César Mora: la valentía de los justos

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Rolando Prats (izq.) y César Mora. Toulouse, Francia, 7 de octubre de 2019. Foto: Eszter Magos. Cortesía del entrevistado.

Por Melissa C. Novo

César Mora salió de Cuba a sus 27 años, el 23 de octubre de 1994, luego de padecer los extremos del ímpetu y el rencor, del miedo y la valentía. Vivió en un hospital psiquiátrico. Pero antes lo habían expulsado de Moscú, lo habían vigilado — en su casa, también a sus amigos — y lo habían ido a buscar para incorporarlo al Ejército Juvenil del Trabajo.

Una noche, César me dijo que se le desgarraba el alma, y pensé en esta serie de entrevistas como no lo había hecho antes. Me sobrecogí y me abrumé. Aunque siguiera apostando por la importancia de hacer visibles historias así, y con ellas denunciar los actos — para mí feroces — cometidos y sepultados por el mismo gobierno cubano, había vileza, de alguna forma, en esa praxis mía de pedirle a gente como César que reviviera y hablara sobre su experiencia en la isla, o sobre lo que antes le había ocurrido en la URSS.

En mi noche de Guadalajara y su madrugada de Barcelona, imaginé a César sobre un escritorio, ubicado cerca del balcón que no sé si tiene su casa. Una luz breve le servía de augurio, el reflejo de la oscuridad, el tormento del recuerdo, y el olor del té de cúrcuma — «que mancha las manos de amarillo» — , jengibre, pimienta negra y limón.

***

Las tesis de Tercera Opción buscaban la promoción de alternativas políticas para Cuba. Alternativas que iban en contra de la sociedad socialista dictatorial y que se oponían al pensamiento único de la economía de mercado, el pluripartidismo o el alineamiento con los Estados Unidos.

Así lo explicitaban: «Tercera Opción significa rechazar, por igual, tanto la opción de quienes conciben el socialismo sólo bajo la forma de la dictadura de una llamada vanguardia sobre el resto de la sociedad como [la] de quienes quieran imponerle nuevas formas de dependencia; significa democratizar de la forma más plena la sociedad cubana, elevar sus niveles de desarrollo económico sin comprometer lo alcanzado en materia de justicia social, poner fin a las restricciones y violaciones institucionales a [sic] los derechos humanos, abrir cauce al libre desenvolvimiento del arte y la cultura»[1].

El documento comenzaba con una exposición sobre la situación cubana del momento. Se describía allí que la crisis socio-económica no debía atribuirse por completo al derrumbe de la URSS o al embargo de los EE.UU. Era un problema también interno que apuntaba a la obsolescencia del régimen político. Criticaban, así, tanto el monopolio estatal sobre la distribución y la producción, como la pérdida de credibilidad del sistema de poder y su discurso ideológico. El texto se compone, además, de un programa mínimo que recoge sus proposiciones. Allí se insistía en la necesaria democratización de la sociedad cubana, lo cual implicaría la socialización de los medios y recursos que lo hicieran posible. Abogaban por la creación de condiciones políticas y jurídicas que propiciaran un verdadero diálogo nacional, lo cual derivaría en el respeto a la autonomía e independencia de las organizaciones sociales. Defendían la permanencia de los niveles alcanzados por el país en materia de bienestar social, y de igual manera reconocían a la comunidad cubana en el exterior como parte inseparable de la nación y la cultura nacional.

A modo de resumen, Tercera Opción era «una corriente de opinión de tendencia socialista democrática, un proyecto de izquierdas, nacionalista en tanto antiimperialista y opuesto a todo intento de hipotecar la independencia del país y sin un ápice de mala conciencia histórica en relación con la Revolución Cubana, que no identificamos necesariamente ni con su liderazgo histórico ni con ningún intento de monopolizar, política e ideológicamente, la esencial legitimidad de un proceso que abrió el país a la posibilidad de realizar verdaderas transformaciones que lo saquen del atraso, la ignorancia y la dependencia»[2].

Aun así, radica en la idea anterior uno de los puntos que pueden explicar la aversión del Gobierno, no solo por Tercera Opción, sino por todo aquel que, individualmente o como parte de un grupo, cuestione uno de los pilares fundamentales que desde 1959 se dedicó a construir el Estado: la imbricación irrevocable — junto a la petición de fidelidad — entre los líderes históricos de la Revolución, la Revolución misma, la patria, el socialismo, la nación y Cuba. Todo intento transformador que condenara o disputara alguno de esos pilares — se expresara o no a través de criterios racionales, éticos y justos, desde una posición socialista o de izquierdas — era catalogado de contrarrevolucionario.

En física, una implosión se conoce como «hundimiento y rotura hacia dentro de las paredes de un recipiente cuya presión es inferior a la del exterior». Algo muy similar sucedió con Rolando Prats, Omar Pérez y César Mora; con Tercera Opción.

***

De niño vivió en Isla de Pinos, en el Congo y en Nigeria. Hoy permanece alejado de todo acto público, de toda aparición en la revuelta corriente y la crispada plaza intelectual cubana, del vínculo con un pasado que no hace sino recordarle el castigo. Cultiva su verdad, convencido de que «el alma perdura cuando su cuerpo es caos» y que «en la tierra no hay una sola cosa que sea mortal y que no proyecte su sombra».

