En la primera estación del caos (Santiago´s jet lag)

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Santiago de Chile. Septiembre de 2019 / Foto: Jesús Adonis Martínez

Por Jesús Adonis Martínez

Nadie sabe mejor que tú, sabio Kublai, que no se debe confundir nunca la ciudad con el discurso que la describe. Y, sin embargo, entre la una y el otro hay una relación.

Las ciudades invisibles
Italo Calvino

I. Hace poco estuve unos días en Santiago de Chile, sin dormir, hecho polvo, disimulando en las horas diurnas, lo mejor que podía, mi inexplicable cansancio. [Todo allí estaba en calma, nada había estallado aún]. No salí de fiesta ni bebí en exceso; cada noche a una altura más o menos razonable ya estaba metido en mi cuarto de hotel. Pero tal vez ahí estaba el problema. El corredor del hotel tenía unas alfombras profundas que en cierto modo te hacían levitar mientras buscabas el número de tu habitación, y a mí no se me iba de la cabeza que esas alfombras estaban pensadas para mujeres de tacón alto y hombres en polainas. O sea, aquel hotel — y en la habitación era fácil montarte la escena si obviabas el televisor y la cafetera eléctrica y te concentrabas en el mobiliario de madera, sólido y pesado, en el ambiente geométrico, austero, plácidamente ocre, como si estuvieras dentro del humidor de un viejo industrial venido a menos o de un aventurero con mucha destreza para el póker — , aquel hotel, decía, era una especie de estación terminal donde la mujer y el hombre debían despedirse porque él a la mañana siguiente tal vez tomaría el ferrocarril (y luego cabalgaría algún animal de pelo duro) para internarse en el sur anónimo, en los grandes bosques y en el frío salvaje e inmóvil, mientras que ella volaría de regreso hacia alguna región especialmente jodida del presente.

No había tal mujer ni tal hombre. Estaba yo. Y la madrugada transcurriendo sobre ese nervio extraño, hasta que en algún punto yo quedaba anulado (más anulado aún), y en ese instante mi última visión era siempre alguna figura tenaz. El cuadro con naturaleza muerta a un lado de la cama, el escritorio, los listones del techo, quizá el televisor, rectangular, enmudecido, que trasmitía otras siluetas poligonales, o siluetas anómalas y feroces, pero que mi mente reencuadraba obsesivamente en el marco del aparato o bien las fragmentaba en pequeñas teselas cuadrangulares como en los mosaicos antiguos. Y solo ese absurdo mecanismo permitía dominar la ansiedad que me producían los gestos truncos y desapacibles de los comentaristas deportivos y, sobre todo, los rostros eufóricos de atletas y entrenadores y exatletas, todos esencialmente desencajados por el esfuerzo que exige vivir la vida moderna hasta el límite desconcertante del éxito…, hasta el punto, digamos, de salir en la tele de madrugada.

Me despertaba solo un rato después a fin de cumplir la jornada que habían programado mis anfitriones.

Durante el día, siempre que había oportunidad, me largaba a hablar sobre algún tema sin importancia, que yo atacaba como si fuera trascendental. Vida o muerte. Mientras permanecía en silencio me concentraba en marcar las palabras de los otros con un hierro al rojo vivo. Las palabras ajenas eran reses y yo estaba en la puerta de un corral que, de todas maneras, y sin que pudiera advertirlo, tenía las bardas por los suelos. Una parte del tiempo era consciente de estar bajo los efectos de esa falla melancólica. Era una consciencia atravesada por túneles de gusano.

Cada noche yo me alistaba para salir hacia un lugar distante, donde por supuesto avistaría nítidamente la Cruz del Sur, pero a la mañana siguiente no había hecho otra cosa que atravesar el turbio centro de Santiago hasta un apretado edificio junto al Cerro Santa Lucía.

En las tardes marchábamos a conocer la ciudad.

No dejaba de haber hermosura en las tardes frías de Santiago. Yo preguntaba por las librerías del centro, me señalaban una calle, y entonces decidía evitar por todos los medios esa ruta. En esos paseos, cuando no tomaba alguna foto (en el downtown siempre puedes fusilar algún patriota de bronce) o charlaba sobre la corriente de Humboldt con nuestra cicerone, tan sonriente, yo iba rumiando esa melancolía que, después de todo, o eso supuse mientras nos asomábamos al parque de Quinta Normal, puede que respondiera a algún estímulo ambiental: un cambio en la intensidad de la luz o en la profundidad del horizonte hacía mis movimientos más lentos, convertía mis pensamientos en un lago espeso.

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Santiago de Chile. Septiembre de 2019 / Foto: Jesús Adonis Martínez

Es probable entonces que yo me comportara — y esto espero que no lo percibieran ni los amigos chilenos ni el resto de la pequeña recua de cubanos que yo integraba durante esos días — como un tipo enamorado, o terriblemente inspirado, es decir, como un tonto profundo, o bien como un espía inexperto al servicio de alguna potencia extranjera, una nación en realidad extraterrestre que me hubiera encomendado trabar conocimiento con la humanidad y tomar obsesivas notas mentales sobre la realidad del mundo. Lo ingenioso o lo absurdo era que me habían destinado no a un «centro civilizatorio» del norte, rabiosamente kitsch y rabiosamente rabioso, al interior de cuya rabia flagrante, cabe suponer, sería más fácil distinguir alguna verdad irrefutable: la rotunda Nueva York, la enfermiza Tokio, el antiguo Distrito Federal. No. Yo estaba en Santiago, es decir, en «el culo del mundo», según la geográfica confesión de un interlocutor local.

II. Digresión para perder el tiempo y el lugar

Las crónicas de viajes ya no son lo que eran. No pueden serlo. Se viaja sin tiempo, aunque de hecho permanezcas una temporada bastante larga en el sitio al que has llegado. Hay una plaga de detalles burocráticos y circunstancias disolventes, estridentemente globales, que se multiplican con una organicidad virtual y cancerígena y que van mordiendo con sus bocas diminutas los ciclos parsimoniosos de la observación, el conocimiento y el delirio.

