Ifigenia/Polixena/Jamila: se busca viva o muerta

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Legna Rodríguez y Jamila Medina (a der.) / Foto: Cortesía de la autora

Por Legna Rodríguez Iglesias

Suelta la mano del primer gran amor:

Tiovivo descentrado totalmente de su eje.

Jamila Medina Ríos
País de la siguaraya

Nunca escribo sobre un autor que no me guste o atraiga, quiero decir físicamente: el físico de los libros y el físico de los escritores son directamente proporcionales. De hecho, casi nunca he escrito sobre autores ni sobre libros ni sobre nada que sea de algún modo literatura. Las veces que lo he hecho ha sido con vergüenza y desesperación (por diferentes causas) y contadas con los dedos de la mano. «No, lo mío es parir», le dije a Jorge Enrique Lage una vez. Por eso hoy extraigo cuatro libros del pequeño librero fijado a la pared para que el bebé no se suba ni el librero se caiga. Los extraigo con sumo cuidado porque solo uno de ellos es aún jovencito en mi librero. Los otros tienen casi una década conmigo. Regalados por su autora con dedicatorias de esas en las que ya no creo. He dejado de creer en tantas palabras. Me afecta el hecho de abrazarlos conmigo como almohadones de pluma que por la madrugada chupan la sangre: una sangre íntima, sexual. Al leerlos, siempre he sentido la excitación del deseo hecho pliegues, membranoso y carnívoro. Vaginas dentadas que me dan mordiditas, que me hacen hematomas en los labios si se me ocurre leer en voz alta. Libros vaginales, genitales, frente a los que, probablemente, todavía me ruborizo.

No es fácil escribir desde la desaparición, quiero decir físicamente: Jamila Medina Ríos ha desaparecido. De mi vida y de la vida virtual que hemos estado llevando a cabo desde que no vivimos en el mismo país. El contexto de su escindimiento es una pandemia coronada con toda clase de cuarentenas, oficiales y personales, donde la gente se recluye a sí misma, se aparta, se esconde en su propio hueco húmedo de larva humana. No es fácil escribir desde una ciudad bajo toque de queda por acciones en masa como protesta contra el asesinato de un hombre que empezó a dejar de respirar con una rodilla ajena presionándole el cuello, la glotis, el pensamiento. Jamila Medina Ríos ha desaparecido, estoy llamando a la policía. El cuerpo de policía de Miami me responde con reproche. ¿Quién soy yo para denunciar la desaparición de alguien que lo ha hecho por decisión propia? Le digo al cuerpo de policía que no, que una desaparición así nunca es una decisión propia. Me autorizan a imprimir su foto y a pegarla en las gasolineras, los supermercados, los semáforos, los puentes de las autopistas y las paredes vacías de la ciudad. Una foto donde se le vea bien la cara, reitera el cuerpo de policía de Miami. Y yo pienso en la poesía de Jamila Medina Ríos como un cuerpo que se tapa la cara con las manos. Un cuerpo de par en par, joven, perfecto en sus defectos, que se tapa la cara con las manos. Lo mejor de su poesía es que está llena, además, de manos. Uno se imagina la cara preciosa, los ojos verdes que te miran como nadie te ha mirado en tu vida entera, los labios medio abiertos o cerrados en mueca con restos de saliva en las comisuras, la nariz exhalando un aire de invierno que calienta, todo eso detrás de muchas manos, dedos, uñas, lenguas, miembros, tentáculos, gusanos, orugas que se mueven invitando y apartando. Miami lleno de fotos de Jamila Medina Ríos. Un grupo de constructores me pregunta «¿quién es esa?»

Jamila Medina Ríos (Holguín, 1981), te odio. Desde Primaveras cortadas, después de Huecos de araña, antes de Anémona y Del corazón de la col y otras mentiras, hasta País de la siguaraya, yo te odio. Hay gente que no puede odiar. Hay gente que no sabe odiar. Yo te odio como una liebre a otra liebre de la cual depende para correr juntas en la estepa de un meridiano de Greenwich que nos desequilibra, nos tambalea. Te odio con toda la fuerza de unos brazos que llevan dos años meciendo a un niño que pesa, no por su peso en sí sino por su peso en sí. Si estuvieras aquí de regreso me entenderías, siempre me entiendes y me comprendes y me pasas la mano por el pelo y me abraxas y me miras y me ahogas y me dices: «Legna Rodríguez Iglesias, no sufras». Te odio con el sufrimiento de tus poemas heroicos (el amor es una heroicidad), el sufrimiento de la poesía y esas otras palabras que escribe Jamila Medina Ríos, filológicas, que no entiendo o me gusta no entender, que tengo que leer en voz alta para que me digan algo y entonces se abre lo que se tiene que abrir, se ensancha como la boca de un pomo de boca ancha, se ensancha como la cintura de una mujer preñada, encinta, bendecida, penetrada, ocupada, violada, dormida no cerrada. Oigo.