¿Cómo llega César a estudiar en Moscú y cómo acontece, poco tiempo después, su retorno forzoso desde la URSS?

Cursé el bachillerato en una de las escuelas militares Camilo Cienfuegos de La Habana. Al finalizar el último curso, un pequeño grupo de alumnos fue reclutado por la Inteligencia Militar. Yo era uno de ellos y estuve entre los seleccionados para estudiar en el Instituto Estatal de Relaciones Internacionales de Moscú.

La perestroika de Gorbachov encaraba entonces su segundo año. En nuestro Instituto se vivían con particular intensidad y emoción todas las expectativas, debates y revelaciones que sacudían al inmenso y taciturno país de los soviets. Éramos «hijos de la revolución», criaturas adiestradas desde la cuna para vivir en una dictadura y hasta para morir por ella. Y, de repente, nos dimos de bruces con la libertad y las perturbadoras revelaciones que propiciaba. Nos sobrecogió la purulencia que, tras tanto tiempo contenida, comenzaba a aflorar, el conocimiento de las incontables matanzas para nada casuales que habían acompañado a aquel señuelo de redención al que pensábamos entregar nuestras vidas. Todavía quedaban supervivientes para contar en primera persona cómo había acontecido todo. Recuerdo el relato estremecedor y la luz tenue que, en la penumbra del anfiteatro del Instituto, permitía divisar el rostro de la viuda de Nikolay Bujarin, su voz apagada contándonos cómo se habían llevado a su marido, su juventud perdida, los años pasados en el gulag.

A poco tiempo de comenzar el segundo curso, el entonces jefe de la Inteligencia Militar de Cuba pasó por Moscú y quiso reunirse en la embajada con sus cadetes. Me valí de la ocasión para pedir mi baja. El coronel no se lo esperaba, profirió casi colérico unas confusas palabras según las cuales la Revolución era «cosa de hombres». Con mi «honor» mancillado, pero aligerado del peso de esa servidumbre, se me conminó a abandonar la habitación.

Los sucesos que propiciaron la represalia política y policial contra estudiantes cubanos, en la ya agonizante Unión Soviética, se produjeron entre diciembre de 1989 y los primeros días del siguiente mes de enero.

En contra de la voluntad de la Embajada de Cuba, que presentó a su propio candidato, mis compañeros me habían elegido representante de nuestro pequeño colectivo de estudiantes cubanos. En calidad de tal fui convocado a una reunión en la Embajada. Creo recordar que sucedió un nueve de diciembre de 1989. Se pretendía que los allí presentes firmáramos una carta de adhesión al discurso con el que Fidel Castro hizo pública su ruptura con la política de democratización de Gorbachov. Me opuse y me negué a que mi firma figurara en aquel documento. Esa negativa decidió mi suerte y la de algunos de mis compañeros.

A los dos días de aquella reunión, citaron a nuestro colectivo con la intención de que fuesen mis propios compañeros de estudios quienes se encargaran, motu proprio, de condenarme y exigir mi expulsión a Cuba. Pero las cosas transcurrieron de modo distinto a como habían previsto y derivaron en improvisado motín.

No era yo el único estudiante sobre quién habían dejado de tener efecto los gastados ensalmos y conjuros castristas de la opresión, sus coartadas, el siniestro trascendentalismo de la muerte.

Tres de mis condiscípulos y amigos, sus nombres han de quedar consignados como si el mío propio fuera, a saber: Ernesto Hernández Caballero, Jorge Francisco Sigler y José Ramón del Río, se rebelaron contra ese acto inquisitorial y, de paso, expusieron su desafección por el régimen que lo propiciaba. A nosotros se unieron Rodolfo de Athaydes y su novia Yamira, a punto de graduarse de filosofía en la Universidad Lomonósov. Lo que habían concebido como un acto de escarmiento hacia un único estudiante díscolo terminó en airada revuelta. Éramos seis para compartir el mismo destino.

Hubo más, pues nuestros compañeros se opusieron a que fuésemos objeto de represalia alguna. Quizá haya sido esta la primera protesta en muchísimo tiempo de un grupo de estudiantes cubanos contra la dictadura castrista. Éramos tan pocos que más es nada. Apenas un breve conato sobre el que pronto caería el olvido, como lo hacía la nieve incesante en aquella fría tarde de diciembre tras las ventanas.

No iban estos sicarios a conformarse con ese momentáneo revés. En mi memoria, a la manera de una pesadilla kafkiana, es como si al regresar al Instituto aquella misma noche ya nos estuviesen esperando allí. Esa vez, para comunicarnos, sin preámbulos ni derecho de réplica alguno, que se nos expulsaba de nuestras carreras y se nos imponía el regreso forzado a Cuba. Sentí por primera vez lo que esa isla tiene de jaula. Entre mis compañeros hubo ira y lágrimas calladas. Vi llorar desconsoladamente a un entonces amigo que devendría luego esbirro de la dictadura. Mi último recuerdo de esa noche es el de Cristina, la novia húngara de José Ramón, corriendo tras los autos en que se alejaban aquellos siniestros funcionarios, insultándoles a gritos desaforados antes de caer, desvanecida, en la explanada cubierta de una sucia nieve.

