Esta no es la historia de una víctima

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Carolina Vilches/ Foto: Lianet Fleites.

Por Lianet Fleites

La segunda vez que me encontré a Carolina Vilches después de mucho tiempo fue en un café de Santa Clara, entonces me preguntó si yo quería saber algo. Aunque en verdad no se trataba de una pregunta sino de una introducción. Como si dijéramos «¿puedo pasar?», una vez dentro. Yo quería saber cualquier cosa, porque estaba profundamente triste.

Carolina trabaja con imágenes, quizá por eso me dijo:

–El ser humano, niña, aguanta toda la mierda que le caiga encima, por mucha que sea. Tenemos esa capacidad.

Y me dijo también que no se acordaba de mí, a pesar de los dos semestres de fotografía artística y documental que me impartió. Le conté que una noche, muy tarde, un muchacho caminaba hasta una parada de ómnibus, ella pasó en una bicicleta china y lo recogió para ahorrarle los cuatro kilómetros, pero le advirtió que no pedalearía porque eso era un abuso, que la llevara él en la parrilla. Y al muchacho le pareció justo. Sin embargo, no recordaba tampoco esta escena, aunque reconoció que era algo bastante probable.

Hizo memoria, o tal vez no, solo miró un punto indefinido del espacio. La historia que le conté estaba contenida en ese punto. Me preguntó cómo era ese muchacho y le dije que narizón, entonces se convenció, porque los narizones siempre le han parecido interesantes.

Carolina Vilches Monzón es fotógrafa, pero igualmente pudo haber sido cuidadora de baños en una terminal, miembro del buró sindical de la ANAP en Santa Clara o manicure, pues de algún modo ya ha sido todas esas variantes de sí misma, y se ha sobrevivido. La historia de Carolina no es la de una lideresa que subvirtió el totalitarismo, ni es tampoco plataforma sobre la cual construir narrativas, tesis, manifiestos. No es metáfora o mapa de nada. Es, de ser una sola cosa, un capricho estético.

Daniel

Daniel es narizón, y es el marido de Carolina. Le cogen las mil y quinientas en el hospital, me dijo Carolina una vez, porque Daniel Artiles es un patólogo dedicado.

Su silueta es manierista y me recuerda el aspecto noventero de los hombres en Cuba, que es también la forma elegante en que se expresa el hambre. Quiero decir, Daniel es delgado y tiene la piel curtida, probablemente por pedalear una bicicleta a 35 grados Celsius. Hay una historia común para todos los hombres y mujeres en Cuba tras ese semblante de camisas anchas, pómulos filosos y oscuros.

Daniel vive de estudiar estructuras celulares, tiene dos hijos, y dos hijastros más a los que quiere como suyos, todos nacidos entre 1989 y los primeros años de los 2000. Daniel y Carolina construyeron una familia numerosa en lo que pareciera el último lugar para hacerlo (un sitio donde los jóvenes parten y donde nadie quiere reproducirse).

Villa Clara ha sido la provincia más envejecida del país desde 1985, y se ubica dentro de las cuatro que menos crece y que menos natalidad reporta por cada 1000 habitantes desde la segunda mitad de los noventa, según la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI). Cuba, a su vez, es el país más envejecido del continente y el segundo con menos nacimientos, según estimaciones de la CEPAL en junio de este año. Villa Clara es una semilla estéril dentro de un campo seco.

Daniel cuidó de los cuatro niños para que Carolina estudiara un doctorado. Carolina cuidó de los cuatro niños para que Daniel terminara su especialidad. Durante 20 años han cumplido para el otro la función de una prótesis.

Daniel fabrica vinos artesanales. Vende la botella piquilarga reenvasada a 10 pesos (0.4 USD aproximadamente) si el vino es dulce, y uno o dos pesos más barato si el vino es seco. A él le gusta seco. La base siempre es seca, me dice, porque el proceso de elaboración de los vinos es delicado. Entonces él prefiere añadirle sabores una vez que consigue cuidadosamente esa base seca. Quiere diseñarle una etiqueta con un logo propio a las botellas. La catedral, Vinos La Catedral, o algo por el estilo, porque la casa está tras la iglesia neogótica del pueblo.

