El Miami-pargo de la niña-cherna

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Serie Los mil nombres de María Camaleón / Autor: José Rafael Perozo

Por Legna Rodríguez Iglesias

O bien: la mujer ideal, la esencia, es decir, el modelo y la copia

han entablado una relación de correspondencia imposible y nada es pensable

mientras se pretenda que uno de los términos sea una imagen del otro:

que lo mismo sea lo que no es.

Para que todo signifique hay que aceptar que me habita no la dualidad,

sino una intensidad de simulación que constituye su propio fin,

fuera de lo que imita: ¿qué se simula? La simulación.

Severo Sarduy

Cuando mi tío Ángel Iglesias, alias Piti, el hermano alcohólico de mi mamá que ahora está viejo y cansado y que a pesar de haberme dado un gaznatón yo sigo queriendo, se quería burlar de algún amigo suyo que fuera un poco blandito, le decía que era cherna. Yo me acuerdo de esa palabra y para mí siempre significó algún tipo de pescado de agua dulce, un pescado muerto, un pescado servido que alguien se va a comer.

Debo haber oído que era eso en algún lado, la palabra es un recuerdo infantil. Porque en efecto, cherna es el nombre en español de red grouper. Aunque a diferencia de otros peces de su género, el mero rojo tiene aletas pélvicas insertadas por detrás de las aletas pectorales y también tiene escamas y piel gruesa ubicadas en la base de sus aletas anal y dorsal blanda. Para colmo, ¡la cherna puede crecer hasta cuatro pies de largo y pesar hasta 51 libras! Sin embargo, para mi asombro, la cherna no es de agua dulce sino de agua salada. No transita en la corriente de los ríos camagüeyanos que conocí sino en los mares sudorosos del océano Atlántico.

¿Y qué tiene que ver la cherna con un hombre de cierta forma blandito? ¿Qué quiere decir blandito? A las mujeres que me preguntan cómo soy, siempre les digo que soy blandita. Me gusta el término para definir mis brazos y mis muslos, faltos de ejercicio, para definir lo blandita que me pongo frente a lo que me gusta, lo derretida que estoy frente a algo que va a comerme viva. En ese caso, la cherna sería yo. Yo el plato servido sobre un mantel de flores o de emojis que significan retoño.

La pluralidad de las sociedades caribeñas y latinoamericanas sigue siendo tan machista, cerrada y burlona como mi tío Ángel Iglesias, alias Piti, el hermano alcohólico de mi mamá que ahora está viejo y cansado y que hace alcohol colado en una especie de artefacto socialista que él mismo construyó. Esa pluralidad, reflejo de la pobreza de espíritu tanto como de la pobreza económico-social, también ha emigrado y ha encontrado refugio, residencia, hogar en un Miami menos pobre, pero igual cerrado, en muchos sentidos. Nunca me he fijado si hay variedades de cherna en los supermercados de Miami, pero debe haber. En Miami hay de todo.

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Serie Los mil nombres de María Camaleón / Autor: José Rafael Perozo

Por haber, hay un José Rafael Perozo que habla en lenguaje cuir lo que Miami necesita oír. Un José Rafael Perozo exiliado, [a]banderado, descafeinado que no solo sirve el pescado caliente sino que lo embadurna con lentejuelas y brillo dorado, perlado, tornasolado. Hasta aquí, seis participios. La obra de José Rafael Perozo se sitúa en el Miami árido-plástico-hipócrita de una pandemia superdotada que no se llama COVID sino MACHO. A mí me parece hermoso lo macho en tanto macho disimulado, pero macho macho es como decir: ya va!

Si es macho pacato, viejo, cansado, como un tío viejo de una época y un espacio que ya no existen, entonces surte el efecto contrario y me acuerdo de algo muy blandito que se disuelve en agua, como un placebo, como un Alka-Seltzer para el estómago, que desaparece por sí solo y que es un poco digno de lástima. Para una muestra colectiva ocurrida en Miami, donde José Rafael Perozo participó con sus Pajaritas, pensé que lo cuir en su trabajo podía ser más o menos lo siguiente:

Hay aquí, como en la playa, un millón de pájaras gozando. Playa de Miami, poética de Miami en construcción geométrica, pájaras de la playa. Hay aquí, como en el triángulo, tres caras. Tú no, tú tienes cara de pájara.

