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Foto: Cortesía de la autora

Por Gabriela Ybarra

No puedo viajar hasta La Habana. Todos los vuelos que conectan Madrid con Cuba están cancelados. Un amigo me contó una vez que en el aeropuerto de La Habana hay un cocodrilo disecado en una de las salas de espera. Imagino que el aeropuerto José Martí está vacío y oscuro. Las únicas luces que se ven son los ojos amarillos del cocodrilo.

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albergue de palomas huidizas, y en la nieve,

serenas aparecen por un instante breve

bajo un cielo morado las calles de La Habana.

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sobre tres naranjas chinas,

y le añadí en las esquinas

la guayaba sabrosona

así, en exilio, corona

la reina insular, barroca,

la naturaleza — poca —

y muerte que le he ofrecido.

Y el emblema que la evoca:

«No habrá más penas ni olvido».

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Vivo agarrada de la palabra molleja, de la palabra consomé y sobre todo de la palabra abur, una palabra que mi abuela me decía todas las mañanas, junto al gesto voluntario de su mano al alzarse, que es como decir abur en el aire. Yo pienso en esas palabras y trato de usarlas lo mejor posible y también lo peor posible. Trato de sacarles la sustancia, como a un hueso. Porque cuando uno sale de un lugar y la puerta se cierra, hay que saber que es posible que sea para siempre. Hay que llevarse las palabras con uno.

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*Este texto forma parte de un proyecto de la Consejería Cultural de España.

Publicado originalmente en El Estornudo

Written by

Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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