El 18 de julio el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social hizo público a través de La Gaceta Oficial de la República la resolución número 25. ¡Se aumentaron los salarios en Cuba para el sector presupuestado! Daniel es un investigador, docente y médico especialista, de ahí que cobre entre 1200 a 2000 pesos mensuales, lo cual, en el mejor de los casos, se traduce en casi 80 USD.

En la red minorista del estado, medio pollo con menudencias cuesta tres dólares el kilogramo, y un litro de aceite, dos.

Daniel se balancea en la sala de su madre, Clara Rosa Alvarado –72 años, abogada de profesión–, con un vaso de vino recién elaborado. Detrás hay una foto de Fidel Castro hecha por Korda, autografiada por el propio Comandante en 1965, como un obsequio a Luis Artiles, antiguo oficial del Ministerio del Interior.

Luis es el padre setentero de Daniel. También está sentado en la pequeña sala, cerca del piano que tocaba de joven su esposa Clara, ya en desuso. En desuso está el piano, como es lógico. Luis comienza a relatar un episodio de cómo conoció a Celia Sánchez pero el tubo de escape de un camión lo abuchea.

Nadie habla durante unos segundos, como si todos en la salita hubiéramos prescrito junto con el piano.

Recuento un poco tedioso de cualquier experiencia laboral, que es de por sí el tedio, en forma y textura, sin embargo, siento que debe narrarse porque eso somos, lamentablemente

Carolina Vilches no se quiere ir del país, y no de ahora que cumplió 54, que sacó su patente de cuentapropista, que le nació un nieto, sino desde que adquirió conciencia. Adquirir conciencia en Cuba es reconocerse como velocista en posición de arranque. Carolina es esa clase de voluntarios que limpian la pista después de las carreras.

Supo que no se iría de Cuba en diciembre del 96, la primera vez que la echaron de un trabajo por «problemas ideológicos». Los problemas ideológicos se padecen como se padece la lepra. Es decir, un aparato tiene un defecto de fabricación, o un sistema se avería, y son problemas. En ese caso, el aparato o el sistema se reparan o desechan. ¡Ya está! Pero la categoría «problemas ideológicos» es una planta nuclear con una fuga, es algo invisible aunque fétido, y se pega.

En el 96, Carolina ya era arquitecta y profesora en la Universidad Central de Las Villas. Y era también un personaje rocambolesco en medio de un país que hacía solo tres años había despenalizado el dólar, o donde cualquier código cultural proveniente del extranjero se consideraba injerencia: los últimos rezagos del llamado «diversionismo». Usaba lycras, botas de piel, vestidos, chalecos y sombreros (al mismo tiempo). Todo este cuadro, pedaleando una bicicleta china.

«Durante el Período Especial empecé a atender y a cuestionarme la realidad política cubana. Es decir, me interesó entender mi país. A la universidad no le gustó. No solo por lo que empecé a preguntarme sino por cómo me proyectaba. En 1996 me hacen un proceso y me expulsan de la Facultad de Construcciones. Supe que tenía tres caminos a escoger. Decir sí, soy disidente. Agarrarme de eso y encontrar una salida del país que en aquel tiempo era muy fácil. Decir sí, dame la sanción. Quedarme con el rabo entre las patas y asumir el trabajo menor donde me ubicarían. O decir que no, que no soy eso que tú dices. Pelear y ganar. Me llamaron proimperialista, que trabajaba con organizaciones de Miami, nada cierto. Este es mi lugar, este es mi país».

Lo que narra Carolina –sin ella reconocerlo– es el drama ya manoseado de cómo el sistema comunista creó in vitro una semilla de odio, pavor, paranoia y de cómo plantó esa semilla, y la alimentó durante años, al punto de poder echar a alguien a la calle no ya por pensar distinto, sino por preguntarse qué sucedía con Cuba.

No obstante, aunque Carolina diga, por ejemplo, algo así: «Un año de apelación en que eres una no-persona, no puedes trabajar, nadie quiere abrirte puertas, las personas te tratan con recelo», no es esta la historia de una víctima.

Experiencia laboral tediosa (Parte II) o La vida que fluye

«El proceso de apelación fue muy desagradable, pero me hizo ver que habían opciones más allá de la universidad. Toda esta casa la mantuve yo, el dinero que entró fue por mí. Empecé a meterme otra vez en el mundo de la plástica, las artes visuales. Cuando gané la apelación ya estaba sin fuerzas, y me dije que esos rencores no iban conmigo».

