Broselianda Hernández, animal salvaje del teatro

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Broselianda Hernández / Foto: Evelyn Sosa

Por Gabriel López Santana

Broselianda Hernández Boudet, actriz cubana de singular poder escénico en el teatro, la televisión y el cine, falleció este miércoles a los 56 años en la ciudad de Miami, su lugar de residencia desde 2015.

Aunque las causas de su muerte aún no han sido esclarecidas, el reporte de la Policía de Miami indicó la «ausencia de signos aparentes de violencia» en su cuerpo, rescatado del oleaje luego de que un ciudadano notificase la presencia de un cadáver en aguas de la playa de North Miami Beach en horas tempranas de la mañana.

Sus más recientes apariciones en el cine incluyen los largometrajes cubanos Fátima o el Parque de la fraternidad de Jorge Perugorríay El Acompañante de Pavel Giroud, ambos en 2015, así como un aclamado personaje en José Martí: el ojo del canario,de Fernando Pérez en 2010.

Al rostro de ángulos atractivos y fascinante mirada, le acompañó una capacidad de representación y una voz que atrajo a algunos de los creadores más importantes de su época, como Humberto Solás, José Antonio Rodríguez, el dramaturgo Carlos Díaz y el ya mencionado Pérez, quienes reclamaban por igual su presencia en exigentes roles del teatro clásico como en arriesgadas puestas de corte moderno.

Asimismo, la huella de una personalidad a la vez ardiente y arisca, sensible y compleja según sus allegados, le mantuvo en la preferencia de sus contemporáneos, la crítica y el gran público, a pesar de habituales períodos de inactividad en televisión y cine.

Tanto la comunidad artística cubana, como los numerosos seguidores con que contaba gracias a sus populares papeles y poderosas interpretaciones teatrales, expresaron su desconsuelo ante la trágica pérdida de Hernández.

«Fue una excelente actriz, un monstruo. Un animal de teatro impresionante», recordó desde Miami el cineasta Juan Carlos Cremata Malberti, cuya relación con Hernández se remonta a los inicios de ambos en el mundo del cine y las artes escénicas.

Su carrera artística, cortada bruscamente treinta y tres años después de su debut profesional, se caracterizó por la implicación total con los roles que interpretaba, sin importar la carga dramática o el calado sicológico que el libreto le ofreciese de antemano.

Esto fue especialmente cierto en su paso por la televisión cubana, donde se desdobló primero con una compleja Beatriz en la adaptación televisiva de Las Honradas de Miguel de Carrión, para luego consagrarse con una actuación más intensa y espontánea en la teleserie Cuando el agua regresa a la tierra (1993).

Tras un período de casi diez años en los que se dedicó más al teatro y el cine, regresó a la TV para la serie Doble Juego, de Rudy Mora, en el personaje de una madre joven azotada por dualidades que la consumen a lo largo del relato. Una espiral de sufrimientos y agobios, marcada por la relación rota con su hija adolescente y una vida en condiciones precarias, que terminó atrayendo la reverencia y atención del gran público en una obra pensada para resaltar los caracteres más jóvenes.

El personaje significó un cambio decisivo en la manera en que era percibida en su país, alejada ahora de aquellos roles cándidos y populares que ofrecía la televisión de la época, una transformación que marcaría el inicio de lo que fueron las siguientes dos décadas de su trabajo, hasta sus más recientes apariciones.

«Hace dos años, en abril del 2018 estando ella ya en Miami, la invité para el personaje protagónico de Dedé, la única superviviente de las hermanas Mirabal en Santo Domingo, en la obra En el Tiempo de las Mariposas, donde tuvo un arrollador éxito de crítica y público», dijo a El Estornudo Hugo Medrano, director del GALA Hispanic Theatre de Washington, donde Hernández incursionó por primera vez en el año 2000.

A la edad de 35 años y acompañada del también actor cubano Harold Ruiz, debutó en la compañía que dirige Medrano con el papel de Tisbea en el clásico de Tirso de Molina El Burlador de Sevilla y El Convidado de Piedra y luego representando a la Cuca de José Triana en La Noche de los Asesinos.

Sus intentos por volverla a llevar a la capital de Estados Unidos, cuenta Medrano, fallaron durante buena parte de las siguientes dos décadas, debido al gran éxito que su trabajo en el teatro, la televisión y el cine cubano le habían garantizado, hasta que hace dos años logró reclutarla otra vez.

«Esos fueron mis últimos e inolvidables días con ella, donde tuvimos la oportunidad de recordar nuestros días pasados en La Habana y en Washington, DC, discutiendo trabajos de amigos mutuos y riendo de sus innumerables chistes».

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Broselianda Hernández / Foto: Evelyn Sosa

Es esa también la imagen que queda de su persona tras conversar con amigos y compañeros del mundo de las artes escénicas, como Tony Alonso, actor de Teatro El Público y vecino suyo en La Habana. Según él, Hernández hubiese querido ser recordada «como un personaje alegre».

«Porque ella era un personaje la mayor parte del tiempo, aunque sé que para sus amigos y familia era mucho más. Solo pienso en ella y en sus consejos. Trato de entender aún».

Para una generación de actores y actrices jóvenes como Alonso, las actuaciones de Broselianda Hernández representan un ejemplo más palpable de lo aprendido a su paso por las diferentes academias, con incursiones que ilustran las innumerables posibilidades que el arte dramático ofrece mediante el desarrollo de un personaje o la relectura de una escena.

Tal es el caso de su conocido fragmento en la última película de Humberto Solás, Barrio Cuba (2005), donde le bastó una escena de pocos minutos y un personaje casi anónimo para desplegar todo su potencial artístico. Una interpretación por la cual también se le recuerda.

