Capital City, casi dos años antes de la muerte de George Floyd

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Vista desde el Lincoln Memorial / Foto: Cortesía de la autora

Por Mónica Baró

En el Aeropuerto Nacional Ronald Reagan, Washington primero fue negro.

Dos hombres negros con tatuajes en los brazos — uno con trenzas largas y recias como las raíces de los árboles que revientan las aceras — entraron al avión por la parte trasera para recoger la basura. El de las trenzas era hermoso, y lo miré. Se dio cuenta de que lo miraba y me sostuvo la mirada. Pensé que si hubiéramos estado en una fiesta y no en su trabajo, quizás nos hubiéramos hablado. Le hubiera pedido que me contara de su pelo. No he conocido a una persona con el pelo seriamente largo que no tenga una relación especial con su pelo.

Afuera todo siguió siendo negro. Las mujeres encargadas de la limpieza del baño, las mujeres y los hombres de Inmigración. Algunos hombres de Inmigración eran blancos que hablaban en español. La mujer que me revisó el pelo y la espalda para cerciorarse de que no llevara algo peligroso o ilegal escondido también era negra. Las mujeres blancas estaban muy arrugadas.

El chófer del taxi que me llevó hasta el Washington Marriott Georgetown, en la 22nd Street, era negro. Muy negro. Distinto a los muchachos que recogieron la basura del avión. Washington Marriott Georgetown Hotel, 22nd Street, le dije. En el camino escuchamos la radio MPR (Minnesota Public Radio). Em Pi Ar. El huracán Michael había destruido la Florida y monseñor Oscar Arnulfo Romero iba a ser canonizado. Era 11 de octubre. Pensé en la muerte de Romero, la misa en la capilla del hospitalito, la foto del cuerpo ensangrentado, el jardín donde las monjas enterraron su corazón, y que yo había visitado dos años atrás.

En la ciudad estaba lloviendo.

No hablamos nada en el trayecto el taxista y yo. Resultaba increíble que estuviera en los Estados Unidos de América. Un país que, desde Cuba, y probablemente desde muchos otros lugares, se percibe como otro planeta. Y no sentía nada. ¿Qué esperaba sentir?

En el Washington Marriott Hotel, el portero era negro y tenía una sonrisa. Los huéspedes eran blancos. Georgetown es un barrio donde la renta de un estudio con un baño y una cama puede costar dos mil dólares al mes. Dormir una noche en una habitación del hotel donde yo dormí costaba unos 150 dólares que yo, por supuesto, no pagué.

Desde la ventana de un cuarto piso estuve fisgoneando a la gente que andaba por la calle. La gente que andaba por allí, vestida de traje, era blanca. O mayoritariamente blanca. No vi un solo homeless blanco. Me iría de Washington y no vería un solo homeless blanco. No vería a ningún blanco arrodillado afuera de Union Station rezando no sé a qué Dios. No vería a ningún blanco con pierna y media en una silla de ruedas afuera de un hospital murmurando cosas incomprensibles y rascándose desesperadamente el cuello hasta romperse la piel y sacarse sangre. (A lo mejor él también rezaba).

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Exteriores de Union Station / Foto: Cortesía de la autora

En el hotel, la housekeeper era negra. Una negra esbelta, de dientes espléndidos, con un tono de voz que daba ganas de obedecerla. Suave pero firme. En la cabeza usaba una redecilla negra muy fina que no dejaba un solo cabello fuera de sitio. Cada vez que nos veíamos me decía «Have a nice day». La última vez, me preguntó cómo había estado mi día, de dónde era, si me había gustado la ciudad, si había pasado frío.

Las mujeres que limpiaban las habitaciones eran casi todas latinoamericanas con rasgos indígenas; algunas, las menos, eran de la India. En los alrededores de Georgetown almorcé en cuatro cafeterías distintas y en las cuatro los dependientes eran latinoamericanos. Centroamericanos. En dos de ellas había mujeres estadounidenses negras que operaban las cajas registradoras.

Hubo un momento en que pensé que las personas negras de Washington, D.C. (District of Columbia), eran los emigrantes más antiguos de la ciudad.

***

Una amiga periodista que entonces llevaba casi tres años de corresponsal en D.C. me dijo que el mayor reto de cubrir esa realidad había sido explicar que los gringos no estaban locos. Ella es española y trabaja como periodista desde hace unos 17 años.

