Adiós a los dólares, bienvenida la risa

Foto: Pixabay

Por Mónica Baró

Es impresionante que, después del anuncio que realizó este 10 de junio el gobierno cubano a través de la Mesa Redonda, a los cubanos todavía nos queden energías para reírnos. Antes de que concluyera el programa televisivo ya en las redes sociales estaban circulando todo tipo de memes y chistes sobre la recogida de dólares estadounidenses (USD) en efectivo que se ha propuesto hacer el Banco Central de Cuba (BCC) antes del 21 de junio, es decir, en apenas 11 días. Yo, en Madrid, en medio del estupor y la incertidumbre, me dormí el pasado jueves a las tres de la mañana riéndome con las publicaciones de mis amigos en Facebook.

La medida, como tantas otras tomadas por el gobierno cubano, es tan absurda que lo más lógico parece ser la burla; más aún en Cuba, donde salir a protestar pacíficamente puede costar la cárcel. Hace menos de un mes, el 20 de mayo, la CADECA (Casas de Cambio) informaba que, «teniendo en cuenta la poca disponibilidad de divisas extranjeras», ocasionada por la pandemia y la reducción del turismo internacional, se veía obligada a adoptar la decisión «de suspender el servicio de recanje de moneda libremente convertible (MLC), en las oficinas ubicadas en los aeropuertos internacionales». Y ahora, de pronto, resulta que tienen demasiados dólares: una «cantidad desproporcionada de efectivo», dijo Carlos Fernández de Cossío, director general para Estados Unidos del Ministerio de Relaciones Exteriores.

Una vez más, como era de esperarse, la culpa es del embargo estadounidense. Según el comunicado del BCC, la decisión es «indispensable» y se debe a que «el sistema bancario cubano, en virtud de las limitaciones que impone el bloqueo económico, comercial y financiero de los Estados Unidos, ha visto restringidas desde hace más de un año, y hasta extremos inusitados, las posibilidades de depositar en bancos internacionales los billetes de dólares estadounidenses recaudados en el territorio nacional».

«El escenario se agrava, además, por el aumento de los montos en moneda estadounidense en efectivo que llegan al país como resultado de la prohibición establecida por el Gobierno de los Estados Unidos al flujo regular e institucional de las remesas», añade. Efectivo que, en gran medida, se mueve en el mercado negro y se cambia por pesos cubanos (CUP) hasta tres veces por encima de la tasa oficial (24 CUP por 1 USD) — pero esto no se menciona en el comunicado.

Indiscutiblemente, las sanciones implementadas durante la administración de Donald Trump aumentaron el impacto del embargo de Estados Unidos contra Cuba. A finales de noviembre de 2020, por ejemplo, la compañía Western Union tuvo que suspender sus operaciones en los 407 puntos de pago que tenía en la isla, luego de que su contraparte estatal, FINCIMEX (Financiera Cimex, S.A.), fuera incluida en la «Lista de entidades y subentidades restringidas en Cuba» por estar vinculada al controversial Grupo de Administración Empresarial S.A. (GAESA), adscrito al sistema empresarial de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y dirigido por el general de división Luis Alberto Rodríguez López-Callejas, exesposo de una de las hijas de Raúl Castro.

Durante la apertura que impulsó el gobierno de Barack Obama a partir del 17 de diciembre de 2014, los ingresos por concepto de remesas aumentaron considerablemente en Cuba. De acuerdo con Havana Consulting Group, el levantamiento de restricciones a los viajes y al envío de dinero desde Estados Unidos, la emigración de más cubanos y el desarrollo del sector privado en Cuba posibilitaron que, entre 2008 y 2016, se registrara un crecimiento promedio anual de 221.96 millones de dólares en la recepción de remesas en efectivo. No obstante, cinco años atrás el grupo estimaba que el 44 por ciento llegaba por vías informales.

Poco antes de que Trump dejara la Casa Blanca, el entonces secretario de Estado Mike Pompeo anunció el retorno de Cuba a la «lista de países patrocinadores del terrorismo», de la cual había salido durante el deshielo obamista. Una movida que, según Marta Sabina Wilson, ministra presidenta del Banco Central de Cuba, «implica que todas las instituciones financieras y las entidades que normalmente se utilizaban para remesar ese efectivo y colocarlo en las cuentas de los bancos cubanos en el exterior se nieguen a realizar operaciones con la isla por el temor a ser sancionadas».

