Image for post
Image for post
Atilio Caballero, foto tomada del Facebook del entrevistado.

Por Melissa C. Novo

Le escribí a Atilio antes de cruzar el Golfo de México. Volar sobre el Golfo me dio, me daba, me da pánico. La suspensión del cuerpo en el aire y la vastedad inmensa y silenciosa del mar. Le pedí que nos viéramos cuando llegara yo a Cuba. La primera vez que lo entrevisté fue en 2013, acababa él de recibir el Premio Carpentier por su libro Rosso Lombardo. Nos vimos en el Parque Martí de Cienfuegos, en un banco, bajo una sombra, bajo el calor. Fue una mala entrevista, solo salvada, salvable, por las respuestas con que Atilio encauzaba la lógica de la conversación por el hilo de la decencia. Recuerdo que la envié a Juventud Rebelde, era yo corresponsal en ese entonces, y nunca la publicaron, porque pedían la exclusiva y, ante la demora de ese medio nacional en publicarla, había decidido yo entregarla al Cinco de Septiembre. Me invade la tristeza cuando rememoro esa entrevista. Atilio había dicho que sí, esta otra vez. Que le escribiera cuando estuviera yo en Cienfuegos para acordar el encuentro, y así lo hicimos.

He escuchado muchas veces leer a Atilio, he seguido las entregas de sus premios, me he sumergido en algunos de sus libros, sus traducciones, hemos conversado sobre asuntos ligeros, sobre el paisaje, sobre los hijos, le he pedido muchos favores y me espanté — aún más — de todo, si acaso eso fuera posible, con su obra y su Martí en la salita de Velas Teatro. Para esta segunda ocasión quedé con Atilio en que nos veríamos otra vez en el Parque Martí, quizá en un café, para sentarnos con calma sin distraernos por el calor y el paisaje y la arquitectura y los vendedores y los niños y los intrusos del parque de la ciudad. También era (es) el lugar más céntrico. Cienfuegos tiene pocos centros, y solo en ellos se diluye la ciudad infértil que es. Belleza e infertilidad no necesariamente se excluyen. Encontraría, entonces, a Atilio, a las dos de la tarde en el Centro Cultural Benny Moré. Pero nunca llegó; no pudo. Me preocupé, pero no me incomodé. Le envié un mensaje por correo electrónico. Acordamos otro encuentro para cuando volviera yo de La Habana, adonde debía viajar para concretar otras entrevistas.

Trabajar, de vuelta en la ciudad que hacía un año no pisaba, me devolvía el extrañamiento y me obligaba a centrarme, a no pensar en lo que veía, en lo sustancialmente rara que encontré mi casa, en las distancias abismales — en ese momento para mí — del terreno, en el no reconocerme, en el no molestarme; me obligaba a no pensar en el calor, el calor me parecía terriblemente insoportable. Un amigo me señalaba, días después: «¿No me digas? Llevas fuera solo un año», pero no podía yo verbalizar la sensación de ahogo, el desgaste, la incomodidad de aquel calor que, al parecer, había sido lo primero que yo había olvidado.

Quedé en ver a Atilio, en el mismo sitio, dos semanas más tarde. Y allí estuvo. Lo observé venir con su estilo familiar e inconfundible: shorts, pulóver y sandalias, la gorra y el cabello suelto. Supongo que llevaba un pequeño bolso, porque me entregaría más tarde un DVD (Invasión) para que lo trajera a mi regreso a México. Lo había esperado en un banco mientras trataba de acompasarme al ritmo y la cadencia de las guaguas, los carros, sintiendo la soledad de aquel parque como si fuese mía. Fue un reencuentro feliz. De repente sentí que para mí Cuba eran los amigos, ¿qué si no?

