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Villa Clara 2013 / Foto: Arien Chang

Por Carlos Manuel Álvarez

Lo que los cubanos buscan en la comida al final no es comida. Las largas colas para comprar un pedazo de pollo o unos files de huevos no son al final las largas colas para comprar un pedazo de pollo o unos files de huevos. La razón por la que las colas nunca terminan no es porque escasee precisamente el alimento o el producto que ese día milagrosamente ha aparecido y todos salen en desbandada a comprar. Lo que escasea es otra cosa, cifrada, que la gente intuye.

La gente toma su pedazo de pollo y sus files de huevos después de horas de trabajo en el trapiche de la nada y miran extrañados aquello que el vendedor, desfallecido y cansado, les ha puesto en sus manos desfallecidas y cansadas, y la gente se dice a sí misma: «Esto es lo que estaban vendiendo, pero esto no es lo que yo vine a comprar, aun cuando me haya convencido de que esto es lo que vine a comprar». Luego la gente llega a su casa y administra el pedazo de pollo y los files de huevo. Van comiendo siempre un poco, hasta donde alcance, apaciguando al animal del hambre, volviéndolo dócil, pero sin poder matarlo nunca. La gente come para anestesiar algo que no pueden curar. La comida en Cuba es como un medicamento que no sana, sino que alivia por un rato. Es justo que paguemos ese precio, pues ¿por qué habría que pedirle al animal del hambre que se tranquilice con comida?, si sabemos que eso nunca va a suceder. …


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Rodolfo Rensoli / Foto: Cortesía del entrevistado

Por María A. Cabrera Arús

A sus 54 años, hace muchos que el compositor, escritor, ilustrador y artista de hip-hop Rodolfo Antonio Rensoli Medina es reconocido como el principal promotor de la música rap en Cuba.

Rensoli nació en Guanabacoa, en junio de 1966, y antes de fundar — a los 28 años — Grupo Uno, escuchaba rock y escribía poesía. Antes había estudiado en la escuela militar vocacional Camilo Cienfuegos y cumplido con el Servicio Militar Obligatorio.

De Grupo Uno, Rensoli me dice que se trataba de «un grupo que, si bien en parte provenía de la “moña”, no eran raperos propiamente dicho, sino artistas, diseñadores, directores artísticos, productores y colaboradores». Con ellos se dedicó a organizar el primer festival de rap de Cuba. …


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Diego Armando Maradona / Foto: EFE

Por Rodrigo Márquez Tizano

Se nos murió el Diegote. Otra vez, todas las veces. Se nos va a seguir muriendo. Algo me dice que esta vez no vuelve, aunque aún no pierdo la esperanza de que los diarios se retracten. Nadie murió tantas muertes como él. Tampoco tantas vidas. Y de tanto morirse y regresar, de verlo tirar el caño pícaro para recoger la pelota y tirarlo de nuevo nomás por gusto, por duplicarnos el gozo mientras en el campo van quedando sembradas — como si de ingleses se tratara — las ínfimas muertes que no pudieron frenarlo, llegamos a creer que nunca se iba a morir de veras. Que era para siempre. Un inmortal. Pero no de esos que, ajenos al dolor, flotan sobre la fatalidad como si lo divino no guardara relación con la sangre seca y la sutura. Todo lo contrario. El Diego hizo del asombro una costumbre y el milagro terminó por formarnos un callo que ahora se revela losa. Su epifanía, a veces de barro, potrero e inundación, otras de fulgor y cosmos, era humana y ligera porque la eternidad la acaricia solo quien ha muerto todas las muertes. Eso es lo que no pueden perdonarle los mezquinos incapaces de conmoverse con la alegría y el dolor del pueblo que ha perdido no solo a un ídolo, sino a un padre, a un amigo, a un hermano o a todos ellos en un mismo cuerpo: que no se quede bien muerto ni pida perdón ni haga de buen salvaje, de pobre bien agradecido con el poder. Así era Diego. Así es. Todo lo que soñamos ser y también lo que no. Lo que somos y lo que nunca seremos. Si es verdad lo que dicen y cada maradoniano tiene un Diego particular sembrado entre el corazón y la memoria, el mío se niega a que lo nombre en pretérito. Flota en el Everness. ¿Cuál es ese Diego? Uno que imaginé desde la lejanía de mi suave patria, bien lejos de Argentina. En las repeticiones de sus goles. En los relámpagos de su lengua. El Diego que me acompañó en los momentos difíciles. El que me enseñó que el fútbol también es literatura y, como la literatura, mucho más que eso. Yo estuve en el Azteca la tarde del gol a Bélgica con mi memoria de niño, pero ese no es mi Diego. El mío aparecía por televisión en eterno loop, calcando sus hazañas como un espectro titilante y mi padrastro lo tildaba de puto, tramposo y drogadicto y entonces yo quería ser puto, tramposo y drogadicto más que nunca, lo que fuera menos mi padrastro. El Diego es mi infancia que termina hoy. Ese Diego que entró de cambio por mi abuelo cuando este se mudó al otro barrio porque de niño, como a tantos otros niños que crecieron en los ochenta, me enseñaron que las lágrimas se vendían caras y tanto me lo dijeron que luego tuve que aprender a llorar por mi cuenta. Entonces, cuando necesitaba invocar el llanto, me imaginaba que se moría mi abuelo. La técnica funcionó hasta que luego de matarlo tantas veces, mi viejito se murió definitivamente y fue ahí cuando comencé a imaginar que se moría el Diego. Cada vez que la situación lo ameritaba y el lagrimal se negaba a cooperar, me bastaba con imaginar que el Diego no estaba más entre nosotros para soltarme a berrear sin consuelo. Hoy que la orfandad cobra forma y temo quedarme seco, creo menos que nunca en el cuento de la multiplicidad camaleónica y la contradicción, en jugar al patovica de los afectos y desmenuzar al Diego en virtudes y fallas para hacerle el famélico favor de compartimentarlo a la medida de nuestras propias culpas y complejos. Mi Diego es tan ficticio como cualquiera, pero es el Diego entero. Se siente real porque es de nadie. Ni siquiera de él mismo. Se moría cada tanto y quienes lo quisimos nos moríamos un poquito con él. A veces lo mataban, otras, se dejaba morir, incluso había veces que se abalanzaba sobre la muerte por voluntad propia. Pero siempre volvía. Yo sé que esta vez ya no va a volver, que se acabaron los milagros, el fútbol, la infancia, y aun así no le cierro la puerta a la equivocación. ¿Cómo va a matarte esta muerte insulsa, Diego, que te va al tobillo y no a las alas? Si no te pudo matar nadie, ni el deseo, ni la FIFA, ni Havelange. …