Wilson agregó que «hay muchísimos ejemplos de instituciones financieras que han sido sancionadas con multas altísimas por haber hecho operaciones normales con los bancos cubanos. Esto ha provocado, por ejemplo, que muchos bancos corresponsales le hayan cerrado las puertas al Banco Financiero Internacional, decidiendo no realizar operaciones con este por temor a esas sanciones y multas».

Pero lo que mucha gente se pregunta es por qué el gobierno cubano no apuesta en serio por la sociedad civil y su potencial económico a fin de garantizar la cobertura de buena parte de las necesidades de la población y desarrollar el país sin caer en las ya legendarias redes del embargo. Quien escuche hablar a los funcionarios que aparecieron en la Mesa Redonda del pasado 10 de junio y no sepa mucho sobre Cuba, podría pensar, erróneamente, que la única solución a los problemas económicos nacionales depende de Estados Unidos y que, de hecho, sus causas también dependen de Estados Unidos. En 2021, no solo los expertos sino cualquier persona dotada de sentido común, sabe el gran potencial que hay en la ciudadanía para cambiar el triste panorama de Cuba.

A pesar de que el discurso oficial insiste en que esta nueva medida es de «legítima defensa», la desconfianza hacia ese discurso oficial resulta inevitable. Las verdaderas intenciones del gobierno nadie podría establecerlas con seguridad. ¿Busca eliminar el mercado negro de dólares y recibir una inyección rápida de capital? ¿Pretende presionar a la emigración cubana que reside en Estados Unidos para que, a su vez, esta presione al gobierno del demócrata Joe Biden con el fin de eliminar las sanciones que implementara su antecesor Donald Trump? ¿Acaso las dos cosas?

Lo único seguro es que después del 21 de junio nadie en Cuba podrá ingresar un solo dólar en los bancos estatales, en los únicos bancos existentes, y así será hasta que Estados Unidos no elimine «las restricciones que impiden el normal funcionamiento de los procedimientos de exportación de la moneda estadounidense». O hasta que alguien en la cúpula del Partido Comunista amanezca con una idea distinta en la cabeza.

Por ahora, los expertos se han limitado a plantear el posible impacto de las medidas. El economista cubano Pedro Monreal, especialista de programas en la Unesco, explicó en sus redes sociales que «la suspensión de depósitos de USD en efectivo en las cuentas que respaldan las tarjetas en Moneda Libremente Convertible (MLC) pudiera tener tres impactos directos: modificación de precios relativos, mayor pérdida de confianza en el peso cubano, y ampliación del mercado informal».

Monreal no cree que los dólares vayan simplemente a «evaporarse». Lo que podría pasar, a su entender, es que aumentara el precio relativo del euro frente al dólar estadounidense y el peso cubano en el mercado informal, que podría traducirse en un encarecimiento de los productos en las tiendas en MLC, aunque se mantuvieran sus precios nominales.

«En una economía donde la tasa oficial no es relevante para los individuos, donde la confianza en la moneda local es baja, y donde el mercado en moneda extranjera sigue creciendo, es muy importante la tenencia de divisas como medio de intercambio y de ahorro», señaló el economista. En su opinión, se pretende destronar un rey (USD) para instaurar otro (muy probablemente el euro), «y si el Estado no se ocupa del cambio entre esas monedas y del cambio entre estas y el CUP», advirtió, «el mercado informal se encargaría de hacerlo».

En Cuba, las divisas no siempre son destinadas a la compra de alimentos y artículos de primera necesidad en las tiendas en MLC, que cuentan con una oferta superior y más variada que las tiendas en CUP. Muchas personas adquieren divisas en el mercado informal para irse definitivamente del país o financiar viajes a Haití, Rusia, Panamá o México, donde se compran mercancías para revender a la vuelta. Lo más seguro es que la demanda de dólares continúe.

Sin embargo, quienes no cuenten con familiares, amigos o empleadores que les depositen divisas directamente desde el exterior en sus cuentas bancarias, no podrán acceder más a las tiendas en MLC. Si bien antes eso ya representaba un privilegio, porque de todas formas no todo el mundo podía comprar dólares en la calle, probablemente ahora se agudizará la desigualdad social.

El economista cubano Pavel Vidal, por su parte, consideró que las medidas no deben «influir en la tasa de cambio del mercado paralelo», y que son «un problema menor dentro de la crisis que vive el país con escasez tremenda de alimentos y medicinas». También dijo que «buscan aumentar temporalmente la liquidez en dólares de los bancos y estos a su vez están transfiriendo parte del riesgo financiero del embargo a las familias».