Carolina comenzó a trabajar por esos años con uno de los proyectos que pudo haber dignificado la industria del software en Cuba: el grupo Chasqui de la Universidad de Las Villas. Luego del proceso judicial ya no se vincularía nuevamente a la docencia, al menos no por lo pronto, sin embargo, el equipo de multimedias Chasqui completaría su formación como diseñadora web.

Chasqui construía arquitecturas web para diversos clientes; además se preocupaban por automatizar el acceso a bibliografías, interconectar la biblioteca de Las Villas con otras instituciones, o digitalizar documentos inéditos de Antonio Maceo para el uso público. Todo esto, en el año 1997.

«Chasqui consiguió lo que no se había hecho aún en Cuba: plataformas multimedias», explica Lino Javier Delgado, quien formó parte del equipo en sus últimos años. «Cuba no tenía licencias para utilizar softwares, así que el plan era crear herramientas propias para construir estos sistemas».

Pero en la búsqueda de la soberanía tecnológica, Chasqui encontró una ilusión vacía. En la medida que los estudiantes de Computación se graduaban, eran ubicados laboralmente en sus provincias, alejados de ese núcleo creador. El grupo se evaporó. «La Universidad no estaba preparada para albergar proyectos de este tipo. Además, hubo muchos problemas de corte legal. Chasqui gestionaba contratos y no procedían. Empezaron a ocurrir cosas desagradables y los muchachos del grupo, que eran brillantes, terminaron yéndose», dice Carolina.

Un país que habilitaba politécnicos de informática, con matrículas masivas, casi irresponsables, bajo el señuelo de ofrecer mejores condiciones que otras escuelas, lo cual se traduce en mejor alimentación y algo de aseo personal, y cuyo proyecto se descalabró muy pronto debido a una serie de inversiones sin infraestructuras que lo hicieran sostenible y sin un criterio de selección serio para atraer y formar profesionales, también debía inhabilitar grupos como Chasqui, y ni siquiera por razones asociadas a la maldad, al complot, al odio, sino por pura torpeza.

–Se me propuso entrar en la radio, como fotorreportera de la página web…¡Esta historia la estoy contando muy lineal!

–Así no.

–¿Viramos?

Mucho antes de todo lo narrado

¿Basta con el ojo? Y las maestras Zaida del Río o Adela Suárez le contestaban que sí o que no, o que no entendían su pregunta, entonces Carolina volvía a preguntarlo en las aulas de la academia Romañach de Artes Plásticas. ¿Basta con el ojo, basta con el ojo, basta con el ojo? A sus diez años, corría por los pasillos de la escuela mientras deslizaba una mano por la pared, y murmuraba: no veo con dos ojos todo cuanto quiero. Entonces se paraba en seco y apretaba esos mismos ojos con fuerza hasta los límites del dolor, para luego abrirlos y ver motas negras entre las luces del mediodía. En ocasiones miraba de frente al sol a cambio de esas manchas fosforescentes sobre toda superficie. «Con los ojos cerrados aún se ven», pensaba, «como los sueños». Por tanto, estaba convencida de que había una realidad poderosa que no podía atrapar la pupila.

Con 15 años se le ocurrió dibujar ciudades invisibles, de ahí que dejara la academia de artes plásticas para estudiar arquitectura. No solo el ojo era insuficiente, sino lo percibido como realidad física por cualquier otro sentido hasta ese momento.

Durante el último año de preuniversitario se casó, y en el primero de la universidad se divorció. En la propia carrera volvería a casarse, esta vez con un profesor de la institución que supervisaba su programa académico modificado para alumnos de alto rendimiento.

«Para mi segundo esposo las mujeres de la industria del espectáculo eran todas unas putas. Me dio a escoger entre él y La leña del humor. Por eso me fui. Las jóvenes cedemos a las presiones de un hombre. Cuando un hombre te da a escoger entre él y algo más que te hace feliz, ese no debe ser tu pareja. Yo diseñaba las escenografías. Trabajé con Carlos Fundora, Pible, Baudilio, gente muy buena. Cursaba el cuarto año de la carrera. Me hubiera quedado toda la vida en La leña…»

Con su segundo esposo compartió dos hijos y diez años bajo el mismo techo, muchos de ellos después de que se divorciaran, de que Carolina conociera a Daniel, de que les nacieran los hijos menores.