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Luis Manuel Otero / Foto: Katherine Bisquet

Por Darío Alejandro Alemán

16 de noviembre

He salido de Cuba en circunstancias poco felices que no me detendré a contar. Solo diré que fue un escape, o creo yo que eso fue. Viajé por una carretera toda la madrugada hasta el aeropuerto de Camagüey, crucé los dedos mientras pasaba por inmigración y respiré aliviado al ver que aún no me habían regulado. Mientras esperaba abordar mi vuelo no sentí arrepentimientos por dejar Cuba, y tampoco miedo por llegar solo a una tierra que no conozco. A la fuerza dejé toda pertenencia atrás, como para cerrarle el paso a futuras nostalgias.

Llego a México. Hablo con mis padres antes de dormir para contarles el viaje. «Si algo ahora me ata a allá, son ustedes», les digo. Sé que les miento. Lo último que hago en la noche es leer una noticia que me ha llegado a través de las redes sociales. Un grupo de artistas y activistas se acuartelan en la sede del Movimiento de San Isidro (MSI), luego de ser hostigados durante días por exigir la libertad de un amigo preso e indebidamente procesado por las leyes cubanas. Entre las paredes de ese lugar que recuerdo bien, se han reunido para leer poesía. …


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Manifestación de artistas e intelectuales ante el Ministerio de Cultura en La Habana (27–11–2020) / Foto: Evelyn Sosa

Por Carlos Manuel Álvarez

La puerta de la casa crujió como un hueso fracturado, emitiendo el sonido de la desgracia. Se astilló la madera, sus fibras vegetales, y las dos alas de la entrada, sujetas tímidamente por una cadena y un candado, se vinieron abajo. Como un escuadrón SWAT artesanal — menos fornidos, desorganizados, tratando de adaptarse a la coreografía de las muchas idénticas películas gringas — más de una decena de mujeres y hombres de la Seguridad del Estado entraron disfrazados de médicos sanitarios a Damas 955, La Habana Vieja, y detuvieron de manera forzosa a 14 personas, la mayoría de las cuales protestaba de modo pacífico desde hacía ocho días por la detención arbitraria del rapero Denis Solís, condenado en juicio sumario a ocho meses de prisión por el cargo de desacato. …


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Ilustración: Rafael Alejandro

Por Julio LLópiz-Casal

No se suponía que un muchachón colombiano aportara algo tan especial a la música urbana. No se suponía que se acomodara con tanto éxito dentro de una genealogía en que tienen la llave los puertorriqueños, y en la que existe una relación tan umbilical con los modos y los dictados de la industria angloparlante.