Las redes sociales, el flujo de las noticias en pleno desarrollo y las trasmisiones en vivo (deportivas, por más señas) llegan hasta los suburbios del planeta y sincronizan los relojes de cada punto geográfico a la vez que difuminan, en cierto sentido decisivo, los objetos y las circunstancias particulares de espacios físicamente separados por miles de kilómetros.

Ejemplo más o menos mecanicista, más o menos orgánico, más o menos santiaguino, o bonaerense, más o menos políticamente (in)correcto y/o estúpido: Un par de desconocidos tomados al azar, solitarios que miran este 5 de septiembre el partido de fútbol entre Chile y Argentina — jugado, por cierto, en un estadio vacío de Estados Unidos — en bares de ciudades distintas de países distintos, mientras beben cervezas de marcas distintas (aunque no necesariamente), rodeados de personas obviamente distintas, terminarán viviendo de alguna manera la misma noche, o noches análogas, intercambiables. Estos tipos: absortos frente al concierto de las imágenes, arrullados o enardecidos por la pan-lengua de los deportes de élite y, en definitiva, sometidos por la coreografía multidimensional de las emisiones satelitales cuyo alfa y omega es el marketing, ese deseo infinito y esa muerte instantánea de todas las cosas, que a su vez resulta la mágica interfaz de los flujos financieros que han permitido, gracias a su goteo aquí o allá, que estos dos desconocidos paguen, simétricamente, sus cervezas en bares tan distantes de la misma realidad.

Material borgeano donde los haya, pero que aniquila cierta necesidad o cierta premisa del desplazamiento, del viaje: ese incierto límite y, sobre todo, ese despliegue infinitesimal que promete toda lejanía. Se trata, a fin de cuentas, de la inmovilidad multiplicada: una colonia de pólipos ocupando imperceptiblemente el paisaje mental que es el mundo.

Se viaja por trabajo o por turismo, con el tiempo pautado por otros; se viaja desde un nodo moderno o post-moderno hasta un nodo equivalente donde te esperan unas reglas de juego idénticas o asimilables a las del punto de partida. En avión te ahorras el aneurisma o el detour temporal — hablo de tiempo físico, pero también psicológico, histórico, cultural, político — que significaría atravesar realmente el espacio concreto, estar de veras en cada punto medio entre esos dos lugares: digamos, entre la Ciudad de México y Santiago de Chile.

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Santiago de Chile. Septiembre de 2019 / Foto: Jesús Adonis Martínez

Marc Augé habla de esos no lugares: los aeropuertos, las cadenas de tiendas y de comida rápida, los aviones, supongo que también las flotillas de taxis de sitio — sobre todo si el taxista es diestro en tratar con esa gente en viaje de negocios o esos turistas que suelen actuar como no personas, como empresarios o vacacionistas sin tiempo que perder — , algunos hoteles de ciudad y, por supuesto, muchos de esos resorts con todo incluido. En cada uno de ellos — aun el avión se vive como plaza, no como desplazamiento — hay, desde luego, pequeñas historias y vértices de singularidad perfectamente narrables, significativos. Pero la cuestión es que el dictado totalitario de esos espacios tiende a apagar o invita a suspender la sensibilidad del viajero.

Es la idea contemporánea del confort. El stand by… Mientras, alguien se encargará por ti de que el tiempo y todo lo demás trans(o)curra.

De modo que no conviene, por ejemplo, haber estado leyendo Viaje a Samoa, de Marcel Schwob, pocas horas antes de tomar un largo vuelo, conexión en Panamá incluida, hasta Santiago de Chile. Durante su travesía en barco hacia y por el sur del mundo Schwob enferma. El cielo del sur y las mareas del sur y los oscuros círculos concéntricos que envían los hielos perpetuos hasta su embarcación (el mar como una levadura amenazante) y los albatros inmensos y los bancos destellantes y la rala barbarie de las costas australes y más tarde la ingenuidad y la sabiduría de los samoanos…, toda esa vibrante y ajena realidad termina enfermando o disparando los síntomas de una enfermedad esencial en Marcel Schwob. Eso es un viaje. Y entonces el escritor debe escribir para salvarse, para encontrar algún barco de regreso hacia sí mismo, sabiendo de antemano que él mismo es un sitio al que, por supuesto, nunca llegará.

¡Los cielos de Marcel Schwob! Es ridículo cuánta salud invierte el hombre en contemplar y describir los cielos, obsesivamente, en esas cartas a su mujer. Margarite: el horizonte, el mar reflectante, los tonos de verde y azul, el grito histérico o melancólico de los atardeceres, la inmensidad; todas las gemas y todos los matices minerales al servicio de una absurda hipervoluntad descriptiva, impresionista, sí, pero irreductible. Los sucesivos, extenuantes cuadros retóricos de Schwob constituyen acaso el gesto más humano de la Historia Unificada del Arte y la Literatura. Porque Schwob intenta la más rigurosa plasmación, una suerte de fijación total del Cosmos, pero desde el lugar desquiciado y desquiciante del hombre que está de paso. Nada hay más terrible que eso.

En cambio, las modernas aerolíneas ofrecen un pequeño absoluto estéril. No tienes, siquiera, el cielo. Tampoco hay posibilidad razonable de emborracharse. No hay mujer más horrible que una azafata hermosa. Todo allí está, de hecho, suspendido.

Yo hago inventario de minucias escatológicas para burlar el orden de ese tubo de ensayo donde nada se ensaya. La señora que está a mi lado duerme y ronca a intervalos; su marido se va hacia adelante rítmicamente, aunque nunca llega a golpear con su cabeza la pantalla empotrada en la butaca frente a él. Hago mis apuestas. Pero no voy a ganar ni a perder nada. Los dos tienen puestos audífonos, aunque es obvio que las respectivas películas avanzan sin destino ante sus rostros aletargados. Entonces alguien esparce un efluvio silencioso y abominable en nuestra sección. Hago una mueca, inevitable; sin embargo, comprendo que esto ya es casi una aventura. Humillante, eso sí. Por mi parte aguanto hasta las ganas de orinar, intento no ir al baño en los aviones. Resistir tus propios impulsos fisiológicos adquiere cierta dimensión estética y es en términos estrictos el único desafío meritorio que puedes afrontar en un vuelo de línea moderno no siniestrado.