Cuando el fondo habitacional es insuficiente, uno puede agarrar la noción de familia convencional y manosearla, estirarla como un chicle, masticarla y escupirla.

–Él no tenía para dónde ir. Era el padre de los jimaguas. Debíamos aprender a respetarnos para poder compartir el mismo espacio.

Por lo tanto, es probable que A adelantara la comida mientras B cambiaba el culero recién orinado, y la pieza restante, C, preguntase por la última persona en la fila de la farmacia, porque es martes, y los martes siempre surten la farmacia de medicamentos.

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Serie Turno corrido.

El aire caliente, el movimiento y al final la luz

Alguien a quien debieron prohibirle dirigir, a través de uno de esos Decretos Ley que emiten todo el tiempo en Cuba, según Carolina, la mandaría a buscar para que se presentara en las oficinas de la CMHW, emisora de radio provincial. Carolina llevaba el diseño gráfico de la página web, y hacía fotorreportería para el medio.

La persona pudo haber sacado un inhalador, haberlo removido, llevado a la boca y haberlo apretado dos veces antes de sostener este probable diálogo:

–Entendimos que era necesario avisarte.

–Yo estoy de vacaciones.

–Es delicado.

Carolina se sentaría en los bordes de una butaca, abriría las piernas y apoyaría los codos en las rodillas. No confrontaría. No a estas alturas. Conversar sobre su proyección social y su trabajo había tomado el mismo aliento de una brocha cuando, después de cierto rato sobre la misma franja, y sin haberse levantado de la pared, descubre que no tiene más pintura.

–Tienes pornografía en la computadora de la radio.

–Eso no es cierto.

–Revisamos tu carpeta personal. Hay gente desnuda y se les ven los miembros.

–¿Cuáles miembros?

–El miembro… loquetúsabes.

–Es fotografía artística.

–Ella nos informó de la existencia de ese material, es una grosería.

–Es mi banco de imágenes, con eso trabajo, son herramientas, hay una gran distancia entre eso y la pornografía.

–Tendremos que aplicarte una sanción.

–¡Puedo hacer una lista de los lugares donde he expuesto esas mismas fotos!

–Está muy claro que se les ve aquello. La fotografía artística no muestra aquello así, descaradamente. ¡No me vengas a decir que eso es arte!

–Yo nunca he hecho pornografía. Y me voy para mi casa que estoy de vacaciones.

Días antes a esa citación, Ella habría acercado la cara a la pantalla más allá del límite razonable, habría fruncido el ceño y se habría acomodado sus espejuelos de miope tres graduaciones por debajo de su medida. «¡Qué desparpajo!», expresaría. «¡Mi cielo, dile al director que venga acá, que él tiene que ver esto!»

Conocí a Ella muchos años después. Sin embargo, su expresión rapaz permanecía. El aspecto de Ella no era exactamente repulsivo. De verla, podría reconocerse el semblante de alguien ordinario, biotipo trabajadora de establecimiento estatal que almuerza en comedores obreros a través de un sistema de tickets, es decir, nulidad.

Ella poseía –y probablemente conserve– el talento de llevar a las personas al límite a través de provocaciones. Era capaz de elaborar un escenario donde lo superficial funcionaba como obturador de cualquier tragicomedia. En medio de esta, siempre se encontraba el obrero X, uno que se escurriera del biotipo trabajador estatal. Obrero, por demás, solo en medio del sinsentido. Solo contra su centro laboral, contra la indiferencia y el pavor de los otros obreros, pero también de los teléfonos, de las paredes. Solo con su ticket del almuerzo, cargando una bandeja que tampoco parecía merecer.

Carolina querría irse… o no. No todavía. No les iba a dar el gusto. Volvería de las vacaciones con un alegato sobre su interpretación de la realidad, los modos en que funciona su fotografía y la función lírica que le concede al desnudo, pero le responderían que aquello era un mamotreto, que no entendían esa muela, que ellos solo veían miembros, loquetúsabes colgando, que fuera a entrevistarse con Hilda Carvajal, la funcionaria del Partido, que Hilda debía dar sus consideraciones.