LO FIGURATIVO:

Equiláteros, creo, tal vez isósceles, pero escalenos nunca. Maravillosos, creo, tal vez tan simples, tan pajaritas. Prismas, caleidoscopio, infancia. Cuando me ponían a rasgar figuras, a los cuatro años, yo rasgaba triángulos. Tú no, tú tienes cara de pájara. En ejercicio libre, tardísimo en la noche, salir a cazar qué. Encender el teléfono, abrir la aplicación, entrar a cazar qué. Salida y entrada, prismas. Caleidoscopio social en perímetro donde se consigue todo. Tú no, tú tienes cara de pájara. El ícono que representa lo ya sabido en función retórica y liberadora. La misma figura repetida cien mil veces para que me entiendas, para que lo sepas, y porque por qué no. Cuando me ponían castigada de rodillas, a los 12 años, yo rasgaba triángulos. Tú no, tú tienes cara de pájara.

LO SIGNIFICATIVO:

En un libro triangular de hace años escribí: Será los domingos/ aunque los domingos yo siempre cazo palomas/ tomeguines pájaros de toda clase/ enjaulo a los pájaros para que lloren/ o tal vez para que rían/ coloco a los pájaros por pareja/ creo que son felices/ también cazo pájaros que se extinguieron/ pájaros llamados Oscar Wilde/ y pájaros llamados Pier Paolo/ o el pájaro de las tres P/ maravillosas aves. Tú no, tú tienes cara de pájara. Por eso cuando vi las pajaritas no vi las pajaritas sino que, caleidoscopio, me vi a mí. Multitud, caleidoscopio, triángulo derramado, pubis. Tú no, tú tienes pubis de pájara. El hueso de la cadera te lo voy a fracturar, por pájara. Los huesos de las costillas te los voy a fracturar, por pájara. La cabeza entera te la voy a fracturar. Ni te atrevas, pájara, aquí no hay violencia. Grindr is the worlds number 1 FREE mobile social networking app for gay, bi, trans, and queer. Tú no, tú tienes cara de artista.

LO DECORATIVO:

El catálogo de aves de Miami abarca más de 50 especies. Las sábanas de mi hijo las compré en Amazon y están llenas de pajaritas, quiero decir triángulos. Geometría, antropología. Triángulo, trinidad. Somos pajaritas, leves. Una pájara con otra pájara bailando la lambada de Miami en una gasolinera frente a todo el mundo, en los portales de Walmart frente a todo el mundo, y hasta en el Árbol del Dólar. Papel de oro, acuarela, pajaritas finísimas en tacones por la calle Ocho y en bikini por Lincoln Road. Catálogo de Severo Sarduy que no conoció Miami pero tenía cara de pájara. Y muslo de pájara. Y cadera de pájara. Y corazón de pájara. Y se murió de sida en París como una pájara neobarroca. Y era tan flaco, tan flaca, como José Rafael Perozo. Y era tan flaco, tan flaca, como un huesito de pájaro. Migrante, pájara, ¿vas a volver? Tú no, tú tienes una misión.

Después de semejante colección de Pajaritas no creí que José Rafael Perozo tuviera más energía para generar el mismo poder sin repetir una fórmula perfecta, calibrada en lo atractivo-repetitivo, en lo colorido-exasperante, en la pregunta ¿pero por qué? José Rafael Perozo es un artista sobrio-beodo engañador, un artista joven-diablo costurero, que borda cosas en pañuelos de hombres abandonados que se soplan las narices en los portales del liquor El Gato Tuerto. Esos hombres, tal vez, han perdido la vergüenza.

La nueva colección, una mezcla de collages y tipografías cursivas, acentúa una apariencia extraño-antropológica que, como las palabras usadas en cada una de sus carátulas, resulta descarada y deliberada. El trazo de las palabras usadas despliega suavidad y pasividad. El Miami de Perozo, brillante pero pastel, apacigua. Contra esa violencia histórica de género, modificada en laboratorio-Miami y arraigada nuevamente, accionada desde un tío viejo y cansado, pobre, hasta un presidente payaso, comunistoide, José Rafael Perozo reacciona con una textualidad pasiva, maricona, clásica, descomunal.

