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Paidaje de invierno en Nouega/ Foto: Tomada de Internet.

Por Carlos Lechuga

La primera vez que vi la nieve estaba en Marsella, acabando la postproducción de mi opera prima, en compañía de mi fotógrafo. Era una tarde gris y, sin previo aviso, como si nada, empezó a nevar. Cayó una pelusita de nieve, una bobería, pero nosotros dos, cubanitos con abrigos de tres por quilo, salimos al balcón y nos tiramos algunas fotos. Como no fue mucha no pudimos jugar a hacer bolas ni lanzarnos nada.

Calzadito agarraba de la superficie de los carros un poco de nieve y trataba de hacer pelotas, pero aquello no salía bien. Los dos teníamos muy poco dinero y una dieta extrema: cada día solo comíamos una especie de sándwich de queso que se llamaba Contadino.

La verdad era que Calza y yo despertamos muchas sospechas en el pequeño barrio de Marsella donde nos quedábamos. Mal abrigados, siempre muertos de frío, y de ambulantes, sin tener nada que hacer, parecíamos unos terroristas del Oriente Medio (o por lo menos así nos trataron).

Por treinta años había estado esperando el momento de conocer la nieve. La había visto en las películas, había leído sobre ella, incluso había escuchado la canción interpretada por Miriam Ramos que rezaba algo así como: No voy a ver la nieve… nunca voy a ver la nieve… Pero cuando pasó, cuando la sentí en las palmas de mis manos, me decepcionó.

Era una sensación muy rara.

La segunda vez que vi nevar estaba en Chicago. En un festival de cine. Estrenando. Estaba a punto de presentar Melaza en una de las salas de un cine múltiple en un centro comercial, y en uno de los pasillos del último piso me encontré a una anciana. Todavía no se había formado la cola, no había nadie allí para la película; sin embargo, estaba esta ancianita sentada en un banco, con un pote de comida en su falda, alimentándose antes de la proyección.

Y me dije: «Esta tiene que ser cubana». Me recordaba tanto a las abuelas cubanas que para no perderse ni una película del festival de cine cargaban con el almuerzo. Y por supuesto que sí era cubana. Me le acerqué, me presenté y empezamos a hablar.

Resulta que la mujer, que tenía unas canas muy plateadas, se llamaba Ana, y era nada más y nada menos que la hija de Mariano Brull. Ana era una cinéfila empedernida, y cuando llegaba a Chicago algo de cine cubano no se lo perdía.

Había salido de Cuba a principios de los 60 y no guardaba un buen recuerdo del registro que tuvo que pasar en el aeropuerto. Aunque, muy pícara, me contó que, tras ser desnudada y pesquisada, todavía no sabía bien cómo, pudo burlar a los aduaneros y sacar un Picasso.

No paraba de reírse. Eso no se lo quitaba nadie.

Había vivido fuera, tenía hijos, pero ahora estaba sola. Los hijos estaban lejos, muy ocupados.

Y ella, a pesar de estar allá, seguía teniendo esa cosa tan cubana de andar con un pote de comida. En un momento hablamos de Blanche Zacharie (que era familia) y de El Martí que yo conocí. Le brillaban sus ojitos.

En un momento, por la ventana, vi que afuera comenzaba a nevar. Parece que Ana vio en mi rostro el asombro y aprovechó para hacerme una anécdota de Martí y la nieve que ahora no logro recordar.

Esa noche fría, mientras afuera nevaba, el sol y las cañas del inicio de la película nos sirvió, a los cubanos que estábamos en la sala, un poco de abrigo.

Al terminar la función, Ana y yo nos despedimos; la vi perderse en la blancura del frío.

Un cuerpecito encorvado, nonagenario, cubano, en el medio de la noche helada.

No la volví a ver. No sé siquiera si vive aún.

De regreso al hotel, en la noche, pisé la nieve (espesa esta vez) y me aventuré a la cursilería de escribir en la acera la palabra Cuba. No sé por qué hice esa chealdad.

Con el tiempo seguí viajando, casi siempre por trabajo, y a veces volvía a presenciar el fenómeno. Estando en Noruega tuve la oportunidad de ir a visitar a mi amigo Nicolás en Lillestrom.