Es probable que el sopor del mediodía distorsionara las imágenes en la salita del Partido. Las fotos mostraban un cuerpo desnudo de bailarín en medio de un movimiento. Hilda diría que «nunca había visto algo tan asqueroso en su vida». Carolina, por su parte, miraría a su alrededor mientras tocaba la uña de un dedo gordo con la yema del otro. Tras desconectarse parcialmente del discurso aleccionador de Hilda, Carolina diría en voz alta que era la luz, la luz a través de la densidad inestable del aire caliente. Le daría las gracias sin que Hilda entendiese nada y se iría con algo de paz.

Cuando el aire se calienta, su densidad se hace inestable, por eso las imágenes que vemos a través de él se deforman. La transmisión de la luz no es la misma.

Luz y movimiento, pero juntos, se diría Carolina.

En 2014 su serie de desnudos artísticos, Convergencias, se incluyó en la única antología del desnudo cubano que existe, publicada por la editorial guatemalteca Ediciones Polymita. The Allure of a Gaze: Body Photography in Cuba (1840–2013) es una compilación de imágenes realizada por el historiador y crítico de arte Rafael Acosta de Arriba.

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Desnudos artísticos de la serie Convergencias.

Nunca se declara un «hasta aquí llegó»

La tercera vez que me encontré a Carolina Vilches después de mucho tiempo fue en el Hospital Pediátrico José Luis Miranda de Santa Clara. Acompañaba una camilla junto a un grupo de médicos y enfermeros. Sobre la camilla estaba Fabio, su hijo menor, que había sido operado de una infección cerebral causada por un parásito. El niño recién volvía de la anestesia y le buscaban algún espacio en la sala Respiratorio B. Me asomé y entonces él me preguntó por qué yo tenía cuatro ojos. Respondí algo que no estuvo a la altura de su pregunta. Carolina me explicó el cuadro y mencionó que Fabio estaba fuera de peligro. Le dije que había conseguido calentador eléctrico para el agua, y que tenía un cubo también. Ella lo agradeció.

Un par de horas después Carolina estaba sentada junto a mí en una silla de metal. Le conté cómo mi niño de dos años se curaba de una neumonía bacteriana, de cómo el antibiótico, de tercera generación, se llamaba Claforán, por tanto habría que confiar en una sentencia así: «Claforán, tercera generación». Nada debería sobrevivir a una expresión tan contundente, menos un estafilococo.

Estaba cometiendo el ridículo de fingir optimismo cuando en verdad era una masa temblorosa, pero más penoso aún, lo hacía ante Carolina, que me miraba como lo hace un coronel muy piadoso frente al soldado que se espanta con los horrores de su primera batalla.

Traía consigo el álbum fotográfico de los quince años de Camila, su hija.

(En este punto del relato aparecen dos elementos que colisionan y no sé cómo armar el próximo párrafo de un modo cabal: 1-La autora de una serie como Turno Corrido, gran premio en el concurso nacional de fotografía 5×7, me mostraba a su hija posando con vestidos de vuelos. 2-En esa misma instalación, Camila había sobrevivido, años atrás, a largos tratamientos de citostáticos y radiaciones contra la leucemia. Por tanto, el relato en lo adelante pudiera tener dos salidas: una sensiblera y otra que explorara el tránsito de la fotografía artística y documental en la obra de Carolina hacia ese experimento de sector privado en Cuba llamado cuentapropismo. El estudio propio que recién había inaugurado la artista por aquel momento se dedicaría a la producción de fotos para quince, bodas y cumpleaños infantiles).

Me pregunto si Carolina quiso evitarle a su hija el costo de la singularidad. Si aquellas fotos kitsch eran, en verdad, una forma de resguardarla. Porque a los quince años de edad, el lugar más seguro que puede existir es el lugar común. Camila llevaba mucho tiempo en remisión pero «nunca se declara un hasta aquí llegó». Carolina no necesitaba epatar a la crítica, sino proteger a su hija.

Camila luce, en los retratos, adornos y peinados elegantes. A sus dos años, la abuela Clara Rosa le hacía creer que la venda sobre la vena canalizada, en aquel cráneo sin pelos, era un lazo.

