El debate presidencial que nunca ocurrió

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Foto: Morry Gash, AP.

Por Mónica Baró

Qué se puede esperar de un Presidente que no sabe escuchar? La esencia del ejercicio de la política es construir consensos, pero para construir consensos hay que dialogar y, para dialogar, hay que saber escuchar. Si algo demostró el actual mandatario estadounidense, Donald Trump, en el primero de los debates presidenciales (29 de septiembre) es que no solo no sabe escuchar sino que tampoco le interesa respetar el derecho de los ciudadanos a escuchar. Lo que sí sabe hacer, sin dudas, es imponer su voluntad: una práctica nada compatible con los valores de una democracia.

De acuerdo con CBS News, durante la hora y media que duró el debate, Trump interrumpió a su rival demócrata, Joe Biden, en 73 ocasiones. Hubo fragmentos en que apenas se entendía lo que ambos candidatos estaban diciendo. Y esto ciertamente afectó a Biden, quien se mantuvo bastante ecuánime y evitó seguir la estrategia desestabilizadora de Trump, pero sobre todo afectó a quienes esperaban conocer mejor sus propuestas.

Tan pronto terminó el debate, si es que puede catalogarse así, distintos medios lanzaron encuestas para determinar un ganador. Para las audiencias del canal hispano Telemundo y de la plataforma conservadora Breitbart, ganó Trump. Para las de CNN y CBS News, ganó Biden. Los resultados variaron según la composición del público de cada medio. Sin embargo, yo comparto el criterio de los analistas que sostienen que el gran perdedor fue el pueblo estadounidense.

No hubo un debate, no prevalecieron la exposición y el intercambio de ideas. Trump, a pesar de los esfuerzos de Chris Wallace, el periodista y presentador de Fox News Sunday que hizo de moderador, convirtió el debate en un espectáculo vulgar. Si el propósito hubiera sido evidenciar cuál de los candidatos podía ser más rudo, agresivo, feroz, Trump hubiera vuelto a casa con un trofeo gigante. Biden optó por ser cortés, y lució débil. Frente a Trump, que no mostró el menor respeto por las normas del espacio, la cortesía de Biden y los buenos modales de Wallace parecieron signos de debilidad.

Una esperaba que se enfrentaran dos programas políticos, dos visiones sobre el futuro de una nación. Los temas anunciados días antes prometían: declaraciones de impuestos, la Corte Suprema, la pandemia, la economía, el racismo y la violencia en las ciudades, y la integridad de las elecciones. El moderador agregaría a la agenda el cambio climático y los incendios en California. Sin embargo, dudo que los espectadores obtuvieran más claridad sobre las respectivas posturas de ambos candidatos.

En una entrevista con The New York Times,al día siguiente, Wallace dijo: «Yo soy un profesional. Nunca había pasado por algo como esto». Agregó que había hecho lo mejor que había podido, pero que estaba decepcionado con el resultado, especialmente por lo que significaba para el país, pues consideró que pudo haber sido una noche mucho más útil.

Aunque Biden se esforzó por exponer algunos de los puntos de su programa, su discurso quedó opacado ante la incapacidad del actual Presidente para condenar tajantemente a los supremacistas blancos, luego de que Wallace lo inquiriera al respecto, así como sus alarmantes declaraciones sobre Proud Boys y sobre un hipotético fraude en el proceso electoral. En los días posteriores al debate casi toda la cobertura de los medios se ha centrado, con razón, en esos dos puntos.

«Stand back and stand by (Retrocedan y esperen)»: fue el mensaje de Trump a los Proud Boys, un grupo de ultraderecha fundado en 2016, que ha abogado por la violencia y ha estado involucrado en incidentes violentos, que ha promovido teorías de conspiración sobre el COVID-19 y ha sido suspendido en Twitter y Facebook. Como era de suponer, diversos miembros de los Proud Boys enseguida asumieron las palabras del jefe de Estado como un espaldarazo y comenzaron a generar memes y souvenires con el «Stand back and stand by».

Y como si no hubiera sido suficiente, casi al final del debate, Trump sugirió que podría no aceptar los resultados electorales — algo que ya había insinuado antes — , si presuntamente veía que miles de boletas estaban siendo manipuladas y se cometía fraude. Esto, sumado a su mensaje a los Proud Boys, pudiera interpretarse como una exhortación a enfrentamientos civiles en caso de que no ganar en las urnas. Si su intención era infundir miedo es probable que lo haya logrado.

En el debate, Trump no se enfocó en proyectar un país sino un personaje. Interpretó el rol de líder viril, seguro de sí mismo, sin escrúpulos, irreverente, déspota incluso, que está a la altura no de una democracia sino de una súperpotencia. Entendió que no necesitaba comportarse como un Presidente si lucía como un Presidente, que podía decir las mentiras más extravagantes si las decía con la naturalidad y la convicción del más honesto de los hombres.