«No están locos», dijo, «si quieres entenderles no puedes simplificar diciendo que están locos. En su sistema hay una lógica, solo que cuando hablan de democracia, derechos humanos y libertad no hablan de lo mismo que hablamos nosotras. Su libertad se centra en el individuo. Libertad es, por ejemplo, portar armas para defenderse. Las políticas públicas, la búsqueda de justicia social, la intervención del Estado en la vida de la sociedad, se asocian al comunismo, y el comunismo a la Guerra Fría, y la Guerra Fría al fin de la libertad tal cual la entienden. Sería fácil explicar lo que pasa aquí afirmando que los gringos están locos, pero la verdad es que no lo están».

La primera vez que fui al Lincoln Memorial fui con ella, su esposo, también español, y otra amiga cubana periodista que se encontraba haciendo una pasantía en la ciudad. Era de noche y se suponía que era un buen momento por el efecto de las luces sobre los monumentos. Antes de llegar a la estatua de Abraham Lincoln, pasamos por el Vietnam Veterans Memorial, dedicado a los soldados que murieron o desaparecieron en la guerra de Vietnam.

Una pared de granito negro pulido — 75 metros de largo, hasta tres metros de alto — registraba más de 58 mil nombres. Casi todos de hombres; muchos hispanos. Los muertos tenían al lado un rombo y los desaparecidos, una cruz. Al pie de esos miles de nombres había flores frescas y flores marchitas. Toda la guerra, o la parte americana de la guerra, ahí resumida.

Leí algunos nombres al azar como si necesitara convencerme de que aquellas personas alguna vez habían existido y andado por el mundo, y que no eran solo nombres grabados sobre piedra. Me dije que ellos amaron, dejaron hijos, y que también mataron a otros hombres y mujeres que amaron y dejaron hijos. Contemplé mi reflejo en el granito negro, que funcionaba como un espejo. No supe si era un monumento a las vidas que costó la guerra o a la guerra misma.

Para sacarse una foto decente junto a la estatua de casi seis metros de altura de Lincoln, había que ser paciente. No podría precisar qué atraía más, si el tamaño de la estatua o el propio Abraham Lincoln. Ni siquiera podría precisar qué me atraía más a mí. Yo estaba simplemente paseando por la ciudad. No había ido a la ciudad a pasear, había ganado una beca para un evento internacional de periodistas que cubren temas científicos, pero ya que estaba allí…

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Estatua de Abraham Lincoln / Foto: Cortesía de la autora

Esa noche, en el Lincoln Memorial, yo estaba siguiendo la ruta clásica que la ciudad esperaba que una extranjera siguiera. Me intrigaba genuinamente ese epicentro político que es, y la imagen de país que proyecta con sus monumentos, edificaciones, protocolos. Estados Unidos quisiera que el mundo lo viera tal cual se ve Washington. Su capital. La capital. Así tan convencional, tan viril, tan erguida. Tan preocupada siempre por la etiqueta.

Al final de mi viaje a Estados Unidos, que duraría dos meses y me llevaría por Las Vegas, San Francisco, Sacramento, Cincinnati, Pensacola, Miami y Nueva York, yo entendería que no era posible que la estatua de Lincoln tuviera dimensiones humanas. Su majestuosidad intenta compensar la gran carencia de lo que representa: la igualdad entre seres humanos.

En una de las paredes, creo que a la izquierda de la entrada, se encuentra grabado el célebre discurso de Gettysburg, de 1863, que empieza de la siguiente manera: «Hace 87 años, nuestros padres fundaron en este continente, una nueva nación, concebida en Libertad, y dedicada al principio de que todos los hombres son creados iguales».

También para sacarse una foto con el discurso, o para leerlo, había que ser paciente. Leerlo en el memorial formaba parte del rito de la visita.

Luego de diez minutos allí ya no te queda más que ver o hacer. En diez minutos viste a Lincoln, te asombraste de su tamaño, te sacaste la foto que vas a mandar a tu familia o a publicar en redes sociales, leíste el discurso y, con suerte, hasta te conmoviste. Hay gente que luego se sienta en las escaleras a conversar o a revisar el celular de espaldas a Lincoln o se desliza por los laterales a solas o en pareja y grita yeeeei….

