Por Abraham Jiménez Enoa

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Vista de El Fanguito, a orillas del río Almendares (La Habana, Cuba)

A us 89, José sabe dónde está todo. Al menos, lo imprescindible. Sabe que al costado de su cama húmeda encontrará un fósil de ventilador que aún gira y simula echar aire. Sabe que sobre la mesa destartalada y sucia en la que reposa el ventilador está su fiel escudero: un viejo radio. También sabe que cuando sus pies se afinquen en el suelo fangoso tendrá que evadir las cuevas de cangrejos que inundan la casa.

Cuando José se baña no puede ver su cuerpo de carbón enjabonado. Calienta el agua en una calderita de metal que coloca en la hornilla eléctrica. Cocina, friega, lava y tiende, guiado apenas por el tacto. José vive solo, en El Fanguito, uno de los barrios más indigentes de la ciudad. Y tiene la suerte, por crudo que parezca, de no ver lo que le rodea.

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El Fanguito, enclavado en los límites del elegante Vedado, es la otra cara de la moneda. Islote en tierra, paraje del que solo salen y entran sus propios habitantes. Un sitio al que no hay que ir a buscar nada, salvo si se quiere ver de cerca el estado de putrefacción del río Almendares o, durante los lunes, algún que otro ensayo de la orquesta de música popular Charanga Habanera.

En El Fanguito hay apenas una calle, la calle 30. El resto son recovecos que nacen de esa vía central y que se tuercen para enlazarse y formar pequeños pasajes internos, comunicados unos con otros. Laberintos de madera podrida y zinc oxidados que han sido levantados como viviendas y se abrazan tendidamente. También hay casas de mampostería, pero son unas pocas, las privilegiadas.

Queda la impresión de que la calle 30 es el cerco, la franja que marca el verdadero límite del Vedado. De 30 hacia adentro, como quien busca el apacible olor a río, todo concluye. De 30 hacia afuera, como quien busca el humo citadino, todo comienza.

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Desde hace 27 años, en El Fanguito

Hacia la avenida 23, El Fanguito colinda con una iglesia adventista y con la Brigada Especial Nacional del Ministerio del Interior. A su vez, el río Almendares convive con el astillero Chullima, que entronca con la Fábrica de Arte Cubano (FAC) y con el restaurante El cocinero. Más abajo, antes que el Almendares desemboque, hay un puente de hierro que une la aburguesada barriada de Miramar con Vedado.

Con delicadeza uno pudiera meter la mano en una maqueta y rasgar El Fanguito, levantarlo en peso. Su hacinamiento lo permite. Está tan aislado, tan volcado sobre sí mismo, tan envuelto en mugre, que lo único que lo salva es el Almendares. Aunque quizás sea ese su castigo: despertar, vivir y morir a la orilla del río.

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Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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