Casas de lujo en un tiempo sin sueños

Construcción en el Vedado / Foto: Cortesía de la autora

Por Mytil Font

Mi fe, yo creo en ti, tú no te irás

Mi fe, ni un «sin querer», ni un «ya no estás».

Alberto Tosca

Alberto lleva casi dos años viniendo casi todos los días a 5ta y F en el Vedado. Desde el principio supo que construiría casi desde cero, con su brigada, sendos apartamentos para funcionarios y algún deportista de alto nivel. Desde el principio supo, también, que ninguno de esos apartamentos sería para él ni podría jamás soñarlo.

Alberto no recuerda los nombres de los privilegiados que desde el próximo mes de abril comenzarán a vivir en el mismo centro del Vedado, uno de los más caros barrios de La Habana. Tampoco sabe cómo en plena crisis sanitaria, económica, social y humanitaria se pueden acometer obras así, pero al menos se alegra de que alguien vaya a tener una casa en estas circunstancias tan amargas para la mayoría. Alberto cree recordar que «uno de ellos es el Jefe de Transporte…», no sabe si del Gobierno o del Partido. Solo sabe que son «cuadros», funcionarios, gente importante. Y eso es suficiente.

Alberto, sin embargo, sí recuerda un nombre, un único nombre se le grabó, por empatía, por corazón, y es el de Oscar Pino, luchador de greco y libre –medalla de plata en el Mundial de lucha de 2019. El más humilde de todos, el más bonachón, el que más se ha sacrificado, el único que el pueblo conoce y admira. Habla de él y se ríe porque Pino, de 130 kilogramos, casi todos los días viene a ver cómo va la construcción de su casa en su motico eléctrica que parece que se desarmará ante tamaña voluminosidad. «Oscar es bueno. Para mí tendrá la mejor casa. Tiene mucho espacio, aunque es en bajos y tú sabes… el mar.»

El nuevo complejo de cinco apartamentos –tres en planta baja y dos arriba–es espacioso, con amplias terrazas y parqueos incluidos. A pesar de sus múltiples comodidades, está construido en una zona baja del Vedado, donde casi siempre entra el agua del mar y arrasa con lo que encuentra. Es algo con lo que tendrán que lidiar los nuevos inquilinos. El Estado les regala apartamentos casi de lujo pero con un hándicap espeluznante: estarán a merced de los caprichos del mar, que una vez que entra lo moja todo, lo inutiliza todo, y pierden la electricidad, el gas, el agua potable, y si no son veloces, se humedecen los colchones, los televisores, los muebles. Con las inundaciones, las cosas comienzan a parecerse a un cuadro de Dalí, en el que los relojes de pared y los objetos más preciados se doblan como una melcocha.

Alberto, sin embargo, dice que a «caballo regalado no se le miran los colmillos», y que «tú sabes que aquí hay una mecánica muy especial, donde lo mucho es para pocos, y lo poco es para muchos». Me fascina escuchar la filosofía de los obreros que lo saben todo y lo dicen con pocas palabras. Alberto concluye su diatriba sobre la igualdad social: «Y bueno, tú sabes, si Fidel estuviera vivo nada de esto estuviera pasando…»

¿En serio cree eso?

No sé si intenta travestirse con la máscara de la doble moral, pues recién le he dicho que quiero escribir algo sobre esta construcción.

— Te voy a confesar. Cuando él estaba vivo, yo quería que se muriera, pero ahora que está muerto, la verdad, se extraña. Si él estuviera, todo fuera diferente.

Lo escucho y, aunque me descoloca, lo entiendo. Hay una sensación de abandono, de orfandad después de su muerte, de caer y caer en el vacío. De una vaciedad de ilusiones. Algunos ministros hablan como si regañaran y otros intentan dialogar desde el manotazo y la violencia. Se está imponiendo una cultura del aleccionamiento, del maltrato, como si aún estuviéramos en el círculo infantil. Ya nadie nos embelesa con que este es el mejor de los mundos posibles, ni nos embriaga como él lo hacía. Fidel hechizó con su verbo y su magnetismo y nos llevó, como autómatas, hacia una cueva, convenciéndonos de que ahí seríamos felices. Algunos creyeron en ese canto de sirenas y ahora, como Alberto, se sienten perdidos.

