José Kozer, equilibrista sin red entre la plenitud y el vacío. Una reseña de Cartas de Hallandale

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Libros de José Kozer

Por Pablo Baler

Cartas de Hallandale, que recoge textos de José Kozer (La Habana, 1940) sobre sus autores predilectos, es mucho más que un viaje por su biblioteca personal. Estas «cartas» pertenecen al inaudito género de la autobibliografía. Revela, viñeta tras viñeta, no solo las meticulosas lecturas de un grafómano (librópata, lectófilo, escribofrénico), sino las aspiraciones secretas, las admiraciones y las insinuadas poéticas de un gran escritor, de origen y destino americano, que ya nos pertenece a todos.

Ricardo Piglia había dicho que «el escritor escribe su vida cuando cree escribir sus lecturas». Y aquí, ese atravesamiento es total. Entre los escritores que rescata Kozer está, por supuesto, Thoreau, por esa capacidad de sumergirse en su estar, de vivir inmerso en cada actividad, sin dispersión, en estado pleno de concentración; está el poeta japonés Saigyõ, que practica la austeridad y la disciplina de una planta; está Kafka, que vivió para la escritura; y desde ya, está Lezama con su intuición y su misteriosa iluminación… entre tantos otros. Kozer aspira a vivir la vida (que es escritura, que es lectura) con esa misma densidad sacramental. Así, estos textos nos permiten ser testigos de ritos y ceremonias intangibles capaces de descubrir en cada sonido una paradoja zen y en cada instante un espacio de retiro. Escribe Kozer: «Leer poesía no es entender, sino acceder por la misteriosa vía del desconocimiento al conocimiento intuido de un texto».

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Cartas de Hallandale

Ya en la viñeta que abre la colección, «De donde son los poemas», se anticipa que este Kozer prosista no está lejos del Kozer poeta, sumergido como siempre en el flujo vertiginoso de las palabras: «El hombre deambula por bosques y penínsulas, ido, expuesto, acompañado de todas las palabras del diccionario, toda la infecciosa posibilidad del idioma. Escribe. Escribe. Una sílaba, un espacio, una respiración, una palabra engarzada a otra palabra. Un espacio oracular eslabonado en posibilidad creciente y múltiple». Este libro ofrece no solo la sensación de asistir, en secreto, al monólogo interior de Kozer, o incluso a los diálogos que mantiene con Martí, con Ana Rosa González Matute, con el querido Víctor Sosa o con Néstor Perlongher, sino además la impresión de que también nosotros participamos de la intimidad de esos diálogos. Porque el texto produce una sensación inusual: la de una escritura que escucha. Como escribe Deleuze en Mil mesetas: «La vida no habla: oye y espera». Ese silencio es lo Real que está al acecho del otro lado de las palabras.

Los ensayos de Kozer, como sus poemas, también, oyen y esperan. Como digo, este Kozer prosista no está tan lejos del Kozer poeta que barrena la espuma metonímica… surfer de las playas de Hallandale entrando en el ojo de la ola donde se fractalizan, se arremolinan las crestas de los significantes. Prosa que avanza con la libertad de la poesía, con ese mismo aliento, con esa respiración de Moebius, con sus atisbos y sus promesas escamoteadas. En estas cartas la redundancia es también una retumbancia… lezamiana en su repetición, sarduyana en su liberación de ecos entre pasados y futuros, entre dimensiones inesperadas. En The Third Mind, William Burroughs escribió: «when you cut the present, the future leaks». Hay muchos cortes también clarividentes en esta escritura que avanza parsimoniosa (paranomasiosa), orbital, y siempre atenta a las efímeras iluminaciones. Ahí está la poética kozeriana. En el ensayo sobre Lezama, sin embargo, Kozer rechaza el concepto de una poética: «Cada vez creo menos en poetas y en poemas, mucho menos en poéticas: cada vez creo más en momentos poéticos». Pero, admitámoslo, esa renuncia esboza si no define toda una poética, una estética de lo desleído, de lo contraescrito, del subconocimiento y la indeterminación.

Para Deleuze la poesía conduce al lenguaje hacia esa frontera que lo separa del silencio, que separa el lenguaje del aullido animal, el pensamiento del no-pensamiento. Esa es la experiencia al borde de leer a Kozer, equilibrista sin red entre la plenitud y el vacío. Su poesía es íntima pero de aliento histórico, pletórica de narrativas aunque abstracta, anecdótica y anacolútica, humorística y patética, tan llena de sentidos y sensibilidades como de sinsentidos y desentendimientos. Es de esperar, así, que uno emerja de este viaje al centro de sus lecturas como el náufrago empujado por las mareas, de boca al cielo y echando borbotones de barrocas aguas oceánicas.

***

A continuación, un texto de José Kozer incluido en Cartas de Hallandale; Rialta Ediciones, 2017:

¿Qué? ¿Leer?

El sujeto de esas preguntas soy yo. Un sujeto que contiene una vida que lee. ¿Desde cuándo? Desde adolescente. ¿Hasta cuándo? Es mi voluntad leer hasta el último día. ¿Qué? Todo aquello que se ha dado en llamar gran literatura, de Hita a Beckett, por ejemplo. Y todo aquello de entre lo nuevo que se intuye importante. Término relativo este de la intuición, pero ni modo. ¿Cómo leo? Por regla general, tumbado en una cama. Así leyeron, entre otros, Proust, D’Annunzio y Valle-Inclán.

