J Balvin: Flow white en medio de la gansta life

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Ilustración: Rafael Alejandro

Por Julio LLópiz-Casal

No se suponía que un muchachón colombiano aportara algo tan especial a la música urbana. No se suponía que se acomodara con tanto éxito dentro de una genealogía en que tienen la llave los puertorriqueños, y en la que existe una relación tan umbilical con los modos y los dictados de la industria angloparlante.

J Balvin se inventó a sí mismo desde la periferia fértil de su cultura. Procesó referencias auténticas, no impostó un personaje gansteril porque sí, ni se vendió como macho latino tozudo. Se ha ganado a su público con una trova sofisticada que oscila entre lo que la muchacha quiere oír y un estilo lírico light, poco alardoso, que no puede ser calificado de inconsistente, aunque carezca de la agresividad simbólica típica del género urbano.

José Álvaro Osorio Balvín (Medellín, 1985) tuvo una infancia y adolescencia de las que se agradecen. Ni necesitó penar por calzado, ni por probar bocado. No tuvo la opulencia en su horizonte inmediato o a la vuelta de la esquina. Fue de clase media y eso implicó un grupo de cosas a su favor, pero concretamente no tenía más que unos sueños y mucho trabajo por hacer.

MTV se le metió por los ojos y lo afectó la cultura del videojuego como a buena parte de sus congéneres. Yo, que también nací a mediados de los ochenta, visualizo perfectamente lo que significa, siendo adolescente, haber tocado con un grupo covers de Nirvana, Metallica o Enanitos Verdes, mientras Vico C, Limp Bizkit, Daddy Yankee, Snoop Dogg, 2Pac, Wu-Tang Clan y Eminem eran la banda sonora inmediata. No es casual que Balvin haya acabado combinando sus referencias de modo tan peculiar; es de la generación con condiciones ideales para absorber, de manera orgánica, las influencias de Pharrell Williams o Kanye West: esa cultura del beat a inicios del milenio,moliendo como caña de azúcar el legado del Gunge, el legado de la estética del gueto negro ocupando un lugar prominente en la industria de la moda, el legado de los noventa.

J Balvin admira tanto a Héctor Lavoe como a los pesos pesados del reguetón. A eso se debe tal vez su cadencia, que no depende de manera tan exclusiva del efecto rap. No es un cantante con condiciones vocales especiales, pero su fuerte está en que no trata de llegar a donde no puede: coloca su voz en una zona en que el software hace su parte y la capacidad de rimar complementa el resto armónicamente. El resultado es de un encanto tal que ha llevado al trono al Niño de Medellín. Su sello se parece a lo mejor y se diferencia de lo más común también.

Había escuchado los primeros éxitos de J Balvin como cualquiera, «Ay vamos» o «6 AM», pero para mí no tenía rostro ni asociaba esos tracks con un nombre. Entonces, mientras corría el 2017, una voz grave y un flow obviamente boricua cerraba canciones de trap con un «Bad Bunny beibé…». Lo que tenían los adolescentes en la calle con Bad Bunny era una devoción religiosa; imitaban sus poses, su metal de voz y su facha, como si se tratara de un mesías. Pero para mí ese «Ya me acostumbré… a siempre ganar como el 23», o … «Si antes era un hijo e’ puta, ahora soy peor» del Conejo Malo, contrastaba de manera especial con una pista que me recordaba el sonido glitch y que tarareaban hasta las mujeres: «Si tu novio te deja sola… dímelo y yo paso a buscarte… solo me bastarán un par de horas y ese cabrón no va a recuperarte». Era tan pegajosa para mí que miré con total atención el video clip apenas tuve chance. De pronto vi que el tema era a dos voces. A Bad Bunny, ataviado con un conjunto de camisa y pantalones cortos con un estampado de pequeñas piñas, lo acompañaba uno tatuado con pelo de colores, con unos Stan Smith de Gucci, un short deportivo negro, una camiseta de inspiración californiana y unas gafas blancas de Christian Roth como las que popularizó Kurt Cobain. Pregunté el nombre del susodicho y me dijeron: «J Balvin». Aquella imagen para mí no fue casual. Desde entonces le presté más atención a ese boom del trap latino y, sobre todo, Balvin empezó a ocupar gran parte de mi atención. El look del colombiano en ese video significó mucho para mí: quería decir que la galería de referencias de un exponente del género urbano abarcaba una parte de la cultura que, técnicamente, no debía armonizar dentro de su sistema de referencias, pero los niveles de libertad que estaba dispuesto a manejar romperían esa regla.

También me fue muy grato descubrir que J Balvin era la médula de «Safari», una pieza exquisita de sonido rudimentario, que convocó a la rapera boricua Bia y puso a Pharrell Williams a cantar en español, además de involucrarlo en la producción. No es usual que una estrella del pop en inglés cante en español y de forma tan auténtica. A partir de «Safari» y «Si tu novio te deja sola», empecé a dibujarme a mi propio J Balvin.