Ya Primaveras cortadas (Colección Limón Partido, Proyecto Literal, México, 2011) estaba escrito y corregido, editándose, creo, cuando conocí a Jamila Medina en una oficina de una de las instituciones del Ministerio de Cultura y la Unión de Jóvenes Comunistas Cubanos. Estábamos ahí las dos para asistir a unas conferencias sobre Cesar Vallejo que Julio Ortega daría. Jamila Medina me miró a los ojos y me dijo: «lo que pasa es que tú me caes mal porque te pareces a la novia de mi novio de mi novio de mi novio». Mentira, yo no me parezco a nadie, pensé por dentro pero en realidad me tragué la lengua, me caí en el abismo. Ese día en la conferencia de Julio Ortega lo único que aprendí fue a mirar a Jamila Medina con un rabo del ojo, el rabo del ojo del poema Fur(n)ia, mientras ella hacía lo mismo en dirección a mí. Nos habíamos enamorado, como es lógico, las liebres se enamoran una de otra, son cosas inevitables. Por eso la odio.

Uno puede amar y odiar a cada una de las mujeres-ciudades-revoluciones-muertes de ese libro terrible que es Primaveras cortadas. Ahí está la historia de todas las mujeres aunque yo no veo a la mujer cubana por ningún lado. Es como si la mujer cubana se elevara y fuera, lo es, más que algo que proviene de. Jamila Medina escribió precisamente eso: la historia de la mujer a través de la mujer que es todas las mujeres y que, para colmo, está cortada. No desvirgada, porque eso sería mental, corporal y sustancial, sino manipulada, coaccionada, seca. Contra lo seco, desde lo seco, Jamila Medina escribe, imitando ella misma la primavera en sus manos, moviendo deditos húmedos para mojar la aridez. Contra lo baldío, al nombrarlo y recrearlo, nuevamente, con hechos y fechas exactos, como una ciencia. He leído la poesía de Jamila Medina Ríos como un libro de ciencias naturales, como un libro de anatomía, como una conferencia live.

En Primaveras cortadas está el hueco maduro de la araña, grande, continuo, abriéndose y cerrándose a su antojo, el lenguaje a disposición de una precisión. Raíces históricas de mujeres históricas. No se expande sobre el cuerpo como lo hiciera antes ni como lo hará después. Primaveras cortadas es, precisamente, el cuerpo. Concreto, fijo, exquisito y femenino. Para esas mujeres rusas, griegas, americanas, danesas, japonesas, infinitamente infelices y póstumas, es la espera eterna, tardía, que no llega nunca. No la primavera, sino su ilusión. El tiempo de esperar la primavera. La muerte primaveral.

Jamila Medina y yo competimos en un concurso importante para ganarnos unos cuantos dólares y disfrutar la primavera del mundo que era un país sin puertas en el año 2010. Acabábamos de conocernos y nos recuerdo a ambas confesándonos en la oscuridad la participación. «Tú vas a ganar», decía Jamila. «No, tú vas a ganar», decía yo. Pero ninguna de las dos ganamos. El premio fue para Nara Mansur. Jamila Medina y yo nos fuimos al río a tirar piedrecitas como niñas del campo cubano, tan poco acicaladas, tan poco sofisticadas. Por el contrario, hay en la poesía de Jamila Medina Ríos una sofisticación enorme, que para mí consiste en su dominio, total, emocional, del conocimiento. Jamila Medina Ríos escribe la poesía del conocimiento. No existe otro escritor de su edad como Jamila Medina en Cuba. No existe una generación como Jamila Medina en Cuba. Jamila Medina es la generación. Lo que la rodea (imposibilidad) es adyacente a ella y pasa por ella como un cateto gastado, rozándola. Se agradece el roce, la cortesía, pero siga, siga de largo.