A Alberto parece que se le ha olvidado el Periodo Especial, en los 90, cuando aún Fidel estaba vivo y los cubanos pasaron las mayores necesidades que pudieran recordar. «Pero eso es otra cosa», me dice, y le doy la razón, porque quiero saber cómo piensa, sin intromisión. Alberto ha leído, según él, «todos los libros que tenía que leer», es técnico en metalúrgica y en cultura física, pero ya no lee porque casi no ve. Une Fidel con nostalgia, y privilegios con decepción. Habla bien, y se baja el nasobuco para que yo lo escuche. También noto su aliento etílico. Es sábado, ha tenido que venir a trabajar de todas todas, cuando debería haberse quedado en su casa, durmiendo la resaca.

Desde hace casi tres años varios obreros trabajan en esta biplanta tan singular, distinta a los miles de edificios que han construido para la gente de pueblo, salvo en las feas y pequeñísimas ventanas y puertas de metal galvanizado. Primero quisieron derruir casi al cero la construcción anterior, luego optaron por usar algunas paredes originales y darle un aspecto, según Alberto, colonial. Lo colonial no se ve por ningún lado, salvo en la ventilación casi nula que recuerda a algunas casas muy viejas de La Habana Vieja y Centro Habana.

La construcción se ha demorado más de lo previsto. Alberto no me quiere decir por qué, pero al final algo dice. Cuando ya estaban casi terminados los apartamentos –algunos tienen baños de 4 x 4 metros, un verdadero lujazo en La Habana–, los nuevos inquilinos se mostraron inconformes e impusieron nuevas ideas de cambios «imprescindibles».

— Que si ponme este fregadero doble que está mejor que ese, que si quítame esa pared que no me gusta, ponme estos azulejos que brillan más. Eso lo paga el estado, y no ellos, y les han dejado pedir, y hemos tenido que tumbar baños y mesetas para hacerlas a su gusto. A los albañiles, plomeros y demás, esos cambios les han caído como una patá. Imagínate que ya se gastaron recursos, y hubo que gastar todavía más. Para ellos sí hay de todo y hasta apartamentos hechos a la medida, para los demás nada de eso.

***

Construcción en el Vedado / Foto: Cortesía de la autora

Hace cinco años se respiraba polvo y cemento por todas partes, y nos quejábamos de eso. Pero a la vez, vimos renacer casas que llevaban décadas en la grisura de la fealdad y que nadie notaba al caminar. Las construcciones privadas tomaron La Habana. Recuperar nuestra ciudad, con el esfuerzo de la gente y el dinero de los cubanos de la diáspora y algunos extranjeros, parecía un camino de, sobre todo, prosperidad. Luego llegó Trump, y la historia cambió. Quienes vimos la posibilidad que se abría para la ciudad, sentimos un duro golpe a la belleza. Desde hace más de dos años las iniciativas privadas se detuvieron. Justo ahí las construcciones del gobierno tomaron el protagonismo, y han seguido, incluso en medio de la más férrea y larga cuarentena. Quizás por eso molesten tanto estos apartamentos de lujo para funcionarios X o Y. No importa el nombre, cuando no hay materiales ni dinero para que la gente construya lo que necesita.

***

Alberto me pide que sea prudente. «Ha venido mucha gente y han pedido entrar. Y otros han entrado a escondidas para ver las casas, y luego salen hablando pestes, ofendidos de que algo así se construya en este momento. Encima, frente a casas depauperadas por la pobreza y el mar», comenta.

Yo le digo que no gritaré nada, que no entraré a hurtadillas en esos enormes baños, y closets, y cocinas en forma de L y fregaderos dobles, paredes divisorias y terrazas con vista al mar.

Sonia, ex vecina de la cuadra, es una de las «imprudentes», que dejó escapar sus lágrimas y quejas. Sonia vio cuánto podía hacer el Gobierno por quienes sí les interesa mantener contentos. Apenas medio año atrás, al apartamento de Sonia, en medio del solar de la esquina, se le cayó una viga enorme después de las incesantes lluvias que, según avizorábamos, destruirían media ciudad.

