¿Cómo convertirse en un opositor político en Cuba?

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Boris González Arenas / Foto: El Estornudo

Por Abraham Jiménez Enoa

El sonido de una campanilla electrónica les indicó que ya estaban en la planta baja del edificio. Antes de que abriera la puerta del elevador, Boris González Arenas, 43 años, le acarició la cabeza a Ignacio, su hijo menor de 11 años. El padre cargaba un balón de fútbol con el que pretendían jugar en un parque cercano. Salieron y caminaron por el pasillo del lobby, saludaron a la recepcionista y cuando bajaron los primeros escalones que dan a la calle, dos hombres los detuvieron. «Te vas con nosotros», le ordenaron a Boris, que levantó la vista más allá de quienes los increpaban y divisó una patrulla de policía, con dos oficiales uniformados, apostada en la entrada de su residencia. «¿Qué sucede?», preguntó la recepcionista. «Son agentes de la Seguridad del Estado que vienen a secuestrarme», respondió Boris.

El partidillo de fútbol tendría que ser otro día. Para evitarle una escena desagradable a su hijo, Boris se volteó y regresó a casa. Dejó a Ignacio con su madre y su abuela, explicó con pinzas lo que había sucedido y volvió a bajar. Al salir del elevador notó que los agentes de la Seguridad del Estado conversaban amistosamente con la recepcionista. Segundos después los encaró, les dijo que no iba a salir por la entrada de su edificio como si fuera un delincuente. Los agentes se molestaron por semejante recriminación y le fueron encima a Boris, forcejearon ante los ojos de la recepcionista, que vio cómo lo esposaron y lo introdujeron en la patrulla.

Los dos agentes, en sendas motos, siguieron el trayecto de la patrulla. No se detuvieron hasta llegar a un descampado del Parque Lenin, un recinto natural recreativo en las afueras de La Habana. Allí los dos policías uniformados bajaron y entregaron a Boris a los agentes de la Seguridad del Estado, quienes le hicieron caminar unos metros para alejarse de la patrulla y quedarse en solitario con él. Le quitaron las esposas y comenzaron a provocarlo. «¿Cuál es el problema, a ver, dime, cuál es el problema?», le dijo uno de los agentes, como si aquel fuera el inicio de un duelo a golpes. Boris mantuvo la calma y dejó sus manos detrás para evitar una confrontación, aunque ya estaba en ella. «Yo no tengo ningún problema, no voy a hacer nada, pero si tú quieres darme, hazlo», respondió Boris con ecuanimidad, evadiendo la carnada que, en caso de morderla, lo llevaría a una pelea y al montaje de una acusación por desacato a la autoridad o cualquier otro supuesto delito que lo incriminase. «No le doy a hombres que echan las manos atrás, porque esos son como mujeres para mí», ripostó el agente. Terminando la frase, se acercó a Boris y le pegó con la palma de su mano en el pecho. «No me toques el pecho y dame», gritó Boris, a lo que el agente respondió con otras dos palmadas. «No me humilles y dame, dame», volvió a gritar, antes de que le volviesen a colocar las esposas en las muñecas y lo devolvieran a la patrulla.

En ese momento, en su casa, su esposa Juliette le preguntaba a su hijo los detalles de lo que había visto en la entrada del edificio. Ignacio comenzó a contarle lo que recordaba, pero cuando repitió la palabra «secuestro», que había dicho su padre, no pudo contener el llanto.

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«Crecí en una familia comunista y revolucionaria. En Cuba se da por sentado que tienes que ser comunista, revolucionario y procastrista. Aquí la historia dice que lo único bueno es el castrismo. Así me crié hasta los 20 años, incluso llegué a defender a la Revolución y a Fidel Castro. Después hubo un giro bastante intenso en mi vida, porque desde niño siempre fui muy politizado. Nunca tuve intenciones intelectuales ni artísticas, pero políticas sí. El cambio tuvo que ver con la madurez de mi criterio político. Comencé a percatarme de pequeños detalles. En la televisión decían que la reforma agraria resolvió el problema campesino y en todo el país no había ni yuca, ni malanga, ni nada que comer. Algo está mal, me decía bajito en casa.

