Disneyficación de San Isidro

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Movimiento San Isidro / Foto: Tomada del Facebook de Anamely Ramos González

Por Néstor Díaz de Villegas

En lo tocante a la cuestión cubana, el exilio antitrumpista se encuentra contra la espada y la pared. Una componenda que dé marcha atrás, de la noche a la mañana, a las políticas de la administración saliente, solo conseguiría robarle cámara al descontento popular que llegó al clímax con las acciones cívicas del Movimiento San Isidro.

Ese clímax fue, indudablemente, otro efecto del glásnost trumpista, mientras que un segundo deshielo, acompañado del relajamiento del embargo, requeriría la descalificación automática de la disidencia.

Los intereses del poderoso lobby político y empresarial cubanoamericano, empeñado en el compromiso a cualquier precio, inclinan la balanza en favor de GAESA. En lugar de incluir en el trato a Maykel Osorbo, Luis Manuel Alcántara y Omara Ruiz Urquiola, los neobamistas volverán a llamar al rastrillo a Jorge M. Pérez, Alfy Fanjul, Ella Fontanals-Cisneros y Carlos Saladrigas, más un elenco de mulatas de fuego en traje de brigada médica internacionalista.

Entretanto, el aceitoso Alejandro Markoyas, al frente del Departamento de Seguridad Nacional, devolverá a la embajada cubana en Washington la más completa libertad de movimiento. Un pelotón de profesores, marcados en la nalga con el sello de LASA, invadirá los campos socialistas universitarios. No es difícil imaginar a Eliancito González de regreso a Miami con Vivian Martínez Tabares de chaperona.

Nada que hacer: los exiliados votaron por la dolarización y el continuismo, y ahora no les queda otro remedio que aceptar una solución moralmente injustificable. El castrismo hará de nuevo las veces de garrotero, y la emigración, de inversionista y socio comanditario. En el ínterin, GAESA sentó las bases de una nueva tarifa mercantil a la medida de las remesas.

A la espera de los turistas canadienses, San Isidro ha recibido tratamiento Giuliani. Es decir: de barracón negrero y barriada marginal infectada de disidentes, a telonero del castrismo. El maquillaje de la dictadura comienza por el blanqueado de la cloaca. Solo faltan Coco Chanel y Annie Leibovitz para que queden listos los escenarios donde retratar a Patrisse Cullors de Black Lives Matter y al terrorista puertorriqueño Oscar López Rivera.

Recientemente fue inaugurada, en el mismo barrio, la Casa Titón. El emotivo evento contó con la participación de Fernando Pérez, el indefinible; Pichi Perugorría, el simpático voluntario, y la viuda Ibarra, pirata.

Hay más: el bar Yarini, también en San Isidro, será el nuevo centro de convenciones de los proxenetas hollywoodenses. Su lema publicitario, debido al ingenio del guevarista Benicio del Toro, reza: «Mi daiquirí en el Yarini y mi perico en Casa Pichi». El hijo del celebrado actor de Fresa y Chocolate presta su rostro juvenil al calendario de niños fresa de la nomenclatura cuentapropista. El chocolate de trasfondo es un grupo de afrocubanos con celulares, transmitiendo la última tángana.

Nunca una normalización había sido tan anormal. Por contraste, la política cubana de Donald Trump consiguió poner en perspectiva la dictadura, dando cabida a la expresión de contenidos etnográficos reprimidos. Hasta las reclamaciones de propiedades fueron una bocanada de aire fresco. La represión de esas fuerzas vivas no necesitará, en lo adelante, de los boinas negras. En tiempos de turisteo, la política de «tiburón se baña pero salpica» será el bálsamo Shostakovsky que sane las mataduras del aislacionismo yanqui.

Como suele suceder con todo lo cubano, la cobertura que recibió San Isidro ha resultado contraproducente: los mayores favorecidos por el escándalo mediático serán las galerías, los talleres de modas y los bistrós de connotados colaboracionistas. Así como existe un efecto glásnost, debe existir un efecto antitético de opacidad diversionista que trastoca cada evento contrarrevolucionario en otra oportunidad publicitaria para la dictadura.

Desde el hambre y los derrumbes hasta las inundaciones y el apartheid, las miserias del pueblo cubano han servido de gancho para seducir a canadienses y gallegos depravados. La represión como espectáculo es un valor de cambio en el reino del socialismo libidinal. Trump invirtió el signo de esos valores, y los negros trumpistas del barrio San Isidro llegaron a entender la perfidia de Obama y Biden mejor que los politólogos galardonados.

No es que el voto de conciencia del exilio demócrata fuera a la zaga de la concientización política de Anamely Ramos y Denis Solís, entre otros reparteros cimarrones, sino que las proyecciones del gobierno raulista coinciden punto por punto con las fantasías y ansiedades de la gusanera. En último análisis, la gentrificación de San Isidro será el triste legado de los partidarios del engagement.

Publicado originalmente en El Estornudo.

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Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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