Boda en Palermo
Los novios posan al pie de la pequeña escalera que lleva a Santa María dell’Ammiraglio, donde hace unos minutos se han dado mansamente el sí. Han prometido quererse y respetarse, y cuidar el uno del otro hasta que la muerte los separe, y creen sinceramente que nunca romperán su promesa. Otros, muchos, casi todos los demás matrimonios en la historia del mundo habrán roto sus votos, pero no ellos, ellos son distintos, ellos serán inmunes al hastío, a la decepción, a la tentación de poseer otros cuerpos. Detrás de los novios se colocan sus familiares y amigos, apretados en los escalones que llevan de Piazza Bellini, en el corazón de piedra antigua de Palermo, hasta la plataforma que comparten Santa María dell’Ammiraglio y las cúpulas rojas, de talante islámico, de San Cataldo. Un loco aparece en la plaza, aparta con amplios aspavientos a los turistas que se han detenido a mirar el espectáculo, abre espacio para el fotógrafo oficial, gruñe, regaña, quiere que las fotos salgan perfectas. «Te desafío a encontrar más de tres hombres menores de cuarenta que no lleven barba», le digo a Iris. «Este mismo», Iris exclama, apuntando al que tiene al lado, uno que parece un galán de Cinecittà, se da un aire a Alessandro Gassman veinte años atrás, en la época de sus desnudos para Yves Saint-Laurent. El fulano la mira, amoscado. Este no se cuenta, protesto, tiene barba de tres días. Al novio le dan un móvil, toma un selfi de toda la congregación. Parece tranquilo, como si esta no fuera su boda, sino la de un pariente al que no conoce bien. La novia lleva un vestido de escote arriesgadísimo, hasta la cintura, y una sonrisa igual de larga.
Es una boda de ricos, no se ha aparecido ningún primo pobre en jeans o camisa arremangada. No da la impresión de que estos novios hayan escatimado gastos. Una boda en Sicilia cuesta, como promedio, 20 mil euros, frecuentemente más, solo el vestido de la novia, en auténtico encaje siciliano, puede costar 10 mil euros. Todas las mujeres de esta boda llevan vestidos de mil euros, como si la invitación lo hubiera demandado. La congregación se dispersa por la plaza, despejan la escalera. Ya han comenzado a llegar los invitados a la boda siguiente, que empezará en un rato. En una de las entradas de la plaza, oculta por la Chiesa di Santa Caterina d’Alessandria, espera la próxima novia, acompañada por su padre y sus damas de compañía, en un descapotable blanco. Se le han escapado unas lágrimas, se arregla el maquillaje apresuradamente. Quizás sean nervios de última hora, quizás el novio ha tomado las de Villadiego. Los recién casados hacen recorridos por la plaza, de un grupo a otro, el de los invitados de ella, el de los invitados de él, que no se mezclan, hasta que el fotógrafo los arrastra a los dos por un corredor entre Santa Caterina y el Palazzo delle Aquille hasta la rotunda Fontana Pretoria, donde se tomarán más fotos para un álbum que será con seguridad muy grueso. Los novios se colocan en el ángulo perfecto, se abrazan, fingen amarse con un amor que ahora mismo, sin embargo, no tendrían que fingir, es real, aunque quién sabe, quizás esté roído por inconfesables terrores. «Siento a veces», escribió Salvatore Quasimodo, «y temo hasta que caigo en la angustia de mi soledad humana, que te desvanecerás tan súbitamente como apareciste una noche con fuego en tu pelo y en tu frente». Una turista se mete en la foto, la estropea. Tiene que ser una inglesa, una dama de Henry James, por el despiste, por lo despacio que se marcha cuando le gritan que se quite del medio. Los novios retoman la escena interrumpida, se miran con embeleso, el fotógrafo atrapa el momento. Tendrá que cortar la foto justo encima de la cabeza del novio, para que no salgan los genitales de la estatua de atrás. A la Fontana Pretoria, después de todo, la llaman «la de la Vergüenza», por sus estatuas de dioses olímpicos y otras figuras mitológicas, descaradamente desnudas.
Parece que todos los novios de Palermo hubieran querido casarse simultáneamente, en esta tarde alta de inicios de otoño, que parece todavía de verano. Hay una boda, concurridísima, en San Antonio, y otra en San Matteo al Cassaro, y otra en Santa Maria della Catena. Repican las campanas, en los Quattro Canti sueltan palomas que vuelan soberanamente sobre la Via Vittorio Emanuele, sobre el Museo Memorial «No a la Mafia», sobre los muros cubiertos de grafitis políticos, «Salvini Parassita», sobre Piazza Marina, sobre los fisiculturistas del Parco della Salute, enamorados de sí mismos. Italia tiene uno de los más bajos índices de matrimonios anuales en la Unión Europea, 3.2 por 1000 habitantes, de acuerdo con Eurostat. El índice de divorcios es de 1.6 por mil, por cada dos nuevos matrimonios, cada año hay uno que se disuelve. Pero Sicilia y Catania son las regiones del país donde más bodas hay todavía, casi cuatro por mil habitantes. La ciudad está cubierta de carteles anunciando a Raoul Bova (sí, ese mismo) y Rocío Muñoz Morales en «Love Letters» en el Teatro Al Massimo. «El amor es un carrusel de emociones que uno experimenta, y que se desvanecen súbitamente», explicó Muñoz Morales al diario La Sicilia, «un juego de espejos donde cada cual se reconoce a sí mismo». Bova y Muñoz Morales son marido y mujer y tienen una hija, Luna. Llevan seis años juntos, sin casarse. Hay rumores de que están a punto de separarse, y rumores enemigos, que dicen que están buscando una iglesia en Roma para celebrar una gran boda. Quizás estos dos que ahora se besan levemente en la Fontana Pretoria van a durar más que cualquier pareja de famosos. Él la mira como si pudiera ver todas las maravillas que ella tiene dentro. Ella siente que si él no la sujeta fuertemente, el viento se la podría llevar.
Publicado originalmente en El Estornudo.