Mis amigas, el marido de mi amiga española y yo, nos sentamos en las escaleras a conversar. Dos de nosotras incluso nos deslizamos por los laterales. No habían pasado ni dos días de mi llegada. Ahí fue donde hablamos del racismo y de si los gringos estaban o no locos.

Yo estaba consciente, desde luego, de que en Estados Unidos había racismo, como mismo lo hay en otros países que se desarollaron — de manera muy desigual — en base a la esclavización de africanos y sus descendientes durante siglos. Pero nunca había visitado una ciudad en la que me parecieran tan explícitos los contrastes socioeconómicos, las distancias, entre personas negras y blancas.

***

En las escaleras del Memorial, en uno de sus descansos, había una inscripción en la que casi nadie reparaba. Si no sabías que estaba en ese sitio iba a ser muy poco probable que la notaras, menos si era de noche. Y decía:

I HAVE A DREAM

MARTIN LUTHER KING, JR.

THE MARCH ON WASHINGTON FOR JOBS AND FREEDOM

AUGUST 28 1963

Ese era el punto en el que el reverendo Martin Luther King Jr., uno de los principales líderes del movimiento por los derechos civiles, se había parado frente a cientos de miles de personas para pronunciar el discurso más impactante de su lucha política y uno de los más emblemáticos de la historia de Estados Unidos, a cien años exactamente del discurso de Abraham Lincoln. En 1964, King recibiría el Premio Nobel de la Paz, con solo 35 años, por combatir las inequidades raciales mediante la acción no violenta, y en 1968 sería asesinado.

«Hace un siglo, un gran estadounidense, bajo cuya sombra simbólica nos situamos hoy, firmó la Proclamación de Emancipación», dijo King en 1963. «Este trascendental decreto llegó como un gran faro para millones de esclavos negros que habían sido quemados en las llamas de una injusticia vergonzosa. Llegó como un dichoso amanecer para acabar con la larga noche de su cautiverio. Pero cien años más tarde, el negro todavía no es libre. Cien años después, la vida del negro todavía está tristemente inmovilizada por los grilletes de la segregación y por las cadenas de la discriminación. Cien años después, el negro vive en una isla solitaria de pobreza en medio de un vasto océano de prosperidad material. Cien años después, el negro todavía está languideciendo en los rincones de la sociedad americana y encuentra en su propia tierra un exilio».

Y a pesar de que un año más tarde se implementó la Ley de Derechos Civiles, que prohíbe tanto la discriminación basada en raza, color de la piel, origen nacional, religión o sexo, como la segregación en espacios públicos, laborales y docentes, en 2018 el racismo continuaba manifestándose de distintas maneras a lo largo y ancho de Estados Unidos.

Radley Balko, reportero de The Washington Post especializado en justicia penal, guerra contra drogas y libertades civiles, explicó — en un texto de 2018 actualizado durante la ola actual de protestas por el asesinato del afroamericano George Floyd — que el racismo sistémico, con frecuencia, es erróneamente interpretado como una acusación de que toda persona en el sistema es racista, cuando en realidad significa casi lo opuesto: «significa que tenemos sistemas e instituciones que producen resultados racialmente dispares, independientemente de las intenciones de las personas que trabajan en ellos».

En dicho artículo, Balko compiló una extensa serie de estudios, reportes y materiales periodísticos que aportan evidencias contundentes sobre la existencia de un sesgo racial en el sistema de justicia penal norteamericano. Por ejemplo…

Un estudio de The New York Times de principios de junio de este año concluyó que, en Minneapolis, la ciudad en la que fue asesinado Floyd, la población negra representaba el 19 por ciento del total de habitantes y el nueve por ciento de sus oficiales de policía, pero al mismo tiempo se encontraba envuelta en el 58 por ciento de los incidentes de uso de fuerza policial.

Por su parte, la Academia Nacional de Ciencias reveló en agosto de 2019 que, entre 2013 y 2018, los hombres negros tenían 2.5 veces más probabilidades que los hombres blancos de morir a manos de la policía.

Otra investigación, publicada en Boston University Law Review (2018), encontró que la tasa de arrestos de personas negras por prostitución era casi cinco veces mayor que la de personas blancas, y que, por apuestas, la tasa era casi diez veces mayor.