»La muerte de Orlando Zapata Tamayo fue lo que me convirtió en opositor público. Domésticos en Cuba hay millones de opositores, públicos es el gran problema, porque hay pérdidas reales cuando te conviertes en un opositor visible que enfrenta el castrismo. Me enteré de la muerte de Zapata por un amigo. En ese momento en el país no había Internet, uno se enteraba de las cosas de boca en boca. Recuerdo leer por esos días uno de los artículos más vergonzosos que alguien puede escribir, de la autoría de esa vergüenza humana que es Enrique Ubieta. El artículo se titula ¿Para quién la muerte es útil?, donde se dice que Zapata era un criminal.

»A Zapata se le golpeaba de una manera bestial en la prisión, tanto los policías como los presos mandados por la Seguridad del Estado, se le echaba agua con manguera, él entró a la cárcel por dos años y cuando muere, después de una huelga de hambre de 86 días, tenía 25 años de condena por salir a la calle con un letrero que decía: «Vivan los derechos humanos». El Ubieta de ahora es Raúl Capote. En ese contexto de la muerte de Zapata escribí mi primer artículo. Lo hice en Octavo Cerco y fue sobre Guillermo Fariñas, que había entrado en huelga de hambre por Zapata. En esos días fantaseé con la oposición, porque entre Fariñas y las Damas de Blancopusieron contra las cuerdas al régimen, que llegó a prometer la liberación de los 75 opositores y periodistas independientes que habían sido encerrados en la Primavera Negra de 2003. Al final, el gobierno cumplió a medias su palabra porque no liberó, sino desterró a todos los que quisieron salir. Fue de la cárcel para el extranjero, con sus familiares, y hoy no los dejan regresar. Hubo 11 de los 75 que dijeron que no se iban de Cuba y a esos los dejaron un tiempo más en prisión. Luego, le dieron licencias extrapenales que no significa la libertad plena y es por eso que en realidad aún siguen cumpliendo sus condenas».

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La entrada a la adolescencia de Boris González Arenas coincidió con el derrumbe del campo socialista de Europa del Este y su consecuente impacto en Cuba: a inicios de la década de los noventa, el Producto Interno Bruto (PIB) de la isla llegó a contraerse hasta un 36 por ciento al dejar de recibir importaciones desde la URSS.

Cuando Virginia, su hija mayor de 14 años, o Ignacio, le preguntan a Boris cómo era la vida en esos años, el padre se los describe con una sola imagen que hace a los dos niños reír a carcajadas: «Mi pre-universitario quedaba lejos de casa y tenía que ir obligatoriamente en ómnibus o en bicicleta, no tenía bicicleta y los ómnibus eran fantasmas, solo habían unos pocos que pasaban a la misma hora todos los días, entonces tenía que cazarlos. Me sentaba en la parada pendiente a verlos venir a la distancia. Cuando los divisaba a lo lejos, comenzaba a caminar hacia ellos. Si dos o tres cuadras antes de la parada el ómnibus no se detenía, inmediatamente retrocedía corriendo todo lo que había caminado y dos o tres cuadras más. Los choferes se burlaban de todos los estudiantes que corríamos al lado de los ómnibus. Éramos un ganado, un espectáculo lamentable».

Tras graduarse del pre-universitario, Boris no logró alcanzar ninguna carrera universitaria del curso regular: «Era un pésimo estudiante». No obstante, atrapó Historia a través de un curso a distancia. Ver desplomarse la idea de ingresar a la universidad en su curso regular lo hundió y lo hizo deprimirse tiempo después, cuando se le unió esa sensación de descalabro con una etapa difícil en su vida. Su padre emigró a Brasil y tuvo que quedarse a cargo de sus abuelos, siendo aún muy joven para esa responsabilidad.

De ese hueco en el que cayó, lo sacó el cine, que se convirtió en un refugio. Comenzó a ir regularmente a la Cinemateca para escapar de su depresión y relajar su cuerpo. Lo que comenzó como escapatoria terminó convirtiéndose en un placer. Encontró así algo que lo volvió a motivar, por lo que se presentó a las pruebas de aptitud de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (EICTV). Ahí coincidió que, graduándose de su curso a distancia de Historia, le otorgaron una plaza para estudiar cine de 2003 a 2005.

Después de aquellos años, Boris salió de San Antonio de los Baños para convertirse en profesor de Historia de la Filosofía en el Instituto Superior de Arte (ISA), un puesto que abandonó a los tres años. Cobraba solo 16 dólares mensuales. En esa etapa de su vida fue asistente de dirección de Carlos Quintela en el filme La piscina.