A Sonia, su esposo y a su hijo de diez años, después de una fuerte campaña en Facebook y de llamar a la gente indicada del Partido, le asignaron un local que llevaba vacío más de cinco años, con sus mosquitos y sus escasas comodidades. Tuvo que esperar un mes, viviendo casi en el pasillo, porque una brigada trabajaría en el lugar para hacerlo vivible. La brigada lo único que hizo fue poner un bombillo y dos tomas que nunca tuvieron electricidad.

Ese espacio no sería su casa legal, es solo una vivienda provisional hasta que «arreglen» el solar, cosa que saben difícilmente ocurrirá, y que, si arreglaran, nunca quedaría como los lujosos apartamentos de 5ta y F. Aun así, Sonia y su familia estaban tan felices como si aquello fuera una mansión. Se sentía afortunada. Cuando Sonia mira ahora el edificio de apartamentos para algunos Jefes, simplemente llora. Ella nunca pide nada, es la humildad hecha persona, pero sabe que al menos la electricidad en su «nueva» casa, no hubiera costado nada ponerla bien. Las casas siempre han sido en Cuba una moneda de cambio. A los funcionarios les construyen buenas casas para comprar su fidelidad, en cambio a Sonia le asignan cualquier lugar oscuro para callarle la boca en Facebook.

De casas y cosas de casa nunca nos cansaremos de hablar. Casas hermosas para pocos, casas nefastas para muchos y casas nuevas sólo para unos pocos elegidos. Sin embargo, existieron en Cuba por mucho tiempo las casas-sueño. Aquellas que se entregaban a Quijotes en busca de imposibles. Esas ya se han extinguido. Esas se cansaron.

Las casas-sueño se otorgaban a finales de los 70 a quienes estaban dispuestos a fundar un nuevo pueblo, una cultura e impulsar un movimiento intelectual imprescindible. A muchos graduados universitarios les dieron apartamentos en la Isla de la Juventud y no dudaron ni un segundo dejar La Habana para ir a crear cultura y abundancia en un pueblo desértico llamado La Demajagua, a 50 kilómetros de Nueva Gerona. Allí vivieron la hermosa fantasía de tener una residencia modesta en un ambiente bucólico y sano. Se reunían en las noches con sus colegas de la Universidad y, mientras los niños dormían, ellos daban cantatas, improvisaban poesías, tomaban ron y repartían premios a quienes tenían las casas más sucias. Los graduados con más swing e inteligencia de los 60 y los 70, amantes de los Beatles y el rock, tuvieron un remanso apartado para oír sus discos preferidos, llevar a sus hijas al río, e improvisar un lechón en púa que ninguno sabía cómo asar.

Las casas-sueño no eran grandes ni lujosas, ni tenían vista al mar, pero sus dueños escribieron allí un nuevo porvenir a través de la poesía, las obras de teatro, la trova, la enseñanza del inglés a estudiantes africanos y el conocimiento de esas nuevas culturas foráneas. Los niños que nacieron en la casa-sueño, a su vez, se hicieron profesionales. Tocaban la guitarra, la flauta, el pian, y hoy recuerdan con añoranza aquellas simples moradas, ricas en libertad, conocimiento y sueños.

Poco a poco los edificios se fueron destruyendo –jamás pasaron por un mantenimiento. La pareja de Antonio y Vicky, después de ganar el trofeo de la casa más sucia porque se les desbordó la taza del baño, se divorciaron. La fetidez se interpuso en su amor. Y casi todos se fueron, de a poco, tomaron el barco y regresaron a La Habana, y luego, la mayoría, siguió viajando todavía más allá.

Las casas-sueño fueron lo más poético de sus vidas, aunque por poco tiempo, es verdad. Fueron palacios porque las habitaba gente con dignidad. Gente que jamás hubiera aceptado casas lujosas por el simple hecho de realizar su trabajo. Ojalá ese experimento se hubiera multiplicado por toda Cuba, pero, en vez de eso, las viviendas lujosas volvieron a la gente con poder, que llenaron sus casas de objetos en vez de sabiduría.

Publicado originalmente en El Estornudo.

Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.