Como una onomatopeya: ¡minsk!

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Jorge Ferrer (último a la derecha) en Minsk junto a amigos / Foto: Cortesía del autor)

Por Jorge Ferrer

El pasado 10 de octubre, en sábado y de matinée, el presidente de Bielorrusia Aleksandr Lukashenko se reunió con los líderes opositores que mantiene detenidos en el módulo de aislamiento de la cárcel de la Seguridad del Estado en Minsk. (Ellos, por cierto, no le llaman presidente, sino «usurpador». Aunque no sé si allí lo hicieron también.) Lukashenko y sus 188 cm de estatura se entrevistaron con los presos en torno a una mesa con un cuco arreglo floral en el centro. Cada opositor tenía delante una tarjeta con su nombre, como en las conferencias de verdad. De esas tarjetas de cartón que se pliegan en un ángulo de aproximadamente 45º y que en el contexto de una reunión de los presos con su carcelero parecían más bien parapetos, barricadas. Lukashenko, que es el primero y el único presidente que ha tenido Bielorrusia desde que existe como un estado independiente, habló de reformas con ellos. Les dijo que «las constituciones no se hacen en la calle», que es una bonita frase para un autócrata acorralado por las protestas callejeras. Poesía poscomunista pura.

La fotografía que se conoce del encuentro tiene un extraño aspecto ochentero. Y rezuma un encantador aire de conspiración. Parece la foto de una reunión de miembros del sindicato Solidarność en Polonia, de opositores checos, de los primeros soviéticos que comenzaron a colorear de verde y turquesa y malva el muro gris del socialismo que Mijaíl Gorbachov heredó.

Es tal la amalgama de impresiones que produce ese registro visual del Este que uno tarda unos instantes en darse cuenta de la corrupción a la que la imagen somete a la memoria: en la foto aparece el dictador, el carcelero, el verdugo, sentado a la mesa como uno más. ¡Un parigual, un correligionario! Después del encuentro, dos de los presos fueron puestos en libertad para que aplaquen los ánimos de los que reciben palos en la calle y ahoguen con su voz las protestas que las porras no consiguen sofocar.

La curiosa foto en la improvisada sala de reuniones me condujo a otra fotografía, la única que guardo del también único viaje que hice a Minsk. Es una suerte que se conserve, porque no tengo muchas fotos de aquellos tiempos. A veces cuesta imaginar lo que eran las fotos entonces, antes de los teléfonos, y la escatimada manera en que nos las regalábamos. Antes de la extenuante multiplicación de los clicks. Sólo porque gorilas no hay muchos, no hay ahora selfies de cada uno de nosotros con un gorila, si me entienden.

Esta del click en Minsk es una foto que no carece de interés en lo que a mi vida sentimental se refiere. Y tal vez por eso quiso permanecer en el archivo: un documento con foucaultianas ganas de monumento.

En ella se me ve con tres mujeres y un muchacho. En los años siguientes, yo me enamoraré de dos de esas mujeres y conviviré con ambas en períodos sucesivos. Con la primera, todo un año. La otra lee ahora la póstuma y prerrevolucionaria Cuerpos divinos, aquí al lado en el sofá. La tercera mujer que aparece en la fotografía es una figura que imanta el ojo de cualquiera que la mire. Una princesa bielorrusa. Sniegurochka, la Doncella de la nieve. Un personaje de cuento de hadas, una novia de leyenda con tintes bucólicos y chisporroteo de arroyo bajo los pies desnudos. Un tópico. Un cachito de folklore.

No alcanzo a describir el episodio registrado en la fotografía, porque poco consigo movilizar en mi memoria a partir de ella. Hay ojos mirando a dos lugares distintos. Tal vez tres. Los míos y otros cuatro miran a lo que probablemente sea un orador. Es probable, pero sólo eso, que miremos al organizador del encuentro, a quien sí recuerdo bien. Mi amigo Zbigniew con su bigotito ralo y rubio, como dos espigas de trigo formando un arco sobre sus labios. Como el detalle de un escudo nobiliario polaco. Me atrevería a datar el viaje en la primavera de 1986. Creo, pero esto es especular y debería ahorrármelo, que se huele en ella la primavera y se aprecia el invierno que todavía pesa sobre nuestros hombros.

Es curioso lo que hace un momento del pasado cuando asoma de pronto desde el olvido a iluminar el presente. Un mero instante, una instantánea. Esta misma. Click.

Aquel 1986 de mi viaje a Minsk, Bielorrusia se acababa de apuntar un tanto extraordinario en la desaforada fiesta de ideas y memoria que conocía la URSS que comenzaba a implotar. Aún le faltaría ser la sede del remate final, pero eran tiempos donde el bólido de la historia avanzaba cogiendo todas las curvas y la escasez alcanzaba también a los peines.

Lo hizo mediante una exposición brutal de su singularidad en la historia soviética. Una singularidad, es verdad, compartida por otros territorios ocupados por los alemanes en el primer tramo de la guerra que en la URSS llamaban, como también lo hacen hoy en Rusia, la Gran Guerra Patria, pero que la Bielorrusia de la vecindad de cerca de patio con Europa sufrió de manera más sangrante. Fue en la película Ve y mira, que dirigió Elem Klímov sobre un guión armado por Alés Adamóvich, el enorme escritor bielorruso, cronista y amigo de oír la voz desnuda. No por gusto Adamóvich es el maestro al que Svetlana Aleksiévich, la gran cronista del poscomunismo soviético, menciona cada vez con orgullo de discípula.