Lo otro que puedes hacer es volver a ver Mystic River (¡doblado al español!) y decirte hacia el final: ¡Esto es shakesperiano! Decirte eso a toda costa. O bien puedes acabarte una novelita perfecta sobre una indígena mexicana que busca a alguien en el norte, alguien a quien no termina de encontrar, y entonces allá se queda. Tú vas rumbo al sur y lees rumbo al norte. Toda la ironía que puedas hallar en un avión es agua en el desierto. También puedes leer a Magris haciendo un minucioso elogio del Café San Marcos en Trieste. Los viejos cafés son navíos en peligro de extinción, espacios solo presuntamente inmóviles y, en realidad, exquisitamente historiados por el oleaje del azar intransferible de tanta gente anónima y, también, por los masivos nubarrones de los acontecimientos mundiales. Claudio Magris me dice:

— Esto es un lugar.

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Santiago de Chile. Septiembre de 2019 / Foto: Jesús Adonis Martínez

Llegado a Santiago de Chile, la televisión por cable no paraba de hablar de los tenistas argentinos en el US Open y del regreso de Maradona al fútbol argentino, como técnico de Gimnasia y Esgrima de la Plata, después de un cuarto de siglo. Supongo que eso bastó para que luego, al marcharme de la ciudad, fuera escuchando en loop, fláccidamente, aquel tema de Andrés Calamaro que dice: «Diego Armando, estamos esperando que vuelvas… siempre te vamos a querer…»

Una racionalidad más alta que las sierras decide que buena parte del ESPN o del Fox Sports que se ve en Santiago sea producido desde Buenos Aires. No se trata de integración cultural o deportiva. Es desde luego un asunto de mercado. Los santiaguinos son todos de Colo-Colo, de Universidad de Chile, de Universidad Católica. Sin embargo, mi habitación a veces parecía no estar sobre la Alameda Bernardo O´Higgins, sino en alguna esquina de Palermo o la Recoleta.

Hay todavía otro efecto de extrañamiento por continuidad que hubiera descorazonado a Marcel Schwob; lo hubiese aniquilado de un golpe. Pero, claro, en tiempos de Schwob, los últimos años del XIX y los primeros del XX, era del todo impensable algo como eso.

Si vuelas desde la Ciudad de México hasta Santiago de Chile — igual si vas a Pekín — probablemente encontrarás que te cubre o te envuelve el mismo cielo. Uno pálido, que adivinas gris aunque sea de noche y que de día es color plomo o lívidamente terroso como la faz de un minero atacado por una enfermedad terminal. No es solo que no haya estrellas a la vista, que incluso en la madrugada el bostezo eléctrico de la ciudad vuelva irrelevante qué bóveda celeste te cobija, si esto es el sur o es el norte del planeta, si a lo lejos arde la Osa Mayor o la Cruz del Sur… Es que a principios de septiembre pasado el smog sobre Santiago no dejaba ver siquiera, excepto por algún que otro instante mañanero, la vecina cordillera de los Andes. Si en plena tarde mirabas hacia arriba podías convencerte de que andabas metido en la misma bolsa plástica del viejo DF.

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Edificio Costanera Center, Santiago de Chile. Septiembre de 2019 / Foto: Jesús Adonis Martínez

III. «¿Qué estrella cae sin que nadie la mire?», se preguntaba William Faulkner en The Marble Faun and A Green Bough. La interrogante regresaría como exergo en la novela Estrella distante de Roberto Bolaño.

Hace muchos años la respuesta habría sido más fácil.

Nosotros caminábamos hacia una orilla de la ciudad y entonces empezó a seguirnos un perro sucio, hecho con la guata de algún colchón viejo y mojado. Avanzaba entre nuestras piernas, mudo y ligero, sin exigencias, como un compañero más, como si antes solo hubiese derivado por ahí unos minutos, por error o por cualquier otra cosa, y ahora se reincorporase al grupo para continuar con nuestro itinerario. El perro nos dejó a la entrada del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos.

La literatura es a menudo ese perro. Te guía a lo largo de calles desconocidas, te acompaña en silencio, sin esperar nada de ti, y luego te abandona a las puertas de un recinto[1] en donde nunca podrás entrar, aun cuando todo indique que ya estás dentro.

Diré, por ejemplo, que para mí resulta imposible entrar en Chile a través de una novela como Estrella distante, y no solo porque esa novela indique, de hecho, una puerta de salida. Aunque arropado de cosmopolitismo, se trata quizá de un libro demasiado chileno. Incluso, pudiera decirse, demasiado idiosincrásico. No como lo diríamos de la cueca o del pisco, sino como lo son toda elegía sincera y toda maldición incesante, que nunca pertenecen a la tradición o al país, ni presuponen totalidad alguna, sino que remiten a un punto específico del tiempo y el espacio en que tal vez algo estalla y ciertas cosas y cierta gente desprevenida — cierta comprensión del mundo y cierto modo de estar en él — se transforman en esquirlas arrastradas por una onda expansiva que terminará fundando una tribu fragmentaria e incomprobable, con su propia alma y su propia lengua, pero inconsciente de sí misma, de su propia existencia.

Estando en Santiago llegabas a comprender que Bolaño cuenta en esa novela una intemperie excesivamente ajena. En efecto, algo tan pavoroso y tan distante como un astro quemándose en el fondo del universo.

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Santiago de Chile. Septiembre de 2019 / Fotos: Jesús Adonis Martínez

Todavía más imposible es entrar por «Encuentro con Lihn», un cuento de Bolaño que aparece al final de Putas asesinas y que está formulado como una vía de regreso. Nadie que no sea un exiliado chileno de su generación — alguien cuya trayectoria es esta: el letargo o el ensueño juvenil, la pesadilla del miedo y el absurdo, el insomnio o la vigilia de la adultez y el destierro y, por último, el extravío del desencanto — puede entrar por ahí. Pero ni siquiera ellos… Porque el relato es un oxímoron, una puerta condenada o una quimera de muerte.

