Feliciano Carbonell regresa a casa

Feliciano en la costa / Foto: Cortesía del autor

Por Darío Alejandro Alemán

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Feliciano tejiendo una red / Foto: Cortesía del autor

Para Feliciano Carbonell tejer una red es cosa fácil. Basta enredar este hilo aquí, sujetarlo con el índice, hacerle un nudo, luego jalar con suavidad, anudar nuevamente y volver a jalar, esta vez más fuerte.

— Y así, una y otra vez, por todos lados. No sea bruto, compadre. Tú solo escoges el tamaño de los agujeros y ya. Esto no tiene ciencia — me recrimina sin levantar la cabeza, concentrado en no perder el ritmo con que sus ágiles dedos tejen. Mientras, arranca pequeños cordeles del interior de un neumático deshecho que encontró en la playa.

Media hora después, la madeja de hilos que sostiene comienza a parecer una red.

— A lo mejor mañana ya está lista. Entonces podré pescar por mí, y ya no tendré que depender de lo que me regalen los pescadores o de lo que me traiga el mar.

Feliciano me cuenta que lo último que le trajo el mar fue una picúa enorme. La vio una mañana desde la entrada de uno de los túneles abandonados donde duerme, recovecos destrozados por el salitre que alguna vez se hicieron sobre el diente de perro como línea defensiva para repeler invasiones extranjeras. La picúa estaba sobre las rocas y la regresión de las olas hacía por llevársela, así que Feliciano se apresuró a tomarla. Sin embargo, sufrió una gran decepción cuando descubrió que del animal apenas quedaba la cabeza y algo de carne, la poca que habían dejado los tiburones.

«Algo se le puede sacar», pensó, y se fue con el pescado al hombro para intentar venderlo entre quienes, a unos pocos metros del lugar, hacían fila para comprar en una de las nuevas tiendas en Moneda Libremente Convertible de La Habana.

— No quisieron la picúa. Y eso que de la cabeza se hace tremenda sopa. Por eso cogí agua de mar, la metí en un caldero con el pescado y me di un banquete de general. La gente no sabe eso. Bobos que son — cuenta, y suelta una carcajada breve, dejando entrever su boca que es pura encía inflamada y unos poquísimos dientes picados, como vidrios rotos, que increíblemente aún pueden triturar sin problemas un pan duro y viejo.

Nadie sabe con exactitud en qué circunstancias llegó Feliciano a este pedazo de la costa norte en el municipio Playa, muy cerca de la desembocadura del río Almendares. Fue hace unos meses, poco después de la llegada del coronavirus a Cuba, que la gente reparó en este viejo que camina descalzo sobre las rocas filosas, se da un chapuzón en el mar, y después se cobija en esos túneles donde solo se puede entrar a gatas.

— No le digas más «túneles», chico. Esta es mi casa. Tengo una en Santiago de las Vegas, por el Rincón; una casa «casa», de verdad. Pero este lugar me gusta más. Está cerca del mar y tengo lo que necesito. ¿Qué más puedo pedir?

Túnel donde vive Feliciano / Foto: Cortesía del autor

Buena parte del día la pasa en estos escondrijos oscuros; busca espacios sin escombros donde echar una siesta. Luego se asoma para ver qué le han dejado quienes tiran su basura a la playa o, simplemente, qué ha depositado la marea en la orilla. A veces sale a dar largos recorridos por Miramar. Inspecciona entonces cuanto tanque de basura se le cruza en el camino y se lleva aquello que puede serle útil: zapatos rotos, pomos de cristal, bolsas de nylon, casi cualquier cosa.

La alegría de las últimas semanas, dice, es un overol de mecánico que le regaló un vecino de la zona. Hasta entonces se vestía con lo que encontraba, trapos sucios y sin elásticos, tan deshilachados que en ocasiones debía amarrarlos a la cintura con un cordel para no quedar desnudo. Sin embargo, me cuenta, cuando llegó a la costa se trajo un maletín con ropa, mucha de ella casi nueva, porque se la había enviado su hermana que vive en España. Un buen día salió a dar una vuelta y, al regresar a la playa, no encontró el maletín.

