Carta a una madre cubana

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Ines Casal/Facebook

Por Andrés Isaac Santana

Estimada Inés Casal, estimada madre cubana:

Le escribo tan sólo para agradecerle, con mayúsculas, esta carta tan justa, oportuna y necesaria. Una carta que bien podría haber escrito mi madre o todas las madres cubanas, pero el miedo les impide decir (escribir) lo que en verdad sienten, el miedo les paraliza y las detiene en un silencio que nada o muy poco tienen que ver el histórico valor de la nación y las madres que participaron siempre en la construcción del proyecto nacional.

Usted lo ha hecho, con determinación, carácter, valentía y también, entiendo yo, con mucho amor. Un sentimiento superior, deliberadamente maltratado por un sistema que sólo apuesta por la persecución, la difamación, la violencia, la mentira y el escarnio público para personas que, como su hijo, deciden alzar la voz en honor a la verdad y convertirse así, sin ánimo de liderazgo ni heroísmo ridículos, en la voz de todos nosotros. Su letra viene a recordar lo que importa, lo que hay que salvar por encima de diferencias y credos. Ningún estado debería situar por encima de los sentimientos reales esa construcción ficticia, programación lingüística rancia en la que hace ya mucho dejamos de creer.

Las razones por las que usted escribe a un viceministro que no le responderá nunca, son las mismas por las que yo he decidido escribirle a usted: por la necesidad de recordar que el valor y el amor no pueden se secuestrados bajo ninguna de las circunstancias que impone el terrorismo de estado. No podemos permitir que el miedo nos siga alejando entre nosotros, que acreciente más el dolor de la distancia y sustantive más la brecha entre las familias cubanas por decir lo que consideramos justo. El estado pusilánime, que sofoca el diálogo y arremete con sus estrategias basadas en la desautorización y el rebajamiento moral de quienes se le oponen, no puede seguir viviendo de nuestra contradicción.

Luis Cardoza y Aragón escribió una vez que «las predicciones de una época son las repugnancias de la siguiente». Hoy, y con implacable severidad de la historia, asistimos a la repugnancia de toda esa retórica emancipatoria y libertaria de los héroes barbudos haciendo el mundo, de una revolución de todos y para el bien de todos, de un modelo reaccionario y excluyente que hizo rubricar la hegemonía del falo. Ese discurso es hoy, más evidente que nunca, el reducto de una dimensión escatológica y abyecta, el signo de una gran obscenidad que deja fuera de escena a todo el que piensa distinto y se siente diferente. Vivimos el tiempo del empacho y de la repugnancia, vivimos en la lógica cruel del agotamiento y de la desidia, vivimos el tiempo del miedo, vivimos la protección escorada y cobarde frente a la represalia, vivimos la erosión que provoca el maltrato y la exposición del cuerpo ajeno que asumimos como propio, vivimos la metáfora exultante del «supositorio totalitarista» que hace del ataque a nuestro pensamiento un «arma política» mediocre y de rendimiento bastante bajo.