La verdad es que en todos esos días chilenos no pasó por mi mente ningún otro escritor. Solo me rozaron estas cosas impenetrables de Bolaño. En mi presencia, alguien, sí, mencionó solidariamente a Lemebel y alguien, sí, disculpó brevemente a Neruda. Pero eso fue todo.

Quizá había a mi disposición accesos laterales, contraventanas extranjeras, tragaluces estrechos y hermosos como aquella canción de Sting, «They Dance Alone», o aquella otra de Silvio Rodríguez: «Allí amé a una mujer terrible/ llorando por el humo siempre eterno/ de aquella ciudad acorralada/ por símbolos de invierno». Pero yo entonces no recordé nada de eso. Había entrado en Santiago por el aeropuerto. Por un no lugar.

Lo que sí me ofrecía Roberto Bolaño era esta extravagante posibilidad de lectura.

Esa novela y ese relato de Bolaño podrían ser los extremos de un mismo trazo que, a fin de cuentas, resultaría tan íntimo como, quizá, el patrimonio secreto de esa tribu dislocada cuyo punto de partida y de retorno sería una forma ya extinta, pero sin dudas latente, de Santiago. Bolaño diagrama entonces un mapa sentimental, y ese mapa es una encerrona.

El escritor se refiere explícitamente a ese destino del que el país y la ciudad no pueden escapar: «Chile y Santiago alguna vez se parecieron al infierno y (…) ese parecido, en algún sustrato de la ciudad real y de la ciudad imaginaria, permanecerá siempre».

En Estrella…, mientras irónicamente se acerca el 11 septiembre de 1973, alguien dice: «La poesía chilena (…) va a cambiar el día que leamos correctamente a Lihn, no antes. O sea, dentro de mucho tiempo». Esa declaración utópica parece sugerir que, para entonces, con el advenimiento de la nueva poesía, todo lo demás en Chile también habría evolucionado de un modo esencial, definitivo.

Pero enseguida llega el golpe militar y, con él, un cambio prematuro y deforme. Nadie va a leer ahora como es debido a Enrique Lihn. En la novela, la poesía chilena enseguida es secuestrada por la muerte y el absoluto técnico: el represor Carlos Wieder escribe versos en el cielo con su avión militar; abajo, la gente aplaude o se caga de miedo.

En los hechos, Lihn muere quince años después, en 1988, naturalmente de cáncer, pero ese año todo empieza a ser un poco menos terrible, la resistencia a la dictadura de Pinochet ha conducido a un plebiscito nacional, la campaña en favor de una salida democrática (el «No») vence en octubre. Ya desde antes se ha dispersado, a lo largo del país, un gas extraño y potente: la esperanza, según sabemos ahora. Así que las mujeres chilenas, ese año, se embarazan y sueñan cada noche que sus hijas o sus hijos van a nacer en democracia. No ocurre exactamente así. La «democracia» se instaura por fin en 1990. Sin embargo, tampoco este es el cambio que se intuye en aquella profecía de Bibiano, el personaje de Bolaño. Es apenas una suerte de restitución, aunque en realidad las restituciones son imposibles y ya nada volverá a ser igual.

El narrador de Estrella…, por ejemplo, nunca regresa del exilio. Nadie regresa nunca del exilio, aunque algunos exiliados sí regresaron para vivir en un país llamado Chile.

Mientras recorremos el Museo de la Memoria de Santiago, la chica que hace las veces de cicerone me dice eso, que ella estaba en la panza de su madre hacia 1988, y que sus tíos y sus primos se quedaron para siempre en Suecia, o en Australia, o quizá, aunque no lo creo, en Noruega. Lo que yo pienso en ese instante es que los exiliados chilenos se quedaron en todos lados menos en Cuba, aunque algún chileno habrá permanecido en La Habana, alguien para quien La Habana, supongo, más que los militares y el horror altamente neurotóxico de la dictadura, terminó siendo el accidente definitivo. Esa no fue la regla. Los chilenos se fueron yendo de la isla, reexiliándose en Europa o en cualquier otra parte, antes de vislumbrar siquiera la posibilidad de un retorno al país natal.

Bolaño solo volvió a Chile un par de veces, y por unos pocos días, que bastaron para confirmar muchas antipatías. Quien habla en «Encuentro con Lihn» solo vuelve en un sueño, que sabe sueño, donde «la sensación de normalidad, sin embargo, presidía y condicionaba cualquier visión». En ese sueño Lihn está vivo y tiene problemas del corazón, aunque Bolaño — aceptemos que no puede tratarse de otro — sabe que Lihn, en realidad, murió de cáncer hace tiempo. En el Chile del relato hay un «nuevo gobierno», concertado y democrático (suponemos), pero hay sobre todo un desajuste fundamental: no se trata ya de una pesadilla descarnada, pero está lejos de ser una ensoñación alentadora. Hay algo secreto, y Bolaño o su alter ego narrativo termina comprendiendo que esa «normalidad» es ciertamente «una obra de teatro». «Lihn decía que lo malo de su medicina, de la medicina que tomaba para seguir vivo, era que de alguna manera ésta lo convertía en conejillo de Indias de la empresa farmacéutica».

Bolaño parece constatar que las puertas de su retorno a Chile están clausuradas para siempre. En la nueva época tampoco se lee ni se leerá de veras a Lihn. Es más, se sugiere en el texto que no existe modo de estar más muerto que ese modo en que algunos conservan vivo al viejo Lihn: alargándole la vida mediante el tratamiento corporativo de una dolencia que en realidad no lo mató. En tal sentido, el nuevo Chile es el reino del artificio y del absurdo tecnocrático. Y una lectura ya del todo paranoica de la obra de Bolaño indicaría que ciertos poderes fácticos — esos que gravitan sobre este sueño-relato de Putas asesinas — conspiran en realidad para cambiar gato por liebre, o sea, para cumplir solo ficticia, cosméticamente la cándida esperanza de Bibiano en Estrella distante.

