Heidi Hassan y Patricia Pérez: Emigrar y no perder el cine

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Patricia Pérez y Heidi Hassan, autoras del documental A media voz (2019) / Fotos: Cortesía de las entrevistadas.

Por Mónica Baró

El pasado 11 de diciembre fui a ver el documental A media voz (2019) al cine 23 y 12, no solo porque era una obra que concursaba en la edición 41 del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, que yo estaba cubriendo, sino también porque dos meses antes había conocido a Heidi Hassan, una de sus autoras, en Madrid. Hasta ese momento yo no había visto nada de Heidi, tampoco de Patricia Pérez, la otra directora. Pero Heidi me había contado algo sobre A media voz y yo había sentido que no debía dejar de ir a su presentación en La Habana.

A media voz habla de Heidi y de Patricia, una amistad que comienza en la infancia, cruza el Atlántico y sobrevive en la distancia. Es una obra autobiográfica. Pero incluso antes de verla ya me imaginaba como una de sus protagonistas, y una vez que la vi supe que en cierta medida lo era. Sentí hacia sus personajes una fuerte empatía.

Las cosas que vivían Heidi y Patricia eran cosas que yo había vivido. Sus emociones tenían una historia muy similar a las mías. No era la concatenación de los hechos lo que alteraba mi posición de espectadora y me colocaba como dentro de la película sino el desarrollo de los conflictos más íntimos de dos mujeres cubanas emigrantes. Esos son los tres grandes temas de la película: ser mujer, Cuba y la emigración.

Heidi y Patricia se fueron de Cuba a los 24 años. A comienzos de 2003, Heidi estaba en Suiza, y Patricia en España. Yo no emigré a ninguna parte, no tengo claro si un día lo haga. No tengo claro qué es irse definitivamente de Cuba. No tengo claro qué es lo definitivo y espero nunca tenerlo claro. Yo, hasta ahora, soy la amiga que se quedó en Cuba cuando su mejor amiga se fue a Canadá, cuando casi todos sus amigos se fueron a alguna parte, cuando la hermana mayor se fue a Estados Unidos. Sin embargo, A media voz no dialoga apenas con quienes experimentan esa metamorfosis que es la emigración sino, especialmente, con quienes alguna vez han pensado en irse, o se encuentran en proceso de irse, o viven amando a personas que se han ido. Dialoga, si no con toda Cuba, con una parte muy significativa de Cuba.

Cuando A media voz llegó al festival de La Habana ya había merecido el Premio al Mejor Largometraje Documental en el Festival Internacional de Cine Documental de Ámsterdam. En La Habana ganaría el Premio Coral de Largometraje Documental. Entonces Heidi Hassan y yo volvimos a encontrarnos, y la entrevisté.

No hablamos tanto de esos reconocimientos. Me dijo que le había sorprendido que personas de edades muy distintas, incluso fuera de Cuba, conectaran con la película, y que no pocas les habían dicho algo que ella ha considerado un cumplido: que siguieran haciendo cine.

Heidi piensa que quienes les dijeron que siguieran haciendo cine lo dijeron porque sintieron la fragilidad de ellas y pretendieron darles ánimo, pero yo, que luego de ver A media voz les dije exactamente lo mismo, pienso que ese cumplido responde sobre todo a una necesidad de seguir viendo el tipo de cine que ellas hicieron. Un cine en que las autoras ciertamente ponen al descubierto sus fragilidades; un ejercicio muy contundente de libertad.

Heidi se va y deja su cabeza en Cuba

Yo soy de esas pocas personas de mi generación que no se quería ir del país, porque todo el mundo a mi alrededor se iba a la primera oportunidad que tuviera, pero no, no estaba en mis planes. Sucedió por una historia de amor mía. Yo siempre pienso que no es lo mismo irte de Cuba queriendo irte de Cuba que irte porque la vida hizo que tomaras esa decisión por otro motivo. Siento que queda una especie de… Un sentimiento muy extraño.