A propósito de su carta, mi amiga Suset Sánchez escribió hace unos días en su muro de Facebook, y cito en extenso, que «los sucesos de las últimas semanas en La Habana en torno al MSI y la solidaridad de artistas e intelectuales que infructuosamente han tratado de promover un diálogo con el MINCULT para que represente y defienda, como debe ser su función institucional, los intereses y derechos de los creadores que están siendo perseguidos, violentados y difamados ante la opinión pública por los medios de comunicación controlados por el Estado, además de otras exigencias por la libertad de expresión, la derogación del Decreto 349, etc., ha traído aparejado un conflicto familiar en cada hogar cubano, acrecentando la brecha generacional e ideológica entre padres e hijos. No conozco a ningún amigo o amiga, a nadie de mi generación que no haya sostenido con sus progenitores una acalorada discusión en estos días debido a estos temas. Las llamadas a través de Whatsapp entre los padres cubanos y sus descendientes en la diáspora no recuerdan en nada a aquellos añorados encuentros virtuales donde las sonrisas y las lágrimas devenían en un mismo signo de afecto y las pantallas acortaban la distancia. En estos días esas pantallas han traducido los gestos amargos y el miedo eterno que tímidamente confesara Virgilio Piñera en aquella reunión de 1961 en la Biblioteca Nacional. Los twits del actual presidente han proclamado la misma arenga de una supuesta libertad acotada a sus conceptos estrechos y ciegos de revolución. Nuestros padres nos han regañado, nos han suplicado que callemos, que no nos expongamos. Nuestros padres tienen miedo, llevan temiendo toda su vida. Temen que no nos dejen regresar a nuestra tierra por decir lo que pensamos. Temen por nosotros y por ellos, por las represalias que puedan sobrevenirles dentro de la isla. Nuestros padres padecen las miserias que nosotras tratamos de paliar con remesas, pero se niegan a admitir los extravíos del sistema político con el que han envejecido. Usualmente la tensión que provocan nuestras diferencias y desencuentros en esas llamadas es rebajada por el argumento que esgrimimos para auto convencernos de la inutilidad de la discusión: son viejos, ya no pueden cambiar su forma de pensar; no pueden negar su historia de vida; qué les queda si reniegan de todo su pasado… Pero cuando hay vidas humanas en juego, cuando la gente a la que reprimen son tus compañeros de universidad, tus amigos, tus alumnos, personas como tú, que hacen o piensan el arte como tú, esos argumentos dejan de tener sentido. Madres y padres, sabemos que muchos de vosotros no estáis de acuerdo con lo que intentamos hacer, no vamos a tratar de convenceros, pero al menos os pedimos que respetéis nuestras decisiones y que confiéis en los hijos e hijas que habéis criado y educado con vuestros principios y valores (…)».

El comentario de Suset, y la replicación viral en todos nuestros muros como certificado de validez y de absoluta aprobación, no hacen sino confirmar el valor y el alcance de su letra. Su carta, tal vez sin quererlo, actualiza un conflicto latente y pone al descubierto el músculo de la contradicción permanente en la que vivimos los cubanos: el abismo entre lo que pensamos y lo que «debemos decir». Como bien expresa Suset, nuestros padres no han conocido otra cosa que el miedo, no han vivido otra cosa que el miedo, no han sentido otra cosa que la presión ejercida sobre sus cuerpos y sobre sus subjetividades desde el acecho de una vigilancia siempre amenazante. De ahí que, por otra parte, sus reclamos sean perdonados por nosotros, que hemos tenido la posibilidad de ver otros escenarios reales, sociedades que admiten y permiten el arbitraje de las idea distintas y opuestas en un mismo ámbito político.

Cuba podría ser tan distinta si la voz del otro se entendiera como complemento necesario y no como amenaza inminente. El Estado cubano y sus políticas reaccionarias tienen la enorme facultad de construir enemigos y adjudicarle al libre pensador el rol de criminal y de delincuente. El gobierno cubano es hábil a la hora de apagar las luces, sofocar la acción de los otros, manipular las fuentes y articular relatos paralelos a los hechos. La militancia de una idea torpe y peregrina que defiende una revolución que ya no existe y la desautorización/negación de los otros, que reclaman un país distinto, sigue siendo su modus operandi, el gesto decadente de la máquina esclerótica.

Su carta devolvió a muchos la perspectiva de lo justo y gestionó, aunque seguramente usted no lo sepa, un contagio afectivo a gran escala. Innumerables cubanos, dentro y fuera, de derecha o de izquierda, de centro o de periferia, la hemos compartido con emoción y orgullo. Yo lo hice, y lo seguiré haciendo mientras todo esto dure y sepa que mis amigos, artistas a quienes respeto y quiero, son aún objeto de persecuciones, acoso policial, encarcelamientos y difamaciones. Conocemos, respetamos y queremos a su hijo Julio Llópiz Casal. Sabemos qué persona es, la obra inteligente que realiza, y ahora entendemos de dónde proviene todo eso.

Permítame decirle que guardaré su carta entre el montón de textos que archivo con la idea de escribir un día la historia no del enfrentamiento y de la discordia, sino la del amor en la trama de la encrucijada y la alta tensión. Creo que nos falta ese recuento de las emociones y de los sentimientos puestos en juego. Hemos padecido lo suficiente como para que llegue el momento en que ese muro del llanto se convierta en algún tipo de Aleluya. Guardaré su carta como documento que evidencia un salto enorme frente al miedo, gesto de liberación, declaración rotunda carente de certezas y grandilocuencias venidas a menos.