Anatomía familiar

Llegó a Anatomía familiar después de haberse curtido como infografista, después de haber retomado la academia (esta vez como profesora de fotografía documental y artística en la Universidad Central de Las Villas y de infografía en el Instituto Internacional de Periodismo José Martí), después de contar con clientela diaria en el Estudio 46 (de plantearse un proyecto familiar que le permitiera ingresar fondos porque el sueldo estatal alcanza para poco más que la pasta de dientes), mucho, mucho tiempo después de haber vendido artesanías durante el Período Especial, de haber cuidado a padres con Alzheimer, y, obvio, después del cáncer.

Anatomía familiar describe cada transformación de Carolina Vilches a través del tratamiento para extirpar el cáncer de mama. Desde el diagnóstico (Carolina posa en un set, con atuendos de quinceañera), hasta el vacío que supone su probable muerte en la composición de una foto de familia.

Una mujer con tres hebras cenicientas en el cráneo. Una mujer más calva que una bola de billar. La misma mujer, erguida, sosteniendo un sombrero que le cubre un solo seno, tal vez por sano, porque su condición saludable parecería no caber dentro de la parodia, porque merece un extraño respeto que no se le confiere al seno malo, o tal vez por el reverso de esto: porque no es singular, porque un seno bueno cuando no tiene nada que decir, es solo un pedazo de tejido fofo, y es mejor cubrirlo. Pudiera pensarse que nadie necesita ver una teta sana, gratuita y muda.

La exposición incluye, también, una infografía sobre el cáncer de mama y el tratamiento puntual que se le aplicó. La naturaleza de estos autorretratos no es nueva. Hablamos de la parodia como recurso, del kitsch como único lenguaje capaz de volver sensiblera toda atmósfera asociada a la muerte y también de hacerla su opuesto: un producto espeluznante y reflexivo.

Lo curioso, entonces, son los límites entre lo hilarante y el verdadero pavor a morirte joven. Hablamos de Carolina Vilches Monzón, quien apostó por un país que parece una zona de exclusión después de que estallara su central nuclear. Alguien a quien han echado de instituciones y segundos más tarde le han lanzado su expediente laboral con una nota preguntándole si acaso era tonta, si no se daba cuenta de que vivía en una distopía.

Lo que intento explicar es que si una persona parecía libre de cinismos, esa era ella. De ahí que yo entrase y saliese de su exposición en la Galería Provincial de Santa Clara (2018) en medio de una búsqueda, aunque no identificara exactamente qué perseguía de esa mujer.

Su farsa de la enferma que posa como una quinceañera no era movida por el cinismo. La vida que había atravesado, tampoco. Fue entonces cuando marqué a su teléfono fijo desde la casa de una amiga, y sostuve un monólogo deprimente sobre todo lo que he escrito desde el inicio. Hablé de la búsqueda que había emprendido dentro de su propia historia, y de cómo también era una búsqueda dentro de mí, y que decirlo en voz alta lo hacía lucir como un egoísmo, pero que no lo era.

Carolina fue serena, probablemente haya sentido algo de pena hacia mí, hacia mi fascinación. Respondió que había estado averiguando sobre la revista, esta revista, donde se publicaría el texto, este texto, sobre ella. Mencionó en algún punto a su amigo Alexander Jiménez, funcionario de los medios en Santa Clara y fuerte detractor de la prensa independiente, pero no recuerdo si venía al caso hablar de él o solo se trataba de un baquetazo sobre un platillo.

Me explicó que amaba a su país, que defendía la verdad, y utilizó otras construcciones sintácticas que, con total seguridad, habían empleado alguna vez contra ella funcionarias como Hilda Carvajal.

–Pero no se trata de subvertir ningún sistema, Carolina, en todo caso tú lo reafirmas. ¿No te das cuenta?

–Hay lobos que se esconden bajo la piel de un cordero.

La tarde estaba aplomada desde temprano. Mi amiga recalentó una taza de café para las dos, la bebimos alternando los sorbos. Luego le dije que me iba a pedir botella, a ver quién me recogía y adelantaba los 30 kilómetros hasta Camajuaní, ese otro punto muerto ubicado en ningún lugar.

(Ver aquí video de Carolina Vilches).

Publicado originalmente en El Estornudo.

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Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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