No es arrepentimiento, nada que ver con eso; es un deseo que no está maduro en ti. Yo no me fui harta, yo me fui queriendo hacer muchas cosas aquí, muchísimas cosas. Entonces por eso también tengo esa relación como indecisa, ambigua.

Eso es una cosa que me da vergüenza decirla, porque vivir fuera y decir que a mí me gustaría vivir en Cuba se me hace irrespetuoso con la gente que vive las dificultades cotidianas aquí, pero sinceramente es un fantasma que yo tengo siempre presente en mi cabeza. Yo soy muy romántica. Y eso de algún modo siempre está ahí en mi cabeza. Pero lo comparto poco. Prefiero no decirlo, y un día hacerlo.

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Heidi Hassan. Rota/ Casée/ Broken (Autorretrato). Autora, junto a Patricia Pérez, del documental A media voz (2019) / Foto: Heidi Hassan.

La realidad cubana es la única realidad que a mí me llama la atención. Otra isla (2014) es la historia de una Cuba fuera del país. Y las otras cosas que he hecho son como muy íntimas, pero siempre de una cubana, que soy yo, fuera de Cuba, o sea, el vínculo con Cuba está todo el tiempo. A veces me digo: ¿será que estoy adormecida?

Mi entorno ahora a mí no me motiva lo suficiente como para querer hacer algo con ello. También es que no me siento lo suficientemente informada, y no es que yo, sobre la realidad de Cuba, esté más informada que nadie, no es eso, pero yo me siento con derecho a hablar de ella, a cuestionarla, a hacerme preguntas. Es la motivación.

Yo me doy cuenta de que, creativamente, mi cabeza siempre está en Cuba, lo que al final no vives aquí, te vas distanciando, y corres el riesgo de tener un punto de vista muy ingenuo. Pero sí, la realidad que a mí me mueve es la realidad cubana, y ya llevo 17 años fuera de Cuba.

Patricia se va a vivir su propia película

Había un cansancio bastante grande, como digo en la película, pero, más que lo que sintiese en ese momento, porque acababa de terminar la escuela de cine, era lo que intuía que podía sucederme. Siendo completamente sincera, mi impulso mayor era una necesidad de vivir otras experiencias.

En Cuba sentía que el techo estaba muy bajito y yo necesitaba conocer otras realidades. Es una cosa de la edad, del momento, porque ahora mismo no es eso lo que siento hacia Cuba. Pero en ese momento sentía que no tenía inspiración, que necesitaba vivir otras cosas, y llenarme de otras experiencias como creadora.

Después de hacer la película, de conocerme por 40 años, me doy cuenta de que soy muy curiosa, y que para mí, parafraseando a un amigo, es más importante la película de la vida que las películas que voy a hacer. Y sí, yo necesitaba vivir mi propia película y esa película no podía quedarse en Cuba.

En ese momento no tenía tan claro que iba a querer quedarme. Yo vine a España por una beca de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, pero sí tenía la sospecha de que esa idea me iba a pasar por la cabeza. Por supuesto, no podía prever lo que era estar ilegal.

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Patricia Pérez, autora, junto a Heidi Hassan, del documental A media voz (2019) / Foto: Cortesía de las entrevistada.

Heidi es convertida en una espía americana

Cuando filmé en Guantánamo en el 2006 fue muy complicado. De hecho, no pudimos terminar la filmación. Había como una paranoia totalmente injustificada. Fue muy absurdo, muy absurdo. Nos preguntaban: «los micrófonos que ustedes tienen, ¿cuántos kilómetros captan?» Digamos que nosotros y quienes nos impidieron seguir filmando estábamos en dos realidades muy distintas.

Era un documental sobre la herencia taína. La dirección la estaba haciendo un amigo y antiguo compañero de la Escuela de Cine de San Antonio. Yo había venido a hacer la fotografía; tendría veintipico, casi 30. Había empezado una escuela de cine en Suiza, pero cuando estaba en segundo año pedí un año sabático y vine para Cuba. Estuve aquí 11 meses, o algo así, primero preparando el proyecto, hasta que finalmente fuimos y filmamos.