Tal era nuestra situación en Moscú, cuando en la madrugada del diecinueve al veinte de diciembre de 1989, el ejército de los Estados Unidos invadió Panamá para deponer y apresar al general Manuel Antonio Noriega, que tenía al gobierno de Castro como a su principal aliado. Quiso la ocasión que mi padre fuera embajador de Cuba en ese país. A su casa, en las horas y días siguientes, acudieron a refugiarse decenas de personas, entre ellas la esposa e hijas del depuesto general. Los marines norteamericanos cercaron la vivienda y tomaron sus aledaños. A los residentes de aquel barrio se les conminó a abandonar sus casas ante la inminencia de operaciones de combate que sólo podían tener como objetivo la atestada ratonera en que se había convertido la residencia oficial de mi padre. La orden desde Cuba, sobrecoge recordarlo, era la de responder con las armas disponibles a cualquier intento que hiciesen los marines de traspasar los muros que rodeaban la casa. En tal caso habrían terminado todos inmolados, hombres, mujeres y niños. Esa incierta perspectiva acompasó la vida de quienes allí quedaron atrapados durante días y semanas.

En Moscú, el operativo que la Seguridad del Estado planeaba contra nosotros adquirió en ese momento un cariz expeditivo y urgente. Tenían que atajar cuanto antes los imprevistos cabos sueltos que pudieran deslucir el relato heroico en ciernes, adoptando, de paso, todas las precauciones para que mi padre no supiera nada del atropello que acometían contra su hijo los mismos que a esa hora le empujaban casi al umbral de la muerte. A quienes quieran aprender algo de los principios de la moral revolucionaria, les ofrezco esta íntima — y ya casi olvidada — historia para su oportuna instrucción.

Entretanto, yo había declarado una inútil huelga de hambre. Llevaba algunos días en ese trance cuando Jorge Jesús, un amigo y condiscípulo, vino a alertarnos de que le habían pedido su colaboración para la operación con la que pensaban secuestrarnos. Nos ocultamos a toda prisa en habitaciones de estudiantes de otros países. Yo me refugié en la de mi querida amiga nicaragüense Ximena.

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De izquierda a derecha: César Mora, Ximena y Ernesto Hernández Caballero. Moscú, 1989. Cortesía del entrevistado.

A esas alturas ya nuestra única opción era la de desertar y ponernos a buen resguardo de los agentes de la dictadura castrista. Pero me faltó valor para dar ese paso en las circunstancias en que se encontraba mi padre. Todavía, Dios se apiade de mi alma, me consideraba yo revolucionario. Supe del vértigo al que se ve abocado todo disidente que se detiene, como si fuese un tabú sagrado, ante el fundamento moral del proyecto totalitario del que ya es sólo una víctima más. ¿Cuántos no habrán vuelto sus pasos antes de cruzar el umbral de su definitiva libertad, sobrecogidos por el súbito temor a una apostasía que les parecía más intolerable que cualquier destino que pudieran reservarle sus perseguidores? ¿Cuántos, desde los campos cátaros hasta las mazmorras de la Lubyanka, no habrán sucumbido bendiciendo la misma fe en cuyo nombre se les sometía a tormento? ¿Qué inmenso rédito no habrá proporcionado al opresor esa conciencia escindida y dubitativa de quienes osan enfrentársele? De ese extraño y terrible síndrome también yo fui cautivo. En algún momento, que ahora recuerdo como entre brumas, le confié a Ximena mi decisión de entregarme.

Athaydes, que permanecía oculto en el apartamento del tutor de su tesis, no quiso que yo regresara a Cuba solo. Quedamos en encontrarnos directamente en el aeropuerto de Sheremetevo, donde nos aguardaban los policías de Castro. Al llegar resultó que él había confundido su pasaporte con el de su novia Yamira. Partió para Moscú con la intención de reparar el error y volver a tiempo para el vuelo. Dos de los policías fueron tras él y lo secuestraron. Yamira consiguió escapar, pero a Ernesto lo cazaron ese mismo día o al siguiente. A él y a Athaydes los recluyeron en viviendas separadas y bajo estricta vigilancia. Unos días después viajarían custodiados de regreso a Cuba.

Aquella noche tomé un extraño vuelo con destino a México, en que los únicos pasajeros cubanos éramos el policía encargado de mi custodia y yo. Unas filas desiertas nos separaban del resto de pasajeros. El avión hizo una escala en La Habana durante la cual descendimos sólo nosotros dos. Una vez allí, agentes de la Seguridad del Estado me sometieron a un primer interrogatorio del que apenas recuerdo nada. El pianista Jorge Luis Prats esperó, pacientemente, a que aquella primera sesión concluyese para llevarme a mi casa.

Pasarían años antes de reencontrarme con José Ramón del Río una noche en Barcelona. De Yamira, que alcanzó a esconderse y huir a Austria, y de Jorge Francisco Sigler, apenas he vuelto a saber. Conmueve pensar en personas que tienen el valor, a tantos negado, de enfrentarse a la injusticia para después seguir con sus vidas como si no hubiesen hecho nada extraordinario. Así los justos, que sin saberlo salvan al mundo.

Me habría gustado poder haber hecho entonces lo que ellos. Haber corrido hasta donde no me alcanzaran ni sicarios ni duda alguna, casarme con la primera mujer que cruzara mi camino e intentar ser feliz. Es lo que cualquier persona normal, psíquicamente sana y en sus cabales habría hecho en tales circunstancias. No fue el caso y no me faltarían ocasiones de lamentarlo.