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«Ser profesor es una pasión para mí, por eso aproveché que se abrió una plaza en la cátedra de humanidades en EICTV y regresé allí como docente. Tenía un mejor salario que en el ISA. Poco después fundé Probidad Cuba y eso provocó que un día Rafael Rosal, el cineasta guatemalteco que era director de la escuela, me llamara. Ese hombre tuvo una decencia extraordinaria al alertarme que la Seguridad del Estado me estaba persiguiendo. Me dijo que lo estaban presionando para que me expulsara por escribir críticas al gobierno en mi blog, pero él les respondió que no tenía motivos para sacarme de allí, que como trabajador era ejemplar. Entonces me pidió que no publicara nada en mi blog desde la cuenta de Internet de la escuela, algo que yo no hacía. Tenía amigos fuera del país a quienes les mandaba los textos por mail para que me los publicaran. Dos o tres semanas después de esa conversación, Rosal me volvió a llamar y me enseñó impreso un papel donde estaban registradas entradas que supuestamente había hecho a mi blog en esos días. Pensó que había faltado a mi palabra. Fui a ver a la responsable de Informática y ella desde el servidor verificó que en ese mismo instante yo, que estaba a su lado, tenía abierto el blog. Reinstalaron el sistema operativo de mi computadora y desapareció el problema: alguien había configurado mi computadora para que una vez se prendiera, se conectara automáticamente al blog. No obstante, a Rosal lo expulsaron después de aquello. Tuvo que regresar a Guatemala donde estaba amenazado de muerte. Antes de que se fuera, intenté verlo para agradecerle su gesto, pero me dijo por teléfono que era mejor que no nos viésemos en ese momento. En su lugar colocaron a Jerónimo Labrada, quien construyó mi expulsión».

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En una semana, la vida le cambió por completo a Boris González Arenas. Inesperadamente, el 17 de diciembre de 2014, Raúl Castro y Barack Obama declararon el restablecimiento de las relaciones bilaterales entre Estados Unidos y Cuba, un anuncio que sacudió al mundo. De esta forma, las dos naciones, después de décadas de Guerra Fría, decidieron darse la mano para intentar construir un futuro que borrara el pasado colmado de rencillas políticas. Días después de la sobrecogedora noticia, la artista Tania Bruguera decidió realizar su performance El susurro de Tatlin en la Plaza de la Revolución, una obra en la que se le concede al público la posibilidad de ejercer su libertad de expresión durante un minuto ante un micrófono abierto.

El día escogido por Tania Bruguera para el performance fue el 30 de diciembre a las tres de la tarde, y Boris decidió acudir en compañía del artista Luis Trápaga. Cuando ambos amigos tomaron un taxi para acercarse al lugar, ya hacía varias horas que a Bruguera la Seguridad del Estado la había secuestrado para evitar que se produjera la obra. El taxi los dejó en el Teatro Nacional, justo donde se encontraba apostado todo el puesto de mando de la policía y los agentes de la Seguridad del Estado, que minutos más tarde encarcelarían a gran parte de los asistentes al performance. Cruzaron la avenida Paseo y estuvieron un rato parados bajo el sol junto a varios corresponsales de la prensa extranjera acreditada en la isla. Sin rastro de Bruguera, poco a poco, todos comenzaron a abandonar el lugar. Boris y Trápaga caminaron varios metros e intentaron tomar otro taxi de vuelta a casa, pero una jauría de agentes los detuvo. Fueron conducidos a un pequeño Van que solo tenía una rendija por donde entraba el aire. Los dos amigos no fueron las únicas víctimas de la redada policial. Esa tarde la Seguridad del Estado detuvo un total de 13 opositores y los encerró en el Centro Penitenciario VIVAC.

Boris probó así por primera vez el ácido sabor de un calabozo. En los años siguientes entraría una quincena de veces más, pero el recuerdo de la primera ocasión le quedó para siempre: «Es muy desagradable e injurioso, para uno que se sabe que no es un delincuente, verse en esa escena». Al llegar al VIVAC, los dejaron en el Van dos horas bajo el sol. Luego, los bajaron uno a uno. Los desnudaron, los cacharon y los interrogaron durante horas. Estaría cinco días tras las rejas. Sus hijos pasaron su primer fin de año sin su padre.

