El camino de Antonio José Ponte hacia la tempestá…

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Antonio José Ponte / Foto: Juan Carlos Herrera

Por Jesús Adonis Rodríguez

Nada desmiente la posibilidad de que un día de estos Antonio José Ponte (Matanzas, Cuba, 1964) termine de escribir un libro que nos vuele la cabeza a todos. Tal vez ya lo hizo antes, y por eso mismo no lo sabemos bien. Ahí están obras fundamentales suyas como El libro perdido de los origenistas o La fiesta vigilada.

Ponte es ensayista, poeta y narrador, y es uno de los poquísimos escritores maduros de quienes a estas alturas puede esperarse un golpe de viento y de mar todavía más violento, que desarregle y recomponga el territorio, y el mapa, de la literatura cubana en este siglo.

Casi al final de esta entrevista, Ponte menciona, al paso, un libro futuro de su autoría. Avista en el horizonte una «tempestá» en la cual estarían girando en remolinoinnumerables temas. Como suele ocurrir, bajo ese ciclón literario habrá una isla, y en la isla, quizá, una ciudad en ruinas.

No parece que Ponte coleccione muchos temores literarios. Es ambicioso y escribe a diario. Por el camino, como demuestra su más reciente título, firmado a dúo con un húngaro fantasmal, no le importa demasiado pisar charcos ni meterse en jardines supuestamente espinosos. Lo literario salpica y germina a su paso.

Hablamos, brevemente, a distancia. Partiendo de La lengua suelta. Seguido del Diccionario de La lengua suelta (Editorial Renacimiento) y de cierta esquina que se va haciendo popular en las redes sociales.

JAM: Primero, una aclaración. Creo que has dicho en alguna parte que Fermín Gabor, tras animar durante más o menos un decenio los corrillos de la literatura cubana, dejó abruptamente de manifestarse. Sin embargo, hay un perfil en Facebook con su nombre. ¿Se trata solo de un operativo publicitario con motivo del lanzamiento de La lengua suelta…, o hay más que eso?

AJP: ¿Te acuerdas de A pleno sol, aquella película basada en la primera novela de la saga Ripley de Patricia Highsmith? A Alain Delon le encargan que busque a Maurice Ronet, un joven heredero de su edad que anda perdiendo el tiempo en Europa. Delon lo encuentra, termina asesinándolo, y suplanta su identidad para vivir una vida de millonario. Bueno, pues yo he repetido ese argumento sin tener que desaparecer a nadie, porque el señor Gabor andaba desaparecido ya.

Fermín Gabor publicó sus 60 entregas de «La lengua suelta» en La Habana Elegante y luego no dio más señales. El año pasado pensé que deberían reunirse sus crónicas en un tomo, y que a esas crónicas le vendrían bien el recuento de cómo continuaron vida (y a veces encontraron muerte) los personajes que aparecían en ellas. Y, como no me consideraba capaz de escribir crónicas como las de Gabor y lo que deseaba era resumir unas vidas literarias, la forma diccionario me pareció la más conveniente. Así que organicé el Diccionario de la lengua suelta, y publiqué el libro.

Publicamos debería decir, aunque en este punto empieza una historia de usurpación, la del albacea que suplanta al autor administrado. Lo cual nos lleva a ese perfil de Facebook, un operativo publicitario como bien dices, abierto con el nombre de Fermín Gabor. En él se reproducen fragmentos del libro, a los cuales es fácil adjudicarles autoría: para las crónicas, Gabor; para el diccionario, Ponte. Sin embargo, han aparecido textos que no están incluidos en el libro, despertados por acontecimientos actuales, y hay suplantación ahí, impostura y fraude. Textos en el estilo de Gabor que Gabor no pudo haber escrito.

La lengua suelta… se ocupa de circunstancias a menudo muy específicas y, casi entomológicamente, de especímenes a veces oscurísimos. ¿A sus autores no les preocupa que por ello sea considerado una pieza menor, con fecha inminente de caducidad?