Con frecuencia he tenido que escuchar de nosotros, los de Moscú, PAIDEIA, Tercera Opción y otros que se me escapan, que éramos hijos de la Revolución. ¿Qué duda cabe? Pero ese cuestionable honor sólo debería concitar el horror y la compasión que cualquier persona piadosa pueda sentir a la vista de una deformidad o de un desdichado destino. Colgarnos esos lustrosos harapos sólo sirvió para despertar el apetito del Saturno que nos había engendrado y que desesperaba por tenernos por sacrílego festín.

¿Pudo reincorporarse a la vida social o pública cubana? ¿Pudo continuar sus estudios? ¿Qué le esperaba a César en Cuba?

No. Durante los primeros meses después de regresar a Cuba Athaydes y yo lo intentamos, aunque siempre tuvimos la intuición de que todas aquellas reuniones que se nos concedían obedecían sólo al propósito del régimen para ver si nos habíamos arrepentido — vana esperanza — o para recabar la información que precisaban para conocer el estado de opinión — que tanto les preocupaba — de los miles de estudiantes cubanos en la Unión Soviética. Ernesto, con razón, ni siquiera quiso involucrarse. Sabía que no serviría de nada y que la salida más viable, en su caso, era la de casarse con su novia húngara y abandonar Cuba cuanto antes. En algún momento, pocos meses después de su partida, también yo lo intentaría, pero al abordar el avión me interpelaron agentes de la Seguridad del Estado para comunicarme que la autorización que ellos me habían concedido, sólo dos días antes, ya no era válida y que no podía salir de la isla-jaula. Así jugaban los gatos con el ratón.

Un día de finales de enero de aquel año, Athaydes y yo decidimos escribirle una carta directamente a Fidel Castro. No recuerdo, felizmente, su contenido y así prescindo del inevitable sonrojo y la vergüenza. Para nuestra sorpresa nos citaron a una reunión con Carlos Rafael Rodríguez en su despacho. Hasta el final de la reunión no supe si tal deferencia se debía a mi padre, aún en Panamá creyendo que su hijo seguía estudiando en Moscú, o al hecho de que mis abuelos hubiesen sido camaradas suyos en el PSP [Partido Socialista Popular], el antiguo partido comunista cubano. El caso fue que, durante al menos seis horas, Athaydes y yo expusimos todas nuestras ideas con la misma vehemencia de cuando nos encontrábamos en Moscú, mientras Carlos, amable, afectuoso, no dejaba de hacernos preguntas. La tarde ya caía y a punto estábamos de despedirnos cuando nos comunicó que toda la conversación había sido grabada a petición del propio Fidel Castro. La charla acabó en ese momento. Íbamos a despedirnos cuando insistió en acompañarnos hasta el ascensor, ya fuera de su despacho y las grabadoras. Llegó el ascensor, fui a estrecharle la mano, entonces me dio un abrazo inesperado y susurró casi al oído con una vehemencia que aún hoy me sobrecoge: «Tienen que ser fuertes César, muy fuertes». En ese instante supe que estábamos condenados.

Al cabo de un tiempo, días o semanas, no recuerdo, recibiría la resolución del Ministro de Educación Superior que certificaba mi expulsión por actividades contrarrevolucionarias de cualquier centro universitario en Cuba.

El caso nuestro se cerró con un episodio no menos dramático. Mi amigo Carlos Galvizu, tal vez la persona más noble e inteligente — en cualquier sentido que se le quiera dar al término — que yo conozca, decidió escribir una carta de protesta por lo que nos había acontecido en Moscú. Trabajaba como investigador en el CEADEN, el Centro de Estudios Aplicados a la Energía Nuclear, que dirigía el hijo mayor del dictador. La respuesta fue inmediata. Lo expulsaron del trabajo por su solidaridad con los contrarrevolucionarios por los que, ya entonces, se nos tenía sin ambigüedad ninguna. A dos, sólo a dos, de sus compañeros de trabajo, Raúl Comas y Nicolás Valero, les pareció que esa expulsión era del todo injusta, entonces a ellos también los expulsaron.

Carlos Galvizu y Raúl Comas contribuirían a fundar Tercera Opción; fueron dos de los siete presentes en la noche en que se fundó, en el apartamento de Ernesto Hernández Busto en 27 y N.

A su llegada a Cuba ya había sobrevenido el ascenso y declive de PAIDEIA. ¿Cómo conoció lo sucedido? ¿Cómo llegó a convertirse en actor protagónico de Tercera Opción?

Jorge Ferrer propició los primeros encuentros con algunos de los protagonistas de PAIDEIA. Fue en casa de Marlene y Jorge donde una noche de febrero o marzo del noventa conocí a Ernesto [Hernández Busto] y a Cayo [Rolando Prats]. Aquella misma noche nos planteamos una acción más directamente política. Cayo insistió en que yo debía conocer a Omar [Pérez]. A los pocos días nos vimos los tres en el vestíbulo de la Biblioteca Nacional y crear Tercera Opción, aunque aún no se llamase así, fue desde ese momento el principal motivo de nuestros encuentros.

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César Mora (izq.) y Omar Pérez. La Habana, 2019. Cortesía del entrevistado.

