El gobierno cubano encuentra nuevo culpable de todas sus angustias

La dictadura del algoritmo

Por Mónica Baró

La dictadura del algoritmo, de Javier Gómez Sánchez, es un audiovisual simplemente feo. Muy feo. Es feo — y violento — el cartel que lo promociona, es feo su guion, es fea su estética. Casi siempre, la mediocridad es fea. Nunca ha habido belleza en la subordinación al poder.

Hay incluso obras dentro del realismo socialista rescatables en las artes visuales, en el cine, en la literatura. El arte político no es per se malo. En América Latina, por ejemplo, el movimiento del Nuevo Cine Latinoamericano produjo documentales y películas memorables. Glauber Rocha, Fernando Birri, Tomás Gutiérrez Alea, Santiago Álvarez o Sara Gómez son referentes cercanos que demuestran que es posible crear un arte comprometido con la sociedad. Y lo mismo podríamos decir de la Nueva Trova.

¿Qué arte no se compromete con la sociedad de algún modo? Pero el problema de La dictadura del algoritmo no es que sea un material político sino que, además de ser feo, miente. Es deshonesto en la medida en que su afán propagandístico le hace incurrir en falta de rigor. A su autor no le importa demostrar nada; le basta con especular.

Una de las lecciones más elementales con que se gradúa cualquier estudiante de Periodismo, es la siguiente: los efectos de los medios de comunicación en los receptores son limitados. Se supone que eso debes saberlo no ya para obtener un título sino para vencer el segundo año de la carrera. Se supone que si vences el segundo año es porque leíste y comprendiste, por lo menos, La investigación de la comunicación de masas de Mauro Wolf y El pueblo elige, de Paul Lazarsfeld, Bernard Berelson y Hazel Gaudet.

No menciono la Teoría Crítica y a la primera generación de la Escuela de Frankfurt porque, si bien aportaron un enfoque del sistema de producción cultural de sentidos que estaba ausente en los estudios empíricos, subestimaron demasiado a los receptores. No voy a hablar tampoco de los estudios latinoamericanos, ni de los estudios culturales británicos, ni del concepto de receptor activo, ni de la teoría de las mediaciones, que integran y contextualizan los resultados de análisis anteriores. Quedémonos con los dos textos que hubieran permitido al estudiante más holgazán aprobar una parte de Teoría de la Comunicación y darse cuenta de las tergiversaciones que aparecen en La dictadura del algoritmo.

Si Gómez Sánchez hubiera hecho la tarea — o quién sabe si la hizo y de todas formas decidió engañar a la gente — no hubiera admitido que en su audiovisual — porque documental no es — quedaran opiniones que son disparates teóricos; a no ser que quisiera ridiculizar a la mayoría de sus fuentes. En los 52 minutos de duración de esa serie de entrevistas graficadas, la tesis principal que se defiende nos conecta con la obsoleta «teoría de la aguja hipodérmica», que se sustenta en comprender a los receptores como una masa homogénea en la cual los medios de comunicación pueden inocular sus mensajes sin encontrar resistencias significativas.

«Si yo te expongo un suceso todo el tiempo», dice uno de los entrevistados, «hay un punto en que tú dejas de cuestionar. Si en tu muro aparece todo el tiempo que hay brutalidad, si en tu muro aparece todo el tiempo que hay represión, hay un punto en el que, aunque tú sepas que no es la realidad, tú dejas de cuestionarte ese contenido». Para ese entrevistado el proceso de comunicación se explica a partir del modelo conductista de estímulo-respuesta, que era el modelo en que se basaba Joseph Goebbels, el ministro de Ilustración Pública y Propaganda del Tercer Reich (de 1933 a 1945), cuando afirmaba que «una mentira repetida mil veces se convierte en verdad».

Sin embargo, la historia de los estudios de la comunicación masiva ha demostrado que un mensaje solo es efectivo en la medida en que del otro lado existen valores y circunstancias individuales, grupales y sociales que favorecen la identificación con el mismo. Si las campañas de Goebbels funcionaron — y no funcionaron de manera absoluta — fue, entre otras cosas, porque en la Alemania posterior a la Primera Guerra Mundial, posterior al demoledor Tratado de Versalles, se habían ido creando fuertes sentimientos nacionalistas. Reivindicar la lógica de Goebbels en el año 2021, en un escenario en que los procesos comunicativos se han democratizado y descentralizado de una manera extraordinaria, es un sinsentido.