Pedimos cerveza, Atilio encendió un cigarro y nos sentamos en unas sillas de hierro a una mesa de hierro, distantes de la bocina para no ser interrumpidos, pero la música quedó de fondo en la grabación, todo el tiempo. Un elegante barman — vestía una envidiable camisa blanca y pantalones negros — acudió a nosotros varias veces para ver por dónde iba la cerveza en los vasos y para ofrecernos más, pensando — quizá — que el calor no se prestaba para ningún tipo de conversación. Atilio y yo sudábamos. Le hablé primero, un poco, del año que había transcurrido, de los cambios, las adaptaciones, de mi pena por aquella primera entrevista donde habíamos conversado a unos pocos metros del lugar donde estábamos ahora y donde jamás le pregunté por PAIDEIA o por los sucesos alrededor de Naturaleza muerta con abejas (recuerdo que me dijo que si tuviera que salvar algún libro suyo, sería ese), porque nada sabía de una u otra cosa. Le hablé de que me había convertido en parte de mi proceso de estudio y que revertirlo, al menos desde donde lo hacía y como podía hacerlo, era una deuda espiritual pero también otro paso contra la maniatada historia oficial cultural del país. Me habló de su familia, de su último viaje. Finalmente encendí la grabadora y, con toda la confianza, iniciamos la plática. No era, no podía serlo, la rígida interlocución entre dos menos conocidos, era, fue, una fiesta, acaso no innombrable, una comodidad, una intimidad a pesar del calor, a pesar de la música, con la complicidad de la sonrisa del barman y de su camisa impecablemente blanca.

***

Atilio Jorge Caballero Menéndez (Cienfuegos, 1959) es de los pocos firmantes (al menos de entre los más activos y visibles) de PAIDEIA que permaneció en Cuba. En Naranja Dulce llevó una sección de teatro contemporáneo nombrada «Público vs Público» durante los únicos cuatro números que circularon antes del cierre de la revista. En su ficha de la EcuRed se lee lo siguiente: «fue Fundador y Miembro del consejo de Redacción de la revista Naranja Dulce. Fundador y miembro del Proyecto Cultural Alternativo «Paideia» [PAIDEIA], La Habana, 1988–1991»[1]; lo cual llama la atención, pues del resto de los firmantes — al menos del núcleo central de gestación del proyecto — no hay alusiones: no existe ficha de Rolando Prats, Ernesto Hernández Busto o Jorge Ferrer, y las de Reina María Rodríguez y Omar Pérez no hacen mención de su protagonismo en PAIDEIA. Cuenta Atilio que, seguramente, se deba a que él mismo en sus fichas biográficas siempre incluye la participación en ese proyecto nacido a finales de los ochenta. Aun así, es sospechoso. Se presupone la falta de rigor de EcuRed, pero, ¿qué desatino podría llevar a que respetaran esa mención en la ficha de Atilio y que PAIDEIA, cual proyecto real, no cuente con una? Si un lector desinformado, o en busca de explicaciones, leyera la biografía de Atilio en EcuRed saldría más desorientado, práctica a veces utilizada en Cuba: nombrar pero no decir, permitir pero ocultar, dejar pero no explicar, aparentar pero no traslucir.

Es complicado que un intelectual en la isla logre el equilibrio entre soledad y alineamiento. Atilio no se ha alineado, pero vivir en ese entorno le coloca techos y administraciones a su hogar, que con gracia él trasgrede sin cansarse. Los transgredió en la Central Electronuclear de Juraguá haciendo teatro en un pueblo casi fantasma, lo trasgrede en su escritura, en su actitud, en su posición. Atilio es «un hombre de letras dedicado al teatro», me dijo una vez, a lo que yo agregaría: Atilio es un desencantado, ese desencantado que Claudio Magris concibe como el único capaz de corregir la utopía, reforzar la esperanza, porque la esperanza — escribe el escritor italiano — es el conocimiento completo de las cosas; el desencanto, dice: «es una forma irónica, melancólica y aguerrida de la esperanza; modera su pathos profético y generosamente optimista, que subestima fácilmente las pavorosas posibilidades de regresión, de discontinuidad, de trágica barbarie latentes en la historia»[2].

¿Cómo recuerda Atilio su vinculación con PAIDEIA?

Recuerdo que, gracias al apoyo de Reina María y del que en ese entonces era su esposo, se tuvo acceso y permiso para utilizar las instalaciones del Centro de Promoción Cultural Alejo Carpentier. A partir de ese momento se comenzaron a convocar reuniones allí, donde se debatían con el público asistente las propuestas más generales de PAIDEIA. Con la puesta en escena de la obra La cuarta pared, de Víctor Varela, se inauguró la cultura alternativa del proyecto, yo hice de moderador en el debate luego de la función, había trescientas personas, no cabían. Ese fue, en mi caso, el inicio práctico, digamos: antes habíamos tenido varias sesiones y encuentros, donde fundamentalmente se leían y discutían entre los miembros textos de y sobre pensamiento contemporáneo, filosofía, literatura, etcétera. Porque PAIDEIA era también — y sobre todo — eso: un grupo de estudio de la cultura y el pensamiento. Entonces llegó un momento en que cerraron el Alejo Carpentier, supuestamente por reparaciones. Luego supimos que no había tales reparaciones. Porque se seguían haciendo actividades de otro tipo. Y ahí nos empezamos a dar cuenta de que había algo más, porque cuando apelamos otra vez a La Madriguera (donde en algún momento realizamos encuentros) también nos dijeron que no, que ahí no se podía hacer nada. Por lo que ya era evidente que había como una especie de disposición contraria a nosotros en el aire. Pero mi recuerdo más inmediato es ese: el recuerdo alegre de un grupo de jóvenes intelectuales y creadores artísticos afanados en ampliar su mundo; el suyo propio y el de su circunstancia.