Nuestra idea era quedarnos tres meses viviendo en esa comunidad, pero nada…; vino una persona, nos dijo «ustedes, quiénes son, qué autorización tienen». Nosotros teníamos 12 cartas de apoyo, de cuanta institución hubiese en Cuba, y las enseñamos. Él dijo: «Ah, sí, muy bien, perfecto, no hay lío». Pero al día siguiente llegó la policía y nos sacó de allí. Nos dijeron que no teníamos derecho a filmar, que eso era zona militar.

Lo que estábamos haciendo era filmar a las personas de esa comunidad, sus tradiciones, lo que podía haber quedado de esa herencia taína: cómo cultivaban, cuáles eran sus cantos. No tenía nada que ver con política, y no nos dejaron seguir filmando. Se hizo con el material que teníamos hasta ese momento, pero realmente el proyecto fue abortado porque no terminamos lo que habíamos previsto.

En ese momento tenía muchas ganas de volver, de vivir aquí, de filmar aquí, y esa experiencia fue tan desagradable que yo por mucho tiempo como que no… Yo me sentía en cierto modo deudora, por haber estudiado aquí, de la escuela de cine; por eso quería hacer cosas en Cuba. Las quiero seguir haciendo…; en ese momento era muy fuerte eso de la deuda que sentía.

La experiencia fue bastante desagradable, porque yo le tenía mucho cariño a esas personas que me habían dado la posibilidad de estar allí con ellas, y les dijeron que yo era una «espía americana», una cosa así, totalmente delirante, y eso hizo que no se quisieran relacionar más conmigo. Me dio mucha impotencia que creyeran más en la palabra de las autoridades que en la mía. Y yo no tenía manera de defenderme. Me pareció terriblemente injusto.

Patricia frente a la página en blanco

Durante mucho tiempo yo fui demasiado temerosa, aunque en la película todo el mundo dice: «Ay, qué valiente». Y sí, yo fui valiente en cuanto a mi propia vida, pero en cuanto a la creación, durante mucho tiempo, fui demasiado temerosa. Quizás era demasiado perfeccionista y tenía demasiado miedo a hacer el ridículo, o quizás ahora me estoy llevando muy recio, porque no puedo olvidar mis circunstancias en España: ilegal, durante años.

Al principio fue por la cosa de no tener papeles y encontrarme por primera vez con que no me podían contratar. Los escasos contactos que yo tenía aquí en España, cuando llegué, me podían servir para muy poco. Sin embargo, conseguí trabajar sin papeles en dos o tres producciones, grabando y editando, y me pagaban poco, por supuesto, pero un amigo me hacía la factura.

Luego de eso sí se me hizo muy complicado seguir pidiendo favores. Y pensaba: «Bueno, los pocos contactos que tengo no los quiero quemar estando ilegal; cuando solucione esta situación les llamaré». Claro, la vida te lleva por tantos sitios, y tú no te imaginas que vas a estar ilegal tres años y que esa gente se va a olvidar por completo de ti, y que luego, como digo en la película, lo que tengo en ese currículo es un vacío profesional muy grande.

Nunca me desvinculé de la cámara. Tenía una necesidad muy grande de filmar. No filmé tanto como estoy filmando ahora, la verdad, ahora filmo mucho más, pero sí filmaba; llevaba la cámara conmigo y cuando podía hacía algo. Filmaba a amigos, o lo que estuviera pasando. Mis diarios y mis libretas están llenas de historias inconclusas, como también digo en la película, y, claro, yo me llevo muy recio y me digo: «Por qué no terminé todo eso». Pero es que era realmente difícil.

Tenía que entender lo que estaba viviendo, seguir para adelante, no pensar demasiado en lo que estaba arriesgando por vivir mi propia película.

