Denis Solís y la culpa cubana

Denis Solís/Foto: Cortesía de Denis Solís

Por Carlos Manuel Álvarez

Denis Solís ha llegado a Novi Sad, Serbia, con su prima y la hija de su prima. Después de pasar ocho meses en prisión por llamar «penco envuelto en uniforme» a un policía que entró a su casa sin permiso, o sea, por decir en persona lo que todo el mundo grita en las redes sociales, mucha gente cree que Solís no puede hacer ahora lo que le venga en ganas o que le debe algo a alguien todavía, específicamente a Luis Robles, el joven guantanamero que hace un año exigió su liberación con un cartel en el boulevard habanero de San Rafael y que aún permanece en un calabozo.

Ni en La Habana Vieja, sometido a presiones y vigilancias, ni en los Balcanes, adaptándose a un idioma y una cultura ajenas, aunque candorosamente agradecido de entrada, estaba en las manos de Solís la excarcelación de Robles, y esa injusticia no es más responsabilidad suya que de todos los que permitimos en la isla el estado de cosas presente. La repartición de cuotas individuales, mientras el resto permanece como espectador severo, supone un método que obtura cualquier posible articulación de la resistencia o el disenso político.

Nadie que no haya comprometido o convocado deliberadamente a más gente en una empresa personal merece cargar con el peso de una vida o un desenlace ajeno, ni puede leerse el rompecabezas social como una ecuación de variables cerradas, porque Robles, por ejemplo, no salió a protestar únicamente por Solís, a pesar de que el cartel solo llevara su nombre. Robles salió, evidentemente, por cada una de las personas que jamás en su vida han salido a nada ni lo van a hacer y, en última instancia, Robles salió por sí mismo.

Culpar a una víctima del sistema por el destino de otra víctima del sistema es exonerar al sistema de culpas, castigar nuevamente a las víctimas y entender a los ciudadanos como figuras desconectadas o suficientes por sí mismas, y no como piezas de un campo cultural y político que los excede o contiene. No estoy en contra del compromiso individual, pero sí de la disolución colectiva.

Me incomoda profundamente la manera en que hemos discutido, si es que podemos llamarlo así, la intempestiva salida de Cuba a Madrid del dramaturgo Yunior García, inmediatamente después de que convocara a una marcha pacífica a lo largo del país para exigir el fin de los presos políticos. Creo que hay errores tácticos y debilidades éticas en la trayectoria cívica última de García, una táctica y una ética que se cuartea no respecto a principios tácticos ni mandamientos éticos ajenos, sino de acuerdo a la vara que él se puso a sí mismo, pero el exilio ha demostrado conformarse en buena medida alrededor de procedimientos que aparenta extirpar, ajenos a cualquier filosofía de los cuidados o los afectos.

Por un lado, practican cierta camaradería castrense, es decir, de los míos no se habla, todas mis flechas tienen un único objetivo, no nos distraigamos (como si el pensamiento avanzara en una sola dirección, o como si alcanzar tal cosa fuese posible), lo que convierte a la sociedad civil en una criatura permanentemente infantilizada, autocompasiva, incapaz de mirarse de frente al espejo o de recordar aquella famosa línea nitezscheana que nos advierte que cuando miramos demasiado tiempo al abismo, el abismo también mira en nosotros. Por el otro, sin más, García sigue padeciendo descalificaciones infames, ya no es agente de la CIA, ahora es chivato, ya no lo quieren colgar de la Plaza de la Revolución, ahora lo quieren colgar de la Puerta de Alcalá, ya no merece nuestra empatía, ahora merece nuestro desprecio.

El argumento para acusar a García de agente de la Seguridad del Estado no es otro que su convicción de que el embargo estadounidense es una política fallida, una idea con la que estoy absolutamente de acuerdo y que al menos tiene que estar sujeta a debate, en vez de haberse convertido, como lo ha hecho, en una suerte de mantra partidista mediante el cual, según lo que creas, te habrás convertido en un exiliado ejemplar o en un exiliado también del exilio; alguien que mejor se devuelve a la isla o se calla la boca, puesto que ya otros han decidido cómo es que se denuncia la dictadura la cubana, cuál es la manera correcta y legítima de hacerlo, de ahí que todavía permanezca en pie.

Las personas infiltradas intentan camuflarse, aparentar lo que no son. Si eres castrista, deberías actuar como anticastrista, pero el detector del exilio cubano funciona al revés. Para ellos, el infiltrado castrista es alguien que actúa como lo que ellos llaman castrismo, un individuo que no intenta engañarlos, sino que decide presentarse tal como es y no como el exilio le exige a su multitud de pioneros obedientes que sean. A los verdaderos infiltrados, en cambio, nunca los detectan, hasta que el aparato de propaganda del régimen los destapa en cadena nacional.

Mi conclusión de todo esto es que, gracias al grado de funcionalidad que representan para el poder, los únicos agentes, sean conscientes o no, son aquellos que se han echado encima la misión de detectar quién es agente y quién no, aplicando un método tan rematadamente obtuso y ridículo, levantando la bandera de Vox en España y de cuanta idea supremacista y más o menos histérica se les cruce en el camino.

Lo que esa misma zona del exilio no le perdona a Denis Solís es que, con su viaje a Novi Sad, los haya privado de otra pieza sacrificada — si es negra, mejor — que los libre de remordimientos, les alimente su indignación particular y los convierta sin mayores conflictos ni esfuerzos en luchadores encomiables de ese globo de cumpleaños llamado democracia. Otro nombre para un hashtag, otro post de denuncia, otro individuo preso por el que alzar la voz, otro paria pobre diablo que no aceptó que lo tradujéramos a tiempo completo como víctima de la crueldad castrista. Solís no tenía derecho a privarlos de todo eso y arrebatarles de un día para otro, sin consulta previa, sus privilegios simbólicos.

Los sujetos elegidos para sostener la buena conciencia ajena pierden cualquier potestad sobre sí mismos, y en cuanto salen del radio de acción de esa moral castrada, estrecha y cuasi escolástica, ya no son útiles y dejan de importar. Se necesita que padezcan, no otra cosa. Si no, ¿a través de quién demostramos que el castrismo es lo que es? Es así como una cara sustituye a otra, un nombre a otro: un nuevo cuerpo destazado en el ritual ideológico nacional, máquina trituradora de carne.

Duras en la solidaridad de la gente lo que duras dentro de cierto rango de terror ya codificado. A través del instrumento del altruismo funcionas únicamente en determinado horario, de cinco a siete como Cleo, pongamos, pero el registro del otro exige 24 horas. Ignoro si en el esquema de la plantación había un título específico para las personas que pedían el cese de la esclavitud y al mismo tiempo condenaban el gesto irredento del esclavo aturdido que se fugaba al monte del exilio, porque dejaba al resto de los suyos en el barracón. Pero, lo haya o no lo haya, eso es lo que somos.

Publicado originalmente en El Estornudo.

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