Voy en Chevrolet a la unidad de policía más cercana, la de Flagler y la 27, a denunciar formalmente su desaparición (pienso cuánto le gustaría esto, las formalidades, el contenido bello dentro una forma: «denuncia, niña, denuncia»). Estoy nerviosa y no sé en realidad qué es lo que denunciaré: se trata de una escritora cubana que ha desaparecido, escribe mejor que nadie y está llena de responsabilidades que no son poesía. También está llena de belleza. Escribir sobre Jamila Medina Ríos es escribir sobre la belleza. Belleza física de un lenguaje físico, mitológico, patológico. Belleza en su máxima expresión: si tengo que hacer un retrato hablado de Jamila Medina, ¿por dónde empiezo? Anémona. Tengo que empezar por la palabra anémona. No quiero que el policía piense que le estoy tomando el pelo. Soy una mujer hispana que mide unos pocos centímetros y que pesa unas escasas 105 libras. Hace un mes pesaba más pero la desaparición de Jamila Medina me ha hecho bajar de peso. Me he reducido y quedado flácida, boba. Me he preocupado. La mente me traiciona y quiero empezar a cantar Camionero, de Roberto Carlos, en cada luz roja donde me detengo. Jamila Medina diría: «Legna Rodríguez Iglesias, no sufras». También debo decir que en cada luz roja me vienen a la mente muchas teorías sobre su poética, para no decir poesía, porque ella no escribe solo poesía, al contrario, pero espanto las nubes de teorías con algún juguete olvidado del bebé. Son unas teorías muy poco académicas, no importa que las espante.

Sigo cronológica porque así es como debe ser y porque a Jamila Medina le gusta el orden, la organización, los álbumes, las memorias. Las palabras marcan un tiempo que podría ser el verdadero lenguaje. Yo siento eso en el poema, el tiempo como lenguaje, el cuerpo como lenguaje, cada cosita como lenguaje. La primera cita de Anémona (Ediciones Sed de Belleza, Santa Clara, 2013) viene del Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano. Es la cita que sucede al poema de apertura Fur(n)ia, donde Jamila Medina explica el ejercicio de la escritura, su ejercicio, su yoga escritural: Un ejercicio apostado fuera de la escritura, una cisura. Anémona enciclopédica que es ella en el poema y fuera del poema, explicándomelo todo siempre como si el poema no bastara pero el poema basta, incluso cuando me abotargo. El policía tampoco entenderá. Anémona es el catálogo de la escritura. Erróneamente, la misma Jamila Medina ha insinuado que Anémona se ocupa de motivos, situaciones, intrascendentes, en contraste con lo inmenso, lo colosal, de Primaveras cortadas. Pero Jamila Medina se equivoca, los libros están ahí para cogerlos por el papel y odiarlos, por redondos, por obsesivamente bien pensados.

Lo que en uno perteneció a la mujer, a la muerte, a la revolución, en otro pertenece a la escritura, renovada con aguas uterinas, albañales, jabonosas, profundas, de cualquier cavidad salada donde haya algo con ojos, aceitunas que me ven. Yo también vi a Jamila Medina escribir poemas de Anémona cuando andábamos juntas (y revueltas) por ahí, conversando de ese mal mayor que es nosotras mismas. Si su desaparición es de verdad para siempre, querría dejar constancia de haber visto cómo lo hace, en una libreta lisa, en papelitos, en páginas del medio, en guías telefónicas. «No me cojas la guía para eso, Jamila, tengo que secar el orine de la perra». Jamila Medina debía escribir mientras yo secaba orines de una perra china o pitbull o vaya a saber de qué raza. Siempre con un deber, una tarea que hacer, un propósito que cumplir. Cuando Anémona salió, le dije a Jamila Medina que iba a escribir sobre el libro y nunca lo hice. Ella cree que es un libro menor y yo creo lo contrario. Creo que es irresistible y lo leo como un álbum de fotos de las profundidades. No del mar sino de otro tipo de océano. Cambiar el agua por sangre, cambiar el agua por saliva, cambiarla por flujo vaginal, por eyaculación del novio en la casa de los novios. Shhhh.

Del corazón de la col y otras mentiras (Colección Sur Editores, 2013) iba a llamarse, un día, La Casa de Los Novios, pero no se llamó. Es un libro de amor y de corazón (recuerden el lenguaje, que engaña) y Jamila Medina sabe que el amor es un hongo para el que no hay ungüentos, casi nunca, porque todo se humedece ahí tan rápido. La única posibilidad con el hongo es darle violín, darle comida en la boca al hongo, acariciarlo, morderlo, arrancarle pedazos, arrancarlo de cuajo, un día, como a un ojo de pescado. Uno lee los libros de Jamila Medina con apego y distancia, con odio y amor. Me imagino a la gente masturbándose con los poemas pero en vez de eyacular, al final, echan sangre y sentimientos extraños. Hay amor en ellos porque hay penetración. ¿Qué es el lenguaje?