Creo que la posibilidad de una contestación política a la dictadura ya estaba en PAIDEIA y hay que concederle el crédito de la perspicacia a los funcionarios que se aplicaron en desactivar el proyecto, sin esperar a que éste consolidara como movimiento contestatario con la fuerza que le concedía el número, pero, sobre todo, la valía artística e intelectual de sus integrantes

Aun así, en su carácter de tentativa, PAIDEIA había dejado un poso de optimismo entre quienes fundaron Tercera Opción y por ello Cayo, Omar y Ernesto se afanaron algún tiempo en hablar con casi todos los que habían figurado en PAIDEIA para que se sumaran al nuevo proyecto en gestación. Fue imposible. Todo quedó un poco como en aquella noche primera, con Jorge y Marlene ofreciéndonos su hogar de refugio a los cuatro o cinco que decidimos transitar — siquiera brevemente — por el camino de una abierta oposición política a la dictadura.

Lo digo sin ánimo de reproche. Había buenas razones para no comprometerse con un proyecto político cuya viabilidad o eficacia no podía sobrepasar la de una protesta simbólica, aunque moralmente significativa, contra la dictadura. De esto, por muy descalabrado que haya acabado, uno nunca se arrepiente y hasta respira mejor. Pero insisto, no era la única opción válida. Y nuestras horas amargas lo habrían sido muchísimo más sin esa red de complicidades y afectos que PAIDEIA propició.

Para la década de los noventa ya existían casos de intelectuales, y de escritores en específico, que habían intentado — si bien no oponerse — al menos participar críticamente en un espacio público que les permitiese un diálogo sin mediaciones con el poder, y todos habían sido silenciados. ¿Qué sentimientos o creencias los movieron a pensar que el intento de «promover una nueva alternativa política y de reflexión sobre la situación política y social de Cuba» podía llegar a términos satisfactorios?

Nunca hubo esperanza ni tampoco intención de diálogo con un gobierno al que ya sin ambages calificábamos de dictatorial. Tercera Opción denunciaba directamente que la Revolución había derivado en dictadura y que la única alternativa posible era la democracia sin partido único y con elecciones y prensa libres. Nos definíamos como socialistas o socialdemócratas, pero como una opción que asumía que su propuesta no sería la única. Pronto, además, comprendimos que en aquella andadura nuestros únicos compañeros serían quienes, por consideración de los derechos humanos o de cualquier otra razón, ya estaban en la oposición. A la Seguridad del Estado no le importaban para nada las sutilezas doctrinarias. Todos caíamos en el mismo saco. Nuestro programa socioeconómico planteaba un sistema de propiedad mixto, pero en cuanto a la definición del sistema político castrista y a su alternativa no hubo ambigüedad alguna. Un diálogo con el poder como el que en su momento planteó PAIDEIA concedía aún, siquiera tácitamente, una legitimidad al régimen que nosotros directamente ya le negábamos. No es un cambio semántico baladí pasar a llamar dictadura a la dictadura. Hacerlo te coloca ante otra responsabilidad moral y Tercera Opción fue nuestro intento, todo lo frágil que se quiera, de asumir tal responsabilidad.

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César Mora. Cadaqués, España, 2 de octubre de 2018. Foto: Rolando Prats. Cortesía del entrevistado.

¿Por qué piensa que envolvía a la práctica de Tercera Opción una cierta petulancia? ¿Por qué cree que no se enfrentaron con suficiente claridad al problema que usted ha descrito así «[…] los que luchan por la democracia no lo hacen sin las preceptivas referencias al viejo tótem. “La patria es de todos” repiten una y otra vez en una letanía que busca más aplacar a la terrible deidad que liberarnos de una vez por toda de su pernicioso influjo para la convivencia»?

Es una afirmación que surge de la soledad a la que nos vimos arrojados, esa indiferencia o abulia, por darle algún nombre, que ya se ha convertido en casi una segunda naturaleza, como las palmas y el mar, de un número crítico de cubanos. El favor entusiasta que se le concedió a la dictadura en su advenimiento, y durante tantos años, no mutó a la hora de la decepción en una solidaridad con aquellos que se le han opuesto y arriesgado sus vidas en ese empeño moral. Ese desistimiento colectivo es el último servicio que los cubanos prestan a la dictadura y, en ese contexto, cualquier pretensión de hacer política es casi un acto de petulancia. Esa es una de las paradojas de oponerse a la dictadura castrista. Que al hacerlo uno se ve obligado a hablar en nombre de aquellos que, en su inmensa mayoría, la propiciaron. Se finge la existencia de un sujeto político que hace mucho tiempo se suicidó con su activa complicidad y su participación entusiasta en cada una de las fases del advenimiento del régimen totalitario, incluido el sistema de vigilancia, control y delación de cualquier infeliz desafecto u opositor activo. Sólo entregándose a la ficción o a la ignorancia se puede hablar de un pueblo virtuoso que, sin saber bien cómo, un buen día se despertó siendo víctima y sujeto pasivo de un régimen dictatorial y que aguarda desde entonces a ser liberado. Las mentiras piadosas no dan para tanto.

La patria es el tótem en cuyo altar sacrificaron los cubanos sus mejores posibilidades, caso de que existieran. Es inconcebible que tras la apoteosis integrista de la patria — que convirtió a tantos cubanos en «gusanos» — , tras tantas desgracias e iniquidades en su nombre, esa entelequia y coartada de incontables crímenes y divisiones aún pueda tener significado político alguno.