Recuerdo también las reuniones que sostuvimos con la dirección nacional de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC). Al frente, por la parte de la organización política, estaba Fernando Rojas como principal interlocutor. Y sea cual sea la opinión que otros pudieran tener, era una suerte tenerlo a él como interlocutor — comparado con otros del «gremio» que pudieron habernos tocado: a pesar de su posición, de su defensa a ultranza de lo establecido oficialmente, sabíamos que ahí había un oído que entendía de lo que se estaba hablando. Con él estuvimos dialogando una vez por semana durante un par de meses, creo… Tal vez más. Íbamos a discutir, y eran extensísimos los encuentros, las agarradas, no era un debate y casi nunca se llegó a un acuerdo. Obviamente Fernando se preguntaba por qué había que hacer una cultura alternativa cuando la política cultural de la Revolución tenía bien planteado sus intereses. Un día a Reina María se le ocurrió llevar un cake a la discusión, «para compartir», y Fernando lo tomó como una burla y se terminaron los encuentros.

Nosotros, de algún modo, queríamos visibilizar esas zonas que sabíamos importantes, y sobre las cuales había una voluntad consciente estatal de no publicitar. Este grupo inicial de PAIDEIA — aproximadamente 16 personas — además de ser creadores, éramos muy amigos. Y algo en que casi todos coincidíamos era en que debíamos intentar, si no por lo menos poner al mismo nivel, hacer más decoroso el mundo editorial cubano. En Cuba no se publicaba nada. Nada de todo aquello que nos parecía más importante, quiero decir. En Cuba no se hablaba. Recuerdo que en ese momento — era algo sobre lo que discutíamos — sacamos la cuenta y de los últimos treinta premios Nobel de literatura se habían editado solamente dos en la isla: Vargas Llosa (Los cachorros) y García Márquez. Eso nos angustiaba mucho. Y nos ponía incluso de mal humor: el hecho de que hubiera una política editorial conscientemente puesta en función de no visibilizar esa zona de la literatura y del pensamiento contemporáneo. Iniciativas en ese sentido, como la colección «Cocuyo» o la revista Opción, habían desaparecido, sin más. No se trataba de falta de recursos, porque se publicaba cuanta mierda editorial hubiera. Nosotros proponíamos ideas a las editoriales y simplemente no nos daban respuesta. Los escritores que estábamos, primero en PAIDEIA y luego en Naranja Dulce, queríamos llevar adelante una imprenta alternativa, que, aunque no estaba permitido, no se podía prohibir si tú no comercializabas lo que imprimías. Había una serie de proyectos e ideas que apuntaban hacia lo mismo, digamos: poner a este país al nivel de los países de vanguardia, adelantados en cuanto al conocimiento de la cultura. Simplemente nos dijeron que no, no se podía por vías legales tener una editorial independiente. Nosotros habíamos estudiado las leyes y le dijimos sí, sí se puede, lo que no está permitido es comercializar los productos; y ni aun así.

Víctor [Varela] y Marianela [Boan] habían propuesto hacer un circuito de teatro fuera de los institucionales. Y cuando yo lo planteé en una de las reuniones con Fernando Rojas, desde la parte de enfrente dijeron: «no, los teatros son los que están y no hay más». Luego agregaron: «hemos sido bastante tolerantes, podemos impedir la entrada a la casa si queremos, con policías». Era no porque no. Simplemente un no.

Durante el corto período de publicación de Naranja Dulce, ¿cuáles fueron los enfrentamientos o notificaciones desde las instituciones regentes que viviste vinculados a la suerte (y finalmente muerte) de la revista?