El nombre de la colección, desacralizador, pone la boca abierta, estira las pestañas y me hace parpadear. LOS MIL NOMBRES DE MARÍA CAMALEÓN presenta: Se partió esa galleta, Parchita, Floripondio, Marico triste, Pargo, Mariquita, Fudge Packer, Nelly Queen, Pargo (de nuevo), Bugarrón, Pato, Zamuro, Fag. Pero lo escandaloso, lo quebrador de ventanas de vidrio, no es violento ni agresivo. La leche derramada y la azúcar blanca, tópicos retóricos del discurso gay, son en José Rafael Perozo, hermosamente, lenguaje, imagen del lenguaje, reciclaje lingüístico.

Antes de María Camaleón, José Rafael Perozo había cosido a mano otra colección no menos poderosa, donde también usaba lo textual como uno de sus materiales. Esta otra serie de la que hablo se llama Banderas y yo me imagino las descripciones a pie de obra todavía parpadeando, como un discurso propio, un discurso-pajarita original. Ejemplo: Banderas, hilo y palabra sobre sábana roída. Electrizante. Lo manual, anclado históricamente a lo femenino, actúa en la obra de Perozo como el detonante de algo más. La tijera, las lentejuelas, el pegamento, la aguja, el hilo, el dedal, la mesa, la silla, el pedazo de tela, los recortes de revistas, las páginas, las vocales, las consonantes.

Anterior también a María Camaleón, en un Miami estereotipado de verano post-pandemia o verano sin elecciones, Perozo decidió pintar malhembras. Eran más de 50 y estaban malas, realmente malas. Malhembras simuladas bajo un malestar mental, social, espiritual, que las hacía enjutas, frígidas, frívolas, distróficas, ausentes, malnacidas, malfolladas, malencavadas. Una de las últimas malhembras tenía el mismo corte de cabello que yo y decía mientras aguantaba la cartera en una mano: no puedo ir a la playa pero sí al centro comercial, me compraré un traje de baño y protector solar.

Lo mejor del escenario es que se llama Miami y que el director-diseñador se llama José Rafael Perozo. La representación es muy pop y muy sensacional. Los personajes están encueros. Tienen los penes duros, los anos depilados, las nalgas relucientes, los abdómenes divididos en rectángulos, las frentes altas, los labios abultados, los ombligos redonditos y rodeados de una sombra de mechones enroscados. Hay camas de masaje en el proscenio. El público supone lo que verá. Podría ser, incluso, una sala de cirugía estética, como My Cosmetic Surgery, el negocio privado de la actriz cubana Susana Pérez. Desde mi humilde butaca trato de hacerle al diseñador ocho preguntas claves, no para entenderlo sino para entender, una vez más, qué es exactamente un escenario y por qué se llama Miami.

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Serie Los mil nombres de María Camaleón / Autor: José Rafael Perozo

¿Cómo surge en ti la idea de realizar semejantes banderas, brazaletes, carteles, cartelones, pancartas, postales, palabritas?

Nací y crecí en una ciudad muy machista (Maracaibo) así que prácticamente todo empezó como un acto de cansancio y de rebeldía. En esta ciudad realizaban un salón de arte para jóvenes, ya había participado un par de veces con obras que empezaban a tocar el tema. Pero no fue hasta el año 2010 que hice la primera bandera bordando la palabra Maricón. Pensaba que no aceptarían la obra, pero para mi sorpresa no solo fue aceptada sino bien recibida.

La primera bandera la hice porque estaba cansado de que me llamaran maricón. Cuando tenía 17 años un familiar cercano le dijo a mi mamá: y vos que estáis criando un maricón. Eso se me quedó grabado para siempre y fue el inicio de todo. Ahora bordo, pinto, dibujo y escribo cuanta palabrita se me cruce en el camino. Anoche, mientras leía cosas en Twitter, leí sobre un asesinato terrible de un chamo joto así que seguramente hoy mismo haré algo con esa palabra: JOTO!

