechos se encuentran con la corriente interna de la conciencia.

La conciencia del otro, escribió el sociólogo Alfred Schutz, es inaccesible. El que observa desde afuera solo tendrá la certeza de acceder a indicios, a inferencias; solo podrá interpretar a partir de una doble hermenéutica. Aun así, se trata de un camino lleno de luces.

Las vivencias de los otros, en este caso, ayudan a descifrar, a través del lenguaje, las características de la realidad objetiva y subjetiva que las instituciones cubanas han tejido, de manera consistente, para producir un universo simbólico y al hombre como producto social en el espacio físico del archipiélago.

— Escribo cuentos desde los 17 años. Me fui a estudiar a la URSS en el 81. Regresé a Cuba en 1986 y trabajé como ingeniero, en el Vedado. En 1989 volví a Rusia, por varias razones, y entre ellas porque me había casado con una rusa con quien tengo una niña.

A finales de los ochenta comencé a traducir literatura rusa para una revista que también circulaba en Cuba, Literatura soviética. La revista se publicaba en inglés, francés y muchas otras lenguas, y tenía detrás al mecenazgo del Estado soviético, tenía todo el dinero del mundo.

Recuerdo que fui a la redacción de la revista y me propuse como traductor. Para ese entonces había hecho traducciones de cuestiones técnicas y me interesó el asunto. Estaba la Perestroika andando y había una eclosión de publicaciones y de textos interesantes. Me aceptaron y comencé a trabajar a distancia hasta que la revista cerró.

Tiempo después entré al doctorado en estética teórica en la Universidad de Minsk, pero cuando cayó la Unión Soviética y se armó todo el desorden dejé el estudio. La vida en Rusia se había vuelto agonizante. Había mucho frío y me asaltaron en mi casa; por poco me matan. Estuve dos meses en un hospital.

Aproximadamente dos años más tarde, en el 94, me fui a vivir a México con la idea de hacer una carrera allí; por muchas razones: por la cercanía con Cuba, por la lengua, por la tradición de escritores cubanos que se habían ido a México. Conseguí trabajo en el CIDE [Centro de Investigación y Docencia Económicas], casi un milagro, como ayudante de investigación de Jean Meyer.

En la UNAM hice mi doctorado en Historia de Rusia, con gran enfoque en la literatura, porque utilicé diarios y memorias para hablar sobre el impacto del terror estalinista en la vida cotidiana, un terror de baja intensidad.

En México hice una carrera que, mirando hacia atrás, diría que fue meteórica. Gané la beca del Sistema de Creadores Mexicanos, soy miembro del FONCA [Fondo Nacional para la Cultura y las Artes]… México fue muy hospitalario; publiqué allí mi primera novela. Después fue que comencé a publicar en España, en Mondadori, en Anagrama.

Viví diez años en México hasta que me gané la beca de la Biblioteca Pública de Nueva York y vine a los Estados Unidos a escribir una novela. Al año me ofrecieron trabajo y me quedé dando clases como profesor de literatura.

Había estado diez años en cada país, pero ya llevo quince aquí. Me gusta Nueva York, tiene sus ventajas y desventajas. Para un escritor creo que es mejor vivir en un país donde se hable su propia lengua, pero esta es una ciudad interesante, atractiva, siempre hay cosas que hacer, súper estimulante, tengo un buen trabajo, sigo publicando, no me puedo quejar. Tengo una vida literaria activa.

Nunca antes habías visto el rojo (1996, Ed. Letras Cubanas) es el único libro suyo publicado en Cuba.

Publiqué, previo al libro, algún cuento en la revista Casa de las Américas, quizá en Unión, Naranja Dulce, también en el Caimán Barbudo. Pero como libro sí, ese es el único que he publicado en Cuba. Toda mi carrera la he hecho sin publicar nunca más en la Isla.

Para ese entonces había viajado a Cuba, en el 91 o 92, en visitas privadas. En esos años ya vivía en Rusia y le di el manuscrito del libro a alguien que no recuerdo exactamente. Es probable que haya sido a Emilio García Montiel, pues éramos muy amigos. Diría que fue Emilio quien movió toda la gestión de la publicación; y si mal no recuerdo, Jorge Fornet también estuvo involucrado.

El libro salió como parte de un programa que se hizo durante el Período Especial, una especie de publicaciones de emergencia, digamos. Lo Reedité después en Tusquets, pero se publicó con otro nombre.

¿Por qué no ha vuelto a publicar en una editorial nacional? Me interesa saber si nadie se le ha acercado para ello o si existe alguna limitante de derecho de autor, por ejemplo.

Una de las razones puede ser que no vivía en Cuba o, quizá, tuvo que ver la escasez de publicaciones a raíz del Período Especial. Pero, aun así, en el momento en que más o menos se normalizó el asunto, años 2000, nadie se me acercó, a pesar de que para ese entonces ya tenía un perfil bastante conocido.