IV. Por supuesto, la escritura de Bolaño no propone un sistema lineal de equivalencias entre poesía y realidad, sino un juego mutante de flujos y reflujos orgánicos que deja abiertos los campos interpretativos de la literatura y del acontecer histórico al entrecruzamiento y la variación genéticos.

De manera que veinte o más años después Bolaño permite [¡aún hoy!], oblicuamente, leer la realidad chilena como una tierra media del sueño donde pugnan la democracia[2] como lugar orgánico y la democracia como artificio tecnocrático.

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Museo de la Memoria, Santiago de Chile. Septiembre de 2019 / Fotos: Jesús Adonis Martínez

El Museo de la Memoria es ambas cosas.

Todo museo es siempre un artefacto de revelación y ocultamiento, tal como los hospitales, los manicomios, las cárceles, los bares y los hoteles exclusivos para gays; establecimientos respetables al interior de cuyos muros se muestran e incluso se desatan y, hasta cierto punto, se naturalizan el arte o la memoria, la enfermedad, la locura, el crimen, el desafuero sexual… Así, el Museo de la Memoria de Santiago es un sitio de denuncia retroactiva, de investigación y recuperación de «la verdad histórica», de instrucción pedagógica, de culto a los derechos humanos… Y al mismo tiempo es una institución de salud pública y un contrapeso político-discursivo que en alguna medida contribuye [¿contribuía?] a sostener ese sofisticado y eufemístico status quo en donde unas cuantas familias inveteradas controlan [sí, aún hoy] todo el país y, por ejemplo, los grandes diarios de esas familias, como El Mercurio, se dan el extremo lujo de ser castos y neutrales a la hora de referirse al «gobierno militar» del general Augusto Pinochet.

La esquizofrenia selectiva de la prensa — esa administrada ruptura con la actualidad o con la «verdad histórica» — no resulta una novedad para alguien proveniente de Cuba. Pero en este punto no llega a instalarse un equívoco efecto de continuidad. Los modos en que supuestamente se funda la legitimidad discursiva en Granma y El Mercurio son diametralmente opuestos. Mientras el primero participa de un sistema mediático totalitario, una caja de resonancia que se quiere o se presume hermética (aunque cada vez lo sea menos), el segundo juega desde hace tres décadas las bazas de una supuesta pluralidad y del formalismo democrático.

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Museo de la Memoria, Santiago de Chile. Septiembre de 2019 / Fotos: Jesús Adonis Martínez

En el séptimo piso de un edificio de Santiago — siete pisos, igualmente, tiene el edificio de «Encuentro con Lihn» — una periodista todavía joven habla con soltura de sus reportajes de investigación para uno de los principales diarios del país. Antes ha pasado por El Mercurio. Todo esto, dice, ha sido «una escuela». Hay bastante cancha, dice, para investigar y para escribir sobre «su fuente»: el sector judicial. Se siente realizada, aunque no satisfecha.

Parece justo. En ocasiones ella ha logrado hacer periodismo y, por tanto, ha brindado un importante servicio público.

La cosa es más o menos de este modo… Suponemos que, con frecuencia, esta periodista tiene problemas para estacionar su auto, según la zona de la ciudad; sin dudas hay funcionarios judiciales que intentan esquivarla; alguna vez quizá se fuma algo para los nervios; no se fuma, eso no, el porro de verdolaga que se fuman allá en el trópico quienes creen que van a «cambiar desde dentro» el periódico Granma o el periodismo cubano. Ella no va a cambiar nada… y, sin embargo, a lo mejor, ha ayudado a que algo vaya cambiando. A veces, confiesa, sus editores le han tachado la palabra «dictadura» o alguna frase por el estilo, y le han advertido que no se entusiasme demasiado, pero ella luego va y habla sin tapujos, dice, en sus redes sociales.

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Santiago de Chile. Septiembre de 2019 / Fotos: Jesús Adonis Martínez

Un edificio vecino sirvió hace cuarenta años como centro de torturas y, también, como clínica donde se curaba a algunos torturados del régimen militar. Entre esas paredes y en las manos de los médicos que allí trabajaban es probable que algunos escaparan de la muerte. Una vez mínimamente repuestos los pacientes quedaban disponibles para nuevas sesiones de torturas. La pregunta es: ¿cómo juzgar a ese médico en el instante en que se decide la vida o la muerte de alguien que tal vez vivirá hoy para morir atrozmente mañana, pero que, si mañana por fin habla o si mañana sus verdugos por fin se aburren o se apiadan de él, vivirá con suerte para ver el fin de una época de horror, aunque ese horror inmenso lo termine matando de cualquier forma muchos, muchos años después?

Y cómo ha de administrarse la memoria de ese lugar, de la ciudad misma: ¿derribar ese edificio, o colgarle una placa en la entrada?

Desde aquí, desde la pulcra contigüidad que permiten las paredes de concreto en una cuadra apretada de Santiago, alguien dice: «Hay mucha mala vibra ahí al lado».

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Santiago de Chile. Septiembre de 2019 / Foto: Jesús Adonis Martínez

Tanto los periódicos como la ciudad misma parecían definir y replicar [al menos hasta septiembre último] una continuidad hegemónica que, sin embargo, ha estado sometida durante treinta años a una tensa dialéctica de revelación y encubrimiento, cuyo fondo es esencialmente magmático, tras aquella profunda inmersión en el infierno del autoritarismo político y la violencia sistemática. A esa tensión más o menos funcional es a lo que los chilenos han llamado hasta el momento «vivir en democracia» [Y esa misma tensión es la que, según hemos visto, se ha resuelto en estos meses como erupción de la realidad chilena].

La dictadura, en su teórico punto ideal, sería entonces un momento de extrema flaccidez dialéctica: no hay disponibles en la sociedad más que dos grandes ideas nítidamente contrapuestas, pero una de ellas es toda la autoridad, idea y fuerza material a un tiempo, mientras que la otra está a priori condenada a la postración temporal y a las catacumbas sociales. Un absoluto político crea, a la vez que lo somete, a su opuesto simétrico mediante la naturalización de la censura, la prisión y la muerte[3].