Hay que reconocer que es un excelente actor, y, como actor al fin, más que partidarios tiene fanáticos. La lealtad a su persona no pasa tanto por la razón como por las emociones. Por eso no hay nada que pueda publicar un medio estadounidense que modifique la opinión de un trumpista respecto a su ídolo. Para sus fanáticos — no digo que todos sus seguidores lo sean — , la prensa miente porque está en su contra.

Eso lo constatamos desde las elecciones de 2016. Recuerdo que entonces mi padre me decía, medio en broma, medio en serio, que Trump le recordaba al expresidente Ronald Reagan, quien fuera actor de Hollywood, y que por eso iba a ganar, porque los «americanos» adoran las celebridades. Y las celebridades casi nunca salen perjudicadas de los escándalos, sino más bien revitalizadas.

La magnífica historia publicada por The New York Times este 27 de septiembre, que reveló, entre otras cosas, que Trump había pagado solo 750 dólares en impuestos federales en 2016 y 2017, le ha hecho quedar, ante los ojos de los convencidos, como un tipo listo. Él dijo que eran noticias falsas y cuando el tema surgió en el debate presidencial afirmó que había pagado millones de dólares en taxes. Pero lo más probable es que a muchos de sus seguidores no les importen esas declaraciones tributarias.

Los demócratas, para enfrentar a Trump, debieron haber buscado un candidato que, al menos, supiera conmover. No creo que el actual Joseph Biden sea ese candidato, ni que sus asesores lo puedan transformar en ese candidato en el tiempo que resta hasta las elecciones del 3 de noviembre. Biden inspira cierta ternura, te recuerda a un abuelo, pero eso no es una buena noticia si quiere llegar a la Casa Blanca.

Una nación en la cual la guerra y las armas han ocupado siempre un lugar tan central no logrará identificarse con un candidato que recuerda a un abuelo. El belicismo es parte de su esencia. Y Trump tampoco es un hombre joven, tiene ya 74 años, solo tres menos que Biden, pero su carácter feroz ayuda a que, a veces, se pase por alto su edad. Inspira cualquier cosa menos ternura. Quizás hasta agradezca el desprecio que genera en algunos sectores.

Creo que la mayor esperanza de Biden en las elecciones de noviembre radica precisamente en Trump. Mucha gente, afortunadamente, no entiende la política como una pelea de bar en la que hay que apostar por el más fuerte, y no votará a favor de Biden, pero sí en contra de Trump.

Un reciente análisis de BBC News sobre los resultados de las encuestas nacionales en la segunda quincena de septiembre advierte que Biden (51 por ciento) se encuentra por delante de Trump (43 por ciento). No obstante, esto no debe interpretarse como una señal de triunfo. Primero, porque falta un mes para las elecciones y, segundo, porque en el sistema electoral estadounidense no importa solo la cantidad total de votos populares sino la suma de los estados en los cuales obtienes la mayor cantidad de votos populares, pues unos poseen colegios electorales que aportan más votos («electorales») que otros, y son los votos de esos colegios los que definen al final.

Si pudiera, yo votaría en contra de Trump. Yo no puedo apoyar a los políticos que no saben escuchar ni dejan a otros escuchar. Vivo en un país que estuvo más de medio siglo gobernado por un hombre que padecía ese mal, al punto de establecer un récord Guiness por pronunciar el discurso más extenso de la historia. Las 73 interrupciones que realizara Trump en 90 minutos de debate para mí lo dicen todo.

CBS News informó que la Comisión de Debates Presidenciales introduciría cambios en el formato de las dos citas que restan, entre los cuales estaría silenciar los micrófonos cuando se utilicen fuera de reglamento, a fin de garantizar una discusión más ordenada. Sin embargo, la reciente noticia de que Trump y su esposa Melania resultaron positivos por COVID-19, anunciada en la madrugada de este viernes, podría cancelar esos y otros planes de campaña. Se supone que pasen al menos 15 días en aislamiento y recuperación.

El segundo debate estaba programado para el 15 de octubre, en Miami, una ciudad donde la agenda republicana cuenta con un gran respaldo, sobre todo entre la población cubano-americana. Si el Presidente se recupera pronto y el debate se desarrolla, es muy probable que su estrategia se base en los ataques personales y las falsas acusaciones, y entonces quizás le escucharemos tildar de socialista a Biden 73 veces o más.

El miedo al socialismo, tan comprensiblemente arraigado en Miami, sería algo que Trump usaría a su favor. Biden, para quedar bien parado en ese escenario, tendría que mostrar una postura firme respecto a Cuba y Venezuela. Pero, por ahora, todo depende del virus.

Publicado originalmente en El Estornudo

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Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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