Y desde luego que existen desigualdades en el acceso a las comunicaciones, las tecnologías y la información. Desde luego que existen discursos hegemónicos que se imponen sobre otros. Desde luego que existen industrias culturales robustas que promueven y estandarizan paradigmas de vida funcionales a los sistemas de los cuales son parte. Pero nada de esto significa que la gente sea imbécil, es decir, que consuma información acríticamente. Que haya una audiencia que caiga en la trampa de las fake news y las teorías conspiratorias no constituye una evidencia de que toda la sociedad se comporte igual.

La brutalidad y la represión en Cuba, al igual que la escasez, las desigualdades o los privilegios con que viven los familiares de muchos de los dirigentes, no se construyen en las redes sociales, ni en los medios independientes. Las redes y los medios visibilizan y resignifican esas realidades que ya la gente está viendo y viviendo en su cotidianidad. Podemos discrepar más o menos con las interpretaciones o versiones que se hacen de las historias, pero sería absurdo negar las problemáticas que revelan.

Pero no me sorprende que La dictadura del algoritmo asuma una visión tan irrespetuosa y paternalista de la sociedad cubana. Quienes han gobernado el país en los últimos 62 años han tenido exactamente la misma visión de la sociedad cubana. Nos han prohibido desde tener un celular o una computadora hasta hospedarnos en un hotel o viajar a otro país. Nos han tratado peor que a niños chiquitos.

Si la gente cuestiona el sistema, si no obedece al poder ni reproduce su discurso, es porque está confundida, porque ha sido engañada o porque es un instrumento de «el enemigo». Los poderosos y sus comisarios nunca reconocen la capacidad de la gente para pensar por sí misma y tomar decisiones. Toda idea que se les opone es considerada una equivocación o parte de un plan injerencista que pretende derrocarles. De esta forma, el sistema se libra de la responsabilidad del desastre en que ha convertido el país, porque desvía siempre la atención de ese desastre y la concentra en las denuncias ciudadanas de ese desastre.

La dictadura del algoritmo recurre a la gastada estrategia de victimizar a quienes ejercen el poder en Cuba. Sugiere que la falta de libertades y la violación de derechos humanos es parte de la defensa que hace Cuba de su soberanía frente a su enemigo histórico. Presenta a Yailín Orta, directora del periódico Granma, y a los músicos Israel Rojas y Arnaldo Rodríguez, hijos favoritos del oficialismo, como presuntas víctimas de los debates que tienen lugar en las redes sociales.

Yailín Orta nunca ha sabido lo que es una multa por sus publicaciones en Facebook. A mí me pusieron una multa de tres mil pesos cubanos el 17 de abril de 2020 por mis publicaciones en Facebook. Nunca ha sabido lo que es reportar sin protección, sin acceso a fuentes y sin recursos. Nunca ha sabido lo que es recibir amenazas de prisión por parte de la Seguridad del Estado. Nunca ha sabido lo que es un arresto domiciliario.

Nunca ha sabido lo que es una detención arbitraria. Nunca ha sabido lo que es que te lleven a un lugar desconocido para un interrogatorio con hombres que no conoces. Nunca ha sabido lo que es que te obliguen a quitarte la ropa para revisar tu cuerpo. Nunca ha sabido lo que es salir huyendo de un país sin ningún plan y dejar todo, absolutamente todo, atrás.

Nunca ha sabido lo que es que la destierren, como desterraron a Karla Pérez, o lo que es pasar un año en prisión, como Roberto de Jesús Quiñones. Nunca ha sabido lo que es que te organicen un acto de repudio como a Iliana Hernández. Nunca ha sabido lo que es que te prohíban salir del país durante años como a cientos de periodistas independientes. Nunca ha sabido lo que es que la Seguridad del Estado use a tus hijos para intimidarte, como ha hecho con Luz Escobar, Boris González o Yoe Suárez. No un Don Nadie de Miami, sino la Seguridad del Estado de tu país.

Yailín Orta nunca ha sabido lo que es que un oficial toque a la puerta de tu casa mientras almuerzas y te diga que viene a recoger las pertenencias de un amigo y colega a quien estaba interrogando porque va a ser procesado. Nunca ha sabido lo que es llevar a una madre al hospital porque su miedo a que te pase algo es tan grande y fuerte que cree que está sufriendo un infarto. Nunca ha sabido lo que es ser atacada y calumniada en la televisión nacional.

