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Riober Molina/Foto: El Estornudo

Por Abraham Jiménez Enoa

Los pájaros cantan en pajarístico,

pero los escuchamos en español.

(El español es una lengua opaca, con un gran número de palabras fantasmas;

el pajarístico es una lengua transparente y sin palabras).

Juan Luis Martínez

Tuvo que romper la masa de cuerpos encadenados que lo rodeaban. Meter un hombro, luego una pierna, contraer el abdomen, bajar la cabeza, simular el movimiento de una cobra para escurrirse entre cinturas y brazos ajenos y así poder avanzar. Lo hizo cientos de veces. Cada persona estaba precedida de otra, casi nadie tenía radio de movilidad alguno. Estaba sumido en un mar de desconocidos. Pidió permiso, nadie le escuchó. Tocó algunas de las espaldas de aquellos cuerpos, solo un par se voltearon con enfado. Vio de cerca rostros desdibujados por el alcohol y la madrugada. Rostros sin detalles, rostros de oscuridad. Estaban todos como poseídos, pegados por el sudor. Miles de personas que, codo a codo, se contoneaban y desgañitaban coreando las letras de Cándido Fabré.

Su pequeño y desgajado cuerpo no le alcanzaba para divisar el escenario. Estaba tan exhausto que a cada rato se detenía, se paraba en puntillas de pies y miraba hacia delante para saber cuánto le faltaba por recorrer. Mientras más avanzaba, más le costaba encontrar rendijas por donde colarse. Escuchó la voz ronca y aguardentosa de Fabré que decía «disciplina, disciplina». La orquesta detuvo la música y como una onda expansiva se abrió un hueco en la multitud. Dos hombres estaban enroscados en una pelea. Aprovechó ese instante para acercarse a la tribuna. Burló la seguridad del concierto mientras todos seguían pendientes del altercado. Subió por una de las escaleras traseras del escenario y se escondió detrás de un bafle enorme.

Estuvo allí varios minutos. Descubrió que la garganta la tenía seca. Después de atravesar la muchedumbre, con las nalgas en el suelo y la espalda apoyada en el bafle, una sensación de inseguridad le recorrió el cuerpo. Las manos le temblaban, sudaba como si estuviese bajo el sol del mediodía y no bajo la luna escurridiza de mitad de la madrugada. Escuchó decir a dos hombres que debían ser utileros de la orquesta: «hace años que Fabré no toca aquí en La Maya, es normal que se forme esta locura con su Dios».

Intentó repasar mentalmente lo que iba a hacer, pero su cabeza iba a toda velocidad. Montones de ideas iban y venían. Estaba aturdido. A lo lejos observó cómo varios policías esposaban a los dos hombres de la pelea y los subían a una misma patrulla. Imaginó que eso le podía pasar también a él. Estuvo a punto de abandonar el escenario y regresar al público. Quizás estaba forzando demasiado las cosas y aquello podría provocar una catástrofe mayor de la que ya era su vida. La orquesta volvió a tocar. Arrancaron los metales, le siguió la percusión y así.

En circunstancias de incertidumbre siempre le viene a la cabeza el brazo ahuesado de su mejor amigo que lleva tatuado la frase: «Sin riesgos no hay triunfos». Se puso de pie, soltó un buche de aire y caminó hacia la orquesta. No le temblaron las piernas cuando observó a miles de rostros preguntarse quién era.

***

La primera vez que lo hizo, se ganó un fuerte castigo de su profesora de segundo grado. Todos sus compañeros de curso se sorprendieron al descubrir que había sido él quien había interrumpido la clase con semejante broma. Tenía siete años, se sentaba al final del aula y era un niño solitario al que había que sacarle las palabras de la boca.

La profesora le dijo que se levantara y caminara hacia la pizarra. Sintió la mayor vergüenza de su vida cuando todos los alumnos lo miraron. «Ahora hazlo de nuevo delante de todos y no escondido», le exigió la profesora. Después de unos segundos de silencio en los que se preguntó por qué carajo había hecho aquello, se llevó dos dedos de su mano derecha a los labios, uno de la mano izquierda a la garganta, para sujetarse la nuez de Adán, y así imitó de nuevo el piar de los pollitos.