La patria en Cuba siempre fue un concepto político divisivo, entre buenos y malos cubanos. ¿O es que no hubo en el siglo XIX cubanos, nacidos en la isla de Cuba, que se sintieran también españoles, que preferían otro modo de convivencia, otra identidad y otra relación con España que la que se les quiso imponer a machetazos? ¿Y lo que comenzó a machetazos por qué no habría de acabar finalmente en paredones?

La patria en Cuba, desde Martí, al que no por gusto se conoce como el Apóstol, ha adolecido de la confusión de dos ámbitos que debieron permanecer separados: el de la redención y el de la política. Y es en esa confusión donde la violencia a la que he aludido y ha asolado la historia de Cuba encuentra su justificación y función. Inasible, reservorio de todas las frustraciones y poso de todas las esperanzas, los cubanos no dejaron de esperar el día mesiánico en que tal entelequia vendría a ser realidad. Y para su desgracia ese deseo se les cumplió en enero de 1959.

La noción providencial de la patria, la agonística concepción del sacrificio hasta la inmolación personal, la apelación a una «guerra necesaria» que la hiciera posible, la confrontación con los Estados Unidos cual inevitable sino insular, el rechazo a la herencia europea como mera imposición colonial, tan bien sintetizado en la brutal frase, que ningún rapto lírico justifica, de que nuestra Grecia (¡la de los incas, los aztecas y sus interminables rituales de antropofagia!) era preferible a la Grecia Antigua, todo eso a lo que tanto partido ha sacado la dictadura está, sin duda alguna, en Martí. No es sólo la dictadura la que a veces se queda sin excusa posible.

«Con todos, y para el bien de todos». ¿También de aquellos que no querían una patria desgajada de España a machetazos? Nunca lo sabremos. La intervención norteamericana decidió la guerra y un sistema democrático, que, con sus corruptelas, dictaduras recurrentes y desigualdades, permitió esos decenios de increíble pujanza en los que se fraguó el perfil de lo cubano, en los que cualquier cosa, hasta la propia Revolución, pareció posible. Y que hoy, en comparación, parece una edad de oro hasta en términos de libertades cívicas. La corrupción del Ministro Alemán y la contestación de Chibás, las torturas y crímenes de un Ventura y una Bohemia que con espectacularidad gráfica los denunciaba, la Constitución del 40.

La hosca noción de patria permanecía agazapada, ensimismada en su trascendentalismo, acumulando agravios, recelosa de tanta fiesta y gozo en lo pedestre, como si aquella Cuba fuese sólo un simulacro corrupto de otra Cuba, la aún por venir, la verdadera, la que habían soñado sus próceres. La noción de patria ha sido hasta anticubana, ha terminado devorando, en su exaltación, a la Cuba real y a sus ya imposibles virtualidades. Pregúntesele al respecto a todos los cubanos que se tuvieron que marchar con su Cuba a cuestas, su música, su religión católica y su idiosincrasia, a otra parte.

La Revolución la hicieron cubanos, y fueron inmensa mayoría, convencidos de que acudían al llamado de la patria. Martianos y patriotas todos, se entregaron como en un acto extático y purificador a ese exorcismo llamado Revolución, vergonzosos de lo que habían sido hasta hacía nada, felices de volver a nacer para y en la patria, de morir y matar por ella. Ahora se insiste en lo malvado que era el brujo oficiante de la ceremonia. ¿Hemos de condenar al brujo, pero absolver al ídolo?

Después de todo lo que ha sucedido en Cuba, la única noción decente de patria sería una que, de tan inclusiva, la hiciera totalmente innecesaria. Sin patria, pero sin amo.

¿Qué sucesos en concreto vivió, una vez dado a conocer Tercera Opción, que conllevaran afirmar que se trataba de un acto de «suicidio político»? ¿Cómo vivió el distanciamiento de los otros, el repudio, la soledad «aleccionadora del disidente», el temor y la angustia de que vinieran directamente por usted?

En la segunda parte de la pregunta está en cierta medida la respuesta al primer cuestionamiento. Diríase que todo fue desierto y arena, que el ágora era solo piedra y que predicábamos entre sombras. Así a la espera, un día sí y otro también, del manotazo que nos derribara por atrevernos a perturbar aquel mundo de espectros y sombras.

Hasta ahí la nada y la soledad.

Pero uno recuerda la extrañeza y la felicidad de los momentos en que, súbitamente, volvía a sentirse como querido y admitido entre los humanos, esos pocos escenarios en los que al entrar, como en el interior de un círculo mágico, acontecía el milagro de la humanidad que por doquier se nos negaba: el hogar, siempre y dondequiera que estuviesen, de Jorge y Marlene, la casa de los Martínez Finlay, la oficina de Idalia, la azotea de Reina, los frijoles y la inesperada ternura en la mesa de Lilia Rosa.

¿Hacia qué trasmutó la patria cuando dejó de serlo? César, que se consideraba un patriota y un revolucionario, ¿en qué se convirtió tras la presión del Estado y el sofocamiento de Tercera Opción?

De la patria ya he hablado, quizá más de lo que me habría gustado.