¿Por qué leer, invertir una vida leyendo? Leer es un bien social. Por ejemplo, los lectores no tienen tiempo para asesinar. ¿El no-lector es un asesino? Rara vez. Intuyo sin embargo una estadística: hay más criminales, más homicidas entre no-lectores que entre lectores. ¿Por qué? La lectura es una obsesión totalizadora; no soy capaz de imaginar a un lector verdadero que no sea obsesivo. Incluso cuando Schopenhauer recomienda no leer, aduciendo que la lectura coarta el pensamiento original y la actividad creadora, y puesto que la lectura es una forma de pereza, veo en su irónica observación toda una lectura: pasarse una vida evitando leer es leer de otra manera, leer interioridad todo el tiempo: leer el alma, espejo de un libro propio que se intenta descifrar. Así, lectura del yo evitando al otro desde una premisa falsa: la de que el otro autor impedirá en nosotros al autor original.

Vivimos en un tiempo y en un espacio definitivos, su frontera es tajante: se llama la Muerte. Un lector, por definición obsesivo, está atenido a ese límite: no tiene tiempo sino para leer. Su tiempo, su imaginación del mundo, no están abocados al crimen (Villon, Genet, no son asesinos sino rateros). El no-lector se aburre, todo lo que le entretiene en el fondo lo aburre: en algún momento (reconozco que no es la norma pero ocurre más que entre los lectores) el aburrimiento lo lleva al crimen: no a la tesis del crimen como arte (De Quincey), sino al hecho del crimen. Real violación del Mandamiento.

Leer es una dicha. Aquel que lee vive inmerso, carece de la enajenante noción del tiempo devastador: vive entregado. Monje o monja de la modernidad. Leer es existir en vulnerabilidad y riesgo continuos: un padecer dichoso, una fruición reparadora. Lleno mayor. El júbilo de la entrega; una fe civil. Aquel que lee canturrea entrelíneas, se exalta, se remansa: vive. El cuerpo en la calle es una intensidad, pero el cuerpo inmerso en el libro es también una intensidad: no más, no menos. Otro aspecto del privilegio de haber nacido.

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José Kozer / Foto: letras.mysite.com

¿Cómo leer? No sólo echado en la cama, escarranchado en una butaca o ante monástica mesa, sino volviéndose texto el lector. Ser este el texto que lee. El tajo, la separación texto lector desaparece: he ahí la fuente primaria del júbilo. Walter Benjamin en Infancia en Berlín hacia 1900 nos habla de un pintor chino que mostró a sus amigos su cuadro más reciente: un parque, una senda estrecha cerca del agua que corría a través de una mancha de árboles que llevaba a la pequeña puerta de una casa al fondo de la arboleda. Cuando los amigos se volvieron para felicitar al pintor, este había desaparecido. Al volverse hacia el cuadro vieron que el pintor iba caminando por la estrecha senda que llevaba a la puerta de la casa: se detuvo, se dio la vuelta, sonrió a sus amigos y desapareció por la puerta entreabierta.

Así se ha de leer: inmiscuido. O dicho a la Rimbaud: YO ES LIBRO.

Empecé a leer con diez años de edad. Robinson Crusoe fue mi primer libro, lo leí de cabo a rabo y, quizás por no tener otro libro a mano, lo volví a leer una segunda vez en su totalidad. Este inicio, en verdad iniciático, fue un detonante: me llevó a leer sin cesar: leí de inmediato Los cazadores de ballenas, a Verne, Salgari, Edmondo De Amicis (cómo lloré). Y luego El contrato social (no entendí ni jota) seguido del Moisés de Martin Buber (que releí a los cincuenta años de edad con cierta comprensión).

Sesenta años leyendo, no como académico ni erudito, no como memoria que recoge y recuenta lo leído (citando, reconfigurando al pie de la letra tramas y episodios, recordando a los personajes), sino como vasija porosa, receptáculo de materiales y de aguas que se ingieren, se digieren y quedan disueltos en el sistema interior, profundamente integrados: disueltos los materiales de la lectura, queda más espesado el organismo: mi sangre está compuesta de letras. Glóbulos alfabéticos. Así, mi sistema circulatorio contiene disueltas conmociones de libros, mis pulmones se cargan y descargan al ritmo de los párrafos, los versículos, los versos que a diario ingiero. Soy, pues, libro. Un libro desordenado, ya que leo a mansalva y lo que me da la gana. Un libro que posee su propia lógica interna, compuesto de numerosas lecturas, quizás de todos y cada uno de los libros leídos durante una vida.

Celebro sesenta años como lector. Siento una ligera desazón, el misterio de una nostalgia que se aproxima: por un lado, la pena de no haber leído más, con mayor rigor, con más integridad; por otro lado, la conciencia de que morir es dejar de leer. Dice Paracelso que «no es el ojo el que hace ver al hombre, sino que el hombre hace que el ojo vea». Un lector sistemático, consecuente, hace que el ojo vea, de entre las verdades del mundo, la verdad amorosa del placer de un buen libro, el recogimiento espiritual que conforma toda lectura profunda.

Leer es acceder al palimpsesto de toda una civilización, acceder al palimpsesto de una vida.

Es posible que pronto deje de escribir poemas, todo un alivio para mis pocos lectores, posibles críticos futuros, y quizás para mí mismo: intuyo que a medida que deje de escribir leeré más. Mi voracidad me llevará a consumir mayores dosis de letra impresa, puede que me convierta en una lepisma que devora con exclusividad papel impreso.

De ser así, habré alcanzado el Paraíso convirtiéndome en sucesión interminable de textos.

Publicado originalmente en El Estornudo

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