Naranja Dulce salía como suplemento de El Caimán Barbudo, pero era una revista totalmente distinta. No era un dossier, eran números autónomos, independientes, las ilustraciones giraban alrededor del tema seleccionado y para ello se convocaba a un artista plástico. Para el tercer número los artículos habían empezado a subir de tono. Cayo [Rolando Prats] propuso publicar el programa de PAIDEIA como dossier al interior de Naranja Dulce, pero no todos estuvimos de acuerdo, algunos asumimos la posición de que si publicábamos ese texto, automáticamente iban a cerrarnos. Todo ello a tenor de lo que ya estaba pasando, sentíamos que había un movimiento raro alrededor nuestro: se había prohibido el acceso a dos centros culturales, había rumores, habían llamado («emisarios») a varios para preguntarnos sobre la naturaleza del proyecto… Publicar el cuerpo teórico de PAIDEIA era «resemantizar el rizoma», rizar el rizo, hiperpolitizar algo que ya de hecho tenía una fuerte carga política a contracorriente. Era ingenuo pensar que no tendría consecuencias.

Una vez estábamos reunidos en la sede de El Caimán, especie de gabinete del consejo de redacción, y se apareció el agregado cultural de la Oficina de Intereses de los Estados Unidos, en su carro, con unos paquetes de revistas y libros y nos dijo que quería colaborar con nosotros a través de una donación de literatura. Así. El tipo dejó sus bultos en la recepción y se fue como mismo había llegado. Por supuesto, eso se supo donde se tenía que saber. Al instante. Creo que un poco ese hecho, unido al ambiente que te conté anteriormente y a cierta fractura dentro del grupo de decisión del Consejo de Redacción a partir de si publicar o no el texto de PAIDEIA, provocó que, poco después, se anunciara que Naranja Dulce no podía seguir saliendo porque no había papel.

¿Puede decirse que hubo un momento en que Atilio se separa del proyecto?

Sí, cuando la situación se hizo más tensa y Rolando Prats, Omar Pérez y — posteriormente — César Mora subieron la varilla, y llevaron al proyecto a otro nivel, con un mayor carácter político. Tercera Opción tenía una visión cultural, pero con un supra objetivo absolutamente político. Planteaba una tesis que hoy en día resulta muy inocente incluso: ni los Estados Unidos ni Rusia para la solución de Cuba. En ese momento, con la perestroika andando, aquello era como una especie de herejía. No sé por qué, realmente: de la URSS ya estábamos renegando, y de los americanos hacía ya mucho tiempo… Estas son apreciaciones muy personales, porque nunca pude conocer el texto (de Tercera Opción) íntegramente, nunca llegué a tenerlo en mis manos para leerlo, como correspondía; solo tuve — como supongo que también otros de PAIDEIA — una versión oral del mismo, la de los mismos hacedores. Aun así, supongo que esa fue mi posición, porque en ese momento seguí pensando que PAIDEIA, como grupo y como proyecto, era esencialmente un programa cultural alternativo a la política cultural oficial.

Ellos lo enviaron a varias instituciones del país: al Ministerio de Cultura, el Comité Central, y el entonces director del periódico Juventud Rebelde publicó en su diario un artículo malintencionado, donde más allá de discutir las ideas que proponía el documento, lo que hizo fue utilizar una táctica, una estrategia — baja a mi modo de ver — : si no puedo derrotar a estas personas con argumentos contundentes, porque no los tengo, porque sé que lo que están proponiendo no está mal, pues entonces los desacredito como personas. En el artículo predominaba un lenguaje descalificador, decía cosas como: estos tipos son unos sinvergüenzas, se insinuaban posibles homosexualidades, cuando no era el caso… y aunque lo fuera. Es decir, ante la imposibilidad de una descalificación conceptual, se apelaba a una descalificación moral, ética incluso. A mí lo que me molestó mucho fue que justamente se usara ese tipo de criterios para denigrar una propuesta de pensamiento, y le envié una carta al director del diario donde le decía justamente lo que pensaba: ¿cómo usted va a hacer eso?, usted miente, le escribí. Porque, aunque no conociera el texto en cuestión que provocaba aquella diatriba, sí conocía muy bien a los «implicados», y ninguno de ellos era nada de eso de lo que se les acusaba. Y él llamó a Casa de las Américas, donde yo trabajaba en ese entonces, como investigador en el Departamento de Teatro, arguyendo ante la dirección del centro que cómo era posible que tuvieran a un trabajador allí que defendía a Tercera Opción. Aquello fue tremendo. El punto central del debate que en esa reunión — a la que me convocaron — tuve con los dirigentes de la Casa fue precisamente ese: ellos planteaban que yo había incurrido en un grave error al defender las propuestas de Tercera Opción — aunque fuera en carta privada, como fue la mía, y aunque yo estaba seguro de que ninguno de ellos se había leído tampoco el programa de aquella propuesta — y solo se pronunciaban a partir de la reacción del director del periódico en cuestión; mientras yo intentaba explicarles que no, ese no era el punto, sencillamente porque yo no podía «defender» algo que no conocía cabalmente, pero sí podía defender, con millones de argumentos, la integridad moral y ética de sus firmantes, no obstante la sarta de falsos improperios del director del periódico.