La película Ve y mira, que he vuelto a ver ahora, como he vuelto a mirar la foto, se ocupa de la más importante de todas las cosas importantes, que es la guerra. Porque en las guerras se citan la soledad y la muerte con el miedo y el odio, tal vez las cuatro nociones en torno a las que gira espantada la vida de los hombres y las mujeres, lo mismo la de Lukashenko que la de los opositores que tiene encerrados. Nada fue más importante que aquella guerra para formar la identidad bielorrusa. Por el martirio, la exposición crudelísima del martirio, y la catástrofe demográfica, pero también porque la guerra trajo la evidencia de que la traición, la mezquindad y el oprobio también estaban en casa, entre ellos mismos: los colaboradores locales que ahorraban el trabajo sucio a los ocupantes.

¿De qué habla el orador invisible en esa fotografía tomada en Minsk en 1986? Tal vez, de la guerra y la película. No puedo afirmarlo ahora. Pero es posible que así fuera. Era difícil viajar a Bielorrusia en los meses siguientes al estreno del filme de Klímov e ignorar el mazazo que golpeó a todo el país a partir del estreno en enero. Junto a unas otras pocas, Ve y mira fue una de las películas fundamentales de aquellos años: mostró el horror de la guerra sin la gloria, sin el acartonado heroísmo de los relatos socialistas. Un amigo mío salió de la sala de cine en la entonces avenida Kalinin de Moscú donde la vio para vomitar en la acera lo que había comido antes. Tantos años después todavía hoy recuerda que era pollo y no se le borra de la memoria una escena de la película: Lionia, el niño al que semanas de guerra convierten en un adulto con más vida que Matusalén, deja atrás el montón de cadáveres de sus vecinos y familiares que no ha visto, mientras avanza hacia el pantano.

Vista desde el cielo, la desventurada Bielorrusia es pura marisma. Pantanos. Es bosque e inundación.

Aleksandr Lukashenko y su régimen se avienen muy bien con ese paisaje húmedo e inhóspito, misterioso y hostil. Lukashenko es un hombre soviético que gobierna en el poscomunismo. Como lo es Putin. Pero el centro del Imperio, aunque sea mucho menos imperio, impone cierto empaque. Una pose. Cierta sofisticación. Por eso Putin sirve el novichok con la cucharilla del caviar y bajo las lámparas de araña del Kremlin. Sus mañas de araña: Spiderman saltando de torre en torre en Moscow City.

Lukashenko es más animalito jíbaro, salvaje. Sale empuñando el kalashnikov, como se lo vio hace unas semanas en unas imágenes alucinantes. Putin no haría eso, salvo en una cacería donde se sale a marcarle el lomo al ciervo o al jabalí. Lukashenko es un guapo de barrio, un paleto de pueblo, un guajiro, un redneck del mundo después de que lo Red fundiera a celeste. Con lunares.

Pero ambos autócratas recuerdan que la URSS fue disuelta precisamente en Bielorrusia, en un pabellón de caza del bosque de Bialowieza. El 8 de diciembre de 1991 se firmó allí el acuerdo que puso fin a lo que parecía eterno hasta ese mismo día en que dejó de serlo. Tres años después Aleksandr Lukashenko se hizo con la presidencia del país. Y hasta ahora que padece esta rebelión bonita cada mañana hasta que se va poniendo fea por la tarde. Y tremenda por las noches.

Y Rusia en el medio: Rusia que es ese medio inmenso. Viendo como se le escapan los dedos. No la arena entre los dedos. Sino los dedos mismos con los que hacer fingering geopolítico a los adversarios en el coche-comedor de un tren que conduce de guerra a guerra. Crimea, el dedito que arrancó de un mordisco. La Ucrania troceada. Bielorrusia ahora, una manchita que hace tik tok en el radar.

Svetlana Aleksiévich me escribió hace unos días al Telegram desde Minsk: «Ahora sé que las revoluciones no son sólo hermosas, porque también son terribles». Yo recordé entonces cuando nos explicaba a Arcadi Espada y a mí hace año y medio en Berlín que trabajaba en dos libros a la vez, los últimos para los que le alcanzaría la vida: uno sobre la muerte y otro sobre el amor.

Y a la vez que me pregunto anhelante cuál será el saldo de esta revolución que los bielorrusos quieren apuntar en su historia, me entretiene imaginar de qué manera estos meses se inscribirán en las historias que contarán las personas a las que Svetlana entrevista sobre sus experiencias del amor y la muerte. Cómo escaparán sus voces al rumor encendido de la calle y le hurtarán el brazo a la ventajista policía del presente que reta al pasado con la insolencia teleológica de quien ya llegó al meollo del relato cuando los otros apenas comienzan a trenzar los mimbres del suyo.

Voces o imágenes tramposas y adhocistas como la foto del ochentaiséis en Minsk que recogí de mi archivo.

Minsk. Minsk. ¿No te parece una palabra que quiere ser onomatopeya de algo? En los cómics que dibujo en mi mente, en las viñetas sucesivas de mi pasado, esa pauta de Malévich con casillas para Bauta y Marianao, Moscú y Barcelona, Minsk será ahora la onomatopeya del puño que se cierra y también la del puño que se abre. La del que aprieta con amor y el que deja ir a la hora de la muerte. Minsk, Minsk.

(De contra): El portal alternativo Mediazona ha revisado los informes de la Fiscalía que recibió confidencialmente y de ellos se deduce que sólo en los meses de agosto y septiembre de este año 1376 personas recibieron traumas de diversa consideración durante las protestas en la ciudad de Minsk. Un tercio de ellos recibió heridas de cierta consideración y 600 fueron agredidos antes o después de los mítines, cazados por los agentes represivos. Al menos constan tres agresiones sexuales a manifestantes. Una de ellas la padeció un menor de edad.

Publicado originalmente en El Estornudo.

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Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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