Realmente, cuando emigras, Dios mío, como dice Heidi en la película, eres una página en blanco, y esa página en blanco te puede dar horror o fascinación. En mi caso me dio las dos cosas: la fascinación por descubrirme en esas tantas mujeres que he sido, pero también el miedo muy grande de no ser más nunca artista, y el miedo de no saber quién iba a ser.

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Las futuras cineastas Patricia Pérez y Heidi Hassan, autoras del documental A media voz (2019) / Fotos: Cortesía de las entrevistadas.

Creo que mucha gente lo vive como yo, pero me imagino que es algo de lo que prefieren no hablar, porque no es algo de lo cual sentirse orgullosos, de esa pérdida de la confianza. Por eso siento que cuando la gente ve A media voz se identifica tanto y nos da tanto las gracias, porque de alguna forma sienten que, si nosotras lo hemos logrado, es cuestión de confiar en una misma e intentarlo.

Una es mucho, mucho, mucho más de lo que una se imagina. Una se cree que es una cultura, un país, unos amigos, y luego estás fuera de ese país y sigues siendo tanto tú… El paisaje te influye, pero hay mucho de una misma en todos lados.

Heidi pierde el miedo a no hacer cine

Hay mucha gente que hace cine porque le gusta contar historias. A mí no es tanto que me guste contar historias como que necesito entenderme y buscar un lugar en el mundo. Yo soy bastante tímida, la experiencia en Suiza me hizo más tímida todavía, porque como una no sabe bien qué opinar, qué decir, te empiezas a relegar un poco hacia una esquina. Pero es como que yo siento mucho, y tengo necesidad de transformar eso que estoy sintiendo en algo.

Recuerdo que hace algunos años yo estaba con esa obsesión de ser directora de fotografía. Eso significaba que me escogiesen en un equipo de ficción profesional, de 30 o 40 personas, para lo cual hay todo un protocolo en que es realmente difícil insertarse, pero, bueno, estuve mucho tiempo apostando por eso y una vez que lo conseguí, me dije: «¿Esto es por lo que yo me he esforzado tanto?»

Entonces me di cuenta de que en realidad yo prefería proyectos mucho más pequeños, proyectos con poca gente, más familiares, que por lo general tienen menos alcance, pero en los cuales vas también ganando confianza y legitimando un tipo de cine. Un tipo de cine mucho más casero, que está al alcance de tu mano.

Te das cuenta de que nunca vas a perder el cine. Una para hacer cine no tiene que esperar a que alguien le contrate, o sea, cierto tipo de cine, por supuesto. Ya no tengo ese miedo de nunca más hacer cine. Yo tengo una cámara, un grabador de sonido, y edito.

Y una dirá: «Obvio». Pero no, no… Ha sido un proceso.

Yo te puedo decir que este cine es necesario porque «la voz de la mujer…» Yo te puedo hacer un discurso así, pero te estaría mintiendo. Yo quisiera que fuera así, sentirme con la potestad de decir: «Esta es mi película y qué». La película no se llama A media voz por gusto, no solamente porque seamos dos, sino porque fue un proceso de crecimiento muy lento, que ha tomado muchos años.

A veces las mujeres no aceptamos eso, porque aceptar eso sería como ir en contra de nosotras mismas, hablar mal de nosotras mismas.

Esta posición de seguridad en la que estoy ahora para nada es así siempre; es súper inestable, extremadamente frágil. Nosotras estamos llenas de pequeños complejos, pequeños miedos, pequeñas dudas. Una está toda minada. Hasta la médula. Y yo me considero una mujer muy fuerte, de verdad, y he recibido una educación en que todo el tiempo se me ha animado, apoyado. Mi madre es una mujer muy feminista, muy libre, pero aun así el peso de la sociedad es brutal.

A la hora de mostrar: ese siempre es mi conflicto. ¿Para qué? ¿Por qué?