Todos rieron a carcajadas como había ocurrido minutos antes, todos, incluida la profesora, se burlaron de la imitación a pesar de que resultó un sonido casi idéntico al de los pollos. Le lanzaron un par de pelotas de papel desde los pupitres. Se sintió como un payaso de circo sin gracia, como un desgraciado. La maestra decidió que ese día no tendría recreo. Estuvo media hora castigado, mientras sus compañeros se divertían en el patio. Pegó su frente a la pared y comenzó a darle pequeños toquecitos como si su cabeza fuera un martillo.

Al día siguiente llegó a la escuela de la mano de su madre, tal como la profesora le había ordenado por su falta. La madre pidió que, por favor, no le dañaran su expediente estudiantil. Se comprometió a que su hijo no lo haría más, dijo que ya había tomado todas las medidas pertinentes para que no volviese a pasar: «le prohibí entrar al patio donde están las jaulas de los pollos y donde él pasa horas y horas imitando sus sonidos». Ya no podría continuar deleitándose con el canto de los gallos, el cacareo de las gallinas o el piar de los pollitos en casa. Por alguna razón desconocida aquellos sonidos le provocaban una atracción adictiva.

No fue una decisión fácil para sus padres quitarle el patio, era su mayor alegría. Del rostro le brotaba la felicidad cuando estaba entre los animales, a diferencia de la escuela o en casa, lugares donde se convertía en un niño introvertido, casi sin habla.

La casa en la que transcurrió su niñez, en las afueras de Palma Soriano, Santiago de Cuba, queda cerca del monte. Hoy, a sus 37 años, sigue siendo su hogar. Es una choza de madera con piso de tierra, rodeada por dos grandes hierbazales que fueron convertidos por sus padres en patios para criar animales.

Creció en esos patios, correteando descalzo, jugando a atrapar gallinas, montando perros y cerdos como si fueran caballos, dándole de comer a conejos y pollos. No tendría más ese espacio de felicidad, pero le quedaba todo un mundo por descubrir en el monte.

***

«Para llegar a la escuela tenía que atravesar una carretera peligrosa. Siempre los camiones y los carros me pitaban y me gritaban barbaridades porque iba por el borde de la carretera mirando hacia los postes de electricidad, que es donde se posan los pájaros. Caminaba oyéndolos cantar, me atraía eso. Un día estuve a punto de que me arrollaran. Parece que caminaba más allá del borde y un carro me frenó delante. Era un carro antiguo, americano de esos. Cuando lo vi venir, me tiré de cabeza a la zanja. El chofer se bajó y no me vio. Debe haber pensado que me había matado porque salió y ya yo no estaba. Caí en la zanja y con la misma di unas vueltas y me levanté y salí corriendo. Después sentí que me gritó: ‘¡Chiquito desgraciado!’ Ese día, después de las clases empecé a irme solo al monte en vez de volver a casa. Descubrí que en medio de todo aquello había un polígono militar abandonado. Allí me sentaba y me pasaba horas y horas escuchando cómo cantaban las aves y mirando el paisaje. Me gustaba estar tranquilo, solo, sin que nadie me molestara.

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Riober Molina/Foto: El Estornudo

«El polígono estaba rodeado de árboles y llegaban palomas, carpinteros, sinsontes. Así fue como aprendí a cantar como ellos: escuchándolos en el monte. Después iba y ensayaba los cantos, sentado en la carretera o en el campo de pelota del barrio. Una vez, imitando al cernícalo, vino uno y me atacó. Subía y bajaba desde la cresta de un árbol y me atacaba como un halcón, debe haber pensado que le había robado alguno de sus pichones porque tenía un nido cerca. De todos los pájaros, mi preferido es el sinsonte. Es muy inteligente, es el único que en Cuba imita el sonido de las demás aves, por eso tiene alrededor de 30 cantos. Yo logro hacer 20. En el monte les cantaba a los sinsontes y ellos se callaban, parece que se extrañaban de mi sonido. Seguro se preguntaban: ‘¿será un pájaro igual que yo?’ Algunos sí me respondían y bajaban de los árboles y se me acercaban y cuando me veían, se iban. El canto del sinsonte es el que mejor me queda. El que más difícil se me hizo fue el del pitirre, aunque todo lo que hago es una imitación, los pájaros hacen cosas que yo no puedo hacer. Es como que yo me ponga a cantar como Cándido Fabré. Fabré es Fabré, como él no hay».