Y no, no hubo una sanción en aquél instante. Pero a partir de ese momento, todo quedaba claro — para ellos — en lo que concernía a mi manera de pensar con relación a algunas cosas. La suerte estaba echada. Sólo había que esperar el momento oportuno para obrar. Y aprovecharon mi viaje por un par de semanas a Italia, a un congreso de teatro, para a mi regreso comunicarme que estaba separado de mi trabajo en el Departamento de Teatro. [Roberto Fernández] Retamar, que tampoco estaba en Cuba en el momento en que la administración y algunos funcionarios de la institución tomaron esa decisión, y ante mi protesta por escrito ante tal proceder, me propuso que me olvidara del asunto y, para evitar futuros «malentendidos», me fuera a trabajar a la revista Casa. Se lo agradecí y no acepté. Ahí terminó mi relación con esa institución.

De todas formas, no es un recuerdo amargo el que guardo de ese tiempo en Casa de las Américas: allí conocí, y luego admiré y me hice muy amigo, hasta hoy, de personas tan valiosas como Idalia Morejón y Guillermo Loyola. También atesoro como algo precioso de ese período y lugar el haber tenido como compañeros de trabajo a Arturo Alape, Raúl Hernández Novás y Arturo Arango, por ejemplo. Esas cercanías y esas afinidades, de alguna manera, creo que contribuyeron a mi formación profesional y personal.

Durante las reuniones a las que asistías en casa de Reina María Rodríguez, ¿viviste algún episodio de vigilancia, censura o intento de cerrar aquel espacio de diálogo entre escritores, artistas, intelectuales?

No, realmente no. Además, hubiera sido muy difícil, aun suponiendo que lo hubiesen querido. Era la azotea de una casa particular, en Centro Habana. ¿Cómo podrían censurar o cerrar el patio de tu casa? Aunque bueno, pensándolo bien… de haber querido lo hubieran podido hacer, bastaba con poner un cancerbero al pie de la escalera en el primer piso… Pero en realidad no había motivo. No estábamos «conspirando»; solo hablábamos de literatura, de filosofía, de política, claro. Y se pasaba muy bien. Aunque tampoco fui de los más asiduos a aquellas veladas.

Hablemos de los sucesos alrededor de Naturaleza muerta con abejas.

Todo lo que pasó con Naturaleza… provino de su publicación primera en España y de que Jesús Díaz, que en ese entonces era el director de la revista Encuentro de la Cultura Cubana, publicó en la contracubierta de uno de sus números una página completa de la portada del libro y debajo el pie de foto: «Una novela que hay que leer». «Una novela de rigor». Ahí se formó el lío. Es decir, se estaba censurando algo no por su propio contenido, sino por una simple promoción en una revista «enemiga». Hubo un momento determinado en que Jorge Luis Arcos me dice que iban a reunir a todos los escritores que estaban colaborando con la revista ([Antonio José] Ponte, [Alberto] Garrandés, [Víctor] Fowler, Reina, el propio Jorge Luis) para comunicarnos la separación de la UNEAC. Al final no lo hicieron, pero se cebaron con Ponte, porque él era miembro del Consejo de Redacción de Encuentro.