Qué maravilloso habría sido ser Poey o Gundlach, con fauna preciosa todavía por clasificar, pero nos tocó en suerte una época con especímenes de poco lucimiento. De vez en cuando saltan, por alusiones, las grandes tataguas y los grandes cocuyos de la escritura cubana: Virgilio Piñera, José Lezama Lima, Lydia Cabrera, Guillermo Cabrera Infante, Lorenzo García Vega… Y se dejan caer, por tangencialidades, Sontag, Borges, Greene y García Márquez. Pero el resto es menor y podría estar escrito en hojas caducifolias.

Además de su caducidad, a la hora de planear este libro existía otro peligro: el localismo. Arriesgarse a lo muy limitado, no solo en el tiempo, sino en el espacio. Por eso me reconfortó tanto que el novelista español Juan Bonilla escribiera que era uno de los libros más divertidos que había leído en su vida.

Bonilla no conoce a casi ninguno de los personajes que aparecen en sus páginas (tampoco me conoce a mí), pero leyó lo novelesco que hay en ellas. Y eso me dio esperanzas en que el libro goce de alguna vida fuera del gueto.

¿Quiénes serían los precursores en la isla, literarios o no, de alguien como Gabor? ¿Existe en Cuba algo parecido a una tradición literaria del chisme, el humor maledicente, la degollina (crítica) literaria, la invectiva, cuyo más reciente hito sería La lengua suelta…?

Los precursores no literarios son cuantiosos. Ahí cabrían las crueldades verbales de unos escritores sobre otros, las crueldades no escritas. Porque sabemos bien que cualquier premio entregado ocasiona, además de un triunfador, una cadena de comentarios acerbos e ingeniosos. Esos comentarios son soltados con una precaución primordial: que no toquen tinta, porque la quietud del gremio es sagrada.

Entre los escritores cubanos reina la paz del viejo estanque del haikú antes de que la rana salte. Y la rana no salta. «Chivatéame si quieres, pero no me critiques», podría ser la divisa en el escudo de nuestra sección cultural.

En cuanto a precursores literarios, hay ejemplos mayores: el Guillermo Cabrera Infante de Mea Cuba y Vidas para leerlas, el Reinaldo Arenas de El color del verano y Antes que anochezca y Necesidad de libertad, el Virgilio Piñera crítico literario.

Consideraría también una vieja revistica dedicada a la poesía cuyo título no recuerdo, aunque sí me acuerdo de algunos autores retratados en sus portadas: José Ángel Buesa y Carilda Oliver Labra. En las páginas finales de cada número venía una suerte de consultorio poético donde los lectores mandaban sus poemas y el encargado de la sección se despachaba criticándolos. «Rincón del ripio», se titulaba la sección, que me arrancaba carcajadas siendo niño.

Y, ya que antes me preguntabas por la caducidad de este libro, no sería la peor de las suertes acabar en las manos de un niño que se ría leyéndolo. No estaría mal.

Hay mucha ironía en el hecho de que estas crónicas sobre la sociedad artístico-literaria oficial en la isla hacia principios de este siglo se publicaran en una revista del exilio llamada La Habana Elegante. Ironía y sarcasmo, y más cosas, lanzados sobre todo contra el establishment comisarial y contra los viejos poetas laureados de la generación del cincuenta. Ahora, ¿este libro, cuyas entregas originales tenían mucho de folletín, es solo otro modo de participar en el «rebumbio» cubano de siempre (un jarabe de «rebumbio» contra el «rebumbio» oficial, digamos), o bien hay un ánimo justiciero, un interés por situar las cosas en su lugar, tal como desde su propio exilio pretendía hacer Lorenzo García Vega en Los años de Orígenes[1]…, solo que esta vez al parecer no había mucho «bueno» que decir sobre la «situación»?

Juicio y rebumbio, me gusta esta fórmula. En New Orleans, Francisco Morán había revivido La Habana Elegante, una revista de fines del XIX, del círculo de Julián del Casal, y tuvo gracia, y diría que justicia poética, que lo escrito por Gabor apareciera en la segunda época de esa revista.