***

Los muchachos de más edad en el barrio, mientras jugaban todas las tardes al béisbol en el terreno, nunca se percataban de su presencia en las gradas. No existía para ellos, aunque ahí estaba cada vez que había partido. Era como si en el graderío no se sentara nadie a verlos jugar. Lo hacía con la intención de que alguno de ellos se brindara a preguntarle si deseaba sumarse. La timidez lo ataba. Hasta que una tarde ensayó los cantos del monte. Ese día todo cambió. Los chicos abandonaron el terreno, subieron los escalones del graderío y se le acercaron. Después de algunas burlas, lo arroparon y le propusieron incorporarse al grupo. Se percataron de que con él podían ser más certeros cazando aves. Fue su oportunidad de hacer amigos.

Todos los fines de semana el grupo de muchachos iba al monte. Cada uno cargaba con un tirapiedras en el bolsillo, una especie de pequeño arco de madera que con una tira de goma, que empata sus extremidades, lanza objetos como proyectiles. Regresaban casi siempre sin la cantidad de presas que deseaban. Luego enjaulaban en sus casas las aves que lograban capturar vivas sin propiciarles demasiados daños, y las que atrapaban ya muertas, o las que quedaban muy heridas, las vendían a los santeros del pueblo para que las utilizaran en sus ceremonias religiosas.

Sucedió un trueque de intereses: ellos tendrían mejores opciones para ir al monte a cazar pájaros y él, por fin, tendría un grupo de amigos. Solo puso una condición. Irían al monte sin tirapiedras. Confíen, les dijo.

La noche antes de salir de caza por primera vez no durmió. En la tarde salió para recoger varias hojas de matas de coco y hierbas finas de higuereta. Pasó toda la madrugada haciendo jaulas y trampas. Al día siguiente, sus nuevos amigos se sorprendieron al verlo llegar con todos aquellos armatrostes. Desde ese día se hizo cargo de cada una de las expediciones del grupo. Pasó de ser el niño invisible a ser el niño líder.

Cada fin de semana dedicaba largas horas a rastrear pájaros. Él iba al frente del grupo. A pesar de ser el más pequeño, todos acataban sus indicaciones. Estableció dos estrategias principales. La primera: divisar donde hubieran aves, ubicar en las ramas más altas de los árboles algunas jaulas con comida, esconderse a varios metros de distancia y darle paso a él para que imitara el canto del pájaro que anduviera por esa zona. La segunda: introducirse en algún hierbazal que los tapase, esperar que apareciera alguna bandada y ponerles igualmente trampas y jaulas con alimentos para luego asustarlos e intentar que, con el rompimiento del grupo, alguna ave quedase atrapada.

Solo la primera estrategia fue efectiva. Cuando cantaba, los pájaros se acercaban a las trampas y veían pedacitos de pan o harina o surbano –una mata del oriente de Cuba. Entraban para comer y la jaula se cerraba. Fueron muchos los pájaros que atraparon de esta manera durante varios meses. El grupo de muchachos no lo podía creer. Él, por su parte, se percató de que había perfeccionado sus imitaciones. «Era un don», se dijo así mismo. Y tenía que explotarlo.

***

«Ya estaba en la secundaria básica cuando llevé a casa varios pájaros. Los tenía en jaulas. Les cogí mucho cariño porque pasaba mucho tiempo con ellos. Los oía cantar y luego repetía sus cantos. Yo los seguía a ellos y ellos a mí. Fue cuando realmente aprendí a imitarlos. Todas las mañanas, todas las tardes, todas las noches, ponía un taburete delante de sus jaulas y después de darles comida, nos poníamos a cantar. Varios se me empezaron a morir, me di cuenta de que era por rabia, porque estaban presos y habían perdido su libertad. Los que lograban seguir viviendo eran los que cogía directo de los nidos. Eso me conmovió, recuerdo un día en que uno se murió delante de mí. Llevaba días tristes, sin cantar, sin comer, y vi cómo cerró los ojos y las alas se le abrieron, quedó con el pico abierto. Esa imagen no se me borra. Me dolió en el pecho, eso me hizo cambiar. Ellos, como nosotros, tienen derecho a vivir, a ser libres. No fui más a cazar».