De mí, no sé de qué sirva definición alguna. Supongo que, entre otras cosas o ninguna, soy un cubano apátrida, alguien que no le da mayor importancia a su querencia por los frijoles negros, o al impenitente hábito del choteo que comparte con cubanos y gaditanos. Que no extrae ninguna conclusión trascendental de esos hechos y al que conmueven, con no menos intensidad que la suya propia, otras tierras en las que, hasta el exilio, ni siquiera imaginó frecuentar. Pero creo que, felizmente, esa es una experiencia común a muchos emigrados y exiliados de la patria.

¿Cómo recuerda los momentos en que desde Juventud Rebelde se publicó el artículo de descrédito moral a los gestores de Tercera Opción?

De ese artículo, que redactó el señor Bruno Rodríguez, desde hace tiempo canciller de la dictadura, recuerdo sobre todo la caricatura que lo ilustraba. Un agente de la CIA que conducía a un burro acomodado en un carrito de supermercado con un libro bajo el brazo y un cintillo en la frente (¿o era en el libro donde aparecía escrito?) que decía Tercera Opción.

Me sucede una cosa a ese respecto que, como con tantas otras, tiene su razón de ser en la experiencia traumática de aquellos años. Y es que no puedo ni siquiera ver los dibujos animados de Elpidio Valdés sin sentirme identificado con esos personajes malévolamente caricaturizados que representan al traidor a la patria que, a cambio de un saquito de monedas doradas, colabora con el enemigo español. No puedo evitar decirme que de algún modo esos personajes infamantes también me representan, que el mismo dibujante que los creaba bien podía haber sido el que hizo la caricatura de nosotros para Obediente Senectud, como Cabrera Infante llamaba al libelo en cuestión, sin cambiar mucho el trazo. Creo que en alguna respuesta de esta entrevista he dado fe y razón de tal empatía. En mí ya resulta incurable.

Usted fue reclutado en las filas del Servicio Militar como castigo a su participación protagónica en Tercera Opción, ¿De qué manera se lo comunicaron? ¿Le dijeron que tenía que ver explícitamente con dicha participación?

Una mañana mi abuela me despertó toda agitada y convulsa porque en Radio Reloj leían un editorial del Granma que hacía una atronadora referencia a Tercera Opción. Al mediodía, mientras ella colocaba los platos para el almuerzo, sonó el teléfono. Respondí. Era una llamada del Comité Militar, una voz me informaba que en una hora debía presentarme en el hospital Fajardo para una revisión médica y que al día siguiente sería enviado a una unidad militar. Desde hacía meses Omar, Cayo y yo sabíamos que con cada amanecer podría llegar nuestro último día en libertad. Era algo asumido y a esa perspectiva nos habíamos resignado. Pero en ese instante intuí que esto sería mucho peor. No habría nunca juicio, ni siquiera condena, pero estaríamos encerrados tanto tiempo como ellos quisieran, sometidos a trabajos forzados, amenazados por la aplicación de las leyes militares para casos de traición si se nos ocurría siquiera denunciar nuestra situación. Y todo, al menos en apariencias, absolutamente legal, sin margen casi para reclamación o denuncia alguna. No había terminado esa brevísima y expeditiva comunicación y ya yo había tomado la decisión de que nunca me llevarían vivo. Colgué. Le dije a mi sufrida abuela que retirara el plato que me correspondía, iniciaba una huelga de hambre.

Aun así, fui hasta el Fajardo. Me esperaba el jefe de servicios médicos del Comité Militar, un Mayor de pelo entrecano. Pasé por las distintas consultas para que me hicieran los exámenes preceptivos, pero al llegar a la de psiquiatría resultó que la doctora, recién graduada entonces, era una antigua amiga desde los tiempos de la enseñanza secundaria. Fue ella la que inquirió, con toda intención, si alguna vez había asistido a alguna consulta con un psiquiatra. Recordé que hacía meses había visitado al doctor Valdés Mier por unas urticarias que no parecían tener razón alérgica o gástrica alguna. Lo mencioné y entonces sentenció que era a él a quien correspondía dar la autorización que le demandaban. Valdés Mier nunca concedió esa autorización, hizo valer su autoridad facultativa y me acogió bajo su protección en la sala de psiquiatría de la sexta planta del Hospital Ameijeiras en los meses más críticos de mi desvalido, pero obstinado pulso con la Seguridad del Estado y las FAR [Fuerzas Armadas Revolucionarias]. A él, más que a nadie, debo mi sobrevida. Entretanto, hubo también dos huelgas de hambre, un intento de suicidio y un encierro de semanas en una sala de psiquiatría militar donde los médicos, militares todos, terminaron por rebelarse contra la represión de las que se les quería hacer cómplices.

Aquel mediodía en el hospital Fajardo, el oficial de las Fuerzas Armadas que me cortejaba me preguntó en cierto momento si quería fumar un cigarrillo. Salimos del hospital y dos o tres caladas después, sin siquiera mirarme, me espetó: «No sé qué tú has hecho, pero si puedes evitar que te recluten hazlo, no sabes lo que te espera».

Hubo una decisión desesperada e irrevocable de mi parte en aquel envite, pero fue sobre todo la solidaridad inesperada de personas como Valdés Mier la que desbarató, contra todo pronóstico, el plan de represión concebido contra nosotros. Aunque Omar hubiera de pasar más de un año de reclusión y trabajos forzados, y en mí se puedan apreciar, de tanto en tanto, las secuelas del desquiciado envite que hace ya tantos años les planteé.