Mi socio, el jodedor, el moreno de Regla, era el único negro del barrio. Nicolás había cambiado; su espíritu alegre, desenfadado, había desaparecido. Su piel estaba más clara, grisácea, y su rostro estaba como absorto todo el tiempo.

Su mujer Inga y su hija me recibieron con tanto amor. Me ubicaron en un cuarto que había por debajo del nivel de la tierra, en el techo había una ventanita donde podías ver la nieve que había afuera.

Arriba de la cama donde yo iba a dormir había cientos de sellos y premios de papel (la hija de Nicolás era una entrenadora de caballos que había ganado muchos méritos).

En un momento, no sé si era tarde o temprano ya que el clima estaba bien raro, vi un venado al asomarme por la ventanita. Un venadito. Aquello me dio una tristeza tremenda. ¿Cómo había sobrevivido aquí el negro Nicolás? ¿No se ponía a bailar salsa? ¿Con quién hablaba de pelota? A su mujer lo que le gustaba era el balonmano femenino.

En fin, la cosa es que, en la mañana, Nicolás me llevó al bosque para cazar liebres. Sé que suena raro y se ve peor, pero fue así. Dos cubanos, con escopetas, en el medio de un bosque noruego, junto a una pareja de noruegos que llevaban un perro. El perro se encargaba de buscar la liebre y de hacerle una encerrona para que nos pasara por delante. Ahí había que disparar, y ya.

Mientras caminábamos por la nieve traté de abrirme un poco y hacer que Nicolás se abriera. Para saber si estaba bien, si lo podía ayudar de alguna manera con mi calidez recién llegada de La Habana. Pero el negro estaba más cerrado que un candado. En un momento le dije: «Mano, no sé cómo llevas tan bien este clima. La frialdad del aire, de la gente».

Nicolás esbozó una media sonrisa y me dijo: «Al principio no fue fácil, pero poco a poco me fui acostumbrando. Ahora no me imagino viviendo lejos de esto. Acá en el bosque encuentro mis hongos, las setas, para comer… Y cuando la niña era pequeña, jugar y hacerle su muñeco de nieve era algo muy especial».

Bosque adentro solo escuchábamos nuestros pasos y el saboreo de los labios sobre la cantimplora. Cantimplora que yo había tratado de llenar con un Añejo 7 Años que le había llevado de regalo y que él terminó llenando de un licor casero de frutos rojos.

No quise indagar más. Me sentía los pies mojados y la nieve sucia se me pegaba a las botas de agua. Entonces fue cuando Nicolás me miró y me dijo: «Carlos, estás equivocado. Tienes la cabeza muy confundida. Yo no tengo que bailar, ni tomar ron, ni estar al tanto de lo que pasa allá para saber quién soy. Yo soy cubano, pero la Cuba, así con mayúsculas, en la que todos pensamos, los de adentro y los de afuera… esa Cuba no existe. Es una idea. Y, como todas las ideas, hoy la puedes tener y mañana no. Hoy puede ser una idea bonita y más tarde no…»

No sé por qué me molesté. Me detuve un segundo y él siguió avanzando. Sus pasos en la nieve se veían inmensos. Ladridos de perro. Pasó un bicho y el negro apuntó: le sacó el ojo rojo a la blanca liebre.

Ahora aquí, en La Habana, a punto de acabar 2019, empieza a enfriar. La mayoría de los amigos están para sus provincias, celebrando con las familias, y el bar de encuentro se ha quedado vacío. Odio los 24 y los 31. El gorrión es inevitable.

Pienso en los amigos cubanos que están en la nieve, lejos de esta tierra. Algunos de ellos quizá encuentran felicidad en estar lejos, estando en un escenario diferente, un escenario de películas extranjeras.

Dicen que cada copo de nieve es diferente, especial.

Miro el bajón que tengo yo y agradezco que aquí no nieve.

No hay abrigo suficiente, las casas no fueron pensadas…, el carácter…

Aquí la gente no está preparada para eso.

Publicado originalmente en El Estornudo.

Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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