J Balvin se inventó a sí mismo desde la periferia fértil de su cultura. Procesó referencias auténticas, no impostó un personaje gansteril porque sí, ni se vendió como macho latino tozudo. Se ha ganado a su público con una trova sofisticada que oscila entre lo que la muchacha quiere oír y un estilo lírico light, poco alardoso, que no puede ser calificado de inconsistente, aunque carezca de la agresividad simbólica típica del género urbano. …


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Luis Manuel Otero, en huelga de hambre y sed desde el 18 de noviembre de 2020. Sede del Movimiento San Isidro, La Habana Vieja / Foto: Katherine Bisquet

Por César Mora / Jorge Ferrer / Iván de la Nuez

Desde hace una semana estamos en vilo porque dos cubanos han iniciado una huelga de hambre y sed. A ellos se han unido otras mujeres y hombres del Movimiento San Isidro, que se niegan también a ingerir alimento alguno.

Porque vuestra vida nos es preciada queremos pedirles, humilde pero encarecidamente, que no se dejen morir.

Ni un mártir más.

Los queremos vivos, precisamos de su valor, de todo cuanto son y serán capaces de crear, de todo su amor y, en fin, de su vida en total plenitud.

Quienes están dispuestos a cobrarse esas vidas, para escarmiento de otros o por brutalidad propia, no las merecen. Tampoco las merecen quienes prefieren permanecer impasibles ante vuestra entrega y sacrificio. …


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Denis Solís / Foto: Facebook de Denis Solís

Por Mario Luis Reyes

«Uno, ¿quién lo mandó a usted a pasar sin pedir permiso?», fue lo primero que le dijo el rapero contestatario Denis Solís, de 31 años, al oficial de la policía que entró en su vivienda sin llamar a la puerta mientras él reposaba sobre un sofá.

«Esto es un pasillo», dijo el oficial, pero Denis corrigió: «Esto no es un pasillo; es una casa. Yo le pido ahora que se retire de la puerta para afuera. Y tiene que contar con mi permiso, si usted pasa o no a mi casa. Por favor, ¿se puede retirar un momentico para afuera? …


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Broselianda Hernández / Foto: Evelyn Sosa

Por Legna Rodríguez Iglesias

Los estados expresivos aparecen

de pronto, inducidos

por un rasguño.

Crecen.

Agitación, excitación, desasosiego,

furia, cólera, rabia.

De pronto, se interrumpen

como si los hubieran engullido.

Solo quedan gestos vacíos.

Tadeusz Kantor

Teatro de la muerte y otros ensayos1944–1986

Durante un tiempo, que también pasará y se olvidará, Miami no será la ciudad acostumbrada, la ciudad de la Cuban cuisine o del café cubano, la ciudad de las discotecas y de la calle 8, de los venezolanos ricos que lavan el dinero bien lavado y de los venezolanos que no lavan ningún dinero, sino la ciudad donde amaneció muerta Broselianda Hernández. …


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Katherine Bisquet / Foto: Tomada de Facebook

Por Olga Elena Suárez

Kathy, mi amor:

Anoche soñé con todos ustedes, incluso con algunos de los que salen en las fotos pero en cuyos rostros no he reparado demasiado. Esos que tienen un rostro más parecido al pueblo cubano de hoy, un rostro menos rebelde, más difuso, más callado. Soñé las mismas cosas que me cuentas pero las soñé como si no me las hubieses contado nunca. Los muchachos iban perdiendo fuerzas y tú te desesperabas. Las bocas se les iban poniendo blancas y alguien notaba de pronto que una mandíbula se había desencajado y comenzaba a descolgársele a uno de los más jóvenes sobre el pecho. De pronto alguien empezaba a dar golpes en la puerta y yo sabía lo que iba a pasar, iba a pasar lo mismo que había pasado en el video que me mandaste un rato antes de que me fuera a dormir: alguien le iba a decir a Luis Manuel que se asomara a la puerta, él iba a pensar que era un vecino que venía a darle algún tipo de apoyo como han hecho casi todos, iba a caminar tranquilo, confiado hasta ahí. El hombre, en efecto, iba a resultar ser un vecino, pero no uno que venía a darles apoyo, sino uno que le iba a hablar sobre cómo él se dedicaba a la venta ilegal de cerveza y necesitaba por alguna razón que Luis Manuel y todos ustedes se fueran del barrio. Luis Manuel le iba a decir que nadie se iba a ir a ningún lado, como es lógico, y el vecino y otros hombres que aparecían de pronto ahí, lanzados por el brazo de la noche de Cuba, iban a empezar a romper la puerta a patadas hasta arrancarle una hoja. …

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El Estornudo

Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba.

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