***

La comercialización de vida silvestre es el cuarto negocio ilícito del mundo, según World Wildlife Fund. Este tipo de comercio ilegal solo es superado por el narcotráfico, el tráfico de personas y la falsificación de productos.

En Cuba, el tráfico de aves es común, pues somos uno de los países con un crecimiento anual de su superficie boscosa, de acuerdo con datos de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). La zona verde de la isla representa el 30 % de la tierra del país. En ese espacio conviven 394 especies de aves, según declaró el Centro de Estudios y Servicios Ambientales (CESAM) a la web Cubahora. Entre esas aves, alrededor de 30 son autóctonas (no puede darse una cifra definitiva, pues no hay consenso, varias publicaciones manejan números diferentes).

Un ejemplo reciente de tráfico ocurrió en febrero pasado, cuando un hombre, proveniente de Varadero, fue descubierto por los oficiales de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP) del aeropuerto de Miami con dos tomeguines encerrados en un pomo de Vitamina C. El frasco de plástico tenía varios agujeros para que las aves respiraran. No obstante, una murió. El hombre fue encarcelado y puesto a disposición de las autoridades norteamericanas.

Juventud Rebelde acostumbra a darle seguimiento al tráfico de aves en la isla. En 2010, el periódico reportó la detención de dos ciudadanos por llevar 62 aves muertas en el equipaje de viaje de un tren. Los pájaros estaban colocados en recipientes que contenían formol para evitar su descomposición. Los hombres declararon que tenían la intención de venderlos a santeros para fines religiosos. También en 2011, el periódico informó que en San José de las Lajas, provincia Mayabeque, un hombre cargaba en una mochila 65 pájaros y murciélagos muertos. En ambos casos, los implicados fueron procesados por violar el decreto ley 268, en su artículo 7, inciso c, por lo cual les impusieron 750 pesos cubanos de una multa, unos 30 dólares.

El propio medio oficialista afirma que «la fauna es el recurso natural más desprotegido desde el punto de vista legislativo en Cuba». Es por ello que los traficantes lucran sin miedo a ser penados severamente. La ley prácticamente los exime.

***

«El último que tuve encerrado fue un sinsonte. Le puse Fabré. Estaba enamorado de ese pajarito, lo trataba como si fuese un niño chiquito. Lo cogí desde muy pequeño, a esa edad hay que embutirlos hasta que aprenden a comer solos. Con un palito le daba harina mojada, pero le ponía miel y azúcar para que aquello le supiese a dulcecito. Tenía que abrirle el pico yo mismo. A veces también le ponía un pedazo de hollejo de naranja y él se tomaba el juguito poco a poco. Estaba en mi cuarto y por las noches lo tapaba con un trapo para que no pasase frío ni lo picaran los mosquitos. Todos los días tenía que apagar la luz del cuarto bien temprano porque él estaba cantando hasta que veía alguna claridad. Fabré aprendió a cantar por mí. De pichoncito le cantaba yo mismo sus trinos para que él fuera aprendiéndolos. Me grabé en un casete y se lo ponía dos o tres veces al día. Cuando aprendió, hasta por la madrugada cantaba. Es que los pájaros también sueñan. Por el día lo colgaba en su jaula en el balcón y se ponía alegre, no se estaba quieto. Si salía a la calle, me lo llevaba conmigo para dejarlo un rato en los árboles del parque. Era como un hijo. Pero fui creciendo y cada vez tenía menos tiempo para atenderlo. Con el dolor de mi alma tuve que regalárselo a mi mejor amigo. Semanas después soñé con él. Soñé que estábamos en el monte, donde yo lo encontré, y ahí cantábamos los dos sentados en la rama de un árbol. El día del sueño fui a casa de mi amigo a darle una vuelta al pajarito. El pobre, no parecía él, estaba triste, casi no cantaba, se veía desganado. Le pregunté a mi amigo que comida le estaba dando y me dijo que harina. Fabré no estaba acostumbrado a comer harina sola. Murió una semana después».

***

En realidad, su verdadera pasión es la música. Puede que de ahí le venga esa extraña atracción por el canto de las aves. En algún momento tocó algunos instrumentos musicales, aunque nunca cursó estudios para ello. Aprendió en su juventud, cuando en el barrio inventaron una orquesta con instrumentos musicales artesanales. Se llamaron Los chicos de los 2000.