Un día, cuando ya todo parecía perdido, al salir de casa de los Martínez Finlay, a la altura de Línea y L, me topé con un oficial al que habían implicado forzosamente en la represión en contra nuestra. Lo habían ascendido, según me dijo, gracias a mí. Pensaba que yo estaría en un cañaveral de Ciego de Ávila, destino que al parecer me estaba reservado. Le conté que desde hacía meses cada semana me llamaban, solía suceder los martes, para decirme que al día siguiente irían a por mí y de mi invariable respuesta: que sólo muerto me podrían llevar. Entonces me preguntó qué haría yo si él me pasaba los documentos sobre mi «caso» a los que tenía acceso. A pesar de lo desesperada de mi situación, le contesté que esa no era una buena idea dada su condición de militar y los riesgos tremendos a los que se exponía. Me respondió tajantemente que no era asunto mío. Al día siguiente acudí a su encuentro y durante dos horas tuve en mis manos y pude fotocopiar documentos que probaban la represión que habían tratado de ocultar, también la presión que habían ejercido sobre algunos médicos para que prestaran su ominoso concurso a la misma.

Los meses que pasé en la sala de psiquiatría del doctor Valdés Mier serían los imprescindibles para alejar las sospechas sobre esa inesperada fuente. El acuerdo, a través de terceros, fue que Omar volvería definitivamente a casa desde la unidad militar en Pinar del Río donde le habían confinado y que yo podría abandonar aquella sala de ventanas enrejadas (para que los locos no se tiren, decía con cierta sorna Valdés Mier) que me servía de refugio desde hacía tiempo. A cambio, los documentos en cuestión no se harían públicos. Así terminó aquella pesadilla. Hubo muchos momentos en que pensé que no sobreviviría.

Víctor Fowler cuenta, en «Limones partidos», que una crisis nerviosa impidió que usted cumpliera con el Servicio Militar. ¿Podríamos caracterizar así lo ocurrido? ¿Hubo después alguna otra estratagema para que cumpliera el «castigo»?

Al responder a la pregunta anterior creo haber respondido también a esta, pero hay algo que no quisiera pasar por alto, a pesar del punto de pudor que me retiene. De no hacerlo le estaría haciendo un regalo a mis perseguidores de entonces y un flaco favor a otros cubanos

Yo no soy un héroe, no tengo madera de ello y lo agradezco. Tuve no una, sino varias o muchas «crisis nerviosas». La última, que recuerde, en el vuelo, en el que no paré de llorar, que me llevaría a España en octubre de 1994. ¿En qué estado, si no, va a querer uno intentar suicidarse? ¿Cómo puede alguien imaginar la indecible tensión a la que estuvimos sometidos sin esos momentos en los que a uno sólo le quedaban las lágrimas y el sentimiento más absoluto de abandono?

Y quiero revindicar la fragilidad a la que a veces asiste, o compensa, el valor moral de quienes se enfrentan a una dictadura como la cubana.

Entre las causas de las infinitas desgracias que asolan a ese país, no la menor ha sido la vinculación inextricable del culto a la patria con el paroxismo de una virilidad desaforada y granítica. Fue así como tantos cubanos se entregaron a la patria y a Castro como si no cupiera distinción alguna entre ambos. Una Patria y un Hombre, por fin todo en uno.

Las UMAP [Unidades Militares de Apoyo a la Producción] no fueron ninguna casualidad o azar caprichoso. La política que se propuso castigar y excluir de la patria a quienes se veían como seres insuficientemente viriles para pertenecer a ella gozó de la complacencia o la condescendencia de una mayoría de cubanos.

Entre los estigmas a endilgar a cualquiera que se le opusiese a Castro, estaba el de su insuficiente virilidad por comparación con el ideal que el propio dictador representaba para sus acólitos. Cualquier muestra humana de fragilidad era como una mácula que te descalificaba ante «el pueblo», su pueblo.

La presión a la que uno era sometido buscaba esa quiebra, ese efecto.

Claro que he llorado, con desconsuelo y muchas veces. Por supuesto que mis «crisis nerviosas» fueron más de las que alcanzo hoy a recordar.

Pero nos enfrentamos a la dictadura cuando todos los que lo hacíamos podíamos sentarnos alrededor de una mesa en la que aún quedaban sillas vacías.

Y no exagero.

¿Cómo sale César definitivamente del país?

No se me permitió abandonar Cuba hasta la improvisada revuelta de agosto de 1994 que, al parecer, cambió las cosas a ese respecto, y puede que por aquello de «soltar lastre». Mi intención era viajar a Moscú y cursar las asignaturas que me faltaban para licenciarme en Relaciones Internacionales. Allá me esperaban mi querido Ernesto y otros amigos. El avión hizo una escala en Madrid, tuve una conversación con Jorge Ferrer, que llevaba unos meses viviendo en Barcelona, y decidí no continuar el viaje y solicitar asilo político en España. Desde entonces es aquí donde vivo, cualquiera que sea el significado de esto último.

Notas:

[1] Prats, R., Mora, C., & Crespo, J. (1992). Tercera Opción: Una alternativa democrática por la independencia económica, la soberanía política, la justicia social y los derechos del hombre. Cubista magazine. https://cutt.ly/ayvdLx5

[2] Tercera Opción. (2006). Declaración de Tercera Opción. Cubista magazine. https://cutt.ly/Ly2y1Kq

Publicado originalmente en El Estornudo

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Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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