Le beso y le abrazo desde este gélido Madrid de diciembre en nombre de nuestras madres (y también de los hijos) que no han tenido su valor, pero que comulgan con cada palabra suya. A fin de cuentas, hoy soy también su hijo. Julio y yo somos más parecidos, incluso, de lo que ambos presuponemos.

Muchas gracias,

Andrés Isaac Santana.

CARTA A FERNANDO ROJAS

Fernando: si te parece irrespetuoso que te dirija una carta por esta vía, te pido disculpas. Y te aseguro que lo hago de esta forma porque no tengo ninguna otra vía para comunicarme contigo. Quien sabe si tampoco leas esto que escribo, pero «el que mi mensaje no sea nunca recibido, no significa que no valga la pena enviarlo».

También me disculpo por tutearte, pero esta «carta» va dirigida al ser humano que conocí hace años (aunque tal vez tú no te acuerdes de mí), y no al funcionario que hoy eres. Y me cuesta mucho tratarte de «usted», cuando te conocí como Fernandito, como te llamaban tus padres. Confío en que tampoco lo veas mal.

Sé de la estirpe de donde provienes. Tus padres fueron mis compañeros de trabajo, mis jefes y mis amigos durante mucho tiempo en la Universidad de la Habana. Tu padre, Fernando Rojas, Rector de la UH por varios años, fue un hombre íntegro y honrado, que dedicó toda su vida a su país y a su Revolución, que educó, junto a la dulce Fefa, a cuatro hijos en el sentimiento de la verdad y la honestidad ante todo. Aunque algunos miserables (siempre los hay) le puedan haber criticado y hasta acusado por algunas «debilidades humanas», pero nunca por corrupto u oportunista.

Pero así como yo conozco bien a tu familia tú puede que hayas olvidado de dónde proviene y quién es mi hijo Julio César Llópiz Casal.

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Inés Casal y su hijo Julio Llópiz

También mi hijo proviene de unos padres íntegros, honestos, que entregaron todas sus fuerzas, todas sus energías, todo su conocimiento, todos sus sueños revolucionarios a la UH y a su país. Y que también educaron a sus dos hijos en el respeto a la verdad y al decoro, que es lo que tienen las personas cuando no ocultan lo que piensan.

Yo sé cuáles son los deberes de un cargo o un partido. Yo fui militante del PCC durante casi 30 años, y lo fui a conciencia, porque creí en la Revolución, de corazón. Aunque desde hace años me sienta traicionada en mis sueños más puros. Pero ningún cargo, ninguna orientación partidista me hizo mentir o traicionar a mi conciencia. Por suerte, estuve siempre rodeada de compañeros que fuimos capaces de discutir lo que no entendimos. Cuando me sentí traicionada por la Revolución (porque no fui yo quien traicionó), simplemente dejé de creer en ella.

Mi hijo, Fernando, no es terrorista, y tú lo sabes.

Mi hijo, Fernando, no busca desestabilizar al sistema y, mucho menos, incitar a un levantamiento popular, y tú lo sabes.

Mi hijo, Fernando, no está manipulado, dirigido, pagado por ningún gobierno extranjero, por ninguna organización, por ningún medio de prensa, y tú lo sabes.

Mi hijo, Fernando, no es un delincuente, es un artista cubano que también trabaja por Cuba y para Cuba, y tú lo sabes.

Mi hijo, Fernando, dice lo que piensa en cualquier lugar y circunstancia, y tú lo sabes.

Mi hijo, Fernando, es un hombre bueno, y tú lo sabes.

Por eso, desde el fondo de mi corazón, te pido que trates, ahora sí desde tu deber como funcionario, de atajar a tiempo una campaña difamatoria y cobarde que se ha desatado en los medios de comunicación oficiales contra personas pacíficas que sólo han querido ser oídas. Este circo mediático puede llegar a consecuencias inimaginables y terribles.

Y eso, Fernando, también tú lo sabes. Con todo mi respeto y consideración, Inés Casal Enríquez.

Publicado originalmente en El Estornudo.

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Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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