Cuando yo hice Tierra roja (2007), no lo quería enseñar, porque era una necesidad mía sacar ese momento de la adolescencia con el cual no supe muy bien cómo lidiar: la separación con mi madre. Tenía que analizarlo y transformarlo en algo. ¿Qué pasaba? Era un trabajo que yo había hecho para la escuela, y había una proyección pública. Yo me quería morir, porque para mí era una cosa extremadamente personal.

Siempre tienes ahí la duda sobre a quién le importa tu historia, y me di cuenta de que sí, que importaba muchísimo. Yo me quedé loca con la reacción de la gente, de gente en Suiza, con la emoción que causó, porque no me la esperaba.

Por eso ahora cuando mostramos A media voz, tanto en Ámsterdam como aquí en La Habana, y venía alguien y nos decía «cómo me gustó, sigue haciendo cine», cientos de personas, abría mis poros como para quedarme con eso y crear una capa encima de esa duda que yo tengo.

Patricia descubre que no sabe vivir en Cuba

Habré estado sin volver a Cuba… todo el tiempo que estuve ilegal. No sé si fueron tres años. En estos 17 años yo he perdido bastante la noción del tiempo. No sé si ha sido un mecanismo de defensa, porque el tiempo te genera mucho estrés, y yo he trabajado bastante con el estrés, sobre todo con el estrés de no cumplir con las expectativas que te imaginaste. La película me ha ayudado mucho a superar eso que tanto tiempo estuve evitando pensar: cuándo voy a hacer una película.

Entonces creo que, como fue tan fuerte todo este proceso, evité pensar en el tiempo. Creo que sí, que fueron tres o cuatro años sin volver a Cuba. Lo hice una vez que conseguí estar legal en España. Sabía que no podía regresar hasta que no estuviera legal en España, porque, si no, no podía volver a salir de Cuba. Nunca me darían otra visa para España ni para Europa.

Cuando una regresa por primera vez es un choque, porque afuera una idealiza todo. Idealizas el malecón, idealizas el cielo, idealizas tu casa, y cuando regresas y ves que el malecón no es tan grande como lo habías recordado, que el Morro es más bien pequeño, te das cuenta claramente de lo que es la nostalgia, de lo que crea la nostalgia, y de lo que es la realidad.

Otra idea que me pasó por la cabeza fue que ya yo no sabía vivir en Cuba: para mí era increíble cómo la gente podía convertir el dinero en comida, vivir con esos salarios. Yo realmente no me sentía capaz; había perdido las herramientas por completo. En realidad, nunca las tuve, porque yo en Cuba lo único que hice fue estudiar. Después de que acabé la escuela de cine me fui, nunca trabajé en Cuba, nunca tuve mi dinero, siempre estuve con mis padres. Entonces me di cuenta de eso, de que me sentía incapaz de desenvolverme en Cuba, y las personas que lo lograban me parecían heroínas.

Siempre he ido de vacaciones. La única vez que fui pensando en trabajar, aunque tampoco tenía eso tan presente, fue la vez anterior, en mayo pasado, por las escenas que teníamos que filmar para A media voz: tres o cuatro días de rodaje. Fuimos las dos, Heidi un poquito menos. Ese viaje fue espectacular, muy místico, aunque no sería representativo de lo que son mis regresos a Cuba.

Para mí viajar a Cuba es un proceso. La primera semana siempre es un golpe duro. No lo puedo evitar. La primera semana estoy… No diría que anestesiada. Estoy apática. Entro en una apatía mezclada con rabia que se va disipando poco a poco con los afectos, pero que siempre empaña mis primeros días allá.

Me produce mucha tristeza encontrarme con un montón de rostros anónimos en los que puedo ver el esfuerzo cotidiano. El cotidiano cubano, que es tan difícil y que a mí me sobrecoge. Pero luego ya voy entrando en la parte maravillosa de Cuba, que es la gente, que es la alegría. Yo no he viajado el mundo entero, pero de verdad que a mí los cubanos me parecen de la gente más maravillosa que existe.

La espontaneidad, el azar. El azar es algo en Cuba que me fascina. Claro que yo vivo Cuba como una extranjera, porque imagino que esa imposibilidad de saber lo que va a ser tu día, en el día a día cubano, debe ser agotador.