Un reporte del proyecto Registro Nacional de Exoneraciones señaló que, pese a que los afroamericanos constituían apenas el 13 por ciento de la población de Estados Unidos, en el recuento de exoneraciones de personas inocentes condenadas por crímenes, desde 1989 hasta octubre de 2016, representaban el 47 por ciento de un total de mil 900 casos. Las personas negras inocentes tenían siete veces más posibilidades de ser condenadas que las blancas.

Y los datos siguen acumulándose para decir lo mismo: Estados Unidos es estructuralmente racista. Balko también compartió publicaciones que cuestionaban la existencia de dicho sesgo racial en el sistema de justicia penal, pero las que localizó eran mínimas frente a aquellas que demostraban lo contrario.

En 2019, justo en el 400 aniversario del inicio de la esclavitud en Estados Unidos, The New York Times lanzó el Proyecto 1619. Una iniciativa, concebida por la periodista afroamericana Nikole Hannah-Jones, que propone replantear la historia del país colocando en el centro de su narrativa las consecuencias de la esclavitud y las contribuciones de las poblaciones negras. Hannah-Jones, en el ensayo introductoriodel Proyecto 1619, por el cual obtuvo un Premio Pulitzer en 2020, sostiene que los estadounidenses blancos han tratado de resolver el «problema del negro» durante siglos y que han dedicado miles de páginas a ese esfuerzo, pero que los estadounidenses negros nunca han sido el problema, sino la solución.

«Es común, todavía, señalar las tasas de pobreza negra, nacimientos fuera del matrimonio, delincuencia y asistencia a la universidad, como si estas condiciones no fueran completamente predecibles en un país construido sobre un sistema de castas raciales. Pero no puedes ver crucialmente estas estadísticas mientras ignoras otra: que las personas negras fueron esclavizadas aquí por más tiempo del que hemos sido libres». Mientras la esclavitud se extendió por 250 años, agrega la autora, los estadounidenses negros solo han sido legalmente «libres» durante 50 años.

El punto de partida de su tesis es que sería históricamente inexacto reducir las contribuciones de las personas negras a la vasta riqueza material creada por su esclavitud. «Los americanos negros también han sido, y siguen siendo, fundadores de la idea de la libertad americana. Más que cualquier otro grupo, hemos cumplido, generación tras generación, un rol pasado por alto pero vital: somos nosotros quienes hemos sido los perfeccionadores de esta democracia».

En una entrevista con un colega de The New York Times, a raíz de una entrega gratuita de copias del Proyecto 1619 en Manhattan, la autora afirmó que Estados Unidos se había fundado sobre grandes y poderosos ideales pero que nadie tenía más derecho a esa nación y su bandera que las personas negras, porque eran quienes más habían luchado por volver realidad esos ideales. «Y debido a eso, yo digo que somos — tanto como los fundadores blancos a quienes reconocemos — los padres fundadores de este país».

Hay, en su ensayo, una idea que quizás condensa todo su discurso como ninguna otra: «Nadie aprecia más la libertad que aquellos que no la han tenido».

A finales de 2016, el Instituto Urbano — una organización estadounidense sin fines de lucro que se dedica a investigar los desafíos de distintas comunidades para auxiliar con datos el desarrollo de políticas y programas — concluyó, en un reporte titulado El color de la riqueza en la capital de la nación, que la discriminación y el racismo sistémicos han contribuido a crear una brecha de riqueza, y que los valores de las viviendas, que constituyen gran parte del patrimonio de los estadounidenses, son significativamente más bajos en las familias negras.

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Capitolio de los EEUU / Foto: Cortesía de la autora

De acuerdo con su indagación, entre 2013 y 2014, los hogares blancos en el área metropolitana de D.C. poseían un patrimonio neto 81 veces superior a los de los negros, que representan el 48 por ciento de la población de la ciudad. Mientras, los hogares blancos tenían un patrimonio neto de 284 mil dólares, el promedio de los hogares afroamericanos era apenas de tres mil 500 dólares.

«Las personas negras en D.C.», indica el reporte, «se han enfrentado a más de dos siglos de barreras construidas deliberadamente para la creación de riquezas, y algunas de las más grandes barreras fueron incorporadas por diseño en la ley. Sea porque fueron esclavizadas, excluidas del acceso a empleos en sectores lucrativos, impedidas de invertir en reparticiones de tierra, o porque vivieron en vecindarios que fueron objetivos de “renovaciones urbanas” o vieron sus opciones de vivienda reducidas por políticas federales de redlining (privación sistemática del acceso a servicio de mercados, bancos o centros de salud), las familias negras en el Distrito han tenido pocas oportunidades de construir riqueza».