Ya la novela estaba en proceso de impresión por Letras Cubanas en el momento en que aparece aquella «promoción». Omar González, entonces director del Instituto Cubano del Libro (ICL) manda parar todo. Garrandés, como responsable de la sección de narrativa de Letras Cubanas, protesta; no le hacen caso. Ponte recrimina a Garrandés no asumir una posición radical y tajante al respecto; Garrandés responde airado a Ponte, públicamente. La tormenta era inminente. Crean una «comisión de lectores» para analizar el asunto, que vota en contra de la publicación de Naturaleza… El escándalo se expande fuera de los muros del ICL; comisionan a Basilia Papastamatiú para dialogar conmigo y «persuadirme» de que cambie algunas cosas que, sin decírmelo directamente, «molestaban» a alguien (cosas tan absurdas, por solo citar uno de los tantos «ejemplos», como el pasaje donde el protagonista descubre que un oficial de la guarnición intenta robar una caja de carne rusa — tan popular entonces — , y donde Basilia me sugería «¿pero por qué rusa?, ¿no puede ser carne a secas?»…); luego entra Sacha al ruedo, como presidente de la Sección de Escritores de la UNEAC, y discute con Omar González durante tres días…. Mi posición en medio de todo ello era clara y meridiana: aborrecía — y aborrezco — las prácticas coercitivas del poder político frente a la libertad de expresión, por lo que mi novela, o salía sin que se le cambiase una coma, o no salía. Da la casualidad de que en ese momento me otorgan el Premio UNEAC de Novela por La última playa. Y supongo que para aquellos que habían ordenado la censura les fuera muy difícil sostener — y explicar — que un premio UNEAC fuera al mismo tiempo un autor censurado. Eso allanó el camino de la publicación. Una victoria pírrica: se las ingeniaron para hacer una distribución tan escamoteada que es como si esa edición de Naturaleza muerta con abejas nunca hubiese existido. Al menos yo nunca he visto un ejemplar en una librería.

¿Además del suceso anterior has vivido otros altercados similares?

Directamente como con Naturaleza muerta con abejas no ha habido nada más; pero siempre hay atisbos, escaramuzas, como con mi publicación en la antología El compañero que me atiende. Sucedieron cosas raras. Nunca he sabido si es cierto o no, pero hace un tiempo [poco más de un año], dos personas en ese momento con cargos institucionales, vienen y me dicen algo que yo no sabía: que en alguna instancia, cada quince días, o mensualmente, se reúne una comisión en la que participan, entre otros, funcionarios de la AHS y de la UNEAC para discutir casos específicos de escritores y artistas dentro del territorio. Y vinieron estas dos personas y me dijeron: «oye, me citaron para discutir el asunto tuyo de la publicación en la antología…» Pero jamás me llamaron ni sucedió nada. Me hubiera gustado que, también, me citaran a mí.

En otro orden, recuerdo que en 2018 fui a la Feria del Libro de Bucaramanga, en Colombia, a presentar Rosso Lombardo, y allí me encontré al fotógrafo de escritores Daniel Mordzinski (a quien le dedicaban la Feria). Lo había conocido cuando a [Leonardo] Padura, a Wendy [Guerra] y a mí nos invitaron, cuatro años atrás, al Festival de Literatura de Mantova, uno de los más importantes de Europa. Un día entré a almorzar y estaban Padura y Lucía [su esposa] con Mordzinski. Entonces Mordzinski me cuenta esta historia. Cinco años antes había tenido él la idea de realizar una exposición en el Centro Cultural de España en La Habana con fotos suyas de escritores cubanos. Montó la exposición. Envió cuarenta y dos fotografías al agregado cultural de España en Cuba y la persona le responde que iban a comenzar a montar. Pasados quince días, cuenta Mordziski que recibe un correo comunicándole que para poder hacer la exposición en La Habana había que retirar de la misma a siete escritores (entre los que estaban Padura y Cabrera Infante). Se molestó y ripostó que no entendía por qué esos siete autores no podían estar. Finalmente, la exposición no se realizó. Es como si tuviéramos que aceptar que incluso ciertas embajadas occidentales deben plegarse a las directrices de ¿la política cultural cubana?

Otros ejemplos, más bien de suspicaz escamoteo que conozco: el año que le dieron a Reina María Rodríguez el Premio Nacional de Literatura no se le dedicó la Feria del Libro, como hasta entonces venía siendo costumbre. Y al año siguiente se lo otorgaron a Padura y tampoco le dedicaron la Feria.

Notas

[1] Ver en: https://cutt.ly/wsCEkbL

[2] Magris, C. (2006). Utopía y desencanto. Anagrama. Barcelona

Publicado originalmente en El Estornudo

Written by

Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

Get the Medium app

A button that says 'Download on the App Store', and if clicked it will lead you to the iOS App store
A button that says 'Get it on, Google Play', and if clicked it will lead you to the Google Play store