En otras palabras: que la gente se las tendrá que arreglar como pueda. Algo que es una apuesta arriesgada en un contexto ya empobrecido, precario, en que las manifestaciones de descontento popular son cada vez más frecuentes. La burla con que ha sido recibida por muchos cubanos esta nueva estocada evidencia la pérdida de credibilidad del gobierno.

Otro importante economista, Omar Everleny, en un análisis publicado en El Toque advierte que, si bien los millones de dólares que pudieran entrar a los bancos en los próximos días ofrecerían un respiro al sistema financiero, «en el corto y mediano plazo, la continuidad de la aplicación de medidas en la esfera de la circulación lleva a la falta de confianza en el sistema financiero y bancario cubano. Como un efecto colateral, pero no menos importante, las recientes decisiones agravan los problemas acumulados de la tenencia de CUP en un contexto inflacionario, y la imposibilidad de adquirir con ellos bienes y servicios de primera necesidad».

Everleny también cree que «ahora es el momento de dejar a un lado los prejuicios ideológicos presentes en algunos decisores políticos, que frenan y siguen trabando el desempeño de los cubanos. Es hora de sacar legislaciones que permitan nuevos oficios privados, que incentiven las cooperativas urbanas, que autoricen la creación de las pequeñas y medianas empresas privadas y apostar por la libre importación de personas naturales».

«La competencia y el mercado», sostiene, «son elementos imprescindibles en esta coyuntura. Los que se oponen a estas sugerencias que muestren cómo van a aumentar la oferta de bienes y servicios en esta economía malherida y en agotamiento; y terminen ya los discursos de barricadas y revanchas».

Eso es lo que, a fin de cuentas, le importa a la mayor parte de la población: resolver sus necesidades básicas. Ninguna ideología es más importante que un plato de comida, medicinas y un techo. Esas son las prioridades hoy de quienes residen en Cuba y esta prohibición no viene a ayudar sino a dificultar aún más la subsistencia.

Hasta el momento, yo no he visto en mis redes, que son bastante diversas, a una sola persona que defienda o justifique el anuncio del 10 de junio. La risa ha sido el denominador común en este escenario. Y esto no quiere decir que no haya cansancio, frustración, incertidumbre, miedo o rabia. Yo tengo a mis padres en Cuba, mucha más familia, amigos… Pero burlarnos de quienes quieren burlarse de nosotros, reconforta. De alguna retorcida manera esa pequeña rebelión nos devuelve algo de dignidad.

Es improbable que el pueblo salga a la calle a protestar. ¿Quién es el pueblo? El pueblo soy yo que me fui a Madrid después de cinco años haciendo periodismo independiente; mis padres de 67 y 70 años que cuentan entre los dos casi cien años de trabajo; mis amigos que están buscando la forma de salir o esperando la fecha de su viaje; mis otros amigos que están en España, México o Estados Unidos; los activistas, artistas y periodistas que un día sí y otro también amanecen con arresto domiciliario y tienen que hacer las mismas colas que todo el mundo para comprar un paquete de pollo.

¿Quién va a salir para dónde y para qué? ¿Quién, de verdad, está dispuesto a ir a la cárcel? Tres o cuatro gatos, no más. Y como todo el mundo espera que el otro sea el que salga, nadie sale sino es en avión por el aeropuerto para escapar de una vez y para siempre de la miseria y la represión.

Quienes viven afuera y se quejan de que quienes viven adentro no protestan parece que nacieron y se criaron en Malasaña o en Miami Beach. Son más españoles que Cervantes y más americanos que Lincoln. Yo quisiera saber qué les hace pensar que quienes viven dentro necesitan cambiar algo más que su propia vida y no están también buscando su oportunidad de emigrar o morir en el intento. Así es: muchísima gente prefiere morir en una selva, en el mar o en un río antes que caer en manos de la Seguridad del Estado y terminar en una cárcel por salir a la calle a protestar.

Si mañana ocurre una revuelta popular pacífica y Cuba se convirtiera en un país libre y democrático como resultado de la misma, yo voy a ser de las primeras en alegrarme. Si eso no pasa, no hay nada que reprochar. No hay nada que reprocharle a la gente que lo mismo se trepa en un álamo que se esconde en un arrecife de madrugada, en medio de la pandemia, para evadir a la policía y marcar temprano en una cola para comprar alimentos.

Mientras, nos reímos. Ni siquiera sexo seguro puede tenerse ahora mismo en Cuba por falta de preservativos. ¿Vamos también a renunciar a la risa?

Publicado originalmente en El Estornudo.

Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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