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«La gente que no ha estado presa dice: «Ah, eso no es nada, estuvo solo unas horas, un día, dos». Pero lo cierto es que cuando estás ahí ya no sabes cuál va a ser tu suerte. Esa vez, fueron sacando a la gente en grupos y a mí me tocó en el último. Piensas lo peor cuando ves la celda cada vez más vacía y ahí estás tú todavía. De esos cinco días, el que más recuerdo es el 31 de diciembre. Teníamos hora, porque a Claudio Fuentes no le habían quitado su reloj. Llegó el año nuevo y empezamos a gritar por las persianas: «¡Abajo Fidel! ¡Abajo Raúl! ¡Viva la Libertad! ¡Hermanos, todos serán libres cuando haya democracia en este país!» Terminamos afónicos después de todo aquello, pero con una gran alegría. Cuando me liberaron, lo primero que hice fue llamar a Juliette. Ella salió de casa y nos encontramos en el camino como hacíamos al principio de nuestra relación. Ese fin de año había sido tristísimo para nuestra familia. Nos abrazamos, nos besamos, lloró. Llegué a casa y a Ignacio no le dije nada de lo que había pasado, era muy pequeño aún. A Virginia le dije que papi estaba impartiendo un taller y por eso no pude salir esos días de la escuela de cine. Sobre toda aquella odisea, que ocurrió en una semana, publiqué El susurro de Stalin. Pero el vendaval no acabó ahí: llegué a la escuela y finalmente me expulsaron. Mi último día como profesor fue una jornada normal, nunca sospeché que mientras trabajaba, sesionaba a mis espaldas una reunión donde 11 profesores y Jerónimo Labrada, el director, decidían mi expulsión. A la hora de la salida, me llamaron de un aula. Llegué, abrí la puerta y ahí estaban todos. Ninguno de los presentes se atrevió a hablar, solo Jerónimo lo hizo para decretar mi expulsión del centro por atacar a los líderes de la Revolución. Pregunté si había sido unánime la decisión y Labrada respondió que sí. Guardo inmenso dolor de ese día, muchos de los que ahí estaban eran amigos míos. La deslealtad es dolorosa. Salí de ese lugar y recogí mis cosas. Solo una persona se me acercó a preocuparse por mí. Era una persona con la que no tenía ni siquiera una relación especial. La vida es de pinga. No hay nada garantizado: ni yo voy a ser bueno mañana, ni el que te jodió ayer va a ser malo. La vida de aquí al segundo siguiente no tiene ninguna garantía. No creo que la gente tenga que vivir esto. Hay quienes sobrevaloran los traumas y las dificultades. La gente no tiene que vivir traumas ni dificultades, pero, sin dudas, los traumas y dificultades revelan espacios interiores que son muy particulares. Mi padre me decía, citando a un filósofo humanista: «Los grandes traumas crean las grandes neurosis y las grandes mentalidades». Días después de mi expulsión, alguien en la escuela imprimió una nota que salió en Variety con los detalles del atropello que habían cometido conmigo y la pegó en un mural público».

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El 11 de mayo de 2019, Boris González Arena fue una de los cientos de personas que acudieron al Parque Central de La Habana para marchar pacíficamente exigiendo los derechos de la comunidad LGBTI en Cuba. La manifestación terminó reprimida a golpes por la policía y la Seguridad del Estado. Hubo varios detenidos. Boris fue uno de ellos: su rostro quedó grabado cuando gritaba libertad. La instantánea, ya histórica, representa la lucha contemporánea de los cubanos por sus derechos.

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— Para justificar la represión, el principal argumento del régimen es que los activistas, los opositores políticos y los periodistas independientes son mercenarios pagados por el gobierno de Estados Unidos. ¿Cómo enfrentas esa acusación?

— Por supuesto que yo no soy un mercenario, claro que la mayoría de las personas que yo conozco que se oponen al castrismo tampoco lo son. Recibir dinero de la National Endowment for Democracy (NED) para proyectos en Cuba no es ser mercenario. Ni la NED ni ninguna otra organización hacen mercenarios. Esos dineros están dirigidos a países con dictaduras, con tiranías, países donde hay problemas de libertad de expresión, tienen el fin de apoyar proyectos de esas sociedades civiles. Es una trampa caer en esa discusión porque la soberanía del pensamiento no admite visiones polares y muchas veces esas personas que son apoyadas con financiamiento externo, son personas que han sido expulsadas de sus trabajos. Esas personas se quedan en la calle, botadas, con hijos, con familias, sin dinero.