Es un artista sofisticado, en primer lugar, por lo arriesgadas que son sus combinaciones. Es fácil hoy, desde la constancia de sus millones de views y likes, asumirlo como un producto pasivo de la industria, pero no debemos olvidar que asumió Medellín como base de operaciones (un lugar que no se suponía ideal para lanzar un producto como lo es él), tampoco que apostó por componer en español pistas con aspiraciones globales. Balvin es como un helado de sabores atrevidos: es fresa y de blancos y dulces convencionales, por un lado, pero tiene muy bien insertados los trozos de chocolate amargo, los ácidos cítricos, los mentolados y todos esos sabores raros que entumen la lengua. Es una referencia de lujo desde la moda y ha colaborado con muchos de los exponentes más atendidos de la arena internacional, a la vez que apuesta por talentos locales de su región. Bad Bunny dijo en una ocasión que Arcángel lo había expuesto a un público exigente al que quería llegar, pero que J Balvin lo había llevado a otro nivel. No es gratuita esa afirmación.

J Balvin ha explorado en su discografía muchas de las posibilidades de la música de su continente y otras regiones no canónicas. Se mueve del afrobeat a las variantes del reguetón, de las fusiones poco pretenciosas y bien logradas al impacto digital del sonido de estudio. Ha colaborado con el haitiano Michael Brun y con el nigeriano Mr. Eazi. Esas colaboraciones, combinadas con el tono que ha perfilado para él Sky Rompiendo, lo hacen un sujeto experimental constante, que da cabida en su zona de poder a muchos conceptos sonoros más allá de lo que tiene a mano de forma inmediata.

Su carrera ha oscilado entre los booms más reverberantes y los periodos de calma relativa. Vive exitazos innegables y firma grabaciones menos mediáticas, pero de calidad innegable. La brasilera Annita o los puertorriqueño Jhay Cortez, Farruko y Nicky Jam, han hecho grandes cosas a su lado. De igual manera, Cardi B contó con la presencia de J Balvin y Bad Bunny en el mega éxito «I Like it», cosa que debe asumir a la altura de hoy como una bendición.

J Balvin es un cronista de su propio éxito a través de la frivolidad más melódica y pegadiza. Cuando dice que sus tenis Balenciaga lo reciben en la entrada de casa, o cuando recuerda que estuvo en París con Pharrell y fue primera fila en la pasarela de Chanel, goza el hecho de no salir de la mente de su público y sus haters, como dice en sus canciones. Cuenta a priori con las credenciales que representan haber sido portada de la revista Billboard y que las melodías de«Mi gente» y «X»hayan recorrido medio mundo. Balvin apuesta por un modelo de «artista mundial» que insiste en la positividad, las «buenas vibras», el hedonismo, y que, paradójicamente, impulsa una humildad vanidosa que consiste en tener los mejores deseos para el mundo mientras se regodea en su colección de snikers y su garbo mega caro.

Entre la mayoría de los exponentes del género urbano, que sugieren tener armas y pacas millonarias de dólares y narcóticos, José Osorio es un catalizador perfecto. La violencia simbólica y real que estimula esa cultura es sopesada por un cantar de gesta que se enfoca en la autoestima más elemental del buen vestir y la fama. La vida consiste en eso también. Se trata de un modelo más de disfrute de la vida de consumo.

J Balvin ha sido señalado por no adoptar posturas políticas nítidas. No le toca ni como artista ni como individuo, aunque es ideal siempre hacerlo. Una vez declinó participar en el certamen Miss USA 2015, propiedad del entonces empresario Donald Trump, por sus comentarios xenófobos. Declaró en 2017, en el programa de YouTube de Complex, haber rebajado su estima de los Yeezy por la empatía de Kanye West con el mismo Trump. Animó en 2018 el mitin de los demócratas en Las Vegas y fue evidente su simpatía con Barack Obama. Esas son posturas políticas, lo demás es lo demás y militar es militar.

Con cinco discos a su haber y montones de colaboraciones y sencillos, J Balvin es uno de los cantantes pop fundamentales del momento. A veces está por debajo de mis expectativas, pero no puedo negar sus acabados magistrales y su sonido siempre bien perfilado. A veces extraño la energía de «Bobo» o «Ay vamos»; el «Ahora» del disco Vibras me parece demasiado «perfecto» como para haber sido un hit global; escucho a los muchachos decir que Bad Bunny lució mucho mejor que él en Oasis, y Colores me parece un álbum sin errores, aunque hay temas que siempre salto en mi playlist personal.

De cualquier modo, José Álvaro Osorio, alias J Balvin, es el artista pop en quien delegaré buena parte de mi sensibilidad musical si llega la hecatombe, aunque en ocasiones sospechemos que ya llegó. Su flow es blanco, con unas vetas de churre casi imperceptibles que me parecen bellos dibujos. Soy parcial con él y muero de la risa… acabo de ver en Twitter que Colores ganó un Grammy.

*Este texto es una copublicación junto a la revista Vice.

*Publicado originalmente en El Estornudo.

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Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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