Creo que si yo viviera en Cuba estaría molesta todo el tiempo, peleándome, sería una vida muy diferente. Yo estaría muy quemada, porque las cosas de Cuba me afectan muy hondo: las barbaridades de nuestros gobernantes, cada idea que se les ocurre. A mí no me dan risa, a mí me dan una rabia tan grande que me cuesta trabajo ser indiferente, superficial.

Cuando vuelvo intento no estar volviendo a ese país del que decidí irme; me refiero en el sentido político. Yo voy a ver a mi familia y a mis amigos, que son una parte esencial de mí. Voy a recargar esas pilas que necesito.

En Cuba estoy inspirada todo el tiempo, grabando todo el tiempo. Todo me da ganas de contar algo, de hacer una película, de pensar un documental. Es triste, porque yo vivo afuera, y soy consciente de que ese sitio es el que realmente a mí me da gasolina. Para mí es el material creativo más grande.

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Patricia Pérez y Heidi Hassan, autoras del documental A media voz (2019) / Foto: Cortesía de las entrevistadas.

Cada vez que me voy de Cuba, me voy con la certeza de que voy a volver en tres meses, cuatro meses. Eso lo he estado diciendo durante 17 años y en todo este tiempo jamás lo he conseguido. Y, así y todo, me lo sigo creyendo. Es tan fuerte, tan fuerte esa sensación con la que me voy que se me olvida que todos los años digo y pienso los mismo. Estoy acabando este rodaje, viendo los festivales de la película, y pensando cuál es el mejor momento para volver.

Mi ideal es regresar a Cuba con un pasaje abierto. No comprar pasaje de vuelta para no sentir que tengo que volver porque pagué un pasaje sino porque quiero ya regresar.

Es muy fuerte el vínculo; no se trata para nada de una cuestión política. Es emocional y creativo, como una parte de mí que necesita ese alimento.

Heidi piensa en las patadas y piñazos de Bruce Willis

Para montar una producción no basta con tener una idea y llevarla a cabo. Nosotras estuvimos cinco años y medio en este proceso: un año y medio en la parte creativa y cuatro años en la búsqueda de financiación. Esta carrera se va alimentando no solo de tus propias dudas sino de la desmotivación por el feedback que recibes de los otros.

A nosotras nos han dicho en lugares a los que hemos aplicado: «No, el tema de la maternidad no es interesante». Tú sabes que sí lo es y sabes que la persona que está en frente de ti te está diciendo una estupidez, pero esa persona es la responsable de dar o no una ayuda financiera para que esa película se haga. A veces te dices: «¿Seré yo la que estoy equivocada?»

También fue una película muy difícil poner en papel, de proyectar. Nosotras realmente lo intentamos muchísimo y terminamos consiguiéndolo, porque conseguimos el dinero, pero fue difícil que la gente se la imaginara. Y aquí no tienes otras películas que sirvieran para comparar; teníamos algunas referencias pero que no eran exactamente eso. Tierra roja fue una referencia hasta cierto punto.

Entonces llegas bastante desgastada al proceso, porque te has encontrado tanta gente que no ha confiado en ti que tú también empiezas a desconfiar. Empiezas a pensar que a lo mejor no es muy buena idea.

Y cuando te preguntan cuál es la importancia de esta historia, qué sentido tiene contar esta historia, a mí me empiezan a desfilar por la cabeza, primero, la mayoría de esas películas hollywoodenses y, luego, otras tantas sobre las que tú dices: «¿Cuál es el sentido de que Bruce Willis esté dando patadas y piñazos por el mundo? ¿Eso tiene más sentido que lo que yo estoy contando?» Y a mí me cae muy bien Bruce Willis.

Además, yo siempre he sido muy de escuchar al otro. Yo estoy en un cuestionamiento permanente. Hay un punto en el que deberías armarte de un escudo, pero ese escudo no lo tengo todavía. Eso tiene su lado bueno y su lado malo. El lado malo es ese: dudo mucho.