Luego, el signo de la dictadura — la tendencia general de los sucesos, tanto si estos remiten al control o al complot — es el ocultamiento. Pero ese estado de astenia ideal no es más que un sueño húmedo en la mente del autócrata. La revuelta, el motín o la revolución están prefigurándose en todo instante.

Sin embargo, cabría preguntarse lo siguiente: ¿qué pasa cuando la dictadura se supera por vías pacíficas, sí, pero una cuota demasiado alta de «infierno» permanece oculta el tiempo suficiente, digamos, tres décadas, «en algún sustrato de la ciudad real y de la ciudad imaginaria»?

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La Moneda, Santiago de Chile. Septiembre de 2019 / Foto: Jesús Adonis Martínez

Casi cualquier affaire público de primer orden durante los últimos años en Chile, una sociedad tradicionalmente embridada por el conservadurismo de sus élites, habría sido una variante de esa aguda dialéctica de revelación y encubrimiento: la memoria o el olvido y el tema de la justicia histórica, por supuesto; la escalada de la cuestión mapuche, que es un lance más en el capítulo incesante de la resistencia indígena frente al solapamiento colonial-nacionalista; el movimiento por una educación más inclusiva; el debate, casi paradigmático, sobre la legalización del aborto; la conmoción general tras conocerse, uno tras otro, numerosos casos de abuso sexual a menores, así como el ocultamiento de esos casos, al interior de la Iglesia Católica chilena[4], una institución asociada en el país a la defensa de los derechos humanos durante la dictadura militar; los escándalos, destapados en investigaciones periodísticas, sobre la corrupción en el Ejército (una entidad que supo matar y torturar hace cuarenta años, pero que se tenía por impoluta en cuanto a su historial pecuniario) y las manipulaciones de «inteligencia» para armar casos vinculados al conflicto mapuche por parte de Carabineros.

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La Moneda, Santiago de Chile. Septiembre de 2019 / Fotos: Jesús Adonis Martínez

A finales de los setenta y principios de los ochenta, la estrecha franja de la prensa de oposición en Chile — censurada y acosada, pero consentida por los militares — comienza a publicar reportajes de investigación que quiebran, en alguna medida, la enorme tapia que escondía al mundo los crímenes y, en general, las violaciones de derechos humanos cometidos por el régimen. Ahí estaba el riguroso valor y la sibilina astucia de reporteros como Mónica González, que en cierto modo trazan un paralelismo en su devoción al oficio y en su búsqueda de la verdad con el trabajo de la Vicaría de la Solidaridad.

En septiembre de 1986 las fuerzas represivas asesinan a José Carrasco Tapia, periodista de la revista Análisis, y envían así un recordatorio a la prensa de oposición. Un memorándum aleccionador sobre los límites de lo revelable, que son en tales circunstancias, ni más ni menos, los límites de lo posible.

Sin embargo, ya para entonces, en el instante más lóbrego, había cuajado la tradición iluminadora del periodismo investigativo en Chile.

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La Moneda, Santiago de Chile. Septiembre de 2019 / Foto: Jesús Adonis Martínez

[Alrededor de este punto me había detenido cuando el 18 de octubre comenzaron a llegar noticias de un estallido social en Santiago de Chile, tras un alza de treinta pesos en el precio del metro. Treinta pesos chilenos, o sea, cuatro centavos de dólar en uno de los países más caros del hemisferio, en una economía mostrada como paradigma de éxito neoliberal, resulta sin duda una ocasión inmejorable para emplear aquello de «la gota que colmó la copa». Y así lo hicieron, por supuesto, medios internacionales. Enseguida las protestas se tornaron violentas, y han tenido un saldo cruento que está a la vista de todos, luego de que incluso el Ejército volviera, treinta años después, a las calles de Santiago para echar una mano a los Carabineros de Chile.

Los «milicos» y los «pacos» compartieron protagonismo en una escalada represiva que, sumada a la cuota de vandalismo habitual en estos casos, dejó en las primeras tres semanas al menos cinco mil detenidos, 23 muertos y más de dos mil heridos, incluidos cientos de manifestantes con lesiones oculares por perdigones de la policía. Medios independientes chilenos también reportaron denuncias por «torturas» y «violencia sexual», registradas por el Instituto Nacional de Derechos Humanos.

Asediado por el caos, el presidente Sebastián Piñera no solo dio marcha atrás al aumento tarifario del metro, sino que pronto se vio obligado a anunciar un paquete de medidas que buscaba satisfacer las principales demandas de los manifestantes. Pero las masivas demostraciones, las barricadas que se replicaron velozmente en diversas ciudades del país, han continuado desde entonces (tres meses y medio después, los muertos suman 31; más de tres mil 600, los lesionados; cinco mil 558, las denuncias de violaciones de derechos humanos).

Con el paso de las semanas, Piñera y los miembros de su gabinete parecieron haber comprendido que la situación, a esas alturas, no resultaba controlable solo mediante compresas y lenitivos que, supuestamente, distendieran o moderasen la desigualdad social y económica en Chile. De ahí que el gobierno abriera, el 10 de noviembre, la ruta — con el acuerdo de los partidos de oposición — hacia una Asamblea Constituyente que deberá redactar una nueva Carta Magna, si así lo deciden los chilenos en el Plebiscito Nacional convocado para el 26 de abril próximo.

La Constitución vigente fue proclamada en 1980, es decir, en plena dictadura de Augusto Pinochet. Aun cuando ha sido reformado «en democracia», el texto no solo padece «ilegitimidad de origen» para gran parte de la ciudadanía, sino que ha sido un obstáculo de primer orden para la redistribución del poder y la concreción de cambios estructurales en la política y la sociedad chilenas].

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Santiago de Chile. Septiembre de 2019 / Fotos: Jesús Adonis Martínez

Hay una coherencia metafórica en el hecho de que el malestar social estallara precisamente desde los subterráneos del metro de Santiago.

Bolaño escribe: «Las aceras eran grises e irregulares y el cielo parecía un espejo sin azogue, el sitio en donde todo debería reflejarse pero en donde nada, finalmente, se reflejaba». No se trata de un comentario ambiental. Bolaño narra la gravitación de lo secreto sobre la realidad chilena: «un tiempo atroz que pervivía sin ninguna razón, sólo por inercia».