¿Fueron esas crónicas otra forma de rebumbio? Me temo que sí. Al fin y al cabo, tratan de los insoportables límites nacionales y el que huye del rebumbio, huye dentro del rebumbio. Lo avisó un Padre de la Iglesia: «El que huye de Dios, huye dentro de Dios». Aunque sería inexacto compararlas con el libro de Lorenzo García Vega sobre el grupo Orígenes, donde el autor también se examina a sí mismo. Fermín Gabor no estuvo tan interesado en enturbiarse o esclarecerse como mi querido amigo Lorenzo.

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Antonio José Ponte / Foto: Cortesía del entrevistado.

Gabor y Ponte tienen fama de lapidarios. Es evidente que el Núremberg llevado a cabo por ellos terminó en galería de cadáveres. Pero me animo a hacer de abogado del Diablo a posteriori, acaso para blindar si fuese necesario este proceso sumarísimo: ¿qué elementos (un gesto, una obra, un verso…) habrían subido a la balanza en favor de algunos de los muertos más sonados de La lengua suelta…?

Permíteme unas precisiones antes de responder tu pregunta. De todas las acepciones de lapidarios, no estamos hablando de ninguna que contemple a las piedras preciosas. Tampoco de gravedad en el lenguaje, aunque sí de concisión. Y nada que ver con el verbo lapidar, pues no se trata de entrarle a pedradas a nadie, sino de fijarlo en una sola piedra plana. Tarja o tumba, a elegir.

Otra precisión: no Núremberg, sino la Tremenda Corte de José Candelario Trespatines, El Tremendo Juez y Luz María Nananina. Y al final de cada vista cantaríamos «Literaturicidio».

Respecto a tu gestión como abogado del Diablo, tengo que reconocer que últimamente se ha vuelto difícil dar con casos complejos. Nicolás Guillén y Alejo Carpentier fueron detestables, éticamente hablando, pero otra cosa son sus obras literarias. Y sabemos que no era muy conveniente la amistad con Reinaldo Arenas, pero qué amistad tan grande la que nos dan algunos de sus libros… Actualmente se da poco esta clase de sorpresas y, simplemente, gente detestable escribe libros detestables.

Me temo que no hay ni una figura oficialista o cercana al oficialismo que dé muestras de talento literario. De manera que te recomiendo… No sé, ser abogado del Diablo presta un lucimiento luciferino, pero ser abogado de pobres diablos es un empleo triste.

En cuanto al Diccionario…, parece no solo emparentado con todos esos infinitos catálogos y enciclopedias e índices onomásticos al final de ciertos libros, sino ante todo con esa tradición occidental de reunir Vidas, brevemente retratadas, en una sola obra. Algunos lectores pronto han recordado aquellos infames personajes historiados por Borges.

Borges, pero no solo el de los infames universales, sino también el de esa suerte de diccionario que es Textos cautivos.

Brief Lives, la colección de vidas breves escritas en el siglo XVII por John Aubrey. En ellas hay mucho dato menudo y chismografía. Me acuerdo ahora de este detalle: antes de acostarse, Francis Bacon tenía que beberse un vaso grande de cerveza con tal de aplacar su imaginación, que era muy activa, y poder dormir. Aubrey especifica el tipo de cerveza: «March-beer», que es la Märzen bávara, amarga y fuerte. ¿De qué sirve conocer un detalle así? Bueno, da cierta alegría y no hay que andar explicándose los motivos de alegría. Se saca de ese detalle una doble ventaja: si vas a leer a Bacon, entras en confianza porque le sabes algo. Y si te bebes una Märzen, te acuerdas de Bacon, que no es mala compañía de bar.

John Aubrey empezó su obra recopilando datos al servicio de un autor que se proponía publicar un libro, así que su diccionario salió del libro de otro, como es mi caso. El suyo ficha las vidas de Bacon, de Sir Walter Raleigh, del mago John Dee, de Shakespeare, pero también de muchas figuras oscuras y menores. Y estas últimas no son menos interesantes: uno las atiende sin curiosidad histórica aunque con el respeto por otro ser humano, un respeto en estado puro. Ocurre igual al pasear por un cementerio leyendo lápidas o al hojear una guía telefónica y encontrar un nombre que nos interesa porque sí, sin noticias de quién pudo llevarlo.

Y, por último, mencionaría el diccionario de autores latinoamericanos que compuso César Aira en los años ochenta. Sus apreciaciones son tan pertinentes que resultan extrañas en un autor como él, con un sentido de la ficción tan arbitrario y digresivo.