Arnaldo e Israel también aparecen quejándose de los ataques en las redes sociales por sus ideas, pero no consideran ni por un segundo que ambos, en ese audiovisual chapucero y mentiroso, están participando en un ataque mucho mayor, porque es un ataque que cuenta con el respaldo de los medios estatales cubanos con alcance nacional. De hecho, uno de los ejemplos que se usan para exponer «el acoso» que ha enfrentado Arnaldo es la captura de un post mío, que publicara en mi perfil de Facebook, en el cual denuncié expresiones machistas que el músico realizó en un momento.

Pero ninguna de las personas que aparecen entrevistadas en La dictadura del algoritmo se da cuenta de la desigualdad de poderes entre ellas y los influencers, activistas, intelectuales, activistas o artistas que les incomodan. Ninguna se da cuenta de su posición privilegiada. Aunque lo más probable es que sí, que todas se den cuenta. Lo más probable es que participan de ese circo precisamente porque se dan cuenta de que la Seguridad del Estado las protege.

Al final, yo no podría decir por qué La dictadura del algoritmo se llama así y no La dictadura de lo que nos da la gana. En 52 minutos, Gómez Sánchez no logra ofrecer una sola evidencia del sesgo político que él, a través de las declaraciones de sus fuentes, asegura que existe en las redes sociales en beneficio de los críticos o detractores del gobierno cubano. Una de sus fuentes, un estudiante de Periodismo, que parece que pasó por Teoría de la Comunicación sin entender de la misa la mitad, suelta una joya: «Lo que le interesa a Facebook es que tú te alejes de la institución».

¿De dónde ese aspirante a periodista sacó esa idea peregrina? Nadie lo sabe. Él simplemente la da por hecho a partir de las sugerencias de páginas a seguir que Facebook le pone. Con eso le basta para aventurarse a producir esa conclusión. Y como a Gómez Sánchez le funciona, y como no necesita ser riguroso, porque la propaganda política en un sistema totalitario no necesita ser rigurosa, no se lo piensa dos veces y la incluye en el discurso de su audiovisual.

En ningún momento los entrevistados consideran que el posicionamiento que han logrado muchos influencers, medios independientes, activistas o artistas se pueda deber a que han sabido usar esos algoritmos a su favor. De nuevo, si los usuarios no siguen a Granma o al Centro Nacional de Educación Sexual (Cenesex) no es por culpa de los contenidos o estrategias que siguen ambos sino porque el algoritmo está en su contra. El algoritmo es el culpable. Granma no. Granma hace un periodismo fenomenal y súper entretenido que todo el mundo se muere por consumir.

Así es como este gobierno se ha mantenido en el poder durante 62 años: victimizándose y eludiendo sus responsabilidades. Si los jóvenes emigran es por causa del robo de cerebros y los cantos de sirena del capitalismo, nunca por la falta de oportunidades, libertades y esperanzas que reina en la isla. Si hay miles de familia residiendo en viviendas precarias, en peligro de derrumbe, es por causa de las sanciones de Estados Unidos. Si se perdió más de la mitad de la cosecha de mangos es porque Mercurio estaba retrógrado. (Enciendo alarma de ironía en el último caso.) Ahora, el culpable de moda es el algoritmo.

Casualmente, el expresidente estadounidense Donald Trump pasó buena parte de su mandato acusando a las redes sociales de estar sesgadas políticamente, y cuando perdió las elecciones presidenciales en 2020, ese discurso se agudizó. Sin embargo, nunca se pudo demostrar que tuviera razón. La BBC publicó un texto en octubre del año pasado en que se preguntaba si las redes sociales tenían un sesgo en contra de los estadounidenses republicanos, y la conclusión, después de analizar varias estadísticas, fue básicamente que las acusaciones de sesgo eran muy difíciles de probar, aunque, al mismo tiempo, muy difíciles de refutar. Algo que es muy conveniente para crear teorías de conspiración.

Y claro que las redes sociales hegemónicas están mediadas por intereses e ideologías y tienen fines de lucro. Sin embargo, albergo la sospecha de que, si las páginas de Granma y el Cenesex en Facebook no son seguidas por más usuarios, no es porque los programadores que trabajan para Mark Zuckerberg tengan algo personal en contra de Granma y Cenesex. Si yo trabajara en uno de esos dos sitios, me preguntaría qué estoy haciendo mal, qué podría hacer distinto, antes de creer que la culpa de mis fracasos o deficiencias, de todas mis angustias y quebrantos, corresponde a un algoritmo malintencionado. No sé; yo al menos me lo pensaría.

Publicado originalmente en El Estornudo.

Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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