En algún periódico apareció una reseña de mi novela Livadia (1998) que tuvo mucha resonancia. Pero a mí nunca se me acercó ninguna editorial; con la excepción de [Rogelio] Riverón quien me dijo, muy amable, que deseaban publicar una de mis novelas. Pero el asunto se quedó a medias. Nunca se concretó el tema. Tampoco he llevado ningún manuscrito a Cuba.

Usted no vivió regularmente en Cuba durante los años de gestación de Diáspora(s). ¿Cómo recuerda su participación?

En realidad, Diáspora(s)es un proyecto de amigos, tendríamos la mayoría unos treinta años. Yo vivía en Rusia, pero viajaba con relativa frecuencia a Cuba. Una vez en La Habana, siempre iba a casa de Reina [María Rodríguez] y de Rolando [Sánchez Mejías]. Reina era como una figura estelar, nos reuníamos mucho en su casa. Era una época donde se había empezado a vivir en la Isla cierta efervescencia de la Perestroika y hubo gestos de apertura. La revista surge en un momento de apertura.

Lo notorio de Diáspora(s) es el interés por lo formal, por la experimentación formal. La literatura como fenómeno nos interesaba más que nada, tenía un alto valor contestatario, pero en el enfoque de escribir una literatura al margen de los cánones. Lo de nosotros fue hereje, pues lo mínimo, reunirse en un grupo, era considerado una herejía, ¡no ya publicar algo de manera independiente! En los noventa la aparición de Diáspora(s) representó un crimen de lessa humanidad.

Recuerdo que, anterior a la formación del grupo, nos reunieron en el Centro Alejo Carpentier, durante dos asambleas, para preguntarnos cuáles eran nuestras inquietudes. El Gobierno quiso sondear los ánimos para ver qué pensaban los jóvenes.

¿En los momentos que visitó la azotea de Reina presenció algún episodio que desde lo institucional intentara detener esas reuniones?

La azotea era un espacio pequeño, privado, pero sin duda fue permitido por el Gobierno. Se trataba de una relación de amigos que funcionó durante años. Leí en la azotea en el 94, estaba de paso por La Habana, camino a México. Leí un fragmento del manuscrito de Enciclopedia de una vida en Rusia.

Recuerdo que iba caminando por el malecón y había un joven que llevaba un pescado ensartado al arpón de una escopeta submarina. Le pregunté: ¿me lo vendes?, sí, claro, por supuesto, me dijo, y se lo compré. Llegué a casa de Reina y dije vamos a cocinar este pescado.

¿Vivió usted algún episodio de acoso o censura por su participación en dicho proyecto?

Sucede que yo tenía una relación realmente diaspórica. Participé en el proyecto, enviaba los textos y estaba muy al tanto de la conformación de los números de la revista, pero no vivía en la Isla. Desde la época de Diáspora(s) nunca me han detenido en el aeropuerto, ni me han dicho nada.

También, hasta hace poco, nunca había publicado ningún libro que tuviera que ver con Cuba; aunque en publicaciones periódicas, artículos o entrevistas sí he dado mi opinión; nunca me he recatado de decir lo que pienso sobre el régimen cubano.

En un sentido similar podríamos incluir el «acto de repudio» durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en 2002, cuando Cuba era el país invitado[1].

Yo formaba parte de la mesa que se convirtió en el detonante. Estaba compuesta por Julio Trujillo, Rafael Rojas, Christopher Domínguez, [Roger] Bartra y yo. Nos correspondía hablar al inicio, tras la inauguración de la feria, y apareció un grupo de apoyo a la Revolución y nos hicieron un mitin de repudio, al estilo cubano.

Luego de ese suceso, [Enrique] Ubieta escribió mal sobre mí. Después publiqué un ensayo sobre la República, ese mismo año, en Reforma, y volvieron a escribir sobre mí en La Jiribilla. No le hago demasiado caso a eso.

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«Ningún código penal supone castigos por los crímenes contra la literatura — dijo Joseph Brodsky — . Y el más grave entre estos crímenes no es ni la persecución de autores, ni las restricciones de censura ni la quema de libros. Existe un crimen más grave, que es el desprecio por los libros, su no-lección. Por este crimen la persona paga con toda su vida; en caso de que este crimen lo cometa una nación, ella paga por eso con su historia».

Livadia, Rex, Enciclopedia de una vida en Rusia o Mariposas nocturnas del imperio ruso son parte de esa no-lección a la que se refiere el Nobel ruso. La ausencia de estos libros, y de su autor, son, sin dudas, un crimen contra la historia de la literatura insular.

Notas:

[1] Véase: Rojo, J. A. (2002). La presentación de la revista «Letras Libres» desencadena la ira de la izquierda radical. El País. https://cutt.ly/YpLx0sU y Rojas, R. (2003). Las lecciones de Guadalajara. Letras Libres. https://cutt.ly/CpLSolZ

Publicado originalmente en El Estornudo.

Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.