— Coño, es verdad, me la robaron. Y creo que fue una mujer que a veces anda por aquí, una que tiene la cara cortá — dice algo molesto…, pero se le pasa cuando tensa la red que lleva tejiendo toda la mañana — . Está quedando buena… y dura.

Mientras hace un nudo tras otro, seguimos conversando. Ya se ha convencido de que jamás podré tejer una red como él, así que desiste de enseñarme. Le pido entonces hablar de su pasado y accede con gusto. En la playa, dice, no hay con quien compartir. Luego de una corta charla, comienza a bostezar. Confiesa que el calor de la tarde le agobia y deja al fin la red para huirle al sol, adentrándose en las sombras de su hogar y acomodándose entre sus paredes estrechas.

— ¡Mira qué clase de vista tengo desde aquí! ¡Cómo brillan el mar y las piedras! ¿Sabes qué es ese brillo? Exacto, es la sal, que son cristales chiquiticos. ¿Recuerdas lo que te conté, que cuando esos cristales se amontonan y les da el sol pueden cegar a un hombre? Pues es así.

I

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Feliciano según la mirada del autor Darío Alejandro Alemán

VI

Feliciano está de mal humor. Me dice que lleva así unos días, desde que se lo llevaron detenido a la estación policial del municipio. Aquella tarde había sentido discutir fuertemente a dos hombres muy cerca de donde vive. Luego llegaron los policías, pero no parecieron hacer mucho caso a la discusión. En cambio, bajaron hasta la costa y lo encontraron a él en lo de siempre, revolviendo la basura entre las piedras. Como no llevaba mascarilla, lo subieron al auto y le hicieron pasar la noche en un calabozo. A la mañana siguiente le dieron de desayunar y lo liberaron.

— Esos policías son unos singaos, sí, pero había uno bueno. Hay que decirlo: ese me dio un par de cigarros para el camino de regreso.

En otras ocasiones ha estado a punto de suceder lo mismo, pero ya algunos policías de la zona lo reconocen y le permiten andar sin mascarilla. Él agradece que sea así. Lo único que desea es, confiesa, que lo dejen vagar en paz.

Feliciano a veces dice «vagar», como si reconociera implícitamente su status de vagabundo. Sin embargo, el gobierno cubano prefiere llamarle «persona con conducta deambulante». Las «personas con conductas deambulantes», advierte el gobierno, son una «comunidad protegida» a la cual se destinan fondos estatales para tratamientos de salud y reinserción social. Según cifras oficiales, solo en La Habana existen 244, la mayoría hombres, casi todos entre 41 y 59 años de edad. Feliciano tiene 79 y es muy probable que todavía no integre estas estadísticas. Tampoco ha recibido apoyo de ningún programa social. Excepto para algunos vecinos y trabajadores de centros laborales cercanos que en ocasiones le regalan agua, comida y ropas, Feliciano Carbonell no existe.

— Tengo un lote de zapatos bastante bueno. Los más rotos están aquí, pero los otros los tengo escondidos, no vaya a ser que me los roben también. Por suerte, la ladrona de la tajada en la cara no ha vuelto. ¿Tú has visto a la hijaeputa esa? — pregunta, y le contesto que no, aunque sí he averiguado por ella.

Cuenta un vecino que, poco antes de llegar Feliciano, esa mujer de mediana edad y con una cicatriz en un costado de la cara vivía en los túneles de la costa. Un día dejó de habitarlos, pero no por eso dejó de frecuentar el lugar, de donde recoge jarrones, estatuillas, cestas y herrajes que los devotos yorubas dejan a sus santos, para luego venderlos por unos pesos a las tiendas de artículos religiosos de la capital.

— Coño, negocio redondo — me dice divertido — . Por cierto, ¿en qué parte nos quedamos de mi historia?

II

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Feliciano en la costa / Foto: Cortesía del autor

Hace unas semanas, mientras una tormenta tropical apenas rozaba La Habana, Feliciano fue invitado, por los custodios, a refugiarse en los bajos de un edificio cercano, perteneciente a la compañía CIMEX. Aunque en la noche llovió e hizo algo de viento, la marea no subió lo suficiente como para inundar los túneles. Feliciano igual agradeció el gesto a los custodios, y ahora los visita de vez en cuando para que le rellenen pomos con agua fría o para pedirles cigarros y con qué encenderlos. Uno de ellos le regaló una fosforera, pero hace poco se rompió y ahora no tiene cómo fumar sin salir de la costa. En la vida reciente de Feliciano estas cosas son, por lo general, sus únicas preocupaciones.