¿Qué materiales usas, qué formato, qué tamaño, por qué? ¿Cuál sería el final de estas piezas en tu cabeza de artista venezolano exiliado?

Uso muchos materiales: si brilla, ya me gusta; si refleja, aún más. Me gusta lo cursi, lo kitsch, lo barato. En cuanto a los formatos casi siempre son piezas pequeñas, si estoy trabajando mucho tiempo en una sola obra me da ansiedad (como me pasa con los bordados), así que prefiero lo pequeño. Me parece que muchas veces son piezas más poderosas, además de que siempre he tenido pequeños espacios para trabajar.

En cuanto al fin, imagino que es precisamente eso, gritar mi cansancio de muchos años de insultos. Familiares, amigos y hasta el Presidente de mi país nos han insultado. Nicolás Maduro nos llamó sifrinitos mariconsones y pelucón lechero. Una de las razones por las que me fui de mi país fue esa. La homofobia y el machismo me ahogaban y yo queriendo ser el marico más marico del mundo, como escribió un admirado amigo en un poema.

¿Además de artista, con qué otras palabras te definirías a ti mismo?

No lo sé, quizás cocinero. ¡Me encanta cocinar! Hace poco leí que cocinar es una manera de demostrar el amor a tus seres querido y me encantó; yo solo cocino para las personas que quiero. Me gusta cocinar y escuchar canciones tristes que me hacen llorar. ¡Soy muy llorón!

Mi plan es derivar tu obra en un contexto Miami, pero tal vez el tuyo nunca lo ha sido. De igual forma asociaré las piezas con un espacio donde el macho es más cabrío que una cabra. ¿Estás de acuerdo? No te quedes callado.

Claro que estoy de acuerdo. Cuando me mudé a Miami pensaba que ya estaba a salvo de la homofobia y de los insultos. Si bien es cierto que muchas cosas cambiaron para bien, otras siguen siendo las mismas. ¡Me casé! Jamás pensé que me casaría, eso en mi país es impensable. Pero ahora vivo en Miami con mi esposo rodeado de latinoamericanos que traen su machismo y sus malas palabras.

Acá descubrí que no solo soy marico, sino también soy pájaro, joto, bugarrón, fag, y la lista es larga. Acá he conocido a personas muy involucradas con el activismo de los derechos LGBTQ y eso también me ha acercado a nuevas culturas.

Miami es un lugar muy raro, siento que estoy en Estados Unidos pero atado con un cordón al sur y eso me gusta. Acá me he sentido más libre para realizar mi trabajo; aunque todo ha sido más lento, no he dejado de trabajar. Durante los primeros años viviendo acá me obsesioné con los triángulos y pinté muchas pajaritas, como yo los llamo. En Grindr alguien tenía ese nombre, Pajarita Cubana, y me encantó.

Una vez escribí algo muy breve para la serie Pajaritas, que iba a ser parte de una muestra colectiva. Es evidente que estoy obsesionada con tu obra y que me atrae de una manera que quisiera llenar mis paredes contigo. ¿Encajo yo en tu ideal de consumidor para tu trabajo? ¿Quién consumiría mejor esos postres que preparas?

La primera vez que te vi lo primero que llamó mi atención fue tu piel blanca rayada, pensé: ¡me encanta esta mujer! Parece uno de mis cuadernitos o mi mesa de trabajo. Luego te escuché presentando apasionadamente el libro de un poeta venezolano (Otono Sic, de Luis Moreno Villamediano, Editorial Letra Muerta, 2017) y sentí que fui hechizado. Desde hace un tiempo he estado leyendo escritores cubanos, así que un día fui a una librería que me encantaba y compré tu libro con la portada del perrito.

Luego el destino hizo que nos conociéramos y fue amor a primera vista. Me gusta escribir, aunque soy malísimo haciéndolo. Pero de ser escritor me gustaría ser como tú. Una de las cosas que me gusta de Miami son los pocos, pero grandes amigos que he podido hacer. Muchos con historias parecidas a la mía, echando cuentos desde la otra orilla.