— ¿Periodista u opositor?

— Soy un opositor político, contrarrevolucionario y anticomunista. He devenido periodista por el valor que tiene. El periodismo ha sido una vía de denuncia importante dentro de mi militancia política. El periodismo ha sido una vía de exaltación de personas que a mí me parecen meritorias e intento que esas vidas no pasen sin ser contadas. Por ejemplo, ahora se muere un opositor que nadie le ha prestado atención y se muere una historia. Muchos opositores son muy pobres y de bajo nivel y para que esa vida quede registrada y los episodios tomen significado, hay que prestarles atención. Porque ellos mismos no saben lo que significan sus propios eventos. Te pueden tratar con la misma relevancia el día que tuvieron por primera vez un teléfono que el día que los metieron en prisión.

— ¿En qué estado está la oposición al régimen hoy?

— La formación de partidos políticos está a la zaga, porque el objetivo de los partidos es llegar al poder. Entonces la oposición se ha desarrollado en otros ambientes. No se encuentra hoy organizada por una simple razón: la población no participa de la oposición. Exceptuando a José Daniel Ferrer, a José Díaz Silva y a Berta Soler, no hay líderes. Líder es quien logre reunir a cientos de personas y que esas personas lo sigan. Trump es un líder, Obama es un líder, AMLO es un líder, sin dudas Miguel Díaz-Canel no es líder, Raúl Castro no es líder, Fidel Castro fue líder. Mientras, lo único que impide que la oposición se siente con el poder a conversar, es que sigue habiendo un Estado dispuesto a reprimir con el mayor horror y como consecuencia sigue habiendo una población sometida. El sistema totalitario solo se mantiene por la disposición a la violación de los derechos elementales y el temor de la población. Es tanta la represión que existe, que solo nos queda tiempo para denunciar. Todas las semanas son dos, tres, cuatro detenidos y tenemos más de 100 presos políticos. La gente dice que la oposición no tiene ideas. No jodas, ven y aporta a los siete gatos que somos. Hay que observar lo que pasa con uno en el transcurso de un año, lo que pasa fisiológicamente. ¿Tú crees que uno se despide de sus hijos igual cuando sabe que puede no regresar, que juega igual con ellos? Nada es igual ya. Te lo pueden quitar todo, pueden venir y llevarse mi biblioteca entera con tres generaciones de libros. Lo único que no me pueden quitar es mi familia.

— ¿Y no tienes miedo?

— Sí. Miedo de terminar en prisión, de que registren la casa, de que me quiten mis cosas. Miedo por la familia. La vida cambia cuando tienes miedo de que tus hijos sufran algún tipo de represión. Esto que yo les hice a mis padres no quiero que me lo hagan mis hijos. Y estos hijos de puta saben que soy muy familiar. Por eso amenazan a mi esposa, a mi suegra, con citaciones oficiales. Las mismas personas que me acusan a mí de mercenario, citan a la madre de mi esposa y me amenazan de muerte para causarle dolor, porque si la matan de un infarto, no les importa. Entonces discutir si uno es mercenario o no, no tiene validez, porque la acusación la hacen esas personas. Puedo ubicarme en el rencor hacia el enemigo, porque puedo ver a una aplanadora que les pase por encima y no sentir absolutamente nada. Que el castrismo a mí no me quiera, puedo entenderlo. Pero no me pasa por la cabeza tocar al hijo, al hermano, a la madre, al amigo de Julio César Gandarilla, ministro del Interior. No los toco ni con el pétalo de una flor. Si pasas por encima de eso, si tocas a la familia de tu enemigo, usted es un delincuente. Eso solo lo hacen los criminales bajos y eso son los que hay en Cuba en el poder.

— ¿Cómo has hecho para educar a tus hijos y para mantener a la familia unida?