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Santiago de Chile. Septiembre de 2019 / Foto: Jesús Adonis Martínez

En septiembre de 2019, como es natural, yo no advertí lo que estaba a punto de acontecer en Chile. Ahora sería fácil decir algo así como que llegué al país sudamericano justo en ese punto más oscuro de la noche que precede inmediatamente a la deflagración del nuevo día. Zas…

Pero este era y todavía es un ensayo de viaje que apenas roza la más o menos evidente trastienda socio-política del «Chile en democracia», que ha sido en buena medida [y al menos hasta hace bien poco] no otra cosa que el aftermath del «Chile en dictadura». [La principal consecuencia textual de las protestas iniciadas en octubre pasado es la proliferación obsesiva, aquí y allá, de incómodas anotaciones en cursivas y entre corchetes].

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Santiago de Chile. Septiembre de 2019 / Foto: Jesús Adonis Martínez

En septiembre, las cosas eran a lo sumo grises. Gente afable y, en algunos casos, gente realmente hermosa y simpática. Las montañas permanecían ocultas, ya lo he dicho. En un popular restaurante de pastas italianas los meseros dejaban entrar de contrabando a una anciana, forrada con abrigos muy sucios, para que ella misma fuera hasta alguna mesa y se procurara la cena a costa de la sorprendida generosidad de los clientes; luego dejaban que la mujer comiera, lenta, silenciosa, medio plato de raviolis en una mesa cercana, como si las cosas para ella, en ese paréntesis, no fueran lo que iban siendo, como si la larga noche del sur no la estuviera esperando afuera, en todas partes. Una dominicana negra, grande y gorda vendía, con la naturalidad de quien no sabe temerle a la vida, churrascos en una esquina de la Alameda, y más adelante un árabe o un turco enjuto alargaba las rrrrr… y preparaba unos kebabs magníficos. Por lo demás, uno casi adivinaba que Santiago, o el centro de Santiago más bien, padecía un doble exceso de estatuas y de perros callejeros. Es decir, un irónico superávit de inmovilidad y extravío.

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Museo de la Memoria, Santiago de Chile. Septiembre de 2019 / Foto: Jesús Adonis Martínez

El chico que explicaba en el Museo de la Memoria se asomó un instante a los ventanales de una galería y dijo que había un proyecto para ampliar las instalaciones del Museo, pero que año tras año el terreno baldío de la vecindad continuaba siendo, estrictamente, un basurero. Y, más que nada, un basurero de personas. Un basurero del presente, me dije yo, y me dije a continuación que tal vez hacia allí se dirigía el perro que antes nos había acompañado hasta la entrada del Museo.

Luego el chico volvió a hablar sobre el absurdo de «vivir en democracia» bajo una Constitución diseñada y promulgada en el ecuador de la dictadura. Y creo que fue en ese momento, o poco después, cuando el chico, en un paralelismo inconsciente, empezó a contarnos, ¿o era consciente de lo que hacía?, como si él mismo fuera un objeto memorialístico, un elemento museográfico más, o como si nosotros estuviéramos allí para asistir en realidad a una suerte de epifanía programada secretamente por el departamento de recursos humanos de la institución…, comenzó, decía, a explicar que él mismo provenía de una familia de militares y que asistió a colegios privados y religiosos y luego a algo así como una academia de cadetes y que en su casa, cuando regresaba a la casa de sus padres algún fin de semana, aún había que cumplir ciertos rituales en la mesa, pero que él, en cierto punto de su primera juventud, comenzó a alejarse de esa órbita y se fue extraviando cada vez más del camino recto que conducía a esa vida futura de oficial y cabeza de familia, y que allí estaba, intacto dentro de los mismos tres o cuatro metros cuadrados en que estábamos nosotros, seres de otro mundo, y la muchacha chilena que hacía de cicerone, cuyos padres habían sido de izquierda toda la vida y cuyos tíos se había exiliado en algún lugar supuestamente un poco más feliz y sin dudas mucho más frío que el Santiago de cualquier época.

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Museo de la Memoria, Santiago de Chile. Septiembre de 2019 / Foto: Jesús Adonis Martínez

La chica que nos guiaba volvió a putear al Costanera Center desde lo alto del Cerro San Cristóbal. Increpar a un edificio, como si fuera una persona, mientras ese edificio, y toda la ciudad de Santiago, yacía, como suele decirse, a nuestros pies, a mí me pareció una hermosa exageración. La típica guerra del énfasis — toda guerra ya es eso mismo, pero es lo que era — que suele desplegarse ante los ojos del forastero en las tardes oscuras de fines del invierno. La chica actuaba con naturalidad: como muchos otros santiaguinos acusaba al rascacielos de ocultar o escindir la perspectiva de la cordillera de los Andes, y lo describía como un falo gigantesco sometiendo, con su sola presencia, gracias a su interminable erección neoliberal (los construyen a prueba de terremotos), tanto al paisaje como a la gente. En cambio, para mí eran tres o cuatro piezas de lego una encima de otra, o bien un chichón, una modesta excrecencia bulbosa nacida inevitablemente del absurdo de una metrópoli cuyo verdadero pecado era extenderse horizontalmente, en consecutivos anillos de fortuna desigual, hasta estrellarse contra la sierra o derramarse entre los cerros. Hacia el páramo y la soledad. Alguien comentó en esos días que el desierto estaba ya a las puertas de la ciudad o viceversa.

Pero en todo caso allí estaba, frente a nosotros, la cordillera de los Andes, y del otro lado, la cordillera de la Costa. Desde el San Cristóbal era visible lo que el smog y el clima huraño de esas jornadas escondían desde las calles de Santiago. Los picachos mostraban unas ridículas venas de nieve: el invierno no había sido lo suficientemente helado y no habría demasiada agua disponible para los meses siguientes.

Desde nuestra posición, el famoso mall Costanera Center, símbolo del «milagro económico chileno», el rascacielos más alto de Latinoamérica, no amenazaba en lo más mínimo la vista de los Andes y, luego de un rato, a mí ya solo me recordaba un termo de café caliente.