Entrábamos en el nuevo siglo y Cuba padecía la resaca de una depresión económica mayúscula, luego de la drástica desaparición a comienzos de los noventa del bloque socialista del Este. En Palma Soriano, como en todo el país, las casas pasaban más tiempo sin electricidad que con ella, hubo grandes recortes laborales y la mayoría de las familias dormían sin saber qué comerían al día siguiente. Había poco en lo que entretenerse.

Los muchachos del barrio, entonces, se propusieron romper el aburrimiento para no pensar en el hambre. Convirtieron varios cubos plásticos en pailas. Con un pedazo de cuero y un cajón de madera inventaron una tumbadora. Pidieron prestada una guitarra en la Casa de la Cultura del municipio y así nació la orquesta. En una carretilla de metal cargaban aquellos trastes y se movían por los barrios cercanos para presentarse en los poblados. La gente les agradeció que les llevaran algo de alegría.

Inventar instrumentos musicales de manera artesanal lo llevó a desarrollar también un oficio que lo ha acompañado el resto de su vida: constructor de bafles rústicos. Desde que era un estudiante de Cultura Física en un Politécnico de Palma Soriano, hasta hoy, construye pequeñas cajas de cartón a las que les introduce bocinas viejas desechadas en talleres de electrodomésticos o en basureros. A esos artefactos les incorpora un circuito eléctrico. En ocasiones, logra vender esa suerte de bocinas.

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Se gradúa de Cultura Física en el Politécnico y lo nombran profesor de una escuela primaria en La Maya, un poblado enclavado a 40 kilómetros de su casa. Durante 15 años estuvo impartiendo clases bajo el potente sol del Oriente cubano en un área deportiva con piso de cemento. Su carrera en el magisterio inició con un sueldo mensual de 150 pesos cubanos y terminó en 2018 con un salario de 500.

En esos años su percha nunca pasó de dos pulóveres, un pantalón y un par de zapatos. Ni siquiera pudo comprarse unas chancletas con lo que ganaba por impartir a los niños ocho horas diarias de Educación Física. Los últimos meses como maestro le sirvieron para probar que su cambio de rumbo, más adelante, sería adecuado.

El 22 de diciembre de 2017, Día del Maestro en Cuba, salió contento de la escuela. Bebió más tragos de ron de los que acostumbra. Los alumnos se habían ido a sus casas a media tarde y los profesores de la escuela celebraron la fecha con una fiesta donde hubo música, comida y alcohol.

Camino a la parada de ómnibus que lo devolvería de La Maya a Palma Soriano, comenzó a percatarse de que las caras de las personas que se cruzaba en la calle le provocaban mucha gracia. Le parecían máscaras y no rostros, una realidad distópica ante sus ojos. No sabía por qué, ni encontró explicación lógica. Los tragos de ron de más que llevo encima, se dijo. Aquel sin sentido le provocó un cosquilleo incontrolable en su cuerpo, un ataque de risa que no pudo contener. La gente, al verlo reír a carcajadas, lo encaró como si fuese un demente.

Siguió de largo unos metros más. No quería acercarse a las personas en ese estado tan susceptible. Se sentó en una piedra. Con un pedazo de rama de árbol comenzó a hacer dibujar figuras en la tierra. Sintió a su espalda el trino de un gorrión. Se volteó para ubicarlo. Lo encontró posado en un cable de electricidad. Decidió imitarlo. Los que aguardaban en la parada lo vieron cantar por casi media hora hasta que su ómnibus llegó. Al subirse, dos señoras le dijeron: «oye, muchacho, cantas mejor que los propios pájaros». Pasó los 40 kilómetros de regreso a casa pensando en aquella frase, con la cabeza apoyada en una ventanilla.

Bajó del ómnibus en el parque de su pueblo y caminó contrario a su casa. Luego tocó en la puerta de su mejor amigo y le pidió que le imprimiera en su computadora las imágenes de todas las aves que él dominaba su canto. El amigo encuadernó en plástico los 17 pájaros cubanos que pudo encontrar en la enciclopedia Encarta. A partir de la tarde siguiente, y durante cinco meses, empezó a salir a la calle en cada tiempo libre a imitar el canto de las aves como un juglar. No solo encontró placer en ello, sino que comenzó a ganar dinero.