Aunque no me gusta decir que dudo mucho. Yo no soy una persona que duda mucho, sino alguien a quien le cuesta involucrar a otras personas en una cosa que es una necesidad personal.

Bruce Willis. Muchas veces, cuando a mí se me tambaleaba el piso, cuando me preguntaban a quién le importa esto, yo me imaginaba a Bruce Willis en un helicóptero tirando tiros, y pensaba: «Eso cuesta mucho más, y a mí en lo personal no me dice nada». Sé que hay mucha gente a la que sí, pero era como yo pensaba: «Tiene que haber mucha gente como yo también, a la que eso no les diga tanto». Es que ni siquiera me entretiene.

Y te aseguro que esa imagen de Bruce Willis a mí me motivaba mucho.

Patricia vuelve a confiar en su mirada

Empezar a vivir en Galicia, en un pueblo, sola, fue realmente importante. Ya estaba legal y fue como poner stop, hacer un silencio, y preguntarme realmente quién era yo y qué quería, porque después de tantos años de un lado para otro, y con una estabilidad mínima, había perdido el objetivo. Empecé a pensar qué podía hacer yo que tuviera que ver con lo que había estudiado, que me diera una estabilidad y fuera más agradable que vender en ferias ambulantes. Entonces se me ocurrió lo de script, porque yo había hecho asistencias de dirección, y no me gustaba nada, me resultaba muy estresante.

Me moví por todas las productoras de Galicia y sucedió que tuve la suerte de caer en una televisora que necesitaba justo en ese momento una script. Me dieron esa oportunidad y me encantó. Ahora mismo estoy cansada y quiero disfrutar de A media voz y siento este trabajo como un impedimento, porque no he podido estar en Cuba a causa de esto, pero realmente me ha dado un poco de estabilidad después de tanto tiempo en la precariedad.

Además, el sitio donde estaba en Galicia, un paisaje maravilloso, me permitió estar tranquila para empezar poco a poco a crear.

En todo esto qué rol juega Heidi… Nunca estuvimos desconectadas una de la otra. Yo seguía bastante lo que ella estaba haciendo. Heidi había vivido otra emigración en Suiza. Había ido casada, legal, había empezado a estudiar cine, cosa que a mí nunca se me ocurrió intentar, y eso fue muy inteligente, porque le permitió crearse un grupo de gente que estaba empezando como ella. Había hecho Tierra roja, que yo recuerdo que me encantó cuando la vi. Ella estaba en el último año de su carrera cuando me dijo que quería que yo editara Tormentas de verano (2008), que fue su corto de tesis.

Y yo, que la conozco bastante, aunque nunca me lo dijo, bueno, no sé, no lo he hablado con ella, pero estoy segura de que ella lo hizo de alguna manera para recuperarme. Y yo fui a Suiza con ella y estuvimos trabajando juntas. Y la verdad es que trabajar con ella, conocerle como realizadora, tan abierta…, porque siempre habíamos trabajado al revés, ella hacía la fotografía y yo hacía la dirección… Me imagino que hizo mella en mí.

No sé decir si fue a la vuelta o cómo, pero lo cierto es que desde ese momento nos apoyamos mucho más creativamente. Yo empecé a darme cuenta de que lo que quería hacer eran documentales. Era lo que sentía que se parecía más a mi ritmo mental y a mi capacidad para lidiar con un equipo.

Cuando me imaginaba como directora con un equipo grandísimo, aquello se me hacía imposible. ¿En qué momento a mí se me ocurrió que yo podía lidiar con eso? Yo soy tímida; emigrar me ha ayudado mucho y los mercadillos ambulantes me han ayudado mucho a lidiar con esa timidez, pero soy naturalmente tímida… Entonces como que empecé a pensar en esto de que Heidi podía contar cosas hermosas con poco presupuesto y equipos mínimos.