Un corolario — o quizá se trate de una premisa — que se repite una y otra vez en Contra la censura, la colección de ensayos de J. M. Coetzee, a propósito, ejemplo, de Osip Mandelstam o del novelista sudafricano André Brink, es que el artista o el escritor siempre parte con ventaja (no táctica pero sí estratégica) y que tiene a la larga las de ganar en la batalla del lenguaje contra el déspota, contra el Censor. Según la conocida anécdota de Pasternak — que Coetzee refiere — , Stalin habría estado preocupado por esa forma de poder en el instante de decidir la suerte Mandelstam, y por ello quiso saber si se trataba en su caso de un maestro de la palabra.

Si esto es así, cuáles serían las razones decisivas para invertir una notable porción de tu tiempo y tu energía creativa en formas de escritura inmediata como la denuncia, la sátira política, ciertas polémicas, el post en redes sociales… ¿Sientes alguna forma dominante de ansiedad política a la hora escribir?; ¿tal vez la pulsión de marcarle, aquí y ahora, unos cuantos jabs y, con suerte, algún uppercut en el mentón al Poder? ¿En qué medida se asume Ponte como un autor… un «intelectual comprometido (políticamente)»?

Discrepo de esa premisa o de ese corolario. Admiro al Coetzee novelista, pero no le tengo ningún aprecio a Contra la censura. Su acercamiento al tema es, por momentos, superficial. No alcanzo a saber si es su conocimiento íntimo de la censura sudafricana lo que le impide entender del todo la censura soviética, tan diferente.

¿Tiene el artista, a la larga, las de ganar frente al déspota? Suponerlo así, a historia pasada, es de un recostamiento indignante. Es leer expedientes policiales como quien hojea libros de arte repantingado en un sofá. ¿Y todo lo que Mandelstam dejó de escribir por morir en el Gulag? ¿Y el significado horroroso de esta frase de 1934 de Isaak Bábel: «He inventado un género nuevo: el silencio»?

Sacar cuentas de quién gana es, por lo menos, grosero. No hay victoria ninguna: pierden Stalin y sus apparátchiki, pierde Mandelstam y perdemos nosotros. Yo no veo ganador por ningún lado. Va a faltarnos siempre lo que Bábel y Mandelstam no escribieron por silenciamiento o por asesinato. Y, además, habría que pensar en la suerte de autores más jóvenes que Bábel y Mandelstam, en los que no llegaron a ser.

Hace pocas semanas, el director de la revista Temas utilizaba una argumentación semejante en un artículo publicado en OnCuba. Rafael Hernández concedía que el artista censurado tenía, a la larga, las de ganar. En tanto comisario, él enumeraba las ventajas de la censura política. Leerlo era como leer instrucciones para el relajamiento de las víctimas compuestas por un atracador.

En cuanto a la llamada de Stalin a Pasternak, Coetzee cuenta en ese libro una versión y existen varias versiones, donde cada matiz resulta decisivo para sacar conclusiones. Coetzee lo despacha demasiado rápido, cuando es un episodio que no termina de soltar todos sus significados y que reverbera en todo aquel que se detenga a considerarlo. Y sabemos, por diversos testimonios, cuánto reverberó ese episodio en Pasternak, en sus remordimientos de sobreviviente.

Creo, por tanto, que denunciar la labor de los apparátchiki no es una pérdida de tiempo o de fuerzas.

En cuanto a lo del compromiso intelectual habría que tomarlo, no cum grano salis, sino con un camión de volteo cargado de sal hasta el tope.

Tus novelas publicadas hasta la fecha no son «novelescas», en el sentido en que lo decía Juan José Saer. ¿Esto quiere decir que compartes su convicción estética de que «la única manera para un escritor en el siglo XX [y en el XXI] de ser novelista, consiste en no escribir novelas»?

La primera novela que publiqué — Contrabando de sombras — podría considerarse novelesca. No así la segunda, La fiesta vigilada. Creo que me debato entre estos dos extremos: un libro lo más vacío posible de personajes y diálogos que termine publicado en una colección de narrativa o una narración con personajes que dialogan y que, no obstante, haga sospechar al lector que no es precisamente lo que se dice una novela.