— Sí, pero también hay otras como, por ejemplo, ver cómo remodelo esto para que no me entren a robar más. Tengo que organizar lo que tengo tirado por aquí adentro, recoger las piedras y tapar las entradas…

Justo ayer pensaba ponerse manos a la obra, pero amaneció con un fuerte dolor de barriga y ganas de vomitar. La causa del malestar fueron unos pepinos encurtidos que encontró, según él, metidos en un frasco de cristal sellado. Hoy, ya mejor del estómago, iba a comenzar su faena, pero una agradable sorpresa lo ha disuadido. Alguien le regaló una fosforera nueva esta mañana, hecho que coincidió felizmente con la aparición de unas gallinas decapitadas en la costa, de seguro ofrendas para los santos yorubas. Feliciano no piensa perderse la oportunidad de comer carne. Me pide que llene de agua salada un tiznado caldero de hierro y que lo afinque bien sobre dos rocas mientras él amontona debajo algo de hierba seca, telas y los restos de una cesta de mimbre que más tarde arderán. Después se va con las gallinas a la orilla, las despluma a tirones, las lava y las coloca en el caldero.

— Te invito… ¿No? Bueno, no importa. Claro, vamos a hablar. Pero después, si te embullas y te apetece, puedes venir a comer.

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Túnel donde vive Feliciano / Foto: Cortesía del autor

Feliciano, al fin, ordenó un poco su hogar, o eso dice. Aunque en los pasillos interiores de los túneles siguen los cúmulos de escombros, telas y zapatos, lo cierto es que en una de las entradas ha puesto como techo un plástico delgado, desde el que caen tres de sus redes como cortinas, y a los lados, unos nylons negros para bloquear la luz del sol. También me cuenta que ya tiene espacio para ocultar de los ladrones la goma de camión con la que piensa lanzarse a pescar.

Cambió ese neumático por un centenar de frascos de cristal que llevaba tiempo almacenando. Este tipo de canjes son comunes en la costa, donde confluye una suerte de comunidad de recogedores de «materias primas» y cualquier otro tipo de desechos reutilizables. De todos ellos, solo Feliciano pernocta en el lugar, por eso algunos le dan a cuidar sacos de botellas con los que no pueden cargar o le encargan varas de hierro a cambio de cigarros o algún objeto muy preciso que él necesite.

— Con esta goma ya puedo levantarme bien temprano y tirarme al mar a pescar. Entonces, fíjate, tendré pescado para comer y para vender. Ser pescador es lo mejor del mundo, muchacho — dice, y comienza a revolver el desorden de trapos que tiene a un costado. Finalmente, da con un libro muy grueso de cubierta roja que resulta ser una Biblia para niños, escasa en letras y abundante en ilustraciones coloridas.

— Déjame buscar, déjame buscar… aquí. Escucha. «En-tre los diiiiscípulos de Je-sús ha-bían pescadores. Él los lla-mó para con-ver-tir-los en pescadores de hom-bres.» ¿Viste? Desde esa época los pescadores son importantes. Él pudo haber escogido herreros, soldados, sacerdotes. Pero no; escogió pescadores.

A Feliciano nunca le gustó leer, sin embargo, confiesa, desde que vive en la costa ha comenzado a interesarse por los libros. Entre los túneles abundan textos de todo tipo, desperdigados. Desde publicaciones médicas sobre los peligros de la diabetes y sus tratamientos (que sorprendentemente ha memorizado) hasta cuadernos escolares y revistas .

También guarda en un rincón un montoncito de semillas con las que piensa hacerse una huerta en algún terrenito cercano.

— Deja que yo monte la huerta. Ahí sí que no me va a faltar nada. Pero eso demora, y necesito vegetales ahora. Por eso quisiera pasar por mi casa. En Santiago de las Vegas se resuelve de todo, o por lo menos vegetales. Yo tengo amigos allá, pero hace mucho que no voy y ya no sé en qué andarán. ¿Tú me podrías llevar?

IV

Publicado originalmente en

Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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