Durante la etapa en Galicia filmé mucho mucho, mucho… Me compré una cámara nueva. Me compré un ordenador para editar. Empecé a desarrollar un proyecto sobre unos percebeiros — que es un trabajo muy peligroso en Galicia — , escribí el proyecto, me dieron una subvención, y todo empezó a darme confianza otra vez en mi mirada, que era algo que había perdido por completo.

Ese guion no llegó a nada, pero sí filmé mucho, y ahí tengo las imágenes. Pensé que iban a quedar en la película, pero al final no quedaron. Será para otra.

Después decidí hacer un documental, Piscina municipal (2013), que tiene cosas muy lindas; no me encanta todo, pero tiene cosas muy lindas. Y le dije a Heidi que viniera a hacer la fotografía, y ella vino. Fue una producción completamente autogestionada; éramos solo nosotras dos filmando, y la pasamos muy bien. Nos sentíamos muy a gusto juntas.

Después de Piscina municipal, Heidi vino a Madrid, yo me mudé a Madrid; hicimos juntas Otra isla, ella la dirigió y yo hice el montaje. Y empezamos ya a pensar en que queríamos hacer esta película juntas. Desde ese momento para mí la creación se convirtió en la prioridad.

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Heidi Hassan y Patricia Pérez, autoras del documental A media voz (2019) / Foto: Cortesía de las entrevistadas.

Antes de llegar a Galicia y durante una buena parte de mi estancia en Galicia, la prioridad había sido vivir experiencias, no preguntarme cuándo iba a crear. Era una manera de eludir la pregunta más importante.

Ahora estoy en un momento en el que creativamente me siento muy inspirada y con mucha confianza, porque las dos cosas hacen falta. Inspirada siempre he estado, si algo me pasa es que todo me inspira demasiado, pero ahora me siento inspirada y segura.

Heidi y Patricia se encuentran en Madrid

No me acuerdo el año, pero fue en España. Yo fui a ver a Patricia. Me doy cuenta de que me cuesta trabajo recordar ese momento. Hace mucho también que no vuelvo sobre él. Ay, no sé, no me acuerdo.

No recuerdo exactamente el instante, porque como ha habido tantos reencuentros, no creo que sea exactamente el que te voy a describir, pero hay uno del que me acabo de acordar…

En todo caso, es como el premio en Ámsterdam, un momento muy importante: tú sientes que estás y no estás ahí.

Yo me había pelado bajito, como aparezco en la película, pero todavía más bajito, acababa de pelarme, y creo recordar que fui con la mamá de Heidi al aeropuerto, y me había escondido, porque, como estaba pelada bajito, quería que me viera así y no le había dicho nada, y cuando nos vimos ella también estaba pelado bajito.

Es como los grabadores de sonido, que tienen un delimitador: cuando el sonido sube mucho, tienes un pico, y te lo anula para que la señal no se pase. Entonces yo me imagino que es tanta la emoción que hay un tic, un limitador de señal, que hace que una se…

Eso es lo que recuerdo: un encuentro en un aeropuerto.

No sé. Estás muy emocionada pero muy contenida. Yo soy un poco así; yo no soy de dar brincos y gritar, pero eso no significa que no esté emocionada.

También vino un amigo de Cuba, Mijaíl, que había venido a Madrid para una obra de teatro, y recuerdo que los tres la pasamos tan bien juntos…

Yo no te podría decir un día más feliz en mi vida, ni un día más triste en mi vida.

Pero antes Heidi me había escrito un email donde me decía que ella venía con un plumero para poner en orden esta cabecita mía, porque yo estaba ilegal, no sabía ni qué había hecho ni qué tenía que hacer, ni nada.

Es curioso, cuando una hace este tipo de trabajo, que al final es autoficción, cómo llega un momento en que la ficción empieza a contaminar la realidad. Y ahora mismo, cuando pienso en un encuentro con Patricia, lo primero que me viene a la mente es un encuentro que nosotras imaginamos para la película.

Publicado originalmente en El Estornudo.

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Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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