Ya me gustaría que todos los consumidores de mi trabajo y las personas que se sientan en mi mesa a comer lo que cocino, lo que horneo, fueran como tú. Ahora con la pandemia, quien se come todo es mi querido compañero Félix, que se llama como otra de mis obsesiones cubanas: Félix González-Torres.

Hazme una banda sonora de diez temas para una muestra llamada: EL MIAMI-PARGO DE LA NIÑA-CHERNA

Doce, porque diez no son suficientes:

1 «Espada», de Javiera Mena;

2 «Baloncesto», de La prohibida;

3 «La hora de volvé», de Rita Indiana y Los Misterios;

4 «Piel de ángel», de Camilo Sesto;

5 «Dime, amor, qué bebes», de Enrique Divine;

6 «Por qué te vas», de Cecilio G;

7 «Manifiesto», de Alex Anwandter;

8 «Como me gusta a mí», de Chocolate Remix;

9 «El gran varón», de Willie Colón;

10 «A quién le importa», de Alaska y Dinarama;

11 «Mi correo electrónico… oh!», de McNamara;

12 «Hey, Lion», de Sofi Tukker.

(Escuchar la lista en Spotify).

Yo recuerdo con desagrado las canciones cursis de Marco Antonio Solís que se escuchaban en Cuba en todas las casas. Mientras eso pasaba yo escuchaba a Charly García y mi mamá me decía que su preferido era Ricardo Montaner. Cuéntame cómo era la cosa en Venezuela. (Cuando escribí Venezuela, el teclado me lo cambió por Venecia).

Te confieso algo que nadie sabe: cuando yo era niño me encantaba Ricardo Montaner. ¿Sabes que hay una canción de él que se llama «La pequeña Venecia»? A mí todas esas canciones cursis me encantan, pero no de niño, me encantan ahora. De niño me gustaba Montaner y Chayanne. Luego en el colegio tenía un transporte enorme que ponía a todo volumen merengue y música tropical, por eso me sé todas las salsas eróticas, las canciones de Olga Tañón y Las Chicas del Can.

En Venezuela teníamos un programa de TV llamado Sábado sensacional, de niño siempre lo veía (de grande no: hay una leyenda urbana: si lo ves, esa noche no sales de fiesta), y por este programa pasaron muchísimos artistas. Puedes poner en YouTube el nombre de un artista acompañado de Sábado sensacional y seguro aparece un video. Así que mi banda sonora en Venezuela es muy loca y diversa, como la comunidad gay.

Ya más grande descubrí a Aterciopelados y me obsesioné nuevamente con algo; Andrea era mi amor platónico. Después vinieron Fito, Charly, Alaska, Cafeta y muchos otros, casi siempre en español, no sé por qué. En inglés escuchaba pocas cosas, Yo la tengo, Garbage, Morcheeba, Air, Massive Attack, Fiona, y no recuerdo nada más. Mi banda sonora en Venezuela era la de una mujer alternativa despechada, jajaja.

Todavía no has leído a Severo Sarduy, pero seguramente has leído a Lemebel y a Reinaldo Arenas, preferidos míos también. Recomiéndame libros así que me pongan a gozar en cuatro patas.

Severo me acompaña de cerca esperando que lo lea. Me tomó cuatro años leer Tengo miedo torero; me daba miedo que me diera miedo. Lemebel es mi favorito ahora mismo; cuesta conseguir sus libros acá en Miami, así que los he buscado en digital y lo he leído bastante.

Con Reinaldo tuve otro encuentro de amor a primera vista aunque me falta leer uno que otro. Confieso que soy un lector muy lento y si un libro no me atrapa de una vez me cuesta muchísimo retomarlo. Hace poco descubrí a otro cubano, Delfín Prats, y me gusta mucho. Pero si quieres gozar te recomiendo No es por vicio ni por fornicio de Alejandro Castro, un joven escritor venezolano a quien admiro mucho.

Por favor, solo te pido que no publiques errores ortográficos; respondí todo sin correcciones.

(De la serie Los mil nombres de María Camaleón, de José Rafael Perozo).

Publicado originalmente en El Estornudo

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Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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