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Riober Molina/Foto: El Estornudo

Llegaba de la escuela, soltaba el maletín con los planes de clases, tomaba agua, se encasquetaba sus carteles encima y salía a la calle de lunes a viernes. Luego volvía alrededor de la medianoche con 100 o 200 pesos cubanos. Casi lo mismo, o más, de lo que en principio ganaba como profesor de Educación Física en todo un mes. La semana se le iba esperando el sábado y el domingo, sus días preferidos. Ahí, desde la mañana hasta la madrugada, buscaba cumpleaños, fiestas, actividades culturales o sencillamente un parque en el que ponerse a cantar.

***

«Al principio me dio pena, pero me adapté a que la gente me mirara. Es como cantar en un concierto, lo que en la calle, sin asientos. Poco a poco fui perdiendo el miedo escénico y me di cuenta de que esto me gustaba, Además, en un día ganaba el doble, el triple y hasta más de lo que ganaba en un mes como profesor. Siempre me va mejor donde está la gente reunida, por eso busco los parques o las fiestas o los carnavales. Los carnavales son lo mejor. Estoy en todo el país. Me paso el año viajando porque ahí es donde está el dinero, donde la gente gasta por cualquier cosa. Están alegres, borrachos, de fiesta. Cada mes llamo al 113 para preguntar en qué parte del país hay carnavales. Si me dicen Holguín, Pinar, Tunas, Matanzas, donde sea, ahí voy. Me hago una mochilita con un calzoncillo, dos pulóveres, un desodorante, pasta de dientes, cepillo y salgo. Me paso semanas y semanas sin virar a la casa, por ahí, de carnaval en carnaval, durmiendo donde me coja la noche, lo mismo en un portal que en un alquiler. Casi siempre duermo al aire libre o no duermo, porque trabajo la madrugada entera. Camino con los carteles de pájaros y voy cantando, la gente se acerca y me deja lo que quiere. Hay algunos que sí me piden un pájaro específico, esos son los que más pagan. No les cobro ni a los niños ni a los ancianos. Si hubiese empezado a trabajar en esto desde que daba clases, ya me hubiese comprado una casa para mí. El día que menos hago son 200 pesos. En Matanzas fue donde más hice, 1000 pesos. Pero es muy duro esto, no es jamón, porque paso mucho tiempo fuera de mi casa y extraño a mi familia, a mi tierra. Además, tengo que sentirme bien para trabajar: silbar tanto me da mareo. Esto tiene que ser con calma, poner bien los labios, la lengua, los dientes, todo en su lugar, para que cuando la fuerza me venga del diafragma y el estómago, todo suene lindo. Mi cuerpo es como si fuera un instrumento de música. Es rico ganar dinero por lo que te gusta y no trabajar en algo que te haga sufrir. Quiero ser famoso, quiero salir en la televisión para que cuando camine por la calle la gente me reconozca y me pare y yo les firme autógrafos. Quiero ganar un récord Guinness como el hombre que hace como los pájaros. Quiero viajar, salir de Cuba. Me gustaría ser alguien en la vida, alguien grande, pero sé que a veces es imposible, porque uno llega hasta donde Dios te deja. Como los pájaros, que desde el cascarón uno sabe si van a ser buenos cantadores».

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Riober Molina/Foto: El Estornudo

***

Las luces del escenario se le incrustaron en el rostro cuando pasó cerca de uno de los trompetistas. Hizo un gesto brusco con su cuerpo, para quitarse el golpe de luz. Sus pies resbalaron en la madera y cayó de rodillas. En ese instante volvieron las dudas, pero ya era muy tarde para retractarse. Estaba delante de miles de personas. Se levantó y dejó atrás al baterista, al hombre del guayo, a los tres coristas de la orquesta, hasta que chocó con la espalda de Cándido Fabré. Ya los hombres de seguridad lo encaraban, cuando le imploró al cantante. Solo quería presentarse ante al público. Con una sonrisa lastimera Fabré le entregó el micrófono. Sin levantar la vista, con voz nerviosa, dijo: «quiero que me conozcan. Mi nombre es Riober Molina, pero me llaman ‘El sinsonte’, soy el hombre que canta como las aves».

Publicado originalmente en El Estornudo

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Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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