Uno de los elogios más grandes que recibió Contrabando de sombras vino de Beatriz de Moura, la editora de Tusquets, que había contratado el manuscrito sin leerlo y, cuando lo tuvo delante, dictaminó: «Pero esto no es una novela». Por supuesto, se negó a publicarlo y tuve que buscarme otra editorial.

En tanto «ruinólogo» experto has podido sopesar la ruina espiritual, metafísica que entraña o simboliza toda ruina concreta. Materialmente, parece claro que los despojos de La Habana remiten a un esplendor constructivo que se ubica en algún momento anterior a 1959. Pero la ruina espiritual de Cuba hoy, correlato de esos balcones asesinos de La Habana Vieja y Centro Habana, ¿a qué palacios de la imaginación o del alma remitirían? ¿Vivimos entre los escombros de la Revolución cubana, o no, simple y llanamente porque…?

La ruina espiritual de Cuba remite a lo logrado por todos los regímenes comunistas. Esas ruinas son el triunfo del comunismo. De la revolución. Del castrismo. Estos tres fenómenos — comunismo, revolución, castrismo — tienen sus especificidades, pero terminan solapándose y confundiéndose.

Lo curioso en el caso cubano es la concordancia entre ruinas materiales y ruinas de espíritus. Cederismo y derrumbe se concilian perfectamente.

Hay muchísima literatura acerca de la relación entre dictadura y monumentalismo, pero esos dos hermanos Castro han sido dictadores desganadísimos a la hora de edificar. Es difícil encontrar una abulia constructiva semejante a la de ellos entre el resto de los conductores del comunismo. Aunque coinciden todos en producir una ciudadanía que vegeta. Son capaces de hacer crecer el marabú allí donde tendrían que existir personas.

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Antonio José Ponte / Foto: Juan Carlos Herrera

¿Consigues imaginar La Habana el día después del totalitarismo? ¿Cómo sería esa fiesta no vigilada?

No, no consigo imaginarla. Es más fácil imaginar una Constitución y un sistema de gobierno que una fisonomía futura para La Habana.

Para leyes y política del futuro cubano existen, por aquí y por allá, modelos. Pero yo no veo guía alguna para el problema que es La Habana, una capital del mundo occidental paralizada durante seis décadas.

La Habana futura es un enigma urbanístico, inmobiliario y ecológico. También un enigma fetecúnico, por prestarle un nombre a la disciplina que estudiaría la fiesta.

He leído que preparas un libro sobre o inspirado en Nitza Villapol. A más largo plazo, ¿qué proyectos de escritura tiene Antonio José Ponte?

El libro inspirado en Nitza Villapol está terminado y espero no tardar en publicarlo. A muy largo plazo habré terminado otro del que publiqué un primer capítulo: La Tempestá. Y tendría que sentarme a armar un librito con poemas sin recoger y otro con cuentos inéditos muy diferentes a los de mis dos libros publicados.

De vez en cuando lleno una mesa con esos poemas y me paso días barajándolos. Como si fuera un rompecabezas. Pero cuando se supondría que ese rompecabezas ya está completado, lo desarmo y libero la mesa. Y, semanas después, vuelta a empezar.

Una última cosa. ¿Qué opinión tenía, en realidad, Fermín Gabor sobre Antonio José Ponte?

La escribió y puede leerse en La lengua suelta. Dijo que yo no tenía sentido del humor, pero que le ganaba en franqueza por sostener mis opiniones sin necesidad de seudónimo. Mucho más decisivas son las opiniones sobre Ponte de Abel Prieto, Leonardo Padura y Zoé Valdés. Están recogidas en el Diccionario…, y tengo que decir que ninguna es favorable.

***

Nota:

[1] García Vega escribe: «Así como necesito decir en un capítulo lo bueno de una situación, y después decir en otro capítulo lo malo de esa misma situación, pues uno de los principales motivos que me llevan a escribir este libro es el tratar de alcanzar una visión sobre la manera en que fuimos encerrados por los marcos».

Publicado originalmente en El Estornudo

Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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