Al Lincoln Memorial regresaría sola otro día, antes de que cayera la noche, para hacerme una foto con la inscripción que señalaba el punto donde King había estado parado mientras decía su discurso. Un discurso en defensa de los derechos de los afroamericanos desde el corazón del sistema.

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Inscripción que señala el lugar en que Martin Luther King pronunció su discurso «I have a dream» / Foto: Cortesía de la autora

***

Mi visita a Washington prosiguió por los museos smithsonianos. También fui a un par de bares, a la Casa Blanca, al Capitolio, al edificio Watergate, al distrito histórico de Washington Heights… Caminé mucho.

Vi ardillas y ratas en las calles. Ratas gordísimas. Incluso en los barrios más exclusivos.

Tomé el metro y monté buses. Los buses que iban o venían de barrios pobres eran buses de negros y latinos madrugadores que no usaban chaquetas, ni tacones, ni corbatas.

Una noche me vi en la urgencia de bajarme del metro, antes de llegar a mi estación, porque un joven perturbado, bajo el efecto de drogas o con necesidad de drogarse, entró dando patadas. Temí que tuviera una pistola y empezara a disparar.

Al Museo Nacional de Historia y Cultura Afroamericana, el último integrado al National Mall, el único en el país consagrado a documentar la vida, la historia y la cultura de los afroamericanos, no pude ir. Para acceder había que reservar por Internet con meses de antelación o probar suerte en las colas diarias — lo cual es imposible cuando tu prioridad no es pasear sino participar en un evento.

El museo fue inaugurado en septiembre de 2016 por el entonces presidente Barack Obama, y para diciembre de 2018 ya había recibido a casi cinco millones de personas. La idea de construir un recinto que honrara la historia de los afroamericanos se remontaba a 1915, cuando un grupo de veteranos negros del Ejército de la Unión abogó por levantar un memorial. Pero hizo falta casi un siglo de discusiones en el Congreso, también entre activistas y expertos, para que en 2003 se aprobara un sitio como el Museo Nacional de Historia y Cultura Afroamericana y en 2012 se emprendiera su construcción.

Su apertura fue todo un suceso. En cierto modo era una reivindicación de la memoria negra de la nación estadounidense, tras 400 años de opresión y resistencia.

La Galería Nacional de Retratos era otra de los sitios que se había vuelto muy popular en 2018, luego de que se develaran los retratos de Barack Obama y su esposa Michelle el 12 de febrero de ese año, el mismo día del nacimiento de Abraham Lincoln. Los primeros retratos de un presidente y una primera dama negros en la famosa galería, como reafirmaciones de que la presidencia de los Obama había sido verdad.

Kehinde Wiley y Amy Sherald fueron los artistas elegidos. Wiley lo pintó a él, y Sherald, a ella. Ambos son artistas afroamericanos y, con ese encargo, se convirtieron en los primeros artistas afroamericanos en realizar los retratos oficiales de un presidente o una primera dama para la Galería Nacional.

Las obras, nada convencionales, han dado mucho de qué hablar. Se imprimen en accesorios y prendas de vestir. Kim Sajet, directora de la instalación, en un ensayo para The Atlantic, dijo que ir a verlas ha devenido «una forma de peregrinación secular» que permite constatar no solo lo que ha sido «América» sino también de lo que podría ser.

De acuerdo con Sajet, las visitas se triplicaron inmediatamente después de ser expuestas ambas piezas.

Cuando vi el retrato de Barack Obama en la exhibición «America’s Presidents», lo que más me impactó fue el hecho de que, a diferencia de las imágenes de los 43 hombres blancos allí expuestas, contaba con un guardia permanente y con barreras, cámaras y sensores de movimiento. Recuerdo que cuando en octubre de 2018 pregunté a qué se debía tanta protección, el guardia me respondió que era para evitar que fuera tocado o dañado. El guardia, también, era un hombre negro.

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Retrato de Barack Obama en la exhibición «America’s Presidents»/Foto: Cortesía de la autora

Publicado originalmente en El Estornudo

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Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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