«Era una amante del teatro, una personalidad compleja, tremenda. Todo el mundo hablará de su alegría y su pasión», dijo Martha Luisa Hernández Cárdenas, teatróloga y poetisa también asociada a «El Público». «Recuerdo mucho su Escipión en Calígula, es de esos personajes que están muy ligados a ella. Creo que es una actriz que ha sabido explotar desde el acto performativo muchos textos, muchas obsesiones».

Ciertamente, su interpretación del texto de Carlos Díaz a partir de la obra de Albert Camus, ofrece una exploración del cuerpo del artista, a la vez que una revisión del mito antiguo, pistas de una mente curiosa que alimentó su arte con una vasta cultura. Sin que el libreto lo exigiese, Hernández llevó a cabo una serie de transformaciones corporales que acentuaran su visión y la de Díaz del personaje de Camus, como cortarse el pelo y dejar crecer las uñas de las manos.

«Manejar tales detalles fue muy rico, aunque nunca quise preguntarme a ciencia cierta si Escipión era hombre o mujer», dijo en 2002 al periodista Abel González Melo. «Más importante era averiguar qué había en mí de hombre y qué había en Escipión de mujer. Y estar a la altura de la poesía que ese personaje derrocha, el único, pienso, que se acerca en Calígula a una espiritualidad trascendente».

Sin embargo, no podría clasificársele como una actriz de métodos, ya que asumía sus roles atendiendo a las lecturas personales, intelectuales y emocionales que hiciese de cada uno. En José Martí: el ojo del canario, realizó una interpretación de Leonor Pérez basada en la presencia, según ella tangencial, de la vida del Apóstol en la de los cubanos. Sin lanzarse a juiciosas revisiones biográficas de la madre de Martí y buscando un enfoque a la vez diferente y familiar al de los poemas del héroe cubano, dio vida a uno de los roles más importantes de su carrera en el cine.

«Me parece que eso la engrandeció todavía muchísimo más. “Brose” era una actriz y una amiga muy pasional, una persona que pensaba mucho las cosas, pero que también se entregaba sin medida a hacer cualquier locura», dijo Cremata.

Entre proyectos de mayor factura y pequeñas incursiones, Hernández acumuló una amplia filmografía que comenzó en 1986 con el corto de ficción Castillos de arena, e incluye trabajos con otros importantes cineastas como Pastor Vega (Las Profecías de Amanda, 1999), Enrique Pineda Barnet (La Anunciación, 2009) o el propio Cremata (Nada, 1999).

Recibió, por su aparición en Barrio Cuba, una mención en el prestigioso Festival de Cine de Providence en 2006, así como los principales premios nacionales para actrices distribuidos por la UNEAC en televisión (1994) y teatro (1995 y 1999).

A pesar de su éxito en otros formatos, su preferencia por el teatro la alejó de las pantallas por períodos de diversa duración, al no encontrar en la televisión y el cine las posibilidades profesionales y los estímulos personales ofrecidos por las tablas.

«Es terrible lo que siento al salir a escena. Siempre pienso en mi hija, en mi madre. Después me sereno, no debe ser un estado de locura la salida al escenario. Salir a escena es, aunque parezca cosa ya dicha, constatar que estoy viva», aseguró en 2002.

Broselianda Hernández Boudet es la hija de la teatróloga, escritora y crítica cubana Rosa Iliana Boudet y el actor y poeta Rolen Hernández, quienes le sobreviven junto a su hija Sofía y su pareja Jorge Hernández. Nacida en 1964, su niñez y juventud transcurrieron en el barrio habanero de La Víbora, donde creció también bajo la influencia del dramaturgo, crítico, investigador y profesor Rine Leal, quien mantuviese durante años una relación sentimental con su madre.

El éxito de algunas de las obras de esta, así como el prestigio de su padre como miembro del conocido «Grupo de los 12», liderado por Vicente Revuelta, mantuvo despierto su interés por el teatro, al igual que por el resto de las artes.

Se graduó de actuación en 1987 por el Instituto Superior de Arte, con una puesta de El Decamerón del director Roberto Blanco. Poco después recibiría de manos de José Antonio Rodríguez en el grupo «Buscón» su primer papel importante, la Ofelia shakesperiana de Hamlet que marcaría su carrera en lo adelante.

«Ofelia me hizo entenderme como actriz, me mostró muchas cosas de mí misma, algunas que tal vez tenía calladas durante los estudios en la facultad», recordó en la conversación con González Melo.

Este personaje — una perturbada joven que termina muriendo ahogada — la conduciría además hacia su relación con El Público y Carlos Díaz, compañía que la calificó como su «eterna Primera Actriz» en un comunicado posterior a la noticia de su muerte.

Un informe de la televisora Local 10 News de Miami relata que Hernández abandonó su hogar «para comprar cigarrillos» en la noche del martes y ya no pudo ser localizada hasta el hallazgo del cuerpo al amanecer del día siguiente.

Como bien ha señalado la escritora cubana Wendy Guerra en sus redes sociales, los sucesos relacionados con esta muerte constituyen una escena de dura ironía, por tratarse de un adiós casi anónimo para «una gran actriz, artista con todas las letras, con un nombre y un apellido grabados con oro sobre las marquesinas de cines y teatros cubanos».

Su memoria, sin embargo, parece haberse fijado con más fuerza en la naturaleza feroz de las emociones que comunicaba a través de sus personajes. «Era uno de esos seres que salen a comerse el mundo y son animales salvajes», la definió Cremata. «”Brose” era un animal salvaje».

Publicado originalmente en El Estornudo

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Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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