Que nadie piense (mucho menos el cuerpo de policía del South West de Miami) que acabo de hacer una pregunta ingenua o retórica, aunque a mí me parece que la ingenuidad es una zona deliciosa de la literatura, y la retórica, bueno, la retórica es un candy. El lenguaje en Jamila Medina Ríos es una tradición de la memoria en contubernio con una tradición de la literatura a través del cuerpo suyo, que es mi cuerpo. El cuerpo no es bello sino pesado, pero al obtener una forma más o menos concatenada, más o menos construida para que sea leído o visitado, alcanza grados de apareamiento con una maldad afilada, una sapiencia. Belleza dañina, no buena. Eso y más.

Alguna vez mi casa fue la casa de los novios. Ellos llegaban, se abrazaban, discutían, se arreglaban, se acostaban en mi cama, se levantaban, comían, tomaban café, me decían cosas. Yo los agasajaba con lo que tuviera: miren esta película, miren este libro, miren este pelo largo acabado de lavar. Un libro de amor no puede tener demasiadas palabras de amor, palabras que el viento se lleva porque el amor es lo que el viento se llevó o lo que se fue a bolina en el globo de Matías Pérez. De hecho, después de publicarse el libro los novios se separaron y tomaron cada uno un camino diferente. Coles de Bruselas, perejiles, zanahorias, liebres. Jamila Medina Ríos (las escritoras sí lloran) lloró un poquito en mi hombro hasta que yo misma era puro llanto y entonces volvió a decirme: Legna Rodríguez Iglesias, no sufras. A saber, gracias a ella, sigo sufriendo igual, porque uno nunca hace lo que las personas que quieren a uno le aconsejan que haga. Hay sufrimiento en los poemas. Un sufrir inteligente, mutable, pesado.

País de la siguaraya (Letras Cubanas, 2017) es el libro de Jamila Medina que no presencié, no viví. Leído varias veces como libro siberiano, me causa un deseo de verla imposible (todo es imposible en el poema, todo eso no puede existir), de volver a verla ahora y preguntarle cómo, cuándo, dónde fue poniendo las palabras en ese orden, con esa frialdad sublime de la memoria. Los críticos académicos dicen que es un libro de viaje pero a mí me parece lo contrario. Mientras más abunda el paisaje, plural, tropical, socialista decadente, omnipresente, más la veo a ella escondida en un retrete con las paredes llenas de lágrimas, grafitis y recuerdos. La veo en ese baño público, sucio, cubano, que ya no tiene bombillo porque un hombre de familia se lo robó para su familia, escribiendo como siempre en hojas que se usaron por una sola cara.

Los paisajes más nítidos (catálogo de la segunda década del siglo veintiuno en Cuba) desfilan por este país que Jamila Medina escribió, ilustrándolo con la foto de un teléfono público sobre una pared roja, que ya no funciona. Su literatura, más allá de lo inolvidable y lo desproporcionado, sobre todo en sensaciones, ha sido adjetivada por ella misma como púbica y pública. Acaso hoy, desde los días pandémicos de un falso fin del mundo, ¿podríamos hablar de una literatura de teléfono?, ¿de una literatura de llamada en espera? Espérame, Ifigenia, espérame, Polixena. Por faltar, faltó la foto del carrusel, (tiovivo, ola marina) en el que Jamila Medina y yo dimos una vuelta por una peseta en dólar que no pagamos nosotras. El carrusel echó a andar y todas las mujeres echaron a andar. Depende, entonces, ¿de un carrusel de feria?, ¿de una feria de libros?, ¿de un libro de países?, ¿de un país de la siguaraya?

Jamila Medina Ríos escribe catálogos que serán archivados alfabéticamente en las gavetas de la literatura (¿cubana?). Animales, geografías, efemérides, países, sentimientos, procesos sociales, núcleos familiares, muertes. El cuerpo de policía de Flagler y la 27 me hizo llenar una hoja de datos para involucrar a la Interpol y conseguir encontrarla. Logré convencerlos con una foto donde aparecemos Jamila Medina y yo cabalgando sobre motocicletas de lata que dan vueltas en círculos viciosos. Lloró el cuerpo de policía en pleno, al ver la imagen de dos muchachas borrachas sobre dos motorcitos de colores, lloré yo recostada al mostrador. No había nadie a mi lado que me dijera: «Legna Rodríguez Iglesias, no sufras».

Publicado orginalmente en El Estornudo

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Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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