Manhattan, de Woodie Allen, comienza con una sombría imagen del skyline neoyorquino. Un macizo de rascacielos lamentables. Más tarde el personaje de Diane Keaton dice que su problema es que el «órgano masculino» la atrae y la repele por igual, y que eso no ayuda en sus relaciones con los hombres. Sin embargo, en la película nadie repara (pero tal vez eso sea tarea para el espectador) en que ellos mismos, esos personajes hipersensibles y neuróticos, se mueven todo el tiempo entre falos gigantescos; tampoco en que la agregación visual de todos esos extraordinarios penes de acero y hormigón delinea una cordillera ficticia que es — injustamente, o no — muchísimo más conocida que los Andes y que el Himalaya.

Es probable que los santiaguinos tengan una susceptibilidad especial al respecto.

Pero lo que ocurría, por otra parte, era que en las alturas asépticas del Costanera Center había tenido lugar durante meses una serie de suicidios que sobrecogieron a la opinión pública hasta el punto de debatirse en los medios de prensa sobre la salud mental de los chilenos y de sugerirse la colocación urgente de mallas de seguridad.

A nadie quizá se le habría ocurrido establecer una conexión entre estos vuelos de la muerte del capitalismo tardío, escenificados en un santuario del triunfo neoliberal, y aquellos ejecutados en los años setenta por las dictaduras del Cono Sur. Sin embargo, mientras bajaba caminando el Cerro San Cristóbal hasta la próxima estación del teleférico, yo tenía a mano, aparentemente, la exacta combinación de tiempo, espacio y desasosiego necesaria para concebir la analogía.

Las fuerzas represivas del régimen militar chileno pretendían ocultar definitivamente los cuerpos de sus víctimas (la mayoría exhumadas de fosas terrestres, pero también algunas aún vivas durante los vuelos) en el fondo del mar. Los helicópteros Puma — como el avión de Carlos Wieder, el poeta-represor de Bolaño — se internaban entre cielo y océano con su carga tétrica.

Por otro lado, es cierto que el acto individual de los suicidas del Costanera Center tiene de algún modo un signo opuesto: exhibicionista o performático. Nadie puede decir que haya un statement político en esos suicidios públicos, pero hay sin dudas un síntoma, y ese síntoma es el propio énfasis, la hipertrofia de esas muertes anónimas.

Justo al mismo tiempo, el Museo de Bellas Artes de Santiago acogía este septiembre la muestra O si no de Carlos Altamirano. Después del almuerzo habíamos estado allí en camino hacia el San Cristóbal.

Piezas testimoniales y en cierto modo arqueológicas — la mayoría concebidas a partir de documentos y objetos de la realidad histórica — , que sin embargo parecían emplazadas sigilosamente para disparar, aquí y ahora, un sentido urgente de beligerancia: «el pasado», según se leía en el propio catálogo de la exposición, «sigue palpitando en el presente».

Una de las obras más angustiantes era Traslado de TV: un viejo aparato, cuya pantalla reproducía un trozo anodino de mar, colgaba atado por un alambre de púas a escasos centímetros de un cuadro, ubicado en el suelo, que también reproducía un fragmento azul del Pacífico. Se escuchaba el sonido de los motores y las aspas de un helicóptero. En el lienzo de marco dorado podía verse todavía el punto exacto donde acababa de sumergirse otro «televisor».

Por supuesto, «Retiro de televisores» fue el nombre en clave de una operación para deshacerse en 1978 de los restos de unos campesinos masacrados cinco años antes en la Región del Biobío.

Al final de esa tarde una cabina del teleférico nos sumergía de vuelta en la ciudad. Colgaba plácidamente en el frío azuloso de Santiago, un paño atravesado brevemente por vivas estelas de luz rosácea.

V. La última noche en Santiago estuve viendo un partido del US Open. El tenis de élite es una fracción de caos termodinámico cuyo valor es, en cada instante, un número infinito, impensable. Pero ese caos nunca estalla ni se dispersa gracias a la sabia disposición de unas cuantas líneas tan simples como definitivas. El juego son sus límites.

Puede que yo saliera de mi habitación preguntándome si escribir sobre un lugar intensamente ajeno como Santiago era algo parecido a trazar, por primera vez, esas líneas. O bien algo parecido a jugar tenis de élite.

Puede que yo estuviera deseando perderme, no ya en el sur profundo y melancólico de los viajeros clásicos, sino en uno de esos barrios tan peculiares «donde sólo paseaban los muertos».

Caminé entonces sobre las alfombras profundas del pasillo, bajé hasta el lobby del hotel y me metí en el frío nocturno. Lamenté no haber explorado la ciudad a solas. Era apenas septiembre, pero vi los grafitis colonizando las paredes señoriales de la Alameda. Las luces rojas de los autos se movían juguetonamente en la distancia tubular de la avenida, y un carro militar blindado (un ridículo galponcito rodante, fácilmente convertible en un foodtruck de Wynwood, Miami) se detuvo en un semáforo. Fui más allá de La Moneda. Frente a la casa presidencial dos chicos susurraban cosas, y se besaban. El halo azul de la Torre Entel caía histérico sobre el paseo. En algún punto comencé a leer los muros incomprensibles. Leí: «Aborta a Piñera». Entonces crucé a la vereda opuesta para regresar a la Plaza San Francisco.

Pasada la medianoche un taxi me conduciría al aeropuerto.

……………….

Notas:

[1] Un «lugar».

[2] La frase preposicional «en democracia», contrapuesta a «en dictadura», es el tópico más recurrente del léxico político chileno actual, y es sin duda el principal marcador epocal en el país: la gente vive en democracia; nació o no en democracia…

[3] El exilio es una vía lateral que, según cómo se mire, tributa a un bando o a otro; tanto al propósito del control y el encubrimiento como, evidentemente, al de la libertad y la revelación de lo oculto.

[4] Incluido el sacerdote Cristián Precht, quien encabezó la Vicaría de la Solidaridad, que asistió a las víctimas durante la dictadura militar (1973–1990).

Publicado originalmente en El Estornudo.

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Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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