— La educación de mis hijos es un reto. He jugado la carta de no crearles conflictos con la escuela. Me llevo muy bien con sus maestros. Están ideológicamente condicionados y lo que dan en las clases es horroroso, pero no me meto en eso. No quiero que mi hijo sea el que en la escuela se queje de Fidel Castro, no me interesa en lo más mínimo. Con Juliette llevo 20 años de relación. Tenerla a ella y a mis dos hijos es un golpe también al régimen comunista. Porque destruir la familia a ellos les es esencial. Poder exhibir una familia unida es un bien para mí. No fui opositor toda la vida y mi esposa ha ido asimilando todo esto. Sería fantástico si pudiera estar en su cabeza y conocer su experiencia. Cómo ella vive las citaciones, mis prisiones, etc. Hace unas semanas la citaron y estuvieron 40 minutos hablándole de mí.

— ¿Los cambios que necesita el país cuánto más tardarán?

— Soy un optimista natural, pero esto no da pie al optimismo, pues existe una clase política que es un pacto entre criminales. Por otro lado hay una dinámica bien engrasada y eso es lo que más me entristece. Porque hay un país fuerte, con salida, lo demostró el desarrollo que alcanzó el cuentapropismo con la mínima apertura a la propiedad privada que se produjo. Lo que llaman empresa estatal socialista tiene que desaparecer. Que haya comercio privado hoy en el país, con todo lo que lo han frenado, demuestra que ese es el camino.

***

A trompicones, Boris González Arenas se vistió con agitación. Sabía que en unos segundos tocarían a la puerta. El recepcionista de turno lo había llamado por teléfono para avisarle que tres agentes de la Seguridad del Estado iban elevador arriba en dirección a su apartamento. Por puro azar, se colocó la misma camisa que llevaba en la marcha del 11 de mayo y un pantalón que tenía cerca. Saliendo del cuarto sintió dos toques secos en la puerta y se colocó su teléfono móvil en uno de los bolsillos traseros del pantalón. Abrió y se topó con tres oficiales vestidos de civil.

Le pidieron que los acompañara. Boris les exigió una orden de detención que no tenían. En ese instante, los agentes se le acercaron demasiado y, previendo lo que luego ocurriría, Boris retrocedió dos pasos hacían dentro de su casa. Los agentes habían venido por él: no les quedó de otra que violar su domicilio y, en presencia de su esposa y su suegra, lo tomaron por el cuello para ponerles las esposas. Rozando la asfixia, Boris sintió cómo América, su suegra de 68 años, gritaba: «Boris, Boris, Boris, no le hagan eso, él no ha hecho nada». Forcejando con los agentes, logró introducir una de sus manos atadas en el bolsillo trasero del pantalón y tomó el teléfono para entregárselo a su esposa, pero la maniobra fue interceptada por uno de los tres agentes. Por la fuerza lo sacaron del hogar y lo montaron en el elevador. Antes de descender, volvió a escuchar otro grito débil y desgañitado de América, quien se quedaba sin voz.

De su casa a la patrulla, Boris intentó ponerles el trayecto difícil a los secuestradores. Se resistió a caminar y, cuando lo hizo, le puso traspiés a quien lo conducía. Lo llevaron a la estación de la policía de Zapata y C en el Vedado, y de ahí a otra estación en el municipio San Miguel del Padrón. El 6 de febrero de 2020, Boris fue uno de los primeros cubanos a quien se le aplicó el arbitrario Decreto-Ley 370, bajo el cual le fue decomisado su teléfono móvil y le fue impuesta una multa de tres mil pesos cubanos por «difundir, a través de las redes públicas de transmisión de datos, información contraria al interés social, la moral, las buenas costumbres y la integridad de las personas».

«Si aprendes bien derecho», dice Boris, «verás que la dictadura cubana está muy bien reglamentada en las leyes. Esto tiene que terminar porque esto es dolor puro y la gente para evitar el dolor entonces baja la cabeza. Es un régimen que gobierna por el dolor».

— ¿Dentro de todo ese dolor aún hay espacio para la felicidad?

— Tengo un texto que nunca he publicado. Se titula El día de la reconciliación y es una fantasía sobre una fecha histórica que se celebra en Cuba por el fin de la dictadura. Es una semana de fiesta, sin muertos, donde la gente sale a la calle con gladiolos y se abrazan y lloran, sin que nadie le recrimine nada a otro. No hay nada que decirle a Susely Morfa. Si tenemos democracia, todo el mundo tiene que tener garantías. Para curar este país hay que ver más el día siguiente que el ayer. Los asesinos es otra cosa. Pero para mí la felicidad es eso: la gente abrazándose por el fin de la dictadura y la reconstrucción de